HACIA EL INTERIOR #27
La piscina estaba oscura y creyó hallarse en medio del océano Atlántico o del Pacífico.
Le pareció ver, a lo lejos, una ballena sumergiéndose.
Sintió miedo, pero permaneció inmóvil. Luego creyó distinguir a un centenar de indios onas esperándolo al borde de la piscina.
Braceó desesperado para salir y descubrió que estaba a salvo, en la piscina del hotel.
Le contó la sensación a Zárate. El argentino, fumando, le dijo que no era extraño.
Ser policía era como sumergirse en una piscina y de pronto sentir que se nadaba en un mar torrentoso.
Quien era policía —un policía de verdad— terminaba siempre ahogándose o naufragando.
Era cierto, añadió: había policías que apenas se animaban a mojar los pies en la orilla de la playa en un día bullicioso de sol; otros retozaban en piscinas inflables o se arriesgaban en piscinas cloradas, con buenas dotaciones de salvavidas.
Pero los verdaderos policías acababan nadando mar adentro, aunque se hubieran arrojado en una piscina.
A veces, incluso, terminaban nadando en un pantano y lo que encontraban allí ya no los dejaba salir. Nunca.
—¿Y tú? —le preguntó el paraguayo—. ¿Dónde estás nadando?
Zárate no respondió. Cerró los ojos y se imaginó de pie junto a una piscina abandonada, seca, con la pintura resquebrajada, llena de hojas secas en medio de un jardín descuidado.
El paraguayo, por su parte, tuvo una imagen fugaz de la piscina de un crucero atestado de turistas.
No dijeron nada más. Luego Zárate continuó leyendo —o más bien releyendo— Cuarteles de invierno, aunque no sabía por qué le gustaba tanto.
En realidad, mientras la leía, tenía la certeza de que no le gustaba.
Dejó la novela olvidada sobre la reposera y, mientras subía las escaleras, pensó que su vida parecía un cuento escrito por Osvaldo Soriano y no estaba seguro de si eso le resultaba agradable.
—Deberíamos llegar hasta La Paz, Olivera. Creo que usted debería conocer el Hernando Siles. Ese lugar daba miedo. Miedo de verdad.
Antes de salir, cuando anocheció, Zárate tomó dos aspirinas.
Era una recomendación de su cardiólogo, explicó.
A bordo de la camioneta recorrieron Oruro en busca de la dirección.
Encendieron la radio, donde sonaban boleros que el argentino tarareó en voz baja.
Zárate le preguntó a Olivera con quién jugaba Paraguay en la próxima fecha de las eliminatorias y este fingió hacer memoria, aunque en realidad no tenía la menor idea.
Esa noche, todos sus pensamientos estuvieron ensimismados en Elisa Feldman.
La imaginó sola en su departamento, sentada en el sofá, comiendo helado a cucharadas mientras veía televisión.
También a imaginó en pijama, de pie frente a un refrigerador casi vacío, observando el halo helado que salía de su interior.
Rodearon el estadio Jesús Bermúdez, donde jugaba de local el José Wilstermann, que a esa hora, completamente a oscuras, tenía un aire tétrico, a pesar de ser un recinto de mediana capacidad.
El paraguayo le preguntó a Zárate qué harían si encontraban la videoteca.
Si la historia era cierta, estarían hablando de miles de videocintas.
—Probablemente tendremos que arrendar un camión frigorífico —dijo el argentino—. Fingir que llevamos carne. Sobornar a alguien en la frontera.
—Esa es la parte más simple —respondió el paraguayo.
Cuando llegaron al sitio, creyeron haberse equivocado, o que alguien se había burlado de ellos.
Al paraguayo, de hecho, le dieron ganas de reírse.
Pensó que sería un alivio que todo fuera una broma.
Dieron varias vueltas hasta convencerse de que el lugar señalado por los informantes era un parque de diversiones abandonado en la periferia de Oruro.
En rigor, se trataba de juegos mecánicos dejados a su suerte.
Estacionaron en la oscuridad y rompieron el candado que cerraba el paso.
Había un cartel que advertía Cuidado con el perro, pero ya no quedaban perros.
En medio del amasijo de metales, de los caballitos polvorientos del carrusel y de unos rieles desarmados —probablemente de una montaña rusa— encontraron una casita del horror.
Encendieron las linternas y entraron. Estaba vacía, y ese vacío causaba miedo.
Zárate pateó algo y creyó que era un cadáver, pero resultaron ser muñecos de fantasmas y monstruos de gomaespuma.
Tal vez para ahuyentar el miedo o la ansiedad, el argentino hizo alarde de sus conocimientos excéntricos. Dijo que la primera casita del terror había sido construida en Liphook, una localidad del condado de Hampshire, en 1915.
—Era una especie de feria ambulante —explicó— que incluía laberintos de espejos, ruedas giratorias y suelos movedizos accionados por mecanismos a vapor.
Un poco antes, en 1904, durante la Exposición Universal de Saint Louis, existía un recorrido que simulaba el descenso de Dante a los infiernos.
Intentaba representar, gráficamente, lo que nos esperaba después de la muerte.
Al cabo de un momento, Zárate, que comenzó a tener la sensación de que no encontrarían lo que buscaban, continuó:
—Olivera, la historia de América Latina es como la casa del terror de un parque de diversiones abandonado.
Da miedo, pero también despierta una forma extraña de lástima.
Si uno mira con atención, el continente entero parece un salón de espejos.
Hay horror y espejos que lo devuelven una y otra vez, hasta el infinito.
Un infinito cada vez más cercano. Como en los espejos de los autos, los objetos están siempre más cerca de lo que aparentan.
A veces, Olivera, esos espejos se rompen.
El piso queda cubierto de fragmentos. Y aun así seguimos mirando ahí, entre los restos.
Vivimos bajo una noche de cristales rotos.
Qué digo noche: los cristales están desparramados a plena luz del día, bajo un mediodía soleado que quema y enceguece.
Olivera, por su parte, no logró sacarse de la cabeza una de las frases de Zárate: “hay horror y muchos espejos que reflejan ese horror hasta el infinito”.
Estaban a punto de rendirse cuando el paraguayo golpeó algo en el suelo que por poco lo hizo tropezar.
Iluminó con la linterna mientras apartaba el polvo y la basura con el pie.
Era, evidentemente, una portezuela. Zárate tragó saliva y se quedaron un momento mirándose.
A lo lejos oyeron el ulular de una ambulancia o de una patrulla de la policía boliviana.
El paraguayo se agachó, tomó la empuñadura y la levantó sin proferir un quejido. La boca de un lobo. Iluminó con la linterna y descubrió una escalera que conducía a un sótano. Ya no tuvieron ninguna duda.
—Pasá vos primero —le dijo a Zárate—. Llevás toda una vida esperando este momento.