23. Una sorpresa en el otro lado
UNA SORPRESA AL OTRO LADO
Me caí de espaldas. Los colmillos de la serpiente fallaron por menos de un par de centímetros. ¡De verdad sentí el aliento caliente de la víbora en mi pie!
—¡Nooooo! —grité de nuevo mientras empezaba a rodar duna abajo. Clavé las manos en la arena, luchando por detener mi caída. Finalmente, me puse boca abajo y logré frenar.
Miré hacia arriba, hacia Rosa. Había rodado como un tercio de la duna. Con un quejido, me puse de pie.
—¡Liam, vas por el camino equivocado! —gritó ella. Luego soltó una carcajada. ¿Por qué le parecía gracioso?
Refunfuñé, pero no respondí.
—La serpiente no me alcanzó —dije cuando llegué a su lado. Me estremecí. —Tenemos que entrar a algún lugar. Necesito ropa. Necesito comida.
—Me pregunto a qué sabrá la carne de serpiente —dijo ella.
La miré fijamente. —¿Por qué eres tan rara?
Ella volvió a reír. —¿Porque eres mi hermano mayor?
Eso no tenía ningún sentido. Pero estaba demasiado cansado para que me importara.
No hablamos durante el resto del ascenso por la duna. Las huellas de pies descalzos en la arena habían desaparecido bajo la hierba espesa. Pero supusimos que debíamos seguir subiendo.
¿A dónde llevaban las huellas?
Tal vez alguien tenía una casa al otro lado de la isla. Tal vez vivía un montón de gente aquí.
Mi corazón empezó a latir con emoción a medida que nos acercábamos a la cima de la duna. Rosa empezó a cantar una de sus canciones inventadas. Ya les dije que siempre canta cuando está emocionada.
Me dolían las piernas por la subida. Pero empecé a trotar. Rosa venía corriendo justo detrás de mí.
Llegamos juntos a la cima y miramos hacia abajo. —¡Guau! —exclamé, parpadeando por los brillantes reflectores blancos al otro lado de la duna.
Mis ojos empezaron a enfocarse. Las luces bordeaban una pared baja de ladrillos.
Detrás de la pared, el agua azul brillaba en una enorme alberca.
Había camastros alrededor de la alberca.
Detrás de la alberca había tiendas muy iluminadas.
Y detrás de las tiendas, se erguía un edificio de cristal alto con balcones, terrazas y enormes ventanales con cortinas que iban del piso al techo.
—¿Dónde estamos? —gritó Rosa—. ¿Qué es esto?
Nuestros pies se resbalaban en la hierba mientras bajábamos corriendo la duna. Nos detuvimos ante la pared baja de ladrillos y nos quedamos mirando un letrero iluminado: BIENVENIDOS A REEF ISLAND RESORT & SPA.
—¡Rosa! —exclamé—. ¡Es un hotel! ¡Un gran hotel de playa! ¡Estamos salvados !
Vaya, qué equivocado estaba.