SNUFF #4
Para corresponderle, Klement le hace una rebaja considerable en la venta de un Mercedez Adenauer, que Kohl luce orgulloso por las calles porteñas.
Además, Eichmann, le presenta a Otto Skorzeny cuando este da un paseo por Buenos Aires y, Kohl, sobrecogido y declarándose un admirador de sus hazañas, le regala una decena de cintas como si fueran souvenirs porteños.
También envía cintas a Paraguay y a Brasil contra entrega de suculentas cifras de dinero.
Para entonces, ha comenzado a flexibilizar sus requisitos, pues algunos de esos compradores no tienes pasado nazi y son solo excéntricos coleccionistas que quieren distraerse viendo películas de crímenes reales.
Algunos de sus clientes elevan a Kohl a leyenda del cine snuff latinoamericano y él, que no entiende a qué se refieren, se limita a sonreír socarronamente.
En fin, se siente complacido de ser el proveedor de películas de horror para millonarios del continente.
Aun así, su vida en Buenos Aires ha sido de cierta forma intachable y su esposa no tiene quejas.
Kohl no bebe, ni frecuenta prostitutas, o las frecuenta discretamente, y tampoco fuerza a su mujer a hacer nada que no quiera.
Los domingos acompaña a su suegro al estadio a ver los partidos de River Plate, aunque esto último le importa un comino y llegan a tener una relación cercana, o algo que el militar jubilado interpreta como relación cercana.
Ni siquiera a él, sin embargo, le cuenta sobre su pasado nazi, aunque este, de vez en vez, lo tienta y le arroja indirectas en algunas conversaciones íntimas.
Sin embargo, Kohl resiste todas las carnadas y ni por un momento abandona la chapa del buen estudiante de química y farmacología en la Universidad de Humboldt.
En fin, nunca sabremos si es a causa de su afán aventurero o porque la cantidad de cintas está disminuyendo y eso amenaza sus finanzas, pero Kohl, por entonces un cuarentón, siente que debe volver a sus andanzas.
Encuentra la oportunidad perfecta en el golpe de estado que Stroessner perpetra en Paraguay, en 1954.
Apenas se entera de las tropelías de Stroessner, en 1955, Kohl decide viajar a Asunción con la excusa de hacer estudios de mercado farmacéutico.
Algo de eso hay. Kohl se hospeda en un hotel céntrico y contrata un taxi para dar vueltas por Asunción.
Husmea algunas farmacias y toma notas dispersas.
Asunción resulta ser, en efecto, un lugar propicio para instalar alguna droguería.
Pero Kohl está más interesado en sostener alguna reunión con el mismísimo Stroessner.
Por intermedio de algunas amistades bien posicionadas y aficionadas a sus películas, Kohl consigue la cita.
Stroessner por su parte está fascinado por el origen alemán del sujeto, pues entrevé la eventual filiación nazi.
Durante la conversación y por primera vez que está en América, Kohl confiesa que en el pasado fue militante del Partido Nazi y alto funcionario del Tercer Reich, lo que es rigurosamente falso.
Al mismo tiempo, insinúa que se ha desempeñado en alguno de los campos de exterminio cumpliendo cometidos encargados por el mismo Eichmann.
Stroessner se muestra interesado en que comparta su experiencia militar, especialmente en lo referido a la gestión de los prisioneros, pero en lugar de eso Kohl comienza a hablarle de cine y de la importancia de la propaganda para persuadir a los pueblos.
Pero Stroessner no es Hitler y al cabo de diez minutos está francamente aburrido y decepcionado.
Bosteza sin disimulos. Qué podría importarme a mí el cine, parece decir.
De qué modo las películas podían ayudarlo con el gallinero que era Paraguay.
A Kohl le cuesta mucho trabajo convencerlo de la relevancia de hacer registros cinematográficos del régimen que actualmente encabeza.
Después de hora y media Stroessner acepta sin entusiasmo y se compromete a entregar facilidades para las filmaciones.
Antes de retirarse, Kohl le regala a Stroessner una cinta en que hay filmada una pira de prisioneros judíos ardiendo en Bergen-Belsen, con la sensación de que el mandatario paraguayo no lograra apreciar la belleza del obsequio que está poniéndole entre las manos.
Kohl instala dos o tres farmacias en Asunción y comienza a filmar interrogatorios y torturas en Paraguay.
A partir de entonces, de hecho, ya no se detiene.
Esas primeras películas entretienen a Stroessner y a algunos de sus secuaces en funciones privadas y también son comercializadas con excéntricos de Sudamérica.
Sin embargo, Kohl no está dispuesto a correr el riesgo de quedar con las manos vacías y muchas de las cintas permanecen con él.
En las bodegas de las farmacias paraguayas, junto con los medicamentos, comienza a acumular una verdadera hemeroteca del terror en baúles sobre los que ordena escribir FRÁGIL y PROHIBIDO AbrIR.
La tarea de Kohl en Paraguay se exacerba a partir de 1956, cuando Robert Thierry es enviado desde Estados Unidos durante la administración de Eisenhower, y las torturas recrudecen al interior de las infames oficinas de Dirección Nacional de Asuntos Técnicos.
Kohl se complace en convertirse en el camarógrafo de la bestialidad de la dictadura paraguaya.
Por esos años viaja con frecuencia entre Paraguay y Argentina y se codea con militares y empresarios que, bajando la voz, le preguntan si tiene alguna cinta.
Esas películas snuff animan excéntricas fiestas de millonarios sudamericanos en Buenos Aires, Asunción, Río de Janeiro, Caracas e incluso en Santiago de Chile, donde los hombres de negocios son más bien parcos y aburridos o, tal vez, solo más hipócritas.
Para cuando llegan las dictaduras de Brasil, en 1964 y de Perú, en 1968, Kohl tiene ya bastante experiencia y ha ganado cierto nombre.
No tardan en abrirle las puertas. Desde entonces, sus itinerarios incluyen viajes a San Pablo, Río de Janeiro y Lima, ciudades en las que abre nuevos locales de farmacias.
Para finales de la década del sesenta tiene cerca de treinta farmacias que venden productos Bayer desparramadas por el continente e incluso se permite un temerario viaje a Leverkusen a las fábricas de aspirina.
Kohl se siente cómodo y apreciado en Sudamérica y solo experimenta algo parecido al temor en 1964, cuando Eichmann es capturado por tropas israelíes en Buenos Aires y puesto frente a una corte.
Kohl sigue las alternativas del caso con interés y solo entonces duda, aunque brevemente, con continuar sus andanzas.
Por esos mismos días, tal vez para distraerse, Kohl se permite una debilidad y mantiene su única aventura extramarital, nada menos que con Isabel Sarli, la vedette y actriz argentina.
Unos amigos productores de cine se la presentan durante una fiesta en que se celebra el estreno de Lujuria Tropical de Armando Bó.
Sarli tiene 35 años y Kohl más de cincuenta.
Pasan, en total, cuatro o cinco noches en un hotel lujoso pero discreto de Buenos Aires.
Una de esas noches, desnudos y con la luna porteña iluminándolos, Kohl le pregunta a Sarli si ha oído hablar de Leni Riefenstahl.
Ella dice que no y la respuesta le deja un amargo sabor de boca, aunque no sabe por qué.
La última noche que pasan juntos Kohl relata que fue camarógrafo de guerra durante la Segunda Guerra Mundial y, luego de escuchar sus exageraciones, Sarli –que no le ha creído una sola palabra sobre sus andanzas bélicas– le practica una felación inolvidable.
Cuando se despiden efusivamente saben que no volverán a verse.
Para entonces, con casi sesenta años, Kohl empieza a sentirse cansado y ni siquiera sospecha que la década siguiente será especialmente ajetreada.
Como si se tratara de una gripe contagiosa, comienzan a instalarse dictaduras en Bolivia, Uruguay, Chile y Argentina.
Por esos días ya ni siquiera hacen falta las presentaciones: desde hace un tiempo circula entre los militares del continente el nombre de un alemán que filma torturas.
El mismísimo Hugo Banzer lo recibe con los brazos abiertos.
Igual de efusivos son Pinochet y Videla.
De hecho, Pinochet lo pone de inmediato en contacto con los sicarios de la Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta chilena, y, a los sesenta y un años, Kohl comienza a recorrer con regularidad los distintos centros de tortura y exterminio de la dictadura.
También hay tiempo para sus otros negocios y abre farmacias en Santiago, Valparaíso y Concepción.
De hecho, aunque por esa década su itinerario incluye viajes frecuentes por el continente, Kohl pasa mucho tiempo en Santiago aduciendo que el mercado farmacéutico es más atractivo en el país andino.
Nunca vi gente más hipocondríaca que los chilenos, advierte a quienes le consultan.
“Nación de adictos a los analgésicos”, anota en uno de sus cuadernos.
Las farmacias, vaticina, prosperaran como hongos en el campo.
Kohl reúne películas de prácticamente todo Chile, pues recorre el país desde Pisagua hasta isla Dawson cargando una videocámara y se pasea con total libertad por casas de tortura, regimientos, hospitales, maestranzas, bases áreas y navales, estaciones ferroviarias, comisarías y retenes,
a pesar de que algunos agentes de la Central Nacional de Inteligencia no entienden por qué sus superiores permiten que alguien tomo esos registros incriminatorios.
Esas cintas con exhibidas en reuniones de militares y civiles que las ven mientras fuman, incluso mientras cenan.
En Chile, Manuel Contreras lo presenta a Walter Rauff, con quien mantiene contacto por algún tiempo y con quien comparte algunas amenas tardes de cine y, cosa increíble, algunos episodios de la serie de TV Los Magníficos.
A su vez, en Argentina, a Kohl se le permite hacer impensados registros audiovisuales desde el interior de la Escuela de Mecánica de la Armada, Campo de Mayo y el Pozo de Banfield.
En fin, muchos lo ven como si estuvieran tratando con el Ingmar Bergman o el Andréi Tarkovski del horror.
Lo cierto es que, aún si es verdad que hay algo de belleza en la crueldad, Kohl no ha logrado dar con ella ni siquiera en una de sus tomas.
Por aquellos días, Kohl se entera de que algunas copias de sus películas están circulando por el continente más allá de su control y no sabe si sentir orgullo o desconcierto.