Noche púrpura Prólogo #2
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Prólogo #2

— Están dentro —le advirtió la voz de su compañero en el oído.

Él suspiró, acercándose a la chica. A la mierda.

—No me dejas opción, mariposa.

Se la echó al hombro con determinación. No le hizo falta recurrir a la runotecnia para alzarla y depositarla como paquete en la moto. Tampoco se permitió el lujo de ser delicado: la puerta del pasillo ya se abría para dejar paso a las UE. Se subió y arrancó el motor.

—No te sueltes.

Se bajó la visera. La runa de Ansuz se iluminó sobre el casco antes de volverlo invisible. El rugido del motor le impidió oír la débil contestación del hada, pero notó que se sujetaba a él con fuerza y aceleró con decisión.

Atravesaron el pasillo en una exhalación. Las instalaciones se convirtieron en un borrón a su alrededor. El hada cerró los ojos contra la espalda del extraño.

— Han recuperado el control del sistema. Están bloqueando las salidas. Tienes un minuto para salir o te quedarás encerrado —dijo el compañero del Jinete.

Él no respondió y aceleró por el siguiente pasillo.

— Treinta segundos .

El motor rugió de esfuerzo. Giraron bruscamente a la derecha y entraron en un garaje.

— Veinte .

Aceleraron hacia una rampa que terminaba en una puerta metálica abierta al exterior.

— Diez .

La puerta comenzó a bajar. Todavía faltaban doscientos metros para alcanzarla.

— Cinco .

Llegaron a la rampa. El Jinete sacó una esfera del bolsillo y la lanzó. La runa de Raido brilló sobre la superficie antes de explotar. La puerta saltó por los aires. El estruendo ensordeció el «cero» de su compañero.

Atravesaron la nube de polvo y fuego. Cinco de las siete runas se iluminaron sobre el salpicadero de la moto, combinando sus capacidades de runotecnia para protegerlos a duras penas de la explosión. Se encendió un piloto rojo que indicaba que los depósitos de esencia habían entrado en la reserva.

— ¿Jinete ?

—Estoy fuera —contestó él.

Echó un vistazo al hada por el retrovisor y se concentró en atravesar la ciudad como una exhalación. El resplandor rojo de Kaunaz teñía las aceras. La Lluvia Ascendente llegaba a su fin; las últimas gotas se disipaban como una bruma rojiza a medida que ascendían.

El Jinete detuvo la moto en un callejón.

El hada se bajó sin que se lo pidiese. Se tambaleó hacia una farola y vomitó con violencia, sujetándose al poste.

Apoyó la frente contra el brazo, jadeó y volvió a vomitar.

Se limpió con la manga de la chaqueta vaquera y echó a andar sin rumbo aparente.

Él la siguió. En aquella dirección solo había una urbanización de casitas con jardín que dudaba que tuviesen algún interés para ella, que se alojaba en la residencia del campus desde principio de curso.

—¿Adónde vas? —le preguntó, levantando la visera para que pudiera verlo. La niebla roja se le pegaba al cuerpo, humedeciéndolo y cubriéndolo de brillantes colores sanguinolentos—. ¿Sabes siquiera dónde estás?

El hada sacudió un hombro, como si no lo supiese ni tampoco le importase.

El Jinete sabía que debería dejarla; acabaría espabilando y volviendo a casa. Su compañero no dejaba de advertirlo por el auricular para que se alejara de la zona, pues era probable que las UE no tardaran en ampliar la búsqueda de sospechosos a toda la ciudad.

—¿Sabes por qué os secuestraron? —le preguntó.

Ella se dejó caer en la acera. Se llevó las rodillas desnudas contra la frente y se las abrazó, aterida de frío. El minivestido beis estaba carmesí por la lluvia, aunque esa humedad, como las demás, terminaría por ascender hacia el Prisma en la próxima hora.

Él se lo repitió.

—Teníamos preguntas —susurró—. Las hicimos delante de quien no debíamos.

Ya no le importaba confesarlo ante un desconocido. Había tocado fondo.

—¿Qué clase de preguntas?

—De las que te llevan allí abajo.

Él se colocó frente a ella y le levantó la barbilla, limpiándole los restos del vómito con el guante de piel.

El hada se estremeció ante la frialdad del material y el olor a gasolina, sándalo y cuero mojado que desprendía.

No porque le desagradase, sino porque esas sensaciones eran tangibles, y la arrastraban hacia la cruda realidad de la que quería huir.

—¿Valía la pena el riesgo?

Ella se encogió ante la pregunta del desconocido. Había valido la pena, para ella, para Enaire; habían estado convencidas de que el riesgo era necesario, porque no habían estado a salvo antes, ningún humano en Onyria lo estaba.

Pero esa noche habían descubierto lo ingenuas que habían sido.

—Ya no lo sé —susurró—. Ya no me queda nada que perder.

Se imaginó las palabras que él le diría entonces. Palabras que tampoco le eran ajenas: que sí le quedaba mucho que perder; que, si cerraba la boca y se olvidaba de las preguntas, todo iría bien. Que había salido con vida esa vez, pero podría no hacerlo la próxima.

Pero él asintió.

—Entonces ahora solo puedes ganar. —Se enderezó y ordenó—: Dame tu móvil.

Persi lo desbloqueó y se lo entregó sin preguntarle para qué lo quería.

—Necesito una ambulancia —dijo el hombre por teléfono—. Sí, una chica se ha pasado con la bebida. Sí. Desde luego. Un hada.

Le facilitó la dirección a quien atendía la llamada y así Persi descubrió lo mucho que se habían alejado del centro. Después, le devolvió el dispositivo, soltándolo en su regazo.

—¿Quién eres? —preguntó ella.

—Alguien que siempre querrá ayudarte.

Esa fue la última vez que Persi vio al Jinete, porque él bajó la visera y desapareció, dejándola sola. No volvió a saber de él: no apareció en los periódicos que cubrieron el incidente ni en ninguno de los expedientes judiciales a los que pudo acceder.

Pero no fue la última vez que el Jinete la vio a ella: permaneció sobre la moto, invisible gracias a la runotecnia, velando por ella hasta que llegó la ambulancia y los sanitarios se la llevaron, sin reparar en la moto solitaria del callejón.

Solo entonces, arrancó y se alejó por las calles ya secas, después de que el Ascenso hubiera amainado, arrastrando la esencia de Kaunaz hacia el Prisma.

Reactivó el comunicador. La voz de su compañero le llegó de inmediato.

—¿ Dónde Prismas estabas ?

—De camino ahora. Llama a los demás —añadió antes de que su compañero pudiera interrogarlo—. Y necesito que averigües por qué los Asfódelos están interesados en Perséfone Alcaris.