Noche de los cristales rotos SNUFF #5
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SNUFF #5

Desde entonces, cada vez que alguien encarga uno de los VHS se encarga de solicitar que no se haga ninguna copia sin su consentimiento.

La solicitud, desde luego, es irrisoria.

En la práctica, Kohl pierde el control del negocio.

Por entonces, a mediados de los setenta, tiene un centenar de farmacias desparramadas por el continente y varios centenares, tal vez un millar, de cintas que atesora celosamente.

En uno de sus viajes habituales por Bolivia, visita Oruro y decide abrir allí una sucursal.

Decide, además, no sabemos por qué, que allí pasará sus últimos años.

De hecho, comienza a construir una casa en las afueras de Oruro en 1977.

Es frecuente verlo supervisar personalmente los avances de la obra y dando instrucciones a viva voz.

Leyendo la prensa, se entera de extraños homicidios de una veintena de jovencitos judíos, fanáticos de un equipo de fútbol de Buenos Aires y recuerda a aquel compatriota con el que compartió viaje a través del Atlántico hace casi tres décadas: “¿Será posible?”

, se pregunta con la mirada perdida en el horizonte orureño.

Al año siguiente muere su mujer, de sesenta y cinco años, y Kohl pronuncia un breve discurso ante una concurrencia reducida. Un asistente atento habría captado fácilmente una serie de alusiones encubiertas al Reich en esa semblanza fúnebre.

El año 78 Banzer es derrocado y el alemán tiene la sensación de estar encerrado en un manicomio de paredes acolchadas que se ciernen sobre él.

Un año más tarde, con sesenta y siete años, Kohl hace su última filmación en una casa de tortura en Santiago de Chile.

Le envía la cinta Betamax a Pinochet que le agradece con una nota escueta, pero también le encarga, sutilmente, que en el futuro se abstenga de hacerle esos regalos.

Cuando lee la carta, Kohl se queda mirándola un momento, incrédulo, y luego la arruga e insulta a Pinochet, catalogándolo de campesino ignorante.

Entonces, en 1980, finalmente se radica en Oruro.

Sus cintas están desparramadas por todo Sudamérica y Kohl juzga que ese es un riesgo.

Además, desea disponer de un lugar que le permita acceder a todo el material que ha filmado a lo largo de toda su vida.

Haciendo gala de lo que había aprendido de sus viejos correligionarios, organiza los viajes de camionetas de su cadena de farmacias que distintos lugares del continente viajan hasta Oruro.

Kohl exige que el inventario de esos transportes no conste en ninguna parte.

Las cintas, contadas por miles y en formatos distintos, son cuidadosamente arrumadas en una habitación de su casona.

Él mismo supervisa la operación, impecable en su ejecución desde un punto de vista logístico, que cumple el titánico propósito de que ninguna de las cintas se dañe o extravíe.

De eso puede estar seguro, porque las contabiliza personalmente.

Kohl ya no vuelve a venderlas y en lugar de eso, las cataloga con esmero y luego pasa las tardes viéndolas en funciones privadas ininterrumpidas.

A veces, viendo las películas, masajea su pene infructuosamente, pues permanece lánguido.

Durante la década de los ochenta recibe llamados telefónicos de personas que quieren comprar cintas, pero él niega entonces ser Kohl, el exfuncionario nazi.

No sé de quién ni de qué me está hablando, yo llegué a Sudamérica mucho antes, en la década del veinte, argumenta.

Algunos de los llamados provienen de latitudes tan lejanas como Ucrania, Turquía, Yugoeslavia o Rumania.

El interlocutor de uno de ellos se identifica como emisario de Nicolae Ceaușescu, encargo frente al cual Kohl cede y envía, increíblemente, una cinta por correo certificado hasta Bucarest.

Al cabo de un par de semanas recibe una nota de agradecimiento en rumano, de puño y letra del dictador rumano.

En 1981, gracias a la televisión por cable, Kohl sigue con atención la extradición y el juicio en Israel de John Demjanjuk, un ucraniano que había trabajado como operario en una planta de Ford en Cleveland, acusado de ser Iván el Terrible, un exguardia de la SS en el campo de exterminio de Sobibor.

Demjanjuk, pese a los testimonios de sus acusadores, declara sin inmutarse que se trataba de una confusión, de un malentendido.

Kohl entiende que lo que se juzga allí no es solo a un individuo, sino la posibilidad de que el pasado —incluso el más atroz— pueda ocultarse durante décadas detrás de una rutina, un empleo estable y una vejez silenciosa, hasta reaparecer, de pronto, en la pantalla del cuarto de estar,

reclamando justicia.

Cuando Demjanjuk es finalmente absuelto por la Corte Suprema israelí, Kohl abre una botella de espumante y celebra con una efusividad que a él mismo le sorprende: está convencido de que aquel anciano calvo, de ojos claros, es en realidad el carnicero de Sobibor.

Los malos ratos que ve pasar a Demjanjuk lo llevan, sin embargo, a redoblar las precauciones.

Para evitar ser visto, apenas sale de la casa y, cuando se asoma al balcón, lo hace con anteojos oscuros y gorra.

Queda estrictamente prohibido tomar fotografías desde el interior de la mansión y se incorporan cláusulas de confidencialidad infranqueables en los contratos de sus sirvientes.

Desde su cineteca personal ve reptar a las dictaduras latinoamericana.

A esa altura, su videoteca es un verdadero museo, no solo por las películas que registra algunos de los hechos más escalofriantes de la historia, sino porque además sus cuatro paredes albergan la historia de la evolución de los aparatos para grabar filmes.

Tiene rollos de cintas de 35 mm y 16 mm, pero también videocintas de betamax y VHS.

Toda la tecnología cinematográfica está encerrada entre esa habitación.

Por entonces, cuando es casi un octogenario, comienza a interesarse por fin, verdaderamente en el cine.

Compra una enciclopedia que resume toda la historia del séptimo arte y cuando llega al extenso dedicado al cine alemán lee con fruición, como si leyera los Evangelios.

El capítulo está segmentado cronológicamente.

Lee con especial interés los párrafos dedicados al cine producido entre 1933- 1945.

Hay un par de escuetos reglones dedicados a Leni Riefenstahl.

La vejez hace delirar a Kohl e imagina que sus peripecias en los campos de batalla debieran estar incluidos en esas páginas, puesto a la altura de Robert Wiene, Friedrich Wilhelm Murnau o Fritz Lanz.

Como tal cosa no ocurre, arroja furiosamente el libro lejos y prohíbe que cualquiera lo recoja, salvo para echarlo al tacho de basura.

Días después, lo recoge y lo lleva al baño.

Utiliza sus hojas como papel higiénico ante el desconcierto de sus empleados que contemplan esas hojas de papel cuché sucias de mierda y arrugadas con esmero dentro del papelero.

En 1989, cuando cae la dictadura de Pinochet, decide vender a empresarios chilenos su cadena de farmacias por una suma muy considerable y entonces se vuelve definitivamente un ermitaño encerrado en su casa que parece un búnker.

Sus farmacias cambian de nombre y se convierten en una multinacional chilena.

La operación es reseñada en distintas revistas financieras, pero Kohl, a quien califican como multimillonario excéntrico y ermitaño, se niega a que le tomen fotografías y rechaza, incluso, sondeos de Caras y Cosas.

Solo soy un inmigrante alemán bien intencionado, no merezco reportajes, menos homenajes, argumenta con falsa modestia.

Los verdaderos héroes, añade, son los miles de empleados que han hecho crecer mi compañía a lo largo y ancho de todo este continente.

A pesar de esas declaraciones, Kohl no muestra ninguna clase de interés por asegurar que sus exfuncionarios permanezcan con empleo en el marco de la negociación.

Tiene setenta y siete años y guarecido en su casona recibe la colaboración de un chofer, una cocinera, un jardinero y una cuidadora con estudios incompletos de enfermería.

Podría tener un séquito de empleados a sus órdenes, pero se conforma con ese acotado servicio que le permite desplazarse por la casa sin inconvenientes y sin tener que dar explicaciones.

Hay semanas completas en que, asediado por la duda absurda de que alguno de ellos pudiera reconocerlo, deambula por la casa con la cabeza gacha, sin intercambiar palabra alguna con ninguno de ellos.

De todos sus empleados, solo mantiene alguna relación con el chofer, que es de origen quechua.

Por entonces Kohl sale muy poco de casa y su Mercedes Benz permanece aparcado en el garaje donde a veces juega ajedrez con el chofer, con el tablero dispuesto sobre el capó del vehículo.

En esas jornadas, tienen largas conversaciones que comienzan al morir la tarde y se alargan hasta la madrugada.

Kohl habla de Europa y de las guerras mundiales, pero yerra en muchas fechas y referencias.

También habla de hambrunas y de sitios en que debió esconderse para sobrevivir.

El chofer habla menos y sus historias tratan de humillaciones y matanzas de quechuas que relata como si fueran cacerías legales de animales silvestres.

Algunas tardes, Kohl le pide al chofer que lo lleve a dar vueltas por Oruro y casi siempre se aparcan en estacionamientos desde donde pueden verse parques de juegos infantiles.

El chófer se queda mirando al alemán por el retrovisor e imagina que el anciano piensa en los hijos y nietos que no tuvo, que ya no tendrá.

Kohl, en cambio, imagina campos de exterminio mientras ve a esos niñitos morenos que juegan alegres en los balancines y toboganes.

Una tarde, mientras están jugando ajedrez en el garaje, el chofer le cuenta a Kohl que ha visto una película junto a sus nietos.

—¿Tienes nietos? —pregunta el alemán, sorprendido.

—Claro —dice el chófer, y abre su billetera para mostrarle tres pequeñas fotografías a su patrón. Son tres niños pequeños. Parecen clones defectuosos, piensa el alemán.

—¿Cómo se llama la película? —pregunta el anciano luego de devolver las fotos y el chofer dice que se llama Un sueño americano y es una película de dibujos animados.

En el filme, una familia de ratas ruso-judías emigran a Estados Unidos, alentados por el rumor de que no hay gatos en América.

Como es obvio, una vez que llegan a América hay gatos, como en todo el mundo.