36. Una escena de persecución
UNA ESCENA DE PERSECUCIÓN
Rosa y yo nos movimos tan rápido que chocamos entre nosotros al cruzar el estrecho umbral de la puerta. Salimos tropezando al pasillo.
El teléfono se había deslizado hasta la pared opuesta. Ambos guardias se agachaban para alcanzarlo.
Rosa y yo giramos en la dirección opuesta y corrimos. Pasamos frente a oficinas y depósitos de suministros.
—¡Esperen, niños! ¡Podemos aclarar esto! —escuché que gritaba Chomsky.
No me di vuelta. Pero sabía que venían tras nosotros a toda velocidad.
—¡Corre! ¡Corre! ¡Corre! —le grité a mi hermana.
Me sentía como si estuviera en una de esas escenas de persecución que se ven en las películas. Solo que esto era la vida real; mi vida.
Doblamos en una esquina y seguimos corriendo. Los guardias continuaban con sus gritos furiosos. Sus zapatos atronaban contra el suelo duro, acercándose cada vez más.
Atravesábamos una habitación enorme llena de equipo de restaurante. Carritos grandes repletos de platos y vajilla de porcelana. Estanterías con vasos de vidrio. Una mesa con una montaña de manteles.
Los trabajadores con uniformes blancos levantaban la vista mientras pasábamos corriendo a su lado.
—Nos... nos van a atrapar —balbuceó Rosa sin aliento.
Le di un empujón. —Sigue corriendo. Pero tenía razón. Los guardias eran grandes y poderosos. No podíamos dejarlos atrás.
—¡Upa! —solté un grito al oír un fuerte estruendo detrás de nosotros. Los empleados gritaron. Los vidrios se hicieron añicos.
Miré hacia atrás. Los dos guardias habían chocado contra un carrito alto lleno de platos. Lo habían volcado de costado y estaban atrapados detrás. Había trozos de loza rota por todo el piso. Los trabajadores corrían a ayudar a los dos guardias.
Me eché a reír. Realmente era como una escena de persecución de película.
Rosa y yo encontramos las escaleras y subimos corriendo, de dos en dos escalones.
Llegamos a la planta baja, jadeando con fuerza.
Nos encontramos cerca del vestíbulo principal.
Debía de ser bastante tarde. Solo vi a una mujer detrás del mostrador de recepción.
Habían bajado la intensidad de las luces.
No había huéspedes merodeando por el vestíbulo.
Rosa y yo cruzamos el pasillo y abrimos de un empujón una puerta de vidrio que llevaba al área de la piscina.
No había nadie en el agua ni descansando afuera.
Una luna llena y pálida, baja en el cielo, se reflejaba en el agua oscura de la piscina.
Un empleado joven estaba acomodando las reposeras en el otro extremo.
Rosa miró hacia las puertas. —¿Dónde nos escondemos? Van a salir a buscarnos en cualquier momento.
Y así fue. Las puertas de vidrio se abrieron de golpe y Chomsky y Slade salieron disparados. Ambos giraron la cabeza, mirando de un lado a otro de la cubierta, buscándonos.
Sin decir otra palabra, Rosa y yo salimos disparados, corriendo a lo largo de la piscina. Mis ojos estaban fijos en los arbustos espesos al final del área. Quizás Rosa y yo podíamos escondernos detrás de ellos.
Señalé con el dedo. —Por allá —dije sin aliento.
Estábamos casi al final de la piscina cuando alguien salió de entre las sombras y nos bloqueó el paso.
—¡Derek! —exclamé—. ¿Qué haces tú aquí afuera?