Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #23
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HACIA EL INTERIOR #23

Olivera entrecerró los ojos y se imaginó abriéndose paso en un laberinto de muros grises y hogueras fabulosas. En medio de todo, estaba Elisa Feldman ataviada con un vestido rosado y una tiara en la cabeza, igual que la princesa de Mario Bros, custodiada por Koopa.

Finalmente, se quedó dormido y, efectivamente, soñó con prados de jardines, tortugas, bolas de fuego y hongos. También con una especie de catacumba gris donde Koopa custodiaba a la princesa.

—Oiga Zárate, dijo al despertar— se ha dado cuenta de que Mario Bros está inspirado en la Divina comedia.

—¿Quién carajos es Mario Bros? —preguntó Zárate.

Guardó silencio un momento y luego le preguntó si había visto la película Belleza americana.

—No, no la vi, pero no podía decirle la verdad a Elisa.

—¿Cuál es la verdad?

—No podía decirle que no la había visto porque un amigo me dijo que la película era pésima porque finalmente Kevin Spacey no se follaba a Mena Suvari.

—Efectivamente, Olivera, no podía decirle semejante cosa a Elisa Feldman. Elisa le hubiese dado una patada en los huevos.

—¿Usted la vio?

—Claro que la vi.

—Bueno, el asunto es que Elisa me describió una escena en que alguien, provisto de una cámara filmadora casera, grababa a una bolsa.

—Claro que recuerdo esa escena.

—¿Qué más ocurre?

—Simplemente, la bolsa es agitada por el viento, gira sobre sí misma, parece que el viento va a llevársela a algún sitio lejos, parece, por un momento que está viva, que podrá volar, pero el lugar de eso, de pronto, el aire la devuelve al suelo,

que es donde suelen estar las bolsas vacías que ya nadie quiere usar.

Simplemente eso. Ahora, si alguien te llama por teléfono, en mitad de la noche, de madrugada, para decirte que quiere hablarte de Belleza Americana, precisamente de aquella escena en que la bolsa gira junto a una pared, bueno, entonces es que las cosas no andan bien, Olivera.

Usted ya es un hombre adulto, debiera tener claras esas cosas.

Esa noche, Elisa sintió deseos de llorar al ver la bolsa girando en una especie de remolino de hojas secas sobre la acera, junto a un muro de ladrillos: “Era uno de esos días, en que está a punto de llover y hay una cierta electricidad en el aire, casi puedes sentirla. ¿Entiendes?”

—¿Le gustaría verla?

—Qué cosa.

—Belleza americana.

Olivera no contestó, pero apenas llegaron a Córdoba, lo primero que hizo fue buscar un videoclub para rentar la película de Sam Mendes.

Acto seguido, buscaron insistentemente algún hotel que dispusiera de algún aparato reproductor.

Se ducharon y en toalla pusieron el VHS.

No vieron la película enseguida, porque Olivera se quedó consternado viendo que, en efecto, Zárate aún tenía una esvástica descolorida tatuada sobre el pectoral izquierdo.

—Sin comentarios, Olivera, sin comentarios.

Olivera no quería ver la película, solo le interesaba ver la escena de la bolsa.

Se sentaron al borde de la cama, envueltos en toallas blancas muy percudidas.

Daba la sensación de que venían saliendo de una sauna.

De vez en cuando, Olivera daba miradas a la cruz gamada tatuada.

Zárate adelanto la película hasta el momento que Olivera ansiaba contemplar y, al verla, se sintió muy angustiado.

—Pero ¿quién carajos es la bolsa, Zárate, soy yo, Elisa, ninguno de los dos?

—Ni idea, Olivera. Ni idea. Solo sé que es un asunto muy triste. Elisa es una mujer muy triste. Elisa necesita encontrar las cintas de una vez por todas. Olvidarse de todos esos asuntos y esforzarse por llevar una vida normal. Tal vez usted pudiera ayudarle con eso.

Más tarde, Zárate llevó a Olivera a dar un vistazo a los estadios de Córdoba.

Visitaron la Boutique, donde juega de local Talleres y también el Julio César de Villagra, donde recibe a sus oponentes, el Club Atlético Belgrano.

Más tarde, Zárate condujo por la Circunvalación para llegar el Estadio Olímpico de Córdoba, un recinto para casi sesenta mil almas.

En lugar de escuchar las disertaciones del argentino sobre el Olímpico de Córdoba, Olivera entrecerró los ojos e imaginó a Elisa Feldman agitando los brazos, desnuda, recostada sobre una cama de pétalos de rosa.

Cuando regresaron al hotel, volvió a poner la película.

Después, tras asegurarse de que Zárate dormía, se masturbó imaginando que era Elisa.

Tal vez el cuerpo era el de Suvari, pero el rostro —inequívocamente— era el de Elisa.

Cuando regresó a la cama, Olivera escuchó un ruido afuera de la habitación.

Tuvo la sensación de que había un gato rasguñando, tal vez una rata.

Tuvo curiosidad y se levantó para echar un vistazo.

Entreabrió las persianas y vio, precisamente, una bolsa de nylon, vacía, girando despacio sobre sí misma.

Era una bolsa blanca, de modo que parecía un fantasma pequeño y juguetón.

Olivera recordó a Gasparín y tuvo la extraña sensación de que esa bolsa era Elisa, o su alma en forma de nylon, y no pudo evitar salir a recogerla.

Cuando quiso ponerle las manos encima, el viento la agitó y la llevó alejó un par de metros.

Cada vez que se agachaba a recogerla, el viento volvía a alejarla.

Al final, se conformó con no ponerle las manos encima, cuando el viento la llevo muy lejos, hasta la superficie del agua de la piscina.

Sin embargo, al otro día se levantó muy temprano y consiguió una malla de piscina para recogerla. Guardó la bolsa en su valija. Más tarde, antes de volver a la carretera, se encerró en el baño y le habló a la bolsa como si fuera Elisa:

—Tengo la certeza de que, en caso de ponerle las manos encima a esas películas, volverías a ser una persona normal.

Alguien, que sale por la mañana a trabajar y cuando regresa ayuda a sus hijos con las tareas.

Voy a hacerlo por ti. Estoy muy cerca. A mí, en el fondo, estas películas me importan una mierda.

Para qué iba a querer yo ir detrás de las cintas que filmó un degenerado de aquellos.

Si no hubiese sido vos la que me lo hubiese pedido aquella tarde en el Defensores del Chaco todo esto me daría igual.

Comprometerme con esta búsqueda es una forma de demostrar mi amor.

Me hubiese gustado que bastaran flores o chocolates, pero, en fin.

Voy a encontrar esos videos y los voy a dejar en la puerta de tu casa.

De cierta forma, era cierto. Estaban cerca, pero al mismo tiempo estaban más lejos que nunca.

Tuvieron hambre y estacionaron en un lugar para comer.

Mientras esperaban su orden, se quedaron mirando el televisor puesto lejos del alcance de todos.

Estaban sintonizando dibujos animados y Zárate se dio cuenta de que el control remoto estaba en manos de un niño moreno, el hijo o nieto de algunas de las mujeres que atendían el lugar.

El niño se aferraba al control remoto como si fuera un talismán.

Estaba viendo una caricatura de Bugs Bunny y Elmer, el cazador gruñón.

Ambos estaban en un bosque que, perfectamente, podía ser algún bosque europeo, aunque era más probable que fuera algún bosque de Alaska o California.

Cerca del bosque pasaba una carretera. Un camión transitaba por allí transportando sombreros y sin que el chofer se diera cuenta, las puertas traseras se abrían y dejaban caer decenas de sombreros por el bosque.

Estos, al caer sobre las cabezas del conejo y el cazador les hacían cambiar su personalidad.

Zárate pensó que era una caricatura bastante apropiada para ver dadas las circunstancias.

Sin embargo, aún restaba por dilucidar si ellos eran el conejo o el cazador y si llegado el momento podrían asumir el rol que les permitiera salir con vida.

Fue al baño a refrescarse y se quedó mirando en el espejo: ¿es eso lo que me he jugado todos estos años?

, se preguntó. ¿La vida? ¿Es la vida lo que he puesto en juego todo este tiempo en que he perseguido a un nazi que tal vez no existe?

¿Qué voy a hacer cuándo encuentre por fin esas putas películas?

¿Me voy a recluir en una casa de retiro?

¿Van a invitarme a dar mi testimonio en Telefe?

¿Va a entrevistarme Susana Giménez y Mirtha Legrand?

¿Jovencitas de todo el mundo van a golpear mi puerta para que les cuente mis andanzas y para chuparme la pija?

Olivera se dio cuenta de que, al regresar de excusado, Zárate se quedó mirando fijamente al niño que sostenía entre sus manos el control remoto e intuyo que venía una monserga:

—Los dibujos animados, Olivera, ilustran perfectamente el estado de la sabiduría en nuestras sociedades.

Ya no hay sabios. Hay especialistas y expertos, pero ya no hay sabios.

No son los mismo, desde luego. Antiguamente disponíamos de las fábulas.

Leíamos a Esopo, a Le Fontaine, a Samaniego y encontrábamos una moraleja al final, sabíamos a qué atenernos.

Leíamos, que sé yo, “La liebre y la tortuga”, “El pastor y el lobo”, “El lobo disfrazado de cordero” y aprendíamos algo que podía ayudarnos a conducirnos en la vida.

Y ahora, ¿qué tenemos? Pues tenemos dibujos animados, que son una forma grosera de fábula, una fábula degradada.

William Hanna, Joseph Barbera, Walter Lantz.

Son todos hijos de puta, sin remedio. Sí, hijos de las re mil putas.

Walter Benjamin tenía razón, Olivera, ya no hay experiencia que compartir.

Fíjese. —dijo apuntando hacia el televisor: —El coyote, que vive principalmente en Sur y Norte América es un animal impulsivo y ladino, pero inteligente y ágil.

Un animal superior, sin duda, un ser sagrado en el universo otomí-mazahua.

Sin embargo, el personaje de la caricatura es un soberano imbécil.

Todos los días de su miserable vida, condenado a repetir las mismas necedades.

No importa cuántas veces los explosivos le estallen en la cara o cuántas veces se estrelle contra un muro de roca, el idiota vuelve a pasar por las mismas situaciones una y otra vez.

No es capaz de distinguir un túnel pintado en un muro de uno real.

Hay que ser muy estúpido para ser incapaz de comprender la profundidad de un túnel.

Vive todos los días como si fuera el primero.

Göethe dice que aquel que no sabe levar la cuenta de mil años se queda como un ignorante en la oscuridad y solo vive el día.

Una soberana mierda, Olivera. Todo es un riesgo en las caricaturas.

El Coyote vive sometido a la indeseable combinación entre las probabilidades y el hecho de no controlar los peligros.