Noche de Tiburones 40. ¿Deberíamos confiar en Swan?
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40. ¿Deberíamos confiar en Swan?

¿DEBERÍAMOS CONFIAR EN SWAN?

Rosa se incorporó. Bostezó y estiró los brazos por encima de la cabeza. Se quedó sin aliento al ver a Swan de pie junto a ella, sacudiéndome por el hombro.

—¿Cómo llegaste tú aquí? —gritó ella.

—No hay tiempo para explicar —respondió Swan. Nos lanzó unas cajitas de cereal—. Tomen. Coman. Este es su desayuno. ¡Tenemos que apurarnos!

—¿Apurarnos? —dije. Abrí la caja y me metí el cereal a la boca con hambre—. ¿Viniste para llevarnos a casa?

—Estoy aquí para salvarlos —dijo—. Están en peligro.

Empecé a atragantarme con el cereal—. ¿Peligro?

Rosa empujó su caja de cereal hacia Swan—. ¿No tienes otra cosa? No me gusta el Cap’n Crunch.

—Cómelo de todas formas —respondió Swan. Abrió un poco la entrada de la cabaña y miró hacia afuera—. No viene nadie. Todavía. Apúrense. Pónganse los zapatos. Tenemos que movernos .

Me eché el resto del cereal en la boca.

—¿No tienes leche? —dijo Rosa—. Esto me dio sed.

Swan alzó las manos al aire—. ¿Cómo puedo hacer que entiendan? —gritó—. Están en peligro aquí. Tenemos que irnos, ¡ ahora !

Me agaché para alcanzar mis tenis. Empecé a ponerme uno, pero luego me detuve.

—Oye, espera un momento —dije. Señalé—. Tu tobillo.

—¿Qué pasa con él? —espetó Swan.

—Estaba roto, ¿recuerdas? Yo lo rompí. Por eso tuve que entrar al tanque de los tiburones.

Una sonrisa extraña apareció en el rostro de Swan—. No estaba roto, Liam. No me lo rompí.

—Pero... pero... —balbuceé.

Su sonrisa se hizo más amplia—. Lo fingí. Simulé que me habías roto el tobillo para no tener que entrar al tanque.

—Pero... pero... —balbuceé.

—Tenía miedo —dijo Swan—. Lo admito. Me dio miedo en el último minuto. Así que fingí lo del tobillo.

Rosa se agachó y apretó el tobillo de Swan. Él no se inmutó ni se movió.

—Está perfectamente bien —dijo ella.

Mi mente empezó a dar vueltas—. ¿Quieres decir que...? —

—Lo siento. Los engañé —dijo Swan—. Pero estoy aquí ahora.

Lanzó mi otro tenis a mi regazo—. Póntelo —dijo—. No podemos quedarnos sentados hablando de estas cosas. —Asomó la cabeza por la abertura de la cabaña otra vez—. Trato de decirles que están en peligro.

Mi hermana y yo nos calzamos los tenis, que seguían mojados por la noche anterior.

—Vámonos —dijo Swan. Abrió la solapa y la sostuvo para que saliéramos.

Empecé a salir, pero luego me detuve—. Espera un momento —dije—. Mentiste antes. ¿De verdad vas a llevarnos a casa?

—Sí —dijo Rosa—. ¿Cómo sabemos que podemos confiar en ti?

—No lo saben —respondió Swan.