24. Somos ladrones
SOMOS LADRONES
Rosa y yo estábamos demasiado emocionados para hablar. Ese gran complejo hotelero significaba comida, ropa y la oportunidad de llamar a mamá para decirle dónde encontrarnos. Y tal vez podríamos convencer a alguien para que nos diera una habitación por la noche.
Trotamos junto al muro de ladrillos, tratando de encontrar la entrada. Llegamos a un alto portón de madera. El portón tenía una cadena gruesa y un candado grande. Un letrero de metal en la pared decía: «Solo para miembros».
Negué con la cabeza. —No somos miembros. Y no tenemos dinero. Ni una tarjeta de crédito.
—No hay problema —dijo Rosa.
Me quedé mirándola. —¿Hablas en serio?
—Seremos astutos —dijo ella—. Entraremos a escondidas. Será una aventura.
Solté un quejido. —Ya he tenido suficiente aventura por un día —dije.
Pero Rosa ya estaba escalando el muro. No tuve otra opción. Tuve que seguirla.
Me raspé ambas rodillas con los ladrillos. Pero logré trepar hasta la parte superior del muro. Miré a mi alrededor. La larga alberca y su terraza se extendían frente a nosotros. Las sillas de la terraza estaban vacías. No vi a nadie caminando por ahí.
Nos bajamos a la terraza de madera. Me froté las rodillas raspadas y eché un vistazo. Mi corazón latía tan fuerte que podía escucharlo retumbar. Respiré hondo y profundo.
—Todos están adentro cenando —dijo Rosa. Señaló un gran ventanal de vidrio.
Detrás del cristal, pude ver un comedor iluminado por velas. Las mesas estaban llenas de gente. Dos meseros con uniformes blancos se movían entre ellas. Incluso desde la distancia, podía ver platos apilados con comida.
La vista hizo que me rugiera el estómago. —Tengo taaaanta hambre —me lamenté.
—Primero, tenemos que conseguir algo que ponernos —dijo Rosa—. Mi camiseta y mis shorts todavía están empapados. No podemos entrar al comedor así.
—¿Cómo vamos a comprar ropa? —pregunté.
Pero ella ya estaba cruzando la terraza hacia el otro lado de la alberca, donde estaban las tiendas pequeñas. Tuve que correr un poco para alcanzarla. Miraba hacia atrás constantemente, temeroso de que alguien nos viera y nos denunciara.
Todas las tiendas tenían frentes de vidrio. Sus luces estaban encendidas, pero parecían estar cerradas. Pasamos por un salón de uñas y spa. La siguiente tienda era una pequeña dulcería. Una joyería exhibía collares de diamantes en una vitrina.
—Mira —Rosa se detuvo frente a la siguiente tienda. Miramos a través del cristal y vimos estantes con shorts y trajes de baño, pilas altas de playeras sobre las mesas y una exhibición de coloridas camisas hawaianas.
—Ropa —murmuré—. ¿Estará abierta?
Agarré la manija de la puerta y la abrí.
Rosa y yo entramos con sigilo. Una campana sonó sobre la puerta. Pero no apareció nadie.
La tienda olía dulce, como si hubieran rociado el aire con perfume.
—¿Qué vamos a hacer? —susurré—. No podemos simplemente colarnos aquí y robar ropa.
—Claro que podemos —dijo Rosa. Caminó decidida hacia una mesa de playeras—. Rápido. Ponte una, Liam.
Me quedé atrás. —Pero no somos ladrones —dije.
—No te preocupes —respondió ella—. Mamá pagará las cosas cuando venga a rescatarnos. No estamos robando de verdad.
Sacó una playera azul que decía Rock On en grandes letras rojas en el frente. —Ten. Ponte esta.
—No estoy de humor para rockanrolear —dije, pero tomé la playera.
—Mira si esos shorts blancos te quedan —dijo Rosa, señalando.
Me dirigí hacia el estante de los shorts.
Pero me detuve con un respingo cuando una mujer joven se plantó frente a nosotros.
Llevaba una colorida camisa hawaiana sobre pantalones blancos.
Su cabello rubio y corto asomaba bajo una gorra de béisbol blanca inclinada hacia un lado.
Sostenía una pila de jeans en las manos.
Nos miró a Rosa y a mí. Luego se quedó mirando la playera azul que tenía en mis manos.
—¿Puedo ayudarlos? —preguntó.