SNUFF
Berlín, 1933 - Oruro, 1999
La delirante aventura cinematográfica de Franz Kohl comienza en Berlín, en 1933, y termina en Santiago de Chile, en 1979.
Tal vez sea una exageración hablar de aventura cinematográfica.
Después de todo, Kohl no fue nunca más que un mandadero de Leni Riefenstahl mientras esta era directora de cine del Tercer Reich y, por lo demás, en sus peripecias filmando el horror nazi y documentando luego el espanto criminal de las dictaduras sudamericanas, sobró el delirio,
pero faltó el más mínimo sentido estético.
De cine, en realidad, nunca hubo nada. Muy poco, en todo caso.
En fin, las infames aventuras de Kohl comienzan en 1933, cuando conoce a Riefenstahl poco después de que Hitler convierte a la actriz en la directora de los asuntos cinematográficos del Partido Nazi, luego de que Fritz Lang rechazara el cargo.
Las circunstancias son afortunadas y demuestran, una vez más, la importancia de la amistad incluso en épocas en que parece que solo hay paranoia y enemigos.
Un amigo de Kohl es, a su vez, amigo de infancia de Goebbels.
Se criaron juntos en Rheydt, una ciudad industrial donde sus padres eran compañeros en una fábrica de cuerdas combustibles para bujías.
Ese amigo le encarga a Goebbels una oportunidad laboral para Kohl.
¿Qué sabe hacer?, le pregunta el ministro de Propaganda del Tercer Reich.
Pero Kohl no sabe hacer mucho, nada en realidad.
Es un inútil, un vagabundo que quiere sacar provecho de las amistades.
Este es por lo demás un modus operandi habitual por entonces, en ningún caso está descubriendo el fuego: el Tercer Reich está saturado de granujas que sacaron provecho de buenos y malos amigos.
En fin, en el currículum de Kohl solo destaca un pasatiempo: le gusta el cine, e incluso eso es inexacto, porque Kohl asiste al cine muy de vez en vez, cuando tiene algo de dinero disponible en el bolsillo, lo que ocurre tarde, mal y nunca.
Sería incapaz, por ejemplo, de nombrar dos o tres directores de cine alemán de renombre y eso habla por sí mismo de su supina ignorancia.
Como sea, una ampolleta se enciende en la cabeza de Goebbels y dice a su camarada que tiene, tal vez, una oportunidad para ese amiguito suyo.
Por entonces, restan muy pocos días para el quinto congreso del Partido Nazi que tendrá lugar en Núremberg y Riefenstahl está preparando apresuradamente la filmación de lo que será El triunfo de la Voluntad.
Ya ha escrito el guion y ha escogido a sus camarógrafos.
Sin embargo, hay algunos miembros del Partido Nazi que todavía arrugan la nariz cuando se menciona a la actriz, y Goebbels supone que puede encargarle al sujeto que no le pierda pisada a la cineasta, contribuyendo así a mitigar cualquier suspicacia.
¿Es confiable?, pregunta Goebbels y el sujeto dice, fingiéndose ofendido, que la confianza de cualquiera de sus amigos está fuera de cuestionamiento.
El asunto queda zanjado después de que se dan garantías sobre la ascendencia aria del sujeto.
Goebbels da por descontado que es militante del partido, lo que, de hecho, apenas acaba de ocurrir en trámites acelerados por la conveniencia y la oportunidad en ciernes.
Desde entonces, el ministro de Propaganda se refiere a Kohl como el hombre que mantendrá bajo control a Riefenstahl.
Poco antes de que comiencen las filmaciones, Riefenstahl conoce a Kohl y de inmediato repara en que es un inútil y un idiota.
Termina siendo su mandadero, el sujeto a cargo de acarrear los bocadillos y las bebidas.
Apenas verla, Kohl queda fascinado con la cineasta, y no puede evitar sentirse torpe e inexperto a su lado; para entonces, Riefenstahl tiene treinta años y le lleva diez de ventaja.
El aspecto del alemán es francamente el de un perrito faldero meneando la cola.
Cuando Riefenstahl da instrucciones al equipo de camarógrafos, Kohl se queda mirando con expresión bobalicona y la cuestión es francamente penosa.
Para complacerla, o ganar su atención, intenta aprender a manejar los equipos cinematográficos, pero es un desastre.
Kohl pierde definitivamente cualquier oportunidad de ganarse el respeto de Riefenstahl una tarde gris en Núremberg.
Entra de improviso a su tráiler y ella lo sorprende husmeando entre sus cajones, con una pequeña prenda de ropa interior en la mano.
En lugar de molestarse, Riefenstahl estalla en carcajadas y le arrebata la prenda con un gesto ligero, como si le quitara un dulce a un niño travieso y entrometido: un hermano menor, en definitiva, quizá un primo odioso e impertinente.
Kohl alcanza a comprender que esa escena termina por sepultar cualquier esperanza.
Haber albergado tales ilusiones no había sido más que otra forma de su delirio.
Una vez destruido ese anhelo infundado, insiste en que lo aparten de Riefenstahl: se siente avergonzado y humillado cada vez que está cerca de ella.
Para colmo, la cineasta cuenta la anécdota a los camarógrafos, y estos, cada vez que lo ven, estallan en risotadas y dejan prendas íntimas de mujer en su casillero.
Kohl experimenta entonces la tentación de difamar a Riefenstahl, pero alcanza a comprender que es inútil.
Otros lo han intentado ya sin suerte. Opta por escribir informes que envía religiosamente a Goebbels reportando que Riefenstahl tiene una lealtad a toda prueba por el Führer y que él resultaría más útil en otras misiones.
Pide una cita para exponer sus planes, pero no se le concede.
Mientras, El Triunfo de la Voluntad, esa película hecha por nazis, sobre nazis y para nazis, se estrena en 1935 y sus imágenes de alemanes del partido marchando como si fueran zombis hacia ninguna parte o hacia un despeñadero imaginario, cautiva a Hitler.
Riefenstahl ha hecho exactamente lo que esperaba.
Ni más ni menos. La película despeja cualquier duda y Goebbels recuerda esas notitas repletas de faltas de ortografía que ha recibido de Kohl y sus comentarios favorables sobre la cineasta; atribuye, de hecho, en el colmo de la torpeza,
parte del éxito de la filmación a la mirada atenda de Kohl y ya no olvida ese apellido.
El propio Kohl tiene oportunidad de demostrar su lealtad, y de vengarse también, poco tiempo después, a propósito de la Noche de los Cuchillos Largos, cuando entre tantos pobres diablos, cae en desgracia Ernst Röhm, el jefe de Estado Mayor de los camisas pardas.
Röhm es veterano de la Primera Guerra Mundial y homosexual, algo nada trivial entre los nazis.
Lo acusan de conspirar contra el Führer, motivo por el que es detenido y ejecutado.
La ejecución de Röhm crea un problema, pues este aparece en varias escenas de El Triunfo de la Voluntad muy cerca de Hitler, y el Führer no quiere verlo ni en películas.
Ordena que todas las copias del documental sean destruidas.
No puede permitirse ser eternizado junto a un traidor, sobre todo si ese traidor es homosexual.
Kohl es convocado a colaborar en la misión.
Junto con otros esbirros nazis realiza una visita a Riefenstahl y exige la destrucción de todas las copias de El Triunfo de la Voluntad.
Ni siquiera entonces Kohl causa el menor de los temores a la cineasta, quien pregunta, sumamente tranquila, si es una orden de Hitler.
Kohl dice que sí y entonces, también con mucha calma, Riefenstahl busca las copias de que ella dispone y las deposita al interior de una bañera.
¿Son todas?, pregunta Kohl desafiante. Todas, dice ella sin siquiera mirarlo.
El resto hazlo tú. Kohl busca bencina en la cajuela del auto, rocía las cintas y luego les prende fuego.
Antes de que la patrulla se vaya de su casa, Riefenstahl tiene una última jugada reservada para Kohl.
Lo llama a su habitación, donde Kohl la encuentra tendida sobre la cama vestida con un camisón.
Kohl incrédulo, da un paso, pero luego retrocede tres.
Riefenstahl le hace un gesto para que vea hacia un mueble.
Tiene un cajón abierto y su interior está lleno de diminutas prenditas de ropa interior.
Kohl siente que la sangre le hierve. De hecho, su rostro se enrojece y sale dando un portazo.
A pesar de la puerta cerrada escucha las carcajadas de Riefenstahl hasta que sube al auto.
Años más tarde, cuando Kohl se ufane en veladas con los dictadores latinoamericanos, demostrará que el orgullo de macho no es exclusividad de este lado del continente.
Dirá, para empezar que esa tarde Riefenstahl le rogó que no se deshiciera de todas las copias de Triunfo de la Voluntad, y que, además, se le ofreció para detenerlo.
Dirá, además, que rechazó esa oferta, por considerarla indigna de un caballero alemán, y que permitió que la cineasta conservara una copia que, hasta donde él sabe, salió sana y salva de Alemania, rumbo a Inglaterra o tal vez a Francia.
Dicho de otra forma, el mundo le debía a Kohl la preservación de la obra cinematográfica.
Pero, por entonces, en 1934, Kohl le confirma a Goebbels que todas las copias del documental que registra el mitin nazi que documentó Triunfo de la Voluntad han sido destruidas e insiste en concretar la reunión que viene solicitando desde hace tiempo. Finalmente, Goebbels acepta.
La reunión es breve y Kohl logra convencer a Goebbels de enviarlo a documentar cinematográficamente el trabajo del Partido Nazi en todo Alemania, un testimonio para las futuras generaciones.
Goebbels acepta, sin mucho interés, sin siquiera fingir que el asunto le interesa, sin apartar la mirada de algunos documentos que hojea de forma apresurada.
Kohl consigue entonces una ratonera perdida en el edificio del Ministerio de Propaganda, en la División de Películas y Censura Cinematográfica, además de un par cámaras Kodak de 8mm y 16 mm y a un par de inútiles del partido que las ofician de camarógrafos.
Desde entonces, y por los siguientes años, Kohl deambula por Berlín, Colonia, Hamburgo, Múnich, Stuttgart, Fráncfort, Friburgo y otras ciudades alemanas filmando el trabajo de burocracia del Partido Nazi para justificar su sueldo.
Son filmaciones aburridísimas que almacenan en bodegas que no le interesan a nadie.