Noche de los cristales rotos LO QUE DIJO MANTECOL
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LO QUE DIJO MANTECOL

Era la noche del 6 de octubre de 1977. Pasta de maní y jarabe de glucosa.

6 de octubre. Faltaban treinta y tres días.

Lo vi salir, trastabillando. Desorientado.

Yo contaba los días. Los marcaba en un calendario.

Encerraba en un círculo rojo los días que faltaban.

La banda sangre. Yo lo vi salir. Miró hacia atrás un par de veces.

Yo sabía quién era. A mí no me engañan. Yo caminaba todo Buenos Aires con los zapatos rotos.

Me cantaban la canción de Los náufragos.

Yo seguí a Zárate. Y entré al departamento que arrendaba en La Boca.

Un dormitorio, una sala de estar, una cocina y un baño húmedo.

Yo no soy estúpido, solo lo parezco. Me senté a escuchar todas sus cintas de casete.

Tenía un reproductor Sony y allí las escuché sentado en una silla de su cocina.

Todas. Era como volverse pequeño y entrar dentro de la cabeza de Zárate.

Cerré los ojos e imaginé, igual que él, a la Bombonera custodiada por dragones.

Dragones en todos sitios, especialmente en la bandeja de la Doce.

Me imaginé como un criador de dragones. Los dragones sobrevolaban la cancha y arrojaban fuego cuando el equipo salía al campo.

En los días soleados, sus sombras cubrían sectores del césped como si fueran zepelines.

¿Quién iba a atreverse a poner un pie sobre la Bombonera si estaba custodiada por dragones?

Escuché todas las cintas y supe quién era, realmente, Zárate, aquel que decía haber trabajado en SCANIA, en Tucumán.

Mentira. Zárate nunca había ensamblado una caja de cambios.

Un burro frente al piano, Zárate delante de una caja de cambios.

Zárate había nacido en Avellaneda. Después de que escuché las cintas comencé a seguirlo.

Zárate daba muchas vueltas por La Boca. Soy bueno escondiéndome. No me vio. Ni siquiera sospechó.

Lo vi entrar y salir de la casa del teniente el 6 de octubre de 1977.

Entré a advertirles. Tenía que advertirles a los pibes de Leónidas.

Los chicos me dejaron pasar, riéndose. Estaban de buen humor.

Ellos me conocían bien. Muy bien. Ellos me habían hecho un encargo.

Un encargo importante, dijeron. Una cuestión de vida o muerte.

Me dieron un mapa de la ciudad. Tenía muchas equis y estrellas de David dibujadas con el lápiz recargado.

Así dibuja el odio. Me dijeron que en esos lugares vivían familias judías.

Me dijeron que yo debía investigar. Averiguar los horarios en que entraban y salían.

Todo lo que hacían. Debía convertirme en su sombra.

Averiguar todo sobre sus amigos y sus novias.

Todo. Iban a pagarme. Cuánto, quise saber.

Y me dijeron que iban a pagar con Mantecol. Un cofre con Mantecol.

Yo lo habría hecho gratis. Ellos me conocían.

Yo caminaba todos los días por la ciudad.

Yo leía los carteles de los negocios y anotaba.

Negocios textiles. Fabricantes. Jersey. Polidón.

Piqué. Interlock. Friza. Jegging. Rib. Deportiva.

Yo recorría y anotaba. Anotaba todos los lugares en los que había una estrella de David.

Plaza Lavalle. El Once. Boca-Barracas. Villa Crespo.

Flores. Zárate vio mis notas, pero no entendió nada.

Zárate tenía ojos, pero no veía. Tenía alma, pero no sentía.

Zárate habló de Las Termópilas y me dijo que Elfiates debería haber muerto al nacer, que sus padres debieron arrojarlo desde un risco hacia un acantilado.

Yo también debería haber muerto. Yo nací con el cordón umbilical amarrado en mi cuello, como una bufanda.

Por eso a mi mamá no le gusta verme con nada en el cuello.

Ni siquiera corbata le gusta que me ponga.

Por eso me ruega que nunca acepte un trabajo de oficinista.

En lugar de eso quiere que yo busque trabajo en una YPF.

Un overol es mejor que una corbata, me decía.

No recuerdo la última vez que me dejó usar cordones en las zapatillas.

Yo debería haber muerto. Una vez me até una correa al cuello y mi mamá me zarandeó hasta que sus brazos se cansaron.

Me gustaba escuchar las historias de Zárate.

Me contó como un puñado de espartanos resistieron en un desfiladero frente a un ejército de tropas incontables.

Fiambrerías y rotiserías. Estrellas de David.

Azúcar y aceite de palma. Yo tomaba nota.

Me protegía del sol o de la lluvia en la sombrilla del Gran Templo de Paso y tomaba nota de los que entraban y salían y cuando me acordaba entregaba algunas notas a los chicos, que parece se habían olvidado de su encargo,

y cuando vieron los garabatos se quedaron mirándome con expresión de miedo y después se rieron y me dijeron, bien hecho Mantecol.

Bien hecho, repitieron y me despeinaron y doblaron algunas de mis notas y las guardaron en los bolsillos de sus pantalones y me invitaron a una cerveza, pero yo prefería Coca-Cola.

Coca-Cola y Mantecol. Claras de huevo y aceite de soja, también.

Se sorprendieron de que yo hubiese sido capaz de conseguir la información, porque ellos, en el fondo, también me consideran un idiota. Pero no les entregaba todo. No.

Yo caminaba. Caminaba, igual que los hebreos por el desierto y eso no me hacía mucha gracia.

No me hacía ninguna gracia. Entre Córdoba y Pueyrredón al norte y al este.

Callao y Rivadavia al sur. Congregación Yesid Hadat.

Pasteur. La sociedad del entierro. Larrea N° 744.

La escuela Scholem Aleijem. Trajes de medida fina.

Sastrería de J. Tesler. La favorita de la colectividad israelita.

Pasteur 663. La organización hebrea argentina.

Sarmiento. La escuela Natan Gesang. Escuela talmud Torá Harishowo, Dr. Herzl.

Las cortinas cerradas los sábados. Oriné sobre una de las cortinas.

Confitería León Paley. Avenida Corrientes 2317.

Confitería Comercial Alter Karpovsky, Corrientes, entre Junín y Uriburu.

Fiambrería de Mendel Szmedra, en la calle Uruburu entre Lavalle y Tucumán.

El diario israelita. Librería Sigal. Teatro Idish.

Sociedad de actores judíos. Bar León. Escuela I.

L. Peretz. Asociación israelita latina. Por eso me dejaron entrar. Me dejaron entrar.

Con los chicos teníamos un juego. Un juego.

Ellos no me creían que yo sabía de las batallas de la Guerra Mundial.

La Segunda. Me desafiaban. Ellos no sabían que yo relataba las batallas como si fueran partidos de fútbol.

Zárate sabía y entendía, pero Zárate es traidor.

No es de Boca. Es de Racing. Yo no olvido una cara nunca.

Yo vi su cara en el Cilindro. Lo había visto con la albiceleste de la Academia.

Soy un fisonomista inmejorable. Reconozco un rostro, aunque pasen muchos años.

Sí, yo podría ayudarles a reconocer muchos rostros en la calle.

Todos. Bastaría que me muestren una foto.

Yo no olvido un rostro. Nunca. Muchas personas pensaban que yo hablaba incoherencias, pero yo relataba las batallas conocimiento de causa.

Zárate entendía, pero es traidor. Los chicos me desafiaban.

Tomaban un libro y me preguntaban. Invasión de Polonia, me decían y yo empezaba a relatar: Al amanecer del 1 de septiembre de 1939, Alemania atacó por sorpresa a Polonia: el grupo del Ejércitos Norte se adentraba desde Pomerania y Prusia Oriental;

mientras el Grupo del Ejércitos Sur se internaba profundamente en el sur polaco desde Silesia y Eslovaquia.

Antes de gastar energías…tome energías. ¿Tomó hoy su jugo Pindapoy con el desayuno?

Puro 100 por 100 vitamina C Natural. Los polacos se desplegaron demasiado cerca de la frontera alemana y facilitaron involuntariamente la estrategia de envolvimiento nazi.

La poderosa Luftwaffe destruyó la fuerza aérea polaca en cuestión de días y dejó al ejército polaco a merced de las divisiones panzer nazis.

YPF. Aquí es donde usted debe cerrar el círculo.

Lo mejor para su coche es lo mejor para el país.

Y los chicos se reían de buena gana. Decían, por ejemplo, batalla naval de Guadalcanal y yo empezaba: Pese a ser derrotado en el Campo Henderson en octubre, Japón envío un convoy con 13.000 hombres para reforzar sus efectivos terrestres en el Guadalcanal.

Un auto ese esencialmente una máquina y cuando usted compra FIAT compra la mecánica más fina del país.

De cada diez personas, tres compran FIAT; las siete restantes eligen entre seis marcas distintas.

FIAT, con sensatez. O me pedían el desembarco de Normandía, que era el favorito de Zárate.

Yo sabía muchos detalles de Normandía. Ese relato duraba tres horas y a veces, casi siempre, los chicos se aburrían y se iban y a veces ni siquiera me daban un Mantecol.

Era un relato largo. Yo empezaba cuando los soldados estaban dentro de los ferris y yo decía que estaban en los camarines esperando salir a la cancha y la cancha eran las playas de Omaha.

Me hablaban de Kristallnacht. Me decían que iba a suceder lo mismo, en Buenos Aires.

Para eso, me dijeron, son las notas que tú tomas, buen Mantecol.

Dulce Mantecol. Mantecol, el gran postre para toda la familia. Cacao en polvo.

Mi mamá también sentía curiosidad por mis anotaciones.

Yo me sentaba en el comedor a ordenar los apuntes y ella me preguntaba qué era todo eso.

Preguntaba, qué es que anotás tanto, hijo.

Trabajo, decía yo. Trabajo repetía, pero ella no entendía nada, pero se sentía orgullosa de que yo invirtiera las horas en algo.

Algo útil. Por la vida contento voy, saboreando el rico Mantecol.

Yo veía siempre los avisos en Anteojito.

Mantecol, el postre de maní creado por Georgalos en 1940.

Infaltable en las mesas navideñas, sus ventas nunca pararon de crecer.

Qué rico es Mantecol. En 1940. Se les ocurrió el Mantecol el mismo año en que el ejército nazi invadió Holanda.

Tal vez por eso sabe tan bien. 10 de mayo.

El mismo año en que cayó París. 14 de junio.

Yo sabía esas cosas. Tengo buena memoria, por eso no olvidé el rostro de Zárate.

Zárate olía a Guardia Imperial. No hacía falta que me explicaran.

Yo até cabos. Me di cuenta cuál era el propósito de las anotaciones que me pedían tomar.

Una noche, en la Glorieta, les pregunté si iban a matar a los judíos de Buenos Aires.

Son demasiados, les dije. Shss, farfullaron y me llevaron afuera de La Glorieta.

¿Van a matarlos como en Jedwabne? Ellos quisieron saber qué era Jedwabne.

Un pueblo al este de Varsovia, en Polonia.

El 10 de julio de 1941, durante la ocupación alemana, los católicos del pueblo masacraron a todos los judíos.

Eran mil seiscientos. Los mataron a golpes y los quemaron vivos en un pajar.