33. No me creen
NO ME CREEN
Chomsky y Slade estaban parados uno al lado del otro, bloqueando la puerta.
Como dije antes, ambos eran grandes y anchos, de pecho robusto y aspecto poderoso.
Parecían jugadores de fútbol americano o luchadores de la WWE.
Slade seguía golpeando sus puños uno contra el otro, como si se estuviera preparando para una pelea.
Derek se apoyó contra la pared del armario mientras los dos hombres entraban con paso firme en la habitación.
—Así que es tu primo, ¿eh? —dijo Chomsky. Nos miró con los ojos muy entrecerrados—. ¿El primo Tim? Deberíamos haberlos detenido allá abajo.
—Y ahora estás aquí intentando apoderarte de la habitación de este chico —dijo Slade.
—No. En realidad no... —empecé a decir.
—Por cierto —dijo Chomsky—. Eres un cantante pésimo. No deberías cantar en público.
Me quedé con la boca abierta. No sabía qué decir.
Slade nos señaló la puerta con un gesto. —Vámonos. ¿Nos van a dar problemas?
—N-no —tartamudeé.
—No queremos problemas —dijo Rosa con una vocecita pequeña—. Podemos explicarlo...
—Daremos las explicaciones abajo —dijo Chomsky—. Van a venir con nosotros pacíficamente, ¿verdad?
Slade golpeó sus puños. Tenía las piernas separadas, como si estuviera listo para moverse rápido y derribarnos.
—Sí —dije—. Pacíficamente. ¿Acaso tenemos opción?
Slade dio un paso adelante. —No nos gustan los sabelotodos.
Un escalofrío me recorrió la espalda. —L-lo siento —tartamudeé.
Chomsky señaló la puerta. —Bajemos a nuestra oficina y podrán explicar qué planeaban hacer en la habitación de este chico.
—¡Solo queríamos dormir! —exclamó Rosa.
Miré a Derek. Él bajó la mirada al suelo. No podía mirarme a los ojos. Tenía las mejillas de un color rosa intenso.
Los dos guardias pusieron sus manos sobre nuestros hombros y nos hicieron marchar a Rosa y a mí por el largo pasillo hacia los elevadores. Pasamos junto a un grupo de adolescentes que se nos quedaron viendo, preguntándose qué delito habríamos cometido.
—¡Enciérrenlos! —gritó un chico. Y todos se rieron.
Una mujer con el cabello blanco y encrespado se acercó apresuradamente a los guardias. Llevaba una bata gris y sostenía una cubeta de hielo en una mano. —¿Pueden ayudarme? Salí por hielo y me quedé fuera de mi habitación.
—Lo siento, señora —respondió Slade. Señaló con el dedo—. Hay un teléfono del hotel por allá. Solo llame a recepción.
Nos guiaron a Rosa y a mí dentro de un elevador. Chomsky presionó un botón marcado con las letras BB. Supuse que era un sótano debajo del sótano.
Unos minutos después, mi hermana y yo estábamos sentados uno junto al otro en una pequeña mesa de metal en una habitación diminuta de paredes grises. Los dos guardias se sentaron frente a nosotros. Entrelazaron sus manos sobre la mesa y nos observaron durante un rato.
—¿Dónde están sus padres? —preguntó Slade finalmente—. Necesitamos traer a sus padres aquí.
—No están aquí —respondí—. Nuestra mamá...
—¿Están aquí sin sus padres? —dijo Slade, levantando una ceja—. ¿Con quién están?
—Con nadie —dije—. Verá...
Slade golpeó la mesa de metal con las manos. —¿Están aquí solos?
—¿Cómo llegaron hasta aquí? —preguntó Chomsky.
—Me trajo un delfín —dije.
Slade sacudió la cabeza. —¿Quieres reconsiderar esa respuesta?
—No. De verdad... —empecé.
—¡Está diciendo la verdad! —gritó Rosa.
—¿Así que ustedes dos no están registrados en el hotel? —preguntó Chomsky.
—No —dije.
—¿Por eso querían apoderarse de la habitación de ese chico, Derek? —preguntó Slade.
—No queríamos apoderarnos de la habitación —dijo Rosa—. Solo queríamos un lugar para dormir esta noche.
—¿Planeaban robarle? —preguntó Chomsky.
—¿Eh? Para nada —dije—. No somos ladrones.
Chomsky se frotó los lados de la cara. —Veo que los shorts tipo cargo que llevas todavía tienen la etiqueta. ¿Te los robaste de la tienda?
Se me cortó la respiración. ¿Cómo podía responder a eso?
Rosa se tiró del cabello. —¡No somos criminales! ¡Somos niños ! —gritó.
—No servirá de nada que nos grite —dijo Slade.
Chomsky inclinó su silla hacia atrás y subió los pies a la mesa. —Empecemos desde el principio —dijo—. Explícanos tú. Slade y yo dejaremos de hacer preguntas y solo escucharemos.
—Me parece un buen plan —dije.
Respiré hondo. ¿Por dónde debería empezar?
Comencé con el tanque de tiburones en la playa.
Les dije que nuestra mamá estaba filmando un programa de televisión.
Expliqué cómo se rompió el tanque y me encontré en el océano.
Les hablé del delfín que me llevó hasta el bote de pesca.
De los dos hombres que querían usarme como carnada para tiburones.
Los dos guardias no dejaban de mirarse mientras yo hablaba.
No me creen , pensé.
—Sé que es una historia descabellada —dije—. Pero es verdad. Todo es verdad.
Seguí hablando. Les conté sobre cómo encontré a Rosa en la isla.
Por favor, créanme , pensaba mientras hablaba. Por favor... créanme.