Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #26
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HACIA EL INTERIOR #26

Bueno, tal vez alguien como usted no llegue a apreciarla.

Borges nunca escribió una novela, lo que le negó un lugar de privilegio en el Parnaso de los grandes narradores del siglo XX.

Decía que la novela era un vicio tautológico, una serie finita de repeticiones finitas.

Pensada así, la novela era una función. Una máquina de producir discursos redundantes.

Tampoco leía a muchos novelistas y, en caso de hacerlo, se limitaba a los clásicos, no a sus contemporáneos, menos aún a autores más jóvenes.

Por eso no sabía quién era un joven novelista peruano que fue a visitarlo una vez a su departamento.

Era Mario Vargas Llosa. “¿Mario Vargas qué…?”

, debió preguntar Borges, que con algo de fortuna recordaba solo a Mario Vargas Vila.

El asunto es que el peruano miró a su alrededor y le pareció demasiado mendicante la vivienda, y se animó a decírselo.

Lo único que debió ver fueron torres de libros polvorientos.

¿Cómo era posible que un maestro de las letras, un señor de la literatura hispanoamericana, viviera en un lugar así?

Bla, bla, bla. Borges dio por terminada la reunión en el acto, algo disgustado.

Al día siguiente le comentó a un amigo que había sido visitado por un joven peruano y que no sabía exactamente a qué se dedicaba, pero que presumiblemente trabajaba en el rubro inmobiliario, porque le había dado un discurso con la clara intención de venderle un nuevo departamento. Notable.

Kilómetros más adelante, Zárate dijo:

—Quiero ser claro en algo. Yo no olvido que Borges y Sábato fueron a reunirse con Videla poco después del Golpe. De eso no me olvido.

Se detuvieron en algunas gasolineras a fumar y a estirar las piernas, y comieron en sitios ubicados en la berma del camino.

Zárate pensó que sería una buena idea escribir una novela que transcurriera íntegramente en bencineras: una banda de tipos que viajaban por toda Sudamérica haciendo explotar dispensadores de gasolina mientras Estados Unidos invadía Irak.

Para distraerse, contaron chistes de Sherlock Holmes.

Zárate se desternilló de risa cuando el paraguayo le contó uno.

Watson le decía a Holmes que la lámpara del cuarto de baño estaba averiada: cuando abría la puerta, la luz se encendía; cuando la cerraba, se apagaba.

Elemental, Watson: has meado en la nevera.

Envalentonado por las risotadas de Zárate, el paraguayo embistió con otro chiste.

Cuando Dios hizo el mundo, decidió otorgar dos virtudes a cada nación.

A los ingleses, por ejemplo, los hizo ordenados y respetuosos de la ley.

A los alemanes, tenaces y estudiosos. A los japoneses, trabajadores y pacientes.

Y así sucesivamente: todos los pueblos y naciones pasaron delante de Dios, que, compasivamente, les entregó dos cualidades.

Cuando llegó a los paraguayos, dictaminó que serían inteligentes, honestos y políticos.

Aquello llamó la atención de uno de los ángeles, quien hizo notar que a todas las naciones se les habían concedido dos virtudes, mientras que a los paraguayos se les habían otorgado tres.

Debíamos ser cautelosos, dijo el ángel, porque eso podía hacer que los paraguayos prevalecieran sobre el resto de las naciones.

Sentaría un mal precedente, explicó, y comenzarían las habladurías sobre favoritismos.

Caramba, dijo Dios, tienes razón, y se quedó pensando un momento.

Era un problema ético y legal, puesto que los dones divinos no podían ser retirados.

Y, sin embargo, había que remediarlo. Pensó de nuevo, atusándose la larga barba blanca, y al fin exclamó: Eureka.

Los paraguayos conservarían esas tres virtudes, pero, para mantener el equilibrio, se añadiría una cláusula: ningún paraguayo podría ejercer simultáneamente las tres.

De ese modo, cuando un paraguayo se volvía político y honesto, dejaba de ser inteligente; si era inteligente y político, no podía ser honesto; y si era inteligente y honesto, jamás podría ser político.

Esta vez Zárate rio con discreción y dijo que, en realidad, ese chiste podía aplicarse a cualquier nación latinoamericana.

También contaron otras historias. Historias de crímenes sin resolver.

Hablaron de futbolistas argentinos y paraguayos.

El paraguayo mencionó a Cayetano Ré, Delfín Benítez Cáceres, Arsenio Erico y Julio César Romero.

Zárate habló de Maradona, de Alfredo Di Stéfano, de Kempes y de Passarella, y cerró los ojos e imaginó un partido disputado por todos ellos en la Pampa argentina.

El partido se jugaba a pies descalzos. Luego no pudo evitar pensar que el Mundial del 78 era, de algún modo, una infamia; bajó la ventanilla y escupió hacia la carretera.

Después habló de los goles de Maradona a los ingleses y, mientras los relataba, parecía en realidad que Maradona era un piloto de guerra a bordo de un A-4 Skyhawk y que Peter Shilton era un portaviones, o, en cualquier caso, un buque británico.

Luego especularon sobre el lugar del planeta donde nacería el próximo mejor jugador de fútbol del mundo. Zárate pensó, desde luego, que sería en Argentina. El paraguayo creyó que sería africano. En ningún caso sería paraguayo, pero tampoco brasileño.

—¿Africano? —preguntó Zárate.

Olivera se encogió de hombros.

Después bostezaron. Más tarde, con el mapa de carreteras sobre las piernas, el policía guaraní le explicó a Zárate algunas batallas de la Guerra del Chaco.

Luego le contó que el otro día había visto una extraña película de zombis.

Eso era habitual, dijo: las películas de zombis eran habituales.

Lo inusitado era que, en esa película, los zombis aparecían en los campos de batalla de la Guerra del Chaco.

Era una película paraguaya o, en cualquier caso, una coproducción boliviano-paraguaya.

Trataba sobre una especie de virus que los soldados comenzaban a transmitir por medio de mordidas y saliva.

La guerra terminaba convirtiéndose así en una pelea a mordidas entre muertos vivientes.

Además, como los zombis no morían, el enfrentamiento amenazaba con eternizarse y, lo que era peor, con extenderse: primero a Bolivia y Paraguay, luego a Brasil, Argentina y Chile, como había ocurrido con las dictaduras de los sesenta y los setenta.

Después vendrían Perú, Ecuador, Colombia y Venezuela y, desde ahí, toda Centroamérica.

Tal vez —solo tal vez— los gringos lograrían detener a los zombis en sus fronteras.

En fin, toda América quedaba afectada por una plaga de zombis.

En la película, finalmente, los mandatarios de Bolivia y Paraguay decidían que había que tomar cartas en el asunto para evitar que la situación se saliera de control y enviaban un nuevo ejército, compuesto por médicos además de soldados.

Se desplegaban por los campos de batalla con trajes especiales y esas máscaras que se usaban en la Edad Media para evitar la peste negra.

Al final, tras mucho bregar, lograban matar a todos los zombis y los arrumaban e incineraban como si fueran neumáticos.

Por eso la película se llamaba Carne, o algo parecido.

Zárate también contó historias. En rigor, contó el sueño que había tenido una tarde mientras el paraguayo conducía.

En el sueño, había invitado a Jorge Videla y a Leopoldo Galtieri a tomar el té a su casa.

Preparó té en hebras y galletas horneadas.

Cuando al fin llegaron los invitados, no estaban vestidos con uniforme, sino con polleras y pelucas de mujer.

Videla llevaba una peluca rubia; Galtieri, una pelirroja.

Fingían no ser Videla y Galtieri, aunque era evidente que lo eran.

Tomaron té y rieron, tapándose la boca con la mano.

Luego retiraron las tazas y los platillos y desplegaron un mapa de las islas Malvinas sobre la mesita. Comenzaron a discutir alrededor del mapa. Zárate no entendió muy bien de qué hablaban; creyó, incluso, que planeaban la apertura de una tienda de ropa.

En plena conversación, alguien golpeó la puerta.

Zárate no esperaba a nadie más y caminó hacia la entrada, sorprendido.

Al abrir, apareció nada menos que Manuel Belgrano, quien saludó cortésmente al dueño de casa y a las ancianitas que fingían ser Videla y Galtieri.

Todos se pusieron súbitamente nerviosos, todos menos Belgrano, como si estuvieran a punto de ser descubiertos en alguna fechoría.

De pronto, el salón comenzó a llenarse de cadáveres.

Zárate, desesperado, tomó una escoba y empezó a barrerlos debajo de la alfombra.

Pero eran demasiados cuerpos y la alfombra no daba abasto.

Manos y pies asomaban por los bordes. Ni hablar del olor.

Videla y Galtieri se taparon la nariz, espantados por el hedor, pero Belgrano no notó nada extraño y, en cambio, se puso a hablar de las bondades del Virreinato del Río de la Plata.

Entonces Zárate despertó, porque el paraguayo tuvo hambre y se detuvo.

Cuando finalmente llegaron a Oruro, rentaron una habitación doble en un hotel de tres estrellas.

Salieron de inmediato a quitarse el viaje de encima.

Dieron algunas vueltas y encontraron una tienda donde vendían máscaras e indumentaria para el carnaval.

Zárate quedó maravillado con las fabulosas caretas de figuras demoníacas.

Era mediodía y buscarían el lugar esa misma noche, pero antes querían descansar.

Antes de almorzar tomaron una ducha y luego Zárate llamó a alguien en Buenos Aires.

Informó que ya estaban en Oruro y que esa noche irían al sitio identificado.

Mientras lo oía hablar, el paraguayo se miró los ojos en el espejo y creyó, por un momento, que el reflejo le devolvería la imagen de Bruce Willis.

Imaginó, un instante después, una explosión descomunal en el vestíbulo del hotel.

Imaginó a Elisa desesperada en Asunción, preocupada por la suerte que él podía haber corrido, exigiendo viajar hasta Oruro para remover personalmente los escombros.

La promesa de Zárate era cierta: el hotel tenía piscina.

Pasaron allí toda la tarde. El aire olía a bronceador de coco, y alrededor había gente en traje de baño y niños con flotadores.

Durmieron en las reposeras y también nadaron.

En rigor, Zárate apenas metió los pies en el agua.

El paraguayo nadó y se sumergió varias veces; mientras lo hacía, cerró los ojos y, al abrirlos bajo el agua, tuvo por un momento una sensación extraña.

Sintió que ya no estaba en una piscina, sino mar adentro.