Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #25
85%

HACIA EL INTERIOR #25

Tuvo la sensación de que, en cualquier momento, la maquinaria iba a transformarse en un robot.

Le preguntó a Zárate si recordaba a Optimus Prime.

El argentino se encogió de hombros y pensó, en cambio, en la parábola del trigo y la cizaña.

—Entre los herbicidas más usados estaba el glifosato, Olivera —continuó Zárate—. ¿Sabía lo que era el glifosato?

Olivera se quedó mirándolo con expresión de pesar.

—Veneno, Olivera. Era veneno. Argentina, Dios mío, estaba regada de veneno. Uno de esos días iban a nacer aquí los primeros mutantes.

Olivera pensó en X-Men, el cómic de Marvel.

Ya de regreso en la carretera, Zárate le preguntó quién mierda era Optimus Prime. Olivera se largó a reír y luego, sin saber muy bien por qué, se quedó pensando en aquellas misteriosas figuras circulares que, de tanto en tanto, aparecían sobre los cultivos.

Un par de kilómetros más adelante, en una localidad rural, se toparon con un partido de fútbol infantil sobre un descampado.

El argentino le pidió a Olivera que se detuviera.

El paraguayo se quedó en el auto y desde allí vio a Zárate acercarse a los niños que corrían detrás de la pelota, reunirlos en el centro del campo y convencerlos de dejarlo jugar un par de minutos.

A pesar de cuadruplicarlos en edad, su desempeño fue aceptable: ensayó un par de regates, repartió algunas asistencias y estrelló un balón en el travesaño.

Se quedó lamentándose con las manos en la cabeza.

Regresó al auto jadeando y, a modo de despedida, los niños interrumpieron el partido y le hicieron señas desde la berma, como si se despidieran de una estrella del balompié.

Pocas horas después, estaban en una gasolinera casi en la frontera entre Argentina y Bolivia.

La escena parecía un cuadro de Edward Hopper.

O una novela de William Faulkner. Un empleado de overol grasiento los atendió.

El logo de YPF en la espalda estaba desteñido.

Mientras sostenía la manguera de combustible, les preguntó a los policías si iban de viaje.

El paraguayo sonrió con desgano, pero Zárate no se rio.

En lugar de eso, se quedó mirándolo fijamente y le preguntó al empleado dónde iría si tuviera que buscar a un asesino.

—Yo solo tengo cara de idiota —dijo el sujeto, limpiándose las manos en el overol—.

Yo nunca iría detrás de un asesino. Ahora, si no quedara remedio, me escondería.

El mejor modo de toparse con un asesino es esconderse.

Si el tipo es un asesino, un verdadero asesino, irá detrás de usted y se las arreglará para encontrarlo.

Zárate recordó una frase que Cortázar había puesto en Rayuela: “¿Cómo convencerá el asesinado al asesino de que no ha de aparecérsele?”

. Entonces los policías encendieron cigarrillos y estiraron las piernas y, mientras esperaban que el estanque se llenara de gasolina, el empleado les contó una historia.

Una historia que ninguno de los dos policías entendió del todo; más bien, no entendieron qué relación tenía con sus dudas ni por qué se las contaba a ellos.

De cierto modo, fue como si el sujeto del overol y las zapatillas les planteara un acertijo.

Como la puta esfinge de Tebas, concediéndoles –o negándoles– el paso al otro lado de la frontera, donde finalmente los aguardaba esa bodega llena de VHS macabros.

—En cierta ocasión —dijo el sujeto—, en algún lugar de la Tierra del Fuego —Spring Hill, se llamaba el sitio—, quedó varada una ballena.

Probablemente la había arrastrado la marea; probablemente los tipos que perseguían a los onas la habían llevado hasta allí.

El asunto era que los cazadores de onas inocularon a la ballena con veneno y se fueron.

Como si la ballena fuera un pavo relleno de Navidad, pero, en vez de frutas y verduras, la llenaron de veneno.

Simplemente la dejaron ahí, como una trampa, y se fueron a esperar.

»Horas más tarde, los indios encontraron al cetáceo encallado y fue como si vieran el caballo de Troya.

A los indios les encantaba la grasa de ballena y se dieron un festín.

Comieron grotescamente, como si supieran que luego iban a morirse.

A los pocos minutos comenzaron a sentir los estragos del veneno: dolores atroces, espuma en la boca.

Murieron como perros envenenados con estricnina: cerca de quinientos indios; tal vez mil hijos de puta murieron en la playa.

Quedaron tirados como peces arrojados por la marea.

Imagínense qué porquería —dijo el sujeto del overol—.

En fin, si yo fuera un asesino, probablemente envenenaría una ballena y me quedaría esperando en la playa, tomando sol.

Luego dijo que el estanque estaba lleno. Los policías pagaron y se fueron, y atravesaron la frontera.

Recorrieron los miles de kilómetros desde La Quiaca hasta Oruro en catorce horas, turnándose al volante de la Ford Bronco y sin perder de vista un extenso mapa de carreteras.

Ambos, cuando iban de copilotos, aprovecharon de dormir.

Soñaron con ballenas y también con ratas envenenadas, pero ninguno de los dos se atrevió a admitir ante el otro que la historia del cetáceo envenenado y de los indios onas les había quedado dando vueltas en la cabeza.

Mientras el paraguayo tuvo su turno de conducir, Zárate despertó sobresaltado.

—He tenido un sueño extraño.

El paraguayo creyó que iba a contarle un intrincado caso policial.

Pero Zárate dijo que había soñado con Borges y el paraguayo pensó que iba a hablarle de algún futbolista.

Creyó recordar a un jugador uruguayo de apellido Borges.

Jugó en Danubio, pensó. Jugador regular, inconstante.

Pero Zárate le aclaró que había soñado con Jorge Luis Borges, el escritor.

—¡Borges, Zárate, Borges, por amor de Dios! ¿Los espejos y los laberintos que se repiten infinitamente?

El paraguayo, que llevaba una mano sobre el volante, se encogió de hombros.

—No puedo creer que no haya leído, siquiera oído mencionar, a Jorge Luis Borges.

Por eso los policías ya no son como solían ser.

Si yo no hubiese leído a Borges, la mitad de los casos en los que trabajé habrían quedado sin resolver.

Bastaba leer un cuento de Borges y el crimen se resolvía.

Es lo primero que debieran enseñarle a cualquier detective: leer a Borges.

Y a Cortázar después. El perseguidor, por supuesto, hay que aprendérselo de memoria.

Es tan importante como aprender a disparar.

En el peor de los casos, leer al chileno Manuel Rojas, pero solo en el peor de los casos.

Rojas te ayuda a comprender los crímenes, pero no a resolverlos.

A veces, entender es suficiente. Camus decía que un mundo que se explica con malas razones es mejor que un mundo que no se explica de manera alguna.

Manuel Rojas, Olivera, no olvide ese nombre, por favor.

Luego le entregó algunos datos biográficos para que entendiera de quién estaban hablando.

—Borges pudo ganar el premio Nobel —dijo Zárate—.

Sin embargo, cuando todo hacía suponer que los suecos se lo darían, a Borges se le ocurrió ir a recibir a Santiago de Chile un premio literario o una puta medalla de manos del mismísimo Pinochet.

Ahí se acabó todo. Ya no hubo Nobel. Los rumores —que yo creo— dicen que recibió un telefonazo desde Estocolmo indicándole que ganaría el premio con la condición de que no fuera a recibir la medallita de Pinochet.

Y Borges… bueno, Borges era argentino. El tipo que escribió La lotería de Babel no iba a permitir que un burócrata escandinavo le dijera qué podía hacer o no.

Capaz que si no le decían nada. Está todo podrido, Olivera.

El asunto es que acabo de soñar con Borges.

—¿Y de qué era el sueño? —preguntó Olivera.

En el sueño, Zárate era oftalmólogo. Uno de renombre. Una eminencia.

—¿Y qué tenía que ver eso con Borges?

—Bueno —dijo Zárate—, Borges era ciego. Perdió la vista antes de los cincuenta años.

Antes de los treinta lo habían operado de cataratas; fue la primera de ocho intervenciones que no evitaron la ceguera.

Parece teleserie de la hora de almuerzo, pero es cierto.

Le recomendaron que, para evitarlo, racionara las horas que dedicaba a la lectura, pero él insistió en leer como hacía siempre y desde siempre.

El asunto es que, en el sueño, siendo ya un anciano, Borges fue a verme a mi consulta.

Me di cuenta de que la mujer que lo acompañaba —probablemente María Kodama, no alcancé a verla bien— lo había llevado contra su voluntad, a regañadientes.

La mujer me habló como si yo fuera un obrador de milagros.

Dijo que mi fama me precedía. Me besó las manos.

Dijo que tenía puestas en mí sus esperanzas de que Borges recuperara la visión.

Como vi a Borges desinteresado, le pregunté qué opinaba.

Y Borges disertó durante un cuarto de hora sobre autores que yo no había escuchado en mi puta vida.

Disertó sobre oftalmólogos pretéritos, de nacionalidades y trayectorias inimaginables, probablemente historias que inventó en el momento, como si estuviera relatándome un cuento donde describía infinitas enfermedades oculares.

En cuestión de minutos armó una enciclopedia apócrifa de oftalmología.

Qué digo una enciclopedia: improvisó allí mismo, en la consulta inmaculada, toda una tradición literaria de la oftalmología.

Hubo un tira y afloja hasta que finalmente lo convencí de que me permitiera examinarlo.

Y entonces descubrí que no estaba ciego.

Apenas lo examiné, me di cuenta de que su vista, salvo la inevitable presbicia, estaba perfecta.

Descubrí que Borges había mentido todos esos años.

Me quedé mirándolo y Borges también me miró a mí.

Nos quedamos mirándonos fijamente y entonces tuve la certeza de que Borges era un asesino.

Un asesino en serie. Un tipo sin remedio.

Lo vi con claridad y el terror que me causó dejarlo al descubierto hizo que yo le dijera a su mujer que la ceguera de Borges no tenía remedio.

—¿Y luego?

—Luego el sueño se volvió incoherente, como todos los sueños.

—¿Y quién era María Kodama? —preguntó el paraguayo, que ahora llevaba las dos manos sobre el volante—. ¿La cómplice del asesino?

—No. Era la mujer de los últimos años de Borges. Una japonesa. O argentina de apellido japonés. O ambas cosas a la vez.

Después el viaje continuó, aunque ahora manejó Zárate porque el paraguayo se quejó del dolor de espalda y de los malestares lumbares que lo perseguían desde hacía años.

—Hay una anécdota interesante —dijo Zárate—.