Noche púrpura Prólogo
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Noche púrpura

Noche púrpura

Por Keiz Noyers

© inepub.com

Prólogo

L a lluvia ascendía con lentitud.

Brillante como un rubí, tan roja como la sangre. Para cualquier habitante de Onyria indicaba que era Kaunaz, el primer día de la semana, en algún momento entre la medianoche y el amanecer. Lo que significaba que el hada llevaba inconsciente más de seis horas.

Y, aun así, se despertó antes de lo que sus captores esperaban.

Lo hizo desconcertada, con un regusto metálico y dulzón en el paladar: el de su propia sangre mezclado con la bebida que la había arrastrado a la inconsciencia.

Se levantó, atolondrada. No gastó fuerzas en romper las bridas de las muñecas.

Arrastró el hombro por la pared de cemento, notando a cada paso un dolor punzante en la cabeza.

—¿Enaire? —llamó en susurros a su amiga.

Pero estaba sola. Sola en aquella diminuta celda. Encontró la puerta; estaba abierta. ¿Una trampa o un descuido de sus captores?

Ninguna opción era correcta: los sistemas de seguridad del bloque habían sido hackeados para apagar las cámaras de seguridad y desbloquear las puertas. Pero Persi no se hizo preguntas, no las consideró. Su único pensamiento se reducía a encontrar a Enaire y huir.

El pasillo estaba iluminado por las luces de emergencia, unas líneas finas e intermitentes que resplandecían tenues a ambos lados.

Durante la Lluvia Ascendente los circuitos que dependían de la luz de Prisma quedaban reducidos al mínimo: operaban en modo ahorro de energía, alimentados solo por baterías de reserva.

Un motor rugió a lo lejos.

El estruendo en el interior del complejo fue ensordecedor.

Al final del pasillo dos hombres en bata de laboratorio corrían hacia una salida de emergencia.

No lo hacían por el estrés de ningún proyecto, sino en una huida despavorida.

Ninguno prestó atención al hada que se acercaba renqueando; no cuando el motor rugió de nuevo, más cerca.

Persi se aproximó a la luz blanca que se derramaba de la rendija de la puerta entreabierta del laboratorio del que habían salido, atraída como una polilla a una lámpara de luz de Prisma.

Dentro, la luz era tan intensa que le hirió la vista.

Pero el hada no entornó los ojos: no podía, no con la visión de su mejor amiga tendida en la camilla.

—¿Enaire?

Su propia voz le sonó extraña, ajena. Sabía que no estaba soñando, pero aun así las luces le parecían demasiado brillantes; los pitidos de las máquinas, lejanos, como llegados desde el fondo de un túnel. El olor a sangre, amoniaco y químicos se le grabó en el alma.

Observó embotada a su mejor amiga: el rostro pálido como la tiza, con el maquillaje corrido; el pelo, que había perdido el color, pasando del dorado al ceniza; los vaqueros, manchados de vómito; el top blanco que Persi le había dejado mientras se preparaban para salir, cortado sobre el esternón para dejar acceso a unas ventosas que tenía sobre el pecho.

Se acercó a la mesa de metal junto al cuerpo de Enaire y miró la carpeta que había encima, sin tocarla.

Había un informe sujeto con un clip en la parte superior.

Las palabras «experimento sin éxito» en letras rojas resaltaban sobre las demás notas.

Persi leyó la información que habían tomado sobre su amiga con una calma irreal.

Nombre : desconocido

Casta : humana

Sexo : femenino

Edad : veinte años

Causa : Descolor. Se negó a hablar.

Memoria extraída : Sí.

Hora de la muerte :

El último campo todavía no había sido rellenado.

Solo entonces se le ocurrió echar mano de su teléfono móvil, no para llamar a una ambulancia, ni siquiera para pedir ayuda como habría sido lo normal, sino para ver la hora.

Seguía en el bolsillo de su chaqueta, pero estaba sin batería.

Por supuesto, era la hora del Ascenso y ella era medio humana.

—No te muevas. Las manos donde podamos verlas.

La exigencia la hizo un hombre uniformado que se acercaba por el corredor, acompañado de una mujer en bata que lo seguía con cara de hacerlo por obligación. Ambos llevaban una flor de seis pétalos bordada en el uniforme.

Persi siguió sus movimientos con la vista e identificó el punto al que trataban de llegar: un dispositivo todavía encendido, conectado a Enaire a través de las ventosas. Una barra de carga parpadeaba en la pantalla. Rezaba: «Extracción al noventa y siete por ciento».

El hombre repitió la orden, pero ella no obedeció. Abrió un cajón al azar, rebuscando con torpeza, aún maniatada por las bridas. Él maldijo y la apuntó con un arma.

Persi no sintió miedo. Era el fin, saliese con vida o no. En un cuatrimestre su intercambio en la UAE acabaría, volvería al piso que compartía con Enaire en Meridol y estaría vacío porque su amiga…

Dejó la mente en blanco, incapaz de concluir el pensamiento.

El sonido del motor rugió más cerca. Una moto negra sin jinete se acercó a gran velocidad, acelerando por el corredor. El hombre se volvió y comenzó a disparar al vehículo. La científica se tiró al suelo, pegándose a una de las paredes.

Mientras, Persi encontró un bolígrafo.

Las balas del guardia rebotaron inofensivas contra la chapa negra. La moto lo arrolló, arrojándolo hacia el techo, donde rebotó hacia la pared y cayó inerte. Si Persi hubiera estado atenta, el movimiento le habría parecido antinatural y se habría dado cuenta de que la moto no lo había tocado.

El vehículo se detuvo. Una figura enfundada en negro que no estaba ahí unos segundos antes apareció en el pasillo. Llevaba puesto un casco con la visera levantada. Pasó junto a la científica sin mirarla y esta aprovechó para huir, sin detenerse junto al guardia caído.

—Pasillo tres despejado —dijo a través del auricular inalámbrico oculto en el casco—. No. Necesito que me consigas tres minutos más. Ya. Me da igual cómo.

El Jinete entró en la sala. Se detuvo al percatarse de la presencia del hada, que sujetaba un teléfono con el cristal agrietado como si le fuera la vida en ello. Por los movimientos torpes y la mirada vidriosa era evidente que estaba bajo los efectos de alguna sustancia.

—Que sean cinco —pidió antes de cortar la comunicación.

A lo largo de la tarde se había mentalizado para ser atrapado y arrojado a las Prisiones Incoloras, perder la vida e incluso llevar a cabo algún homicidio.

Pero nada, ni por todos los colores del Prisma, lo había preparado para encontrarse a Perséfone Alcaris, su amor platónico de la universidad, en aquel agujero aséptico.

Consideró bajar la visera del casco para evitar que lo reconociera, pero se detuvo con el guante de cuero rozando el policarbonato. Si bajaba la pantalla, volvería a ser invisible.

—¿Cómo has entrado aquí? —preguntó y se sintió estúpido; la chica no tenía aspecto de haber llegado por medios propios.

Ella no le respondió y ni siquiera dio un respingo cuando él la sujetó por el brazo, como habría hecho cualquiera ante sus pintas de sicario. Solo dijo:

—¿Tienes hora?

—¿Qué…?

—Tengo que apuntar la hora —protestó. Y luego lo golpeó en el pecho, una y otra vez, hasta que él la soltó. Repetía como un mantra la frase que acababa de decir.

El Jinete reparó en el informe que descansaba sobre la mesa y advirtió el campo vacío.

Dioses.

Al ver que no atendía a razones, cambió de táctica. No podía dejarla, y no solo porque fuese la chica con la que soñaba desde que habían coincidido en un trabajo de clase.

—Vas a tener que venir conmigo —le dijo, sujetándola.

Ella lo arañó como pudo, con las manos aún atadas, y las uñas le rozaron inofensivas la cazadora mejorada con runotecnia.

Sobre la tela de cuero se iluminó la runa de Raido, fortaleciendo el tejido con la magia de una gárgola.

Una de las uñas acrílicas del hada se desprendió y cayó al suelo.

El Jinete se dio cuenta de que no era la única que le faltaba y la sujetó para evitar que se arrancase el resto de la manicura postiza.

También vio las marcas y arañazos: los suficientes para que se le revolviese el estómago, pero no tantos como si hubiera tenido la oportunidad de defenderse antes de que la secuestraran. Le soltó la brida.

Ella no se lo agradeció, pero dejó de intentar arañarlo.

No se parecía al hada que se sentaba delante de él en la única asignatura que compartían, con una pinza enorme sujetándole la melena.

¿Cuántas veces había soñado con alargar la mano y rozarle la punta del pelo, preguntándose si sería tan sedoso como parecía?

Desde luego, «sedoso» no era la palabra que habría usado para describirlo en ese instante.

Liberada de las bridas, el hada se precipitó hacia la camilla y se inclinó sobre el cuerpo de su amiga. Recogió algo y se lo guardó en la chaqueta.

El Jinete no reconoció a la joven de la camilla. No era alumna de la UAE. Pero aquel tono blanco en la piel y el pelo... Había sufrido Descolor antes de morir.

—Mierda —masculló. Tiró del hada para alejarla de aquella cama, de aquella sala.

—No me toques —aulló ella y por un instante el rostro se le iluminó con una luz ambarina amenazante. También la espalda, a través de la chaqueta; el lugar donde habría tenido las alas de ser un hada completamente altari en vez de una mestiza.

La soltó y echó un vistazo rápido al pasillo. El auricular le chasqueó en el oído.

— Las UE están a punto de entrar. Tienes segundos antes de que te pillen dentro .

—Recibido.

Si lo detenían tendría que dar muchas explicaciones, enfrentarse a varios cargos y confesar la información que había descubierto.

Pero no podía dejar a la chica; querrían hacerle preguntas, y nadie quería someterse al escrutinio de las Unidades Especiales, ni siquiera cuando no había hecho nada.

Y él no tenía claro qué había o no había hecho el hada.

—Las UE están en camino —le dijo al hada—. Ellos se encargarán del cuerpo. Vamos.

Ella lo miró sin verlo, atravesándolo con aquellos ojos de un tono castaño almendrado que él tantas veces había anhelado que lo mirasen en clase. Pero ella nunca lo había hecho durante más de unos segundos y, por suerte, no lo reconoció.