HACIA EL INTERIOR #24
Hay un libro que le recomiendo. Lo escribió un alemán, que no le cause urticaria ese detalle.
No todos los alemanes son criminales. Ulrich Beck, La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad.
No me mira con esa cara, Olivera, alguna vez va a tener que aprender a leer.
En fin, la fábula ha sido degradada a su más mínima expresión.
Incluso los animales, otrora fuente privilegiada de sabiduría, han comenzado a perder terreno.
Fíjese que el otro día vi una caricatura en que el protagonista es una esponja amarilla, una como esas con las que fregamos los platos.
¿Puede imaginarlo?¡Una esponja para lavar la loza, por Dios!
En ese momento, Olivera estuvo a punto de interrumpir el alegato, pues si había algo de lo que él sabía era de dibujos animados: Bob Esponja, pantalones cuadrados, no era una esponja para lavar loza, sino que una porífera, o esponja de mar,
un filo de animales acuáticos que se encontraba enclavado dentro del reino Parazoa, los organismos acuáticos multicelulares más primitivos y simples que se conocen.
Eso lo había averiguado en internet. Al ver a Zárate tan acalorado desistió de corregirlo. No habría servido de nada.
Zárate, como buen policía, no resistía plantear una hipótesis sin contar con alguna clase de evidencia.
Se acercó al niño, le pidió el control remoto y cambió de canal.
Hizo zapping por un par segundos. Había cuatro o cinco canales con programación infantil.
Una cuestión que al argentino le parecía francamente un exceso.
—Mire, Olivera —continuó— al igual que hay canales que transmiten noticias las veinticuatro horas, hay estaciones de TV especializadas en caricaturas.
¿Cómo puede un niño que está todo el día expuesto a esta clase de basura crecer con alguna dosis de sentido común?
¿Qué clase de moraleja puede extraer un niño de todo esto? ¡Ninguna!
Mientras Zárate pontificaba, Olivera se distrajo viendo qué dibujos animados estaban transmitiendo en ese momento: Vaca y pollito, Pinky y Cerebro y Johnny Bravo.
Olivera suspiró y le hizo un gesto para que viniera a sentarse.
Se quedó pensando un momento en qué clase de moralejas podía extraer alguien de cualquier de esas caricaturas.
Zárate, resignado, regresó el control remoto al niño y este siguió mirando la tele como si estuviera hipnotizado.
Más tarde, cuando terminaron de comer, Zárate quiso dar un golpe de gracia.
Se levantó de la mesa y se sentó junto al muchacho que seguía sin apartar la mirada del televisor.
Ahora estaba viendo un clásico, el Gallo Claudio.
Se trata, pensó Zárate, de una caricatura ejemplar, porque precisamente aborda la relación maestro-aprendiz.
Sin decir nada, y bajo la atenta mirada de la madre o abuela del niño que fregaba platos en el lavadero de la cocina, Zárate empezó a relatar la fábula del pastor mentiroso.
El niño embobado apenas lo miraba. Cuando terminó, le preguntó el niño si había aprendido algo escuchando la historia.
El niño miró apenas un segundo al policía argentino, como si lo estuviera estorbando y luego volvió a concentrarse en la pantalla.
Zárate se encogió de hombros y le hizo a Olivera un gesto para que regresaran al auto.
—No hay remedio, Olivera. Prepárese, lo que viene es el planeta de los zombis.
Mientras escuchaba a Zárate, Olivera tuvo la sensación de que, en realidad, estaba recordándole la fábula de Esopo a él. Si así fuera, pensó, qué me está intentando decir. Cuál es la metáfora que debo extraer. ¿Quién es el pastor mentiroso? ¿Quién es el lobo?
Sufrieron un desperfecto y no hubo más remedio que sacar el neumático de repuesto.
Zárate se quitó la camisa para cambiar el neumático.
Curioseando en la cajuela, Olivera encontró un libro.
Era la Odisea. Abrió las páginas al azar y se dio cuenta de que Zárate había tachado la palabra Ulises y en lugar de eso había escrito Zárate.
De hecho, se dio cuenta de que el libro estaba tachado en todos los lugares en que se mencionaba a Ulises.
En lugar de eso, ahora decía Zárate. Más allá se dio cuenta de que había otro nombre tachado.
En vez de Telémaco, ahora podía leerse Olivera.
El paraguayo no tenía ni la más remota idea de cuál era el vínculo que unía a Odiseo con Telémaco.
Cerró el libro y sin soltarlo fue a hacerle una pregunta a Zárate.
Este, bregaba con las tuercas bajo el sol que rebotaba sobre el asfalto.
Olivera carraspeó fuerte para que Zárate le pusiera atención.
—¿Tiene algún problema, Olivera? ¿Hay alguna cosa que lo distraiga en estos momentos en que su noble servidor se encuentra cambiando una de las cauchas de mi Bronco?
El paraguayo afirmó con la cabeza, pero tuvo que esperar que pasara un camión para comenzar a hablar.
—¿Es usted homosexual?
—¿Qué?
—¿Quién es Telémaco? — preguntó Olivera.
Zárate se tardó un segundo en darse cuenta por qué Olivera estaba haciendo la pregunta.
Sacó la cajetilla de cigarros del bolsillo de su camisa y se recostó sobre una de las puertas de auto.
Mientras daba bocanadas al cigarro, Zárate tuvo que explicar de qué se trataba la Odisea y el parentesco que existía entre Ulises y Telémaco.
Mientras el argentino hablaba, Olivera hojeaba el libro rápidamente.
—Es decir, ¿Telémaco es el hijo de Ulises?
—Exacto, Olivera, exacto.
—¿Conoce a Gasparín? —preguntó Olivera más tarde.
—¿Gasparín?
—El fantasma de un dibujo animado, ¿lo ha visto?
Zárate asintió dándole una bocanada al cigarrillo.
—Una vez, hace algunos atrás, estaba en casa viendo TV, haciendo zapping.
Me topé con un capítulo de Gasparín. Tuve mucho miedo, muchísimo.
Se me puso la piel de gallina, aunque el fantasmita parece ser inofensivo, de hecho, lo es, un fantasma que no espanta a nadie, que se niega a espantar.
Tiene, según entiendo, una especie de código moral que le impide hacerlo.
Es una postura ética. Se niega a actuar como haría cualquier fantasma.
No utiliza su apariencia pálida para causar terror.
A pesar de todo eso, me causó un pavor indescriptible.
Zárate se quedó pensando un momento y luego arrojó la colilla al suelo, junto al neumático de la camioneta y la pisoteó.
—No me parece descabellado, Olivera. No me parece descabellado en ningún caso.
Cuando llegaron a Santiago del Estero, Olivera quiso demostrarle a Zárate que había un videojuego inspirado en la Divina Comedia.
Buscaron por un rato hasta que encontraron un lugar de entretenimientos donde se toparon con un Flipper.
Olivera tuvo que mostrarle a Zárate el juego completo, llegar hasta el final y dejarle ver a Koopa, el demonio que custodiaba a la princesa para convencerlo.
—Tienes razón, Olivera. Este juego está inspirado en el más grande poema de amor de todos los tiempos. Definitivamente, el mundo es una mierda. Tal vez a esta clase de idioteces se refiere Friedrich Jameson cuando dice que el posmodernismo es la lógica cultural del capitalismo tardío.
Olivera se quedó mirándolo como si hubiese oído un trabalenguas irrepetible:
—Como usted diga, Zárate, como usted diga.
Poco después de salir de Tucumán, Zárate comenzó a distraer a Olivera con el cuestionario de Proust.
—¿Tu ideal de felicidad? —preguntó Zárate.
Olivera imaginó que vivía con Elisa, en un bosque inmaculado, en una cabaña rodeada de nieve, pero en lugar de eso respondió, simplemente, que su ideal de felicidad era estar en medio de una piscina, sobre una cama flotante, con una buena cerveza helada.
Mejor aún, un pequeño cooler con media docena —una docena, incluso— de cervezas muy heladas.
—¿Pintor favorito?
Olivera se encogió de hombros.
—El Bosco —dijo Zárate.
—¿Tus autores favoritos en prosa?
Olivera volvió a encogerse de hombros. Zárate dudó un momento y luego dijo que no podía evitar sentir una predilección especial por Hermann Broch. También por Mijaíl Bulgákov.
Olivera volvió a encogerse de hombros.
—¿Tus poetas?
Esta vez Zárate no esperó la respuesta de Olivera y dijo que su poeta favorito era Oliverio Girondo.
—¿Tu músico favorito?
Olivera se encogió de hombros.
—Mahler —dijo Zárate.
—¿Una figura histórica que te ponga mal cuerpo?
Olivera respondió Stroessner.
—Churchill —dijo Zárate.
—¿Un hecho de armas que admires?
Ambos se quedaron callados.
—Las armas las carga el diablo —dijo Zárate un momento después.
—¿En qué país desearías vivir?
—Suiza —respondió Olivera.
—Portugal —dijo Zárate.
—¿Por qué Portugal? —indagó Zárate.
Olivera no respondió. Se encogió de hombros.
—¿Un héroe de ficción?
Olivera, en el colmo del mal gusto, dijo Superman.
—Aquiles —respondió Zárate—. El de los pies ligeros.
—¿Una heroína?
La respuesta de Olivera fue francamente bochornosa: Sheena, la princesa guerrera.
—Marie Curie —dijo Zárate.
—¿Cuál es el estado más común de tu ánimo?
Olivera se encogió de hombros.
—La melancolía —dijo Zárate.
—¿Qué virtud desearías poseer?
—La paciencia —respondió Olivera.
—La templanza —dijo Zárate.
—¿Cómo te gustaría morir?
Olivera pensó que le gustaría morir en brazos de Elisa, pero en lugar de eso dijo que le gustaría quedarse dormido y morir, simplemente, como si alguien lo desenchufara.
Zárate dijo que le gustaría morir fornicando con Sofía Loren. Precisó un segundo después: haciéndose una paja rusa con Sofía Loren. Un minuto más tarde volvió a precisar: cuando Sofía Loren tenía cuarenta y tantos años. Una diosa. La diosa de las pajas rusas.
Más tarde, Zárate se detuvo en el arcén del camino para echar un vistazo a una descomunal plantación de soja y dio una disertación sobre la agricultura argentina.
Advirtió que esas semillas eran transgénicas, genéticamente manipuladas para dotarlas de características que no poseían de manera natural: resistencia a ciertas plagas y herbicidas, mayor tolerancia a condiciones climáticas adversas.
La plantación desenfrenada de soja había dañado los suelos, había deforestado indiscriminadamente y había despojado de sus tierras a campesinos y comunidades indígenas.
—Una mierda, Olivera, una mierda.
Miraron apoyados en el capó del auto. A lo lejos se recortaba la silueta de una segadora-trilladora y Olivera volvió a pensar en Los Transformers.