Noche de los cristales rotos SNUFF #2
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SNUFF #2

Centenares de horas de filmaciones en blanco y negro, de nazis aburridos timbrando papeles sin parar, que no apartan la mirada de sus escritorios mientras elaboran itinerarios, cronogramas o presupuestos como si se tratara de la más redundante tarea administrativa, cuando, varias veces,

se trata de organizar tareas genocidas.

Kohl ha aprendido algunos gestos de Riefenstahl y la imita mientras da instrucciones a los camarógrafos autodidactas.

A ella, vuelve a verla en 1936, durante los Juegos Olímpicos de Berlín, mientras Riefenstahl está filmando Olympia.

Ella se tarda en reconocerlo, pues Kohl ha engordado un par de kilos, pero en cuanto lo hace se larga a reír, pues no ha olvidado el impase con su ropa interior.

En 1938, poco antes de que su vida de un nuevo giro, a propósito del estreno de Olympia, Kohl demuestra que además se ha vuelto un tipo rencoroso y no pierde ocasión de denostar la cinta.

Ya que dirige una oficinita miserable que hace registros audiovisuales para el Reich, se cree con el derecho a despachar el filme con dos o tres frases.

En realidad, muy poca gente sabe que existe la oficina que él dirige —o, mejor dicho, administra—, y no faltan quienes, de saberlo, habrían recomendado su cierre.

Y luego llega 1939 y el delirio se desata sin que haya vuelta atrás.

Para entonces, Kohl tiene miles de cintas cuidadosamente almacenadas con filmaciones anodinas de trámites de oficina o tediosas ceremonias militare y tiene la absurda sensación de que su vida está resuelta.

Para contrariar sus fantasías, la mayoría del personal de la V División es destinado a registrar la gloria de Alemania en los campos de batalla.

Kohl, que sigue a cargo de la oficina donde trabajan dos o tres inútiles sin remedio, cree que la orden podía no aplicarse a ellos, pero no encontró modo de esquivar el ultimátum.

Como su despacho no le interesa a nadie, no tiene más remedio que trasladarse por cuenta propia y, acompañado de su esmirriado equipo de camarógrafos, filma paralelamente la invasión de Polonia.

Cuando le preguntan de qué trata el asunto, él explica que es para la videoteca personal de Goebbels.

En tierras polacas, Kohl recuerda algunos trucos de Riefenstahl y con la ayuda de algunos soldados monta una cámara sobre ruedas y esta sobre rieles para desplazarse mientras filma los movimientos de los blindados alemanes sobre la llanura y carreteras polacas.

Luego filma las invasiones de Finlandia, Dinamarca y Noruega.

Sus cámaras también hacen registros en Luxemburgo, Bélgica y los Países Bajos.

Filma, de hecho, el bombardeo que destruye Róterdam.

Alcanza a rodar algunas tomas en los espesos bosques de las Ardenas donde contrae un resfriado y sufre un esguince de tobillo.

Finalmente, regresa a su oficina en Berlín, proclamando que ha hecho unas fantásticas tomas de Dunkerque que nunca nadie llega a ver.

Luego aduce que la cinta se ha estropeado.

Es una lástima, declara, pues en mis películas los franceses se veían como ratas que huyen desde un puerto donde no hay ya basura que roer.

Los soldados del Reich, en cambio, parecen gatos cazadores.

Desde Berlín organiza la participación de su oficinita en la cobertura cinematográfica del avance de Alemania.

Recluta a decenas de camarógrafos y los equipa con aparatos de 16 mm.

Los distribuye por los distintos frentes.

Periódicamente, recibe rollos de película que revisa y archiva cuidadosamente.

Otros, sin embargo, son sustraídos y apartados para su colección personal que por entonces comienza a nutrirse.

En 1941 tiene la más infame de sus ideas.

Juzga que es indispensable filmar los campos de trabajos forzados y de exterminio.

Esa es una tarea que no está dispuesto a delegar.

Consigue una reunión con Eichmann y le habla sobre la importancia de hacer registros cinematográficos que permitan a las futuras generaciones apreciar la pulcritud con que se administran los campos.

Es el triunfo de la burocracia nazi, argumenta.

Tarde o temprano, insiste, todo el titánico esfuerzo para que los campos funcionen como un reloj suizo será valorado como un milagro de la administración moderna.

Cuando el mundo esté sobrepoblado, dice Kohl, los líderes del mundo dejarán de ariscar la nariz y vendrán a preguntarle a usted cómo es que lo hizo.

Le dice a Eichmann que, en el pasado reciente, fue un colaborador entusiasta de Leni Riefenstahl y que podría hacer con los campos de exterminio un trabajo similar al realizado en El triunfo de la Voluntad y Olympia.

Eichmann delira y se imagina retratado en películas que eternizarán su efigie como uno de los más eficientes funcionarios del Tercer Reich y autoriza a Kohl a deambular por los campos de concentración.

De hecho, firma unos papeles que le dan pleno acceso a donde guste, cámaras de gaseado incluido.

Eichmann está tan embriagado en su vanidad, que ni siquiera sopesa que podría estar abriendo las puertas a la producción de evidencia de sus crímenes atroces.

Así, mientras Europa se desangra, Kohl se dedica a recorrer en tren todos los campos de exterminio, sin más compañía que la de una cámara Kodak de 16 mm y un baúl en donde guarda los rollos.

Recorre Alemania y también Polonia, Noruega, Serbia, Croacia, Bélgica, Rumania, Ucrania, Bielorrusia, Letonia, República Checa y los países Bajos.

Filma los campos de Amersfoort, Auschwitz-Birkenau, Banjica, Bardufoss, Belzec, Bergen-Belsen, Berlin-Marzahn, Bolzano, Bogdanovka, Buchenwald, Chelmno, Breitenau, Dachau, Grini, Flosserbürg, la prisión de Falstad, Gross Rosen, Hinzert, en fin, recorre todos,

o casi todos los campos que los nazis han erigido a lo largo de Europa y su tarea ni siquiera se detiene una vez que se ha puesto en marcha la Solución Final.

Filma trenes para ganado que cargan judíos, barracones piojosos, ajusticiamientos absurdos, perros dóberman persiguiendo y desgarrando a hombres y mujeres de cuerpos esqueléticos, cráneos destrozados en canteras, niños desnutridos tomando sopa aguada, cuerpos caídos junto a cercos eléctricos,

fosas que parecen cráteres atiborrados de muertos, piras de cadáveres arrumados y arrastrados por retroexcavadoras, cámaras de gas, cercos de alambradas.

En fin, todo el horror nazi. Solo los primeros años hay SS dispuestos a posar orgullosos para la cámara de Kohl.

Conforme van transcurriendo los años, el interés por aparecer retratado en los filmes de Kohl disminuye.

Ese gesto le advierte a Kohl que los vientos están por cambiar.

Después de todo, es un hombre sin inteligencia ni escrúpulos, pero dotado de un instinto de supervivencia infalible.

Así, tal como un venado intuye el peligro en la quietud sospechosa del bosque, Kohl huele que las circunstancias no son nada halagüeñas y comienza a otear alguna salida expedita entre los árboles que humean.

Hacia mediados de 1944, cuando la situación parece irremontable, Kohl interrumpe su itinerario macabro y comienza a preparar su desaparición.

Nadie extraña su presencia. Algunos lo dan por muerto.

Cambia su nombre, consigue documentos falsos y vive miserablemente en el Berlín de posguerra.

Consigue escasos ingresos trabajando como mecánico automotriz, lo que también es una hazaña, considerando que no tiene idea de automóviles.

En fin, se dedica a lucir con estilo un overol grasiento y a transar mercancías en el mercado negro.

Se entera de los derroteros de los Juicios de Núremberg por la prensa y las lee como si leyera obituarios de seres queridos o de familiares lejanos caídos en desgracia.

Como si leyera, en realidad, noticias sobre el estado del clima en lugares a los que planea ir en un futuro lejano.

Cuando cree que está a salvo, que nadie lo recordara ya, se entera de que, en algunos rincones de Europa, especialmente en Austria y Polonia, circula la leyenda urbana de un cineasta maldito que recorría los campos del horror grabando todas las atrocidades que fueran posibles.

Por entonces, ya hay agrupaciones de cazadores de nazis organizándose para hacer toda la justicia posible y les vendría bien disponer de esa hemeroteca para utilizarlas como medio de prueba.

Kohl titubea. Es un hombre cobarde y está a punto de poner a disposición su fabulosa colección –un catálogo invaluable como medio de prueba– a cambio de inmunidad o de clemencia, pero en lugar de eso, decide aferrarse a lo que considera su legado,

permanece en el anonimato más rotundo y comienza a establecer contactos que le ayuden a escapar de cualquiera que quiera poner sus manos encima de sus películas.

Finalmente, en 1948, se las ingenia para comenzar su huida de Europa.

Su única posesión es un viejo baúl y no abandona el armatoste a lo largo de ningún momento del viaje, como si de ello dependiera su vida.

Argumenta que en su interior hay preciadas reliquias familiares, y por intermedio de algunos contactos logra huir, utilizando la ruta de los Alpes por donde llega a Bolzano hasta Tirol del Sur y luego hacia Roma y Génova.

Es un itinerario lleno de sótanos, cuartos oscuros y alcantarillas pestilentes, locaciones que le vienen como anillo al dedo a una rata como Kohl.

En Roma recibe la ayuda de un par de sacerdotes católicos que parecen espías y que lo bendicen como si fuera un soldado de los tiempos de Las Cruzadas.

Mientras espera para viajar desde Italia a Siria, los sacerdotes suelen leerle fragmentos de la Biblia que parecen justificar cualquiera de los actos cometidos por los nazis.

De algún modo difícil de explicar Kohl quiere verse a sí mismo como un héroe e intenta escribir un diario de viaje cuando llega a Aleppo.

Un diario de su martirio o de su viaje heroico.

Escribe apenas un par de entradas sueltas y desordenadas.

En Aleppo sale de su escondite y da un par de vueltas por mercados atestados de chucherías.

Piensa que podría quedarse ahí y transformarse en un mercador alemán afincado en Siria.

Pensado con frialdad, pudo encontrar ahí también asuntos para filmar que se aviniesen con sus intereses.