34. Mamá al teléfono
MAMÁ AL TELÉFONO
Cuando terminé de hablar, me había quedado sin aliento y el corazón me latía a mil. Miré de Chomsky a Slade. Esperé a que alguno dijera algo.
—Liam dice la verdad —dijo Rosa, rompiendo el silencio—. Solo queríamos un lugar para dormir. Por eso fuimos a la habitación de Derek.
—Nos dijeron que aquí no se permiten teléfonos —dije—. Así que no pudimos llamar a mamá. No tuvimos otra opción. Nosotros...
Chomsky levantó una mano para hacerme callar.
—Respire un poco, Liam —dijo—. Está jadeando como un perro.
—¿Pero me cree? —exclamé.
—Podemos solucionar esto. Es fácil —respondió Slade.
Metió la mano en su bolsillo y sacó un teléfono.
—¿Eh? —Rosa y yo nos quedamos boquiabiertos al mismo tiempo.
Me quedé mirándolo fijamente.
—¿Ustedes dos tienen teléfonos?
Ambos asintieron.
—Somos de seguridad —dijo Slade—. Tenemos que tener teléfonos. Necesitamos estar en contacto con los otros guardias.
—Entonces... ¿podemos llamar a nuestra mamá? —pregunté.
—Ella les dirá que decimos la verdad —dijo Rosa—. Y vendrá a rescatarnos y nos llevará a casa.
Extendí el brazo sobre la mesa para agarrar el teléfono.
—Yo la llamaré —dije.
Pero Slade movió el teléfono fuera de mi alcance.
—Yo haré la llamada —dijo—. Pondré el altavoz para que todos podamos escuchar.
—Está bien. De acuerdo —dije. De repente me sentí tan feliz, tan aliviado. Me moría de ganas de escuchar la voz de mamá. No veía la hora de decirle que Rosa y yo estábamos a salvo. Y pedirle que, por favor, se apurara y viniera por nosotros.
Apenas podía respirar. Rosa daba saltitos en su asiento.
¡Al fin! Este largo día finalmente iba a terminar.
Le dicté a Slade el número de mamá y él lo marcó en su teléfono. Puso el altavoz y todos escuchamos el tono. Un timbre... dos timbres... tres...
Vamos, mamá. Vamos. Atiende.
Mamá contestó al cuarto timbre.
—¿Hola?
Solté un largo suspiro. Estaba tan feliz de escuchar su voz.
—¿Hablo con Anna Brachman? —preguntó Slade.
—Sí, ella habla —respondió mamá.
Rosa y yo nos chocamos los cinco.
—Tengo a sus hijos aquí —dijo Slade—. Y necesito verificar su historia. Nos han contado algo bastante descabellado, y...
—¿Quiénes? —interrumpió mamá—. ¿Qué está diciendo?
—Sus hijos —respondió Slade—. Están aquí y quieren hablar con usted.
—¿Hijos? —dijo mamá—. ¿Dijo hijos? Yo no tengo hijos.