44. Viejos amigos
VIEJOS AMIGOS
—¿Qué deberíamos hacer? —gritó Rosa—. ¡Tenemos que hacer algo!
—¡Saca agua! —grité yo.
Ambos empezamos a sacar agua con las manos y a lanzarla por la borda.
Nos detuvimos después de un minuto más o menos. El agua entraba demasiado rápido. Imposible que pudiéramos seguirle el ritmo.
La canoa flotaba muy bajo en el agua. Podía sentir cómo se hundía. El agua fría nos cubría.
—Si saltamos, tal vez podamos usar la canoa como balsa —dije—. Podemos aferrarnos a ella y...
—Se va a hundir —dijo Rosa—. No va a flotar. —Soltó un sollozo y bajó la cabeza—. Sabes que no soy buena nadadora.
—No estamos tan lejos de la isla —le dije, aunque cuando la busqué, solo pude ver agua—. Probablemente podamos nadar de regreso. —Se me quebró la voz. Rosa se dio cuenta de que yo no creía realmente lo que estaba diciendo.
Me quedé mirando el agua. Observé las líneas constantes de las olas. Pensé en mamá.
¿Dónde está? ¿Dónde?
¿Por qué no ha enviado a nadie a rescatarnos?
Esto comenzó como una película de televisión para el Danger Channel.
¿Cómo salió todo tan mal?
Era solo un programa de televisión. No se suponía que terminara con todos ahogados.
Esos eran mis pensamientos oscuros mientras observaba el agua subir por encima de mis rodillas. Miraba fijamente las olas del océano y sentía que la canoa caía rápido debajo de nosotros. Tenía los ojos clavados en el agua de color verde profundo y no vi el otro bote deslizándose sobre el horizonte.
No lo vi hasta que Rosa gritó y me golpeó el hombro.
—¡Liam, mira!
Era un bote blanco pequeño; el motor rugía y saltaba sobre las olas.
—¡Viene hacia acá! —exclamé—. ¿Nos verán?
Ambos nos pusimos de pie de un salto y comenzamos a agitar las manos sobre nuestras cabezas. Y a gritar.
—¡Oigan! ¡Aquí estamos! ¡Estamos aquí!
—¿Nos ven? ¡Aquí estamos!
—¡Oigan! ¡Oigan! ¡Oigan!
Rosa y yo gritábamos y agitábamos los brazos frenéticamente.
—¡Noooo! —grité cuando la canoa se ladeó.
Tratamos de equilibrar nuestro peso en el bote, pero era demasiado tarde. Ambos caímos al océano, todavía agitando los brazos.
El agua fría se alzó a mi alrededor. No cerré la boca a tiempo. El agua salada y densa entró a borbotones en mi boca y empecé a asfixiarme.
Cuando por fin logré salir a la superficie, Rosa estaba a mi lado, pateando fuerte y braceando contra la superficie, luchando por mantenerse a flote.
Sacudiéndome el agua de los ojos, me di la vuelta y busqué el bote.
¿Seguía allí? ¿Nos habían visto?
¡Estaba justo aquí! Un rugido ensordecedor se alzó mientras el bote se nos acercaba. Rodeándonos. Dando un giro cerrado ahora. El rugido se desvaneció al tiempo que frenaba hasta detenerse. Flotaba sobre las olas. Silencioso ahora.
Y entonces, dos manos se estiraron hacia mí. Se cerraron alrededor de mis muñecas y me tiraron por el costado del bote. Caí sobre la cubierta, mientras el agua escurría de mi cuerpo y formaba un charco a mi alrededor.
Para cuando logré ponerme de pie con dificultad, Rosa ya había sido rescatada y estaba de rodillas en la cubierta, respirando con dificultad y sacudiéndose el agua.
Me limpié el agua salada de los ojos con el dorso de la mano. Luego me di la vuelta para agradecer a quien fuera que nos hubiera salvado.
Me giré y vi a dos hombres. Y parpadeé sorprendido.
Solo tardé unos segundos en reconocerlos. El de la barba negra y espesa con un parche negro sobre un ojo. Y el tipo calvo con una gorra blanca de marinero y un tatuaje de un ancla en una mano.
Sully y Ernie.
—Oh, no —gemí.
Ambos nos sonrieron de oreja a oreja.
—Bienvenidos de nuevo —me dijo Sully—. ¿De qué estábamos hablando antes de que se fueran? ¿Algo sobre un buceo con tiburones?