LO QUE DIJO MANTECOL #2
¿Mil seiscientos?, preguntaron. Planeamos algo mejor que eso.
Mejor que eso. ¿Mejor que mil seiscientos?
Mejor, mejor, dijeron y yo empecé a contar con los dedos, pero apenas llegué al setenta y tres y eso me pareció demasiado.
Me quedé sin respiración mientras contaba y me atraganté con saliva mientras contaba.
En mi casa había una máquina de coser. Mi mamá es costurera.
Ella cose banderas de Boca. Esto tengo que decirlo en vos baja porque a mi mamá no le va a gustar que les cuente esto, aunque ustedes sean policías.
En voz baja. Mi mamá también bordaba los símbolos del uniforme nazi en las camisetas de Boca.
Los pibes iban a la casa y se probaban las remeras frente al espejo del baño.
Calaveritas junto a la insignia de Boca y en las mangas.
Los oía decir “Heil, Hitler” y mi mamá, con los alfileres en la boca, les decía que se dejaran de pavadas, Hitler murió hace más de treinta años en un búnker hediondo a axila.
No se muevan, pendejos, que los voy a pinchar con los alfileres, y los chicos decían que no eran pavadas y volvían a hacer el saludo mirándose en el espejo y decían que Hitler estaba sano y salvo en una casa de cuento de hadas en Bariloche, comiendo alfajores con dulce leche,
haciendo los preparativos para un Reich Argentino.
Hitler pasaba los días haciendo muñecos de nieve.
Un Reich de Mantecol, decía yo. Los pibes decían que Hitler iba a nombrarme ministro del Mantecol.
Ese reino iba a incluir todo Sudamérica.
Desde Panamá hasta Guatemala iban a quemarlo todo.
Un descampado con pistas de aterrizaje. La Pampa también, un aeropuerto gigante.
Déjense de decir pendejadas, decía mi vieja.
¿Qué les enseñan a ustedes en la escuela?
Los chicos se reían y después se ponían serios y volvían a mirarse en el espejo.
Yo también quería los símbolos en mi remera, pero mi mamá decía que era una pelotudez.
Me encerré en el baño con un cuchillo. Amenacé que iba a cortarme.
A la mañana siguiente, sobre mi cama estaba la camiseta con las calaveritas bordadas en el pecho.
No volvás a encerrarte en el baño, Facundo.
Mi mamá no me dice Mantecol, ella me llama Facundo.
Es extraño que lo diga ella porque también se encerró en el baño una vez y gritó y estrello algo contra el botiquín.
Todavía recuerdo el estrépito de los cristales, de los cristales rotos.
Quiero saber si estoy en problemas. A mí mamá no va a gustarle si estoy en problemas. Lo sé. Sé que no debo decirle nada de esto a Zárate. Zárate huele a Guardia Imperial. Yo sé distinguir el olor de todas las barras de Buenos Aires. Tengo buen olfato. ¿Volveré a verlo? ¿De qué depende?
El 6 de octubre de 1977 me dejaron entrar.
Me quedé mirando las gallinas. Las manos sobre la malla metálica del corral.
¿Quieres huevos, Mantecol? A Mantecol le gusta la tortilla dijo alguien.
No me moví. Yo odiaba a Víctor Marchetti.
Uno de los chicos me dijo que, entre las gallinas del corral, estaba Marchetti.
Quiero verla, le dije. Búscala, me dijo.
Me abrieron las puertas del gallinero. Estaban todos riéndose.
Las gallinas cacarearon. Me puse a buscar, a sostener entre mis manos los cartelitos con los apellidos.
¿Qué dice acá? La-bru-na. No es esta. Pa-pa-pa-sa-sa-re-lla.
Tampoco esta. ¿Y acá? Ca-Ca-rri-zo. Había un gallo con una remera diminuta de Boca.
Me miró fijamente, como si yo fuera el arquero al que iba a patearle un penal.
Me dio un poco de miedo esa mirada, pero decidí tragármelo y seguí hurgueteando.
La gente piensa que soy imbécil, pero no lo soy.
Busqué hasta que encontré a Marchetti. Me costó muchísimo atraparla.
Cuando salí con ella, los chicos me dijeron que podía hacer con ella lo que quisiera.
¿Lo que quiera? Yo quería cortarle el pescuezo.
Uno de ellos me dijo que por qué mejor no garchaba a la gallina.
¿Haces cuánto que no garchas, Mantecol? Me reí y dije que no, aunque sentí una cosquilla allá abajo.
No. Había un tocón de un árbol y un hacha.
Yo los había visto. Cuando estaban aburridos los chicos tomaban a una gallina y le cortaban la cabeza con el hacha y a veces las desplumaban con agua caliente y hacían un caldo y mientras tomaban esa sopa se reían de River.
Sopa de gallina, decían. Les dije que quería cortarle la cabeza a Marchetti y dijeron por qué no.
Ellos opinaban que había otros que merecían la muerte antes que él, pero no tenían objeciones.
Marchetti a la guillotina. Puse la gallina sobre el tocón que daba aletazos y cacareaba y ellos la sujetaron y yo dejé caer el hacha.
Por poco corto la mano de uno de los chicos.
Este pibe, dijo alguien, parece un personaje de Horacio Quiroga.
Quise saber quién era Horacio Quiroga y me dijeron que era el centrodelantero de Temperley, pero yo sabía que no había ningún nueve de apellido Quiroga en Temperley.
No hay ningún Quiroga en Temperley, dije y ellos dieron carcajadas ruidosas.
No se le va ninguna a este Mantecol, dijeron.
Quedé sucio de sangre, riéndome. Unas gotas me saltaron en una mejilla.
Marchetti ya no va a volver a marcar ningún gol, sentenció alguien.
Entonces, me quedé mirándolos fijo y hablé seriamente.
Les dije: Quiero hablar con el teniente.
Ahora. Ahora mismo. Cuál teniente, dijeron.
El teniente. ¿Qué sabés vos del teniente?
, preguntaron rodeándome y frunciendo el ceño.
Arrojaron sus cigarros al suelo. Lo suficiente, dije yo.
Sé que sirvió en los campos de concentración.
Sé que tiene un uniforme gris verdoso con los entorchados lindos que usaban en Alemania.
Sé que quiere terminar con todos los judíos de Buenos Aires.
Sé que quiere llevarlos en el tren de carga que lleva a la General Brown.
Sé que quiere que, desde las tribunas, arrojemos escupe y orina sobre esos vagones.
Hablé distinto a otras veces, como si un demonio me hubiese poseído, y tal vez eso les dio miedo.
Hablé como si no fuera idiota. Murmuraron, se quedaron pensando y me dejaron pasar, pero antes me revisaron por completo, como si yo fuera un delincuente.
Volví a escuchar que a Mantecol no se le iba ninguna.
Qué hijo de puta, Mantecol. Eso murmuraron.
Me dijeron que pusiera las manos por detrás de la nuca y me trajinaron.
Lo único que yo tenía era dos Mantecol en el bolsillo trasero del pantalón.
Iban a arrojarlos a un tacho de basura, pero les pedí que no lo hicieran.
Comételos, rápido. Me obligaron a que me los metiera a la boca apresuradamente, como si quisieran atorarme.
La boca llena. Me llevaron delante del teniente que estaba sentado sobre un sofá, con una camiseta de Mastrángelo en el regazo.
Estaba rodeado de una nube de humo. Todavía no terminaba de tragarme el Mantecol que se pegaba en mis encías.
Uno de los chicos hizo un gesto para que me dejaran pasar.
Abrieron el círculo. El teniente me miró con expresión de asco.
He visto muchas veces ese rostro y sé reconocerlo.
Asco. Yo estaba terminado de masticar el Mantecol pegado a mi paladar.
El teniente sentía repulsión de mí, como Leónidas frente a Elfiates.
Yo tenía la boca sucia de Mantecol, por eso me llaman Mantecol.
Me acerqué al oído y le conté la historia que antes me había contado a mí Zárate.
La historia de Elfiates, el que guio a los persas.
Le hablé del desfiladero de Termópilas que era la puerta de entrada a la invasión de Jerjes.
Le expliqué que era como si centenares de miles de federales intentaran entrar a la fuerza a la Bombonera, por la puerta de Aristóbulo del Valle y un puñado de nosotros resistiera.
Resistiera día y noche por tres días, al cabo de los cuales un traidor los llevaría por otro acceso que no estaba custodiado y entonces caería la Bombonera.
Nos dejarían caer una lluvia de lacrimógenas, como una lluvia de flechas que oscurecería el cielo.
El teniente se quedó mirándome y recriminó a uno de los chicos por haberme dejado pasar.
De qué está hablándome este imbécil, espetó.
Quítenmelo de encima, gritó, pero uno de los chicos le hizo un gesto para que me escuchara.
Volví a acercarme y entonces le dije que hace minutos se había marchado un traidor.
¿Un traidor? Un policía, dije yo. Estuvo un policía esta noche, entre ustedes.
Un persa. Yo lo descubrí. Ninguno de estos pibes lo hizo, lo hice yo.
¿Cuál policía?, preguntó el teniente como si yo le hubiese mencionado al diablo.
Welche Polizei?, preguntó de nuevo y le conté todo en voz baja, al oído, para que nadie más nos oyera y a medida que me escuchaba dejó de sentir asco o dejaron de importarle las miguitas húmedas de saliva y Mantecol pegándole en la oreja y en la mejilla porque la expresión de su rostro cambió.
Por un momento estuvo pálido, pero luego sus mejillas se enrojecieron tal vez de rabia, tal vez de vergüenza.
Yo hubiese muerto en el Reich. Me hubieran arrojado dese algún acantilado en Esparta.
Me hubiesen dejado morir en un hospital para incurables en Berlín.
Pero yo nací en Buenos Aires y sobreviví.
Cuando dejé de hablar, el teniente dio una orden terminante y en minutos dejaron vacío el lugar y quebraron todos los vidrios de las ventanas, igualito me imagino, a como intentaron huir cuando los aliados les pisaron los talones.
Me puse a contar cuántos pibes eran. Los conté usando los dedos de las manos y tuve que volver a empezar muchas veces.
Eran muchos, pero no eran trescientos y eso me dio algo de tristeza.
Quebraron todos los vidrios. Para entonces, Zárate ya estaba lejos y no pudo oír el estrépito.
Yo también quebré uno. Me corté la palma de la mano.
Me quedé mirando mi reflejo roto en los vidrios, deformado.
Pero yo no soy Elfiates, me dije. No soy.
Yo no soy Elfiates. Los persas no pasarán.
Hice lo correcto, ¿verdad? ¿Verdad que sí?