Noche de Tiburones 39. Aquí estaremos a salvo
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39. Aquí estaremos a salvo

ESTAREMOS A SALVO AQUÍ

—¡Noooo! —Me sumergí bajo el agua otra vez. Hasta el fondo del estanque esta vez. Mis pies golpearon el lodo húmedo. Mis piernas colapsaron.

Sobre mí, sentí que el agua se agitaba. Oí salpicaduras, en algún lugar por encima de mí.

¡Estoy vivo! , pensé. Al menos por ahora.

Alcé los brazos y me obligué a subir a la superficie. Y vi a los dos peces arremetiendo el uno contra el otro. Lanzando dentelladas, mordiendo, las pirañas rodaban una sobre la otra, luchando, batiéndose en duelo.

¿Se están peleando por MÍ?

—¡Liam! ¡Apúrate! ¡Sal de ahí! —gritó Rosa.

Me aparté de las pirañas que peleaban y localicé a Rosa. Ella ya había salido trepando. Estaba de pie tiritando en el pequeño pedazo de tierra frente a la cerca. Me hacía señas frenéticas para que la siguiera.

Empecé a dirigirme a la orilla del agua. Pero los peces dejaron de pelear entre ellos para rodearme.

Me eché otro clavado bajo el agua y pataleé con desesperación. Nadé bajo la superficie. Al llegar a la orilla del estanque, me puse de pie con dificultad. Rosa me agarró la mano y me sacó del agua hacia el suelo. Sacudí la cabeza con fuerza, quitándome el agua de los ojos.

—¡Epa! —exclamé cuando uno de los peces asomó la cabeza fuera del agua e intentó morderme.

Retrocedí hasta la cerca. —¡Demasiado tarde! —le grité—. ¡Tuviste tu oportunidad!

Le di un impulso a Rosa para que subiera a lo alto de la cerca. Luego trepé tras ella.

Nos quedamos parados con las manos en las rodillas, luchando por recuperar el aliento. Podía oír a las pirañas todavía chapoteando al otro lado de la cerca.

Observé a lo largo de la terraza de la alberca. No había nadie afuera ahora. Los guardias de seguridad no se veían por ninguna parte.

¿Habrían abandonado la búsqueda? ¿O nos estarían buscando en la playa?

Rosa tembló. —¿Qué deberíamos hacer? ¿Deberíamos entregarnos? Al menos podríamos secarnos y calentarnos.

—T-tal vez —tartamudeé. Yo también estaba tiritando.

—Tal vez nos dejen llamar a mamá —dijo Rosa, abrazándose a sí misma—. No sé por qué estaba tan confundida cuando llamaron la primera vez.

Sacudí la cabeza. —No lo entiendo. De verdad que no.

Empezamos a caminar uno al lado del otro junto a la alberca. La mayoría de las ventanas del hotel estaban oscuras. Podía ver el vestíbulo, tenuemente iluminado y vacío. —Tal vez podríamos encontrar un escondite para dormir en el vestíbulo —dije.

Pero entonces tuve una idea mejor.

Vi una fila de cuatro cabañas al otro lado de la alberca. Estaban completamente cubiertas, como tiendas de campaña. Vi dos camastros en cada cabaña.

—Rosa, podemos dormir en una de esas —le dije, señalando—. Las cerraremos y estaremos totalmente cubiertos. Nadie podrá vernos. Estaremos cómodos y estaremos a salvo.

No tuvimos que discutirlo. Era el plan perfecto. Salimos corriendo por la terraza, con nuestros zapatos mojados golpeando el concreto.

Levanté la solapa de lona de la primera cabaña y nos escabullimos dentro. Bajé la solapa para que quedáramos completamente ocultos.

Bajamos los respaldos de los camastros y los convertimos en camas. Eran acolchados y suaves. Había una pila de toallas de playa grandes sobre una mesa. Las usamos como mantas.

¿Tardamos mucho en dormirnos?

Nos quedamos fritos en segundos.

Después del día agotador, caí en un sueño profundo y sin sueños.

¿Cuánto tiempo estuve inconsciente? No tengo idea.

Solo sé que la roja luz del sol de la mañana irrumpía a través de nuestro techo de lona cuando abrí los ojos...

... Y vi al chico y sentí que me sacudía el hombro. Era alto, de cabello negro y muy bronceado. —¡Despierta! ¡Apúrate! —gritó.

Traté de parpadear para despertarme.

¿Quién era él? ¿Por qué me estaba sacudiendo?

Y entonces lo reconocí.

—¡Swan! —exclamé—. ¡Swan! ¿Qué estás haciendo aquí?