Noche de los cristales rotos SNUFF #3
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SNUFF #3

El tránsito final de la huida se retrasa porque Kohl contrae una extraña fiebre y durante siete u ocho días suda y delira sobre una esterilla.

Sueña que juega con ajedrez con Fritz Lanz o alguien, en todo caso, muy parecido a Lanz.

Es una partida larga que se extiende durante largos días y sus respectivas noches.

Al final, Lanz es quien dice jaque mate y Kohl furioso desparrama las piezas por el tablero.

Cuando se siente mejor juzga que se merece unas vacaciones y se imagina pasando los días en algún balneario de la Costa Brava.

También se imagina en Tánger o en Marrakech, pero luego desiste porque las redes de protección franquistas no resultan tan eficientes como cabría esperar.

Finalmente, viaja desde Siria a Sudamérica y durante el viaje tiene la sensación de que algunos sujetos lo siguen por barco para ponerle las manos encima.

Finalmente, desembarca en Buenos Aires en 1950.

Un par de ociosos que encuentra en el puerto lo ayudan a cargar con el baúl.

¿Qué lleva acá, maestro?, le pregunta uno de ellos, ¿un muerto?

Kohl, que se siente seguro al respirar el aire de Buenos Aires, se anima a responder que lleva, en realidad, cinco millones de muertos.

Los vagabundos se ríen. Kohl se pone serio un momento, los mira fijamente y luego se larga a reír también.

El aire porteño le ofrece, enseguida, la certeza de que aquel es un buen lugar para cambiar de piel.

Son los tiempos de Juan Domingo Perón y en Argentina esperan con los brazos abiertos a los mercaderes europeos de buena voluntad que quieran prosperar y pagar suculentos impuestos.

En Buenos Aires, valiéndose de su origen alemán, Kohl monta una farmacia que le permite vivir austera, pero aceptablemente.

Contactos que mantiene en Alemania le permiten importar directamente desde Leverkusen productos Bayer, principalmente aspirina.

Dice ser un químico farmacéutico de la universidad de Humboldt que lamentablemente ha perdido su certificado de título en un incendio a causa de un bombardeo de la fuerza área británica a Berlín.

En Argentina, la personalidad de Kohl exhibe algunas metamorfosis y, como pocas veces, parece dispuesto a perseverar.

Lee obsesivamente los folletitos e instructivos de los medicamentos y los aprende de memoria, cada detalle.

Cada vez que atiende a algún cliente lo sorprende con largas peroratas sobre las bondades y contraindicaciones de los medicamentos importados.

En cuestión de meses, se gana cierta fama entre los porteños hipocondríacos, es decir, el negocio marcha bien.

En la bodega de la farmacia descansa todavía en 1952 el baúl con las únicas pertenencias que Kohl ha traído desde Europa.

Kohl se permite entonces participar en la vida social de Buenos Aires.

Visita cafeterías y librerías, asiste a misa y recibe la hostia sin ningún remilgo.

Es invitado a cenar en casas de conocidos que, paulatinamente, comienzan a convertirse en amistades.

Cada vez que puede finge horror por las ocupaciones de algunos de sus compatriotas en el período 1933-1945.

Algunos de nosotros, arguye, ni siquiera sabíamos que había campos de concentración en Alemania.

Ofrece crudas descripciones sobre la vida en Berlín antes y después de la guerra y relata conmovido muertes imaginarias de amigos imaginarios.

De vez en cuando, derrama alguna lágrima y luego, encerrado en el baño, se felicita a sí mismo por sus convincentes actuaciones, imaginando que pudo convertirse en un buen actor.

En cierta ocasión, es invitado a cenar a la casa de una familia judía.

El padre de familia lo invita precisamente por el pesar con que relata las deportaciones de los judíos en los trenes para animales.

A pesar de no tener yo ninguna culpa, expreso mis sinceras disculpas en nombre de todo el pueblo alemán, dice Kohl en el colmo de los atrevimientos.

Luego, se enamora o finge enamorarse, y pide en matrimonio a una oriunda de Buenos Aires, de apellido Pella.

El padre de la joven, un militar argentino viudo y admirador de la disciplina militar prusiana, no tiene inconvenientes en bendecir la unión, sin imaginar las ocupaciones de Kohl en la Alemania nazi, o, tal vez, gracias a que las sospecha.

El militar argentino intuye en el alemán un yerno ideal y pasa mucho tiempo aconsejándolo respecto de los devaneos de la psicología femenina y el modo de sortear con éxito la vida matrimonial.

Como el negocio farmacéutico marcha bastante bien, Kohl solicita un préstamo al Banco Ciudad de Buenos Aires, compra una casa vieja y la remodela.

La casa es refaccionada de acuerdo con los deseos expresos de su flamante esposa, pródiga en caprichos, todos los cuales son estrictamente complacidos, por lo demás.

El único lujo que Kohl se permite para él es un cuartito oscuro al fondo de la casa, nada menos que una sala de cine privada en que suele ver, proyectándolas en la pared, las películas que filmó durante la Segunda Guerra Mundial.

Como en la casa de Barba Azul, Kohl prohíbe terminantemente que su mujer, o cualquier otra persona, entre a ese cuarto.

Como la mujer es caprichosa se queja, primero con Kohl, que no acusa recibo, y luego con su padre sobre la proscripción que considera intolerable.

Yo debo ser ama y señora de la casa, espeta.

Ningún rincón me puede estar vetado. Todo hombre tiene derecho a tener algún secreto, hija, le dice aquel ariscando la nariz, y el asunto queda zanjado.

Cada tarde, de regreso de la farmacia y antes de cenar, Kohl pasa una hora al interior de la sala, regodeándose con sus películas de los campos de concentración.

No tiene inconvenientes en ver los esqueléticos cuerpos de judíos entrando a la cámara de gas y luego pedir la bendición de la mesa y comer deliciosos manjares.

Las cenas son silenciosas y lo serán para siempre, pues Kohl y su mujer no lograrán tener descendencia.

Son días en que Kohl se cuida de no comentar nunca su afición al cine, ni mucho menos que alguna vez fue asistente de Leni Riefenstahl, pero por entonces comienza a frecuentar con regularidad las salas de Buenos Aires.

Disfruta, especialmente, de las películas de Lucas Demare, Francisco Mugica y Nelo Cosimi.

Ve varias veces La calle grita y La pícara cenicienta.

De hecho, un conocido en común le presenta a Demare y Kohl está a tentado de decirle que trabajó en cine en Alemania, en 1934, y que fue un camarógrafo de guerra, pero se abstiene y se conforma con el rol de espectador de los filmes argentinos.

Llega a tener cierta amistad con dos actores de la época, Serafín Paoli y Adolfo de Almeida.

Uno de esos días, sentados en una cafetería en Corrientes, Kohl se permite distraer a Paoli con el argumento de una improbable película de espías alemanes que transcurre en la Pampa Argentina y en la Patagonia.

Los espías o emisarios nazi buscan algo que la película no releva hasta el final, tal vez un talismán que les habría permitido ganar la guerra sin inconvenientes.

Paoli lo escucha en silencio y sin atreverse a desanimar a su amigo le pide que escriba el guion, pero Kohl no tiene idea acerca de cómo escribir tal cosa y cualquier conversación termina ahí.

Kohl se consuela entonces en la contemplación absurda de sus propias cintas.

Su infame colección, sin embargo, comienza a sufrir por entonces, hacia 1953, algunas mermas, pues ciertos nazis recién instalados en Argentina lo reconocen de inmediato y se ponen en contacto con él con la discreción de quienes se huelen desde lejos.

El primero en reconocerlo es un oficial de la SS que va a comprar remedios para malestares estomacales.

Se queda mirándolo fijamente mientras Kohl lanza una larga perorata sobre las bondades del laboratorio Bayer y, en voz baja, se anima a preguntarle si es el hombre que viajaba en tren filmando los campos de exterminio.

Kohl se queda helado, pero también siente algo parecido al orgullo.

La vanidad es, definitivamente, su pecado capital.

Por entonces es ya un respetado empresario farmacéutico y no tiene necesidad alguna de ventilar su pasado, pero siente de algún modo que sus ocupaciones anteriores le granjearán el respeto, o al menos la aceptación de sus pares, el beneplácito que no tuvo en Alemania.

Desde entonces y, por intermedio de ese sujeto, varios nazis que se han establecido en Buenos Aires consultan a Kohl si es posible adquirir alguna de esas cintas.

Pura nostalgia, dicen algunos para explicar sus solicitudes.

Kohl solo consiente en atender clientes que den plena garantías de haber pertenecido al Ejército Nazi, de otro modo sería un riesgo.

Esos sujetos disponen de recursos y Kohl no tiene inconvenientes en vender algunas de las películas en cifras escandalosas, cifras que por lo demás muchos están dispuestos a desembolsar.

Como es obvio, esas entradas de divisa no quedan registradas en sus libros contables, pero son bastante abultadas y complementan, a veces superan holgadamente, las ganancias de las boticas Kohl.

En aquellos años, se monta una discreta, pero eficiente red de contactos por las que circulan las cintas.

Es tanto el interés que Kohl dispone de tarifas diferenciadas de acuerdo con el campo de donde proveían las películas.

Auschwitz, Sobibor, Treblinka, Bergen-Belsen y Dachau están entre las más costosas, pero también entre las más solicitadas.

Con esos ingresos, Kohl adquiere nuevos locales para montar sus droguerías y se convierte, paulatinamente, en un referente del mercado farmacéutico de Buenos Aires.

Llega a abrir una filial en Córdoba y otra en Rosario.

Ratas que llegan desde Europa acuden a sus locales a pedir trabajo y consejos para levantar sus propios negocios.

También en ese ámbito, y entre los nazis, Kohl se convierte en un faro y ejemplo abnegado de reinvención de la propia vida.

Por medio de un intermediario, llega a vender un rollo de Dachau al mismísimo Eichmann, por entonces Robert Klement, gerente de planta de la Mercedes Benz, en Buenos Aires.

En realidad, esa venta es casi un regalo porque Kohl no olvida que nada de eso hubiese sido posible sin la autorización de Eichmann.