HACIA EL INTERIOR #22
Fue una de esas noches, mientras Elisa bailaba sola en medio de la pista, iluminado por un haz de luz multicolor, que Zárate comprendió que nunca iba a estar en el centro de la fiesta, ni siquiera iba a estar en la fiesta.
Ni siquiera pondría la música. Escucharía las melodías, es cierto, las risotadas y los brindis, pero lo haría desde lejos, muy lejos, insomne y con la boca seca.
Estaría, de hecho, muriéndose de sed, tal vez encerrado en el baño o trapeando el piso de los baños.
Esa noche, Zárate soñó que Elisa bailaba semidesnuda en el infierno.
Soñó, de hecho, que el infierno era un club de strippers en el que casi no había clientes.
Definitivamente, el lugar ardía, como si el aire acondicionado se hubiese estropeado irremediablemente.
Se oían a lo lejos, ruidos de metales chocando y toda clase de quejidos y lamentos.
Una de las cosas más extrañas, y familiares al mismo tiempo, era que se oía cantar, a lo lejos, a Celia Cruz.
Zárate despertó asustado y se preguntó: ¿Qué podía estar haciendo Celia Cruz en un club de strippers en el Infierno?
Zárate hizo una nota mental: Banda sonora de La Divina Comedia: Celia Cruz.
Tarareó en la cabeza: Que le den castigo, ay qué le den candela.
Que lo metan en una olla y que se cocine vivo.
Al día siguiente salieron por primera vez del hotel para ir a Ciudad del Este, en Paraguay.
Atravesar la frontera no suponía ningún inconveniente.
Dieron vueltas inconexas, no podía ser de otro modo en se lugar enmarañado, hasta que encontraron un local de Pizza Hut.
Entraron y Zárate le contó que había soñado que Celia Cruz cantaba en el infierno y que el infierno era como un enorme club de nudistas.
La clase de lugares que podrían encontrarse en algún estado fronterizo entre Estados Unidos y México.
Mientras Zárate describía el lugar, Elisa se rio de buena gana, hasta que Zárate le contó que allí, en medio de una tarima, con las extremidades enredadas en un tubo metálico, estaba ella, bailando, vestida apenas con un calzón y cubriéndose el resto con las manos.
Entonces, Elisa se puso seria y luego triste y se quedó mirando las manchas de aceite en la caja de la pizza. Zárate no supo qué decir para animarla.
Una de esas tardes, mientras estaba en la piscina, vieron llegar a dos tipos enormes, con las cabezas rapadas y apariencia de hooligans que hablaban en inglés.
Uno de ellos venía, de hecho, con la camiseta roja del Manchester United con el número de Paul Scholes.
A Elisa le bastaron un par de minutos para darse cuenta de que los tipos eran despreciables.
Más tarde, los hooligans se apropiaron de la piscina como si estuvieran haciendo una fiesta sobre un yate o estuvieran intentando sobrevivir a un naufragio o celebrando, más bien, que libraron con vida de un barco zozobrante.
Hicieron pasar malos ratos a las empleadas y a otros pasajeros.
Uno de ellos intentó arrojar a una camarera dentro de la piscina tomándola del antebrazo cuando fue a llevarle unos tragos.
Entonaban cánticos molestos a viva voz. Más tarde, ella y Zárate salieron de la piscina y fueron al bar, donde Elisa bebió más de la cuenta.
Había anochecido cuando le pidió al barman un descorchador y luego se encaminó hacia la recepción para averiguar en qué habitación se alojaban los hooligans.
Apenas lo tuvo claro, salió caminando raudamente hasta el tercer piso, habitación 316 y Zárate corriendo a prisa detrás de ella.
Los sujetos estaban borrachos, y habían montado una fiesta dentro de la habitación.
Las luces estaban apagadas y todo lo que se veía era el reflejo azulino de la tele.
Elisa llegó a golpear, a empuñar el descorchador con fuerza, a imaginarlo enterrado en la yugular o el ojo de uno de los tipos.
Uno de ellos alcanzó a abrir, o a entreabrir la puerta, cuando Zárate la tomó y sacó de allí.
Lejos del marco de la puerta, oyeron la risa de los tipos, impresionados de que no hubiera nadie detrás de la puerta, gritando que había fantasmas en Foz de Iguaçu.
Al día siguiente, mientras desayunaban en un boliche para camioneros, Olivera no soportó más y le contó a Zárate que estaba enamorado de Elisa. El argentino apartó la mirada del televisor que a esa hora transmitía noticias y le dijo a Olivera que era mala, muy mala idea.
—¿Por qué? —quiso saber Olivera.
—Nada bueno puede suceder si un hombre se enamora de una mujer que se parece a un dibujo animado. ¿No ha visto Quién engañó a Roger Rabbit?
Olivera no pidió explicaciones. Simplemente se quedó pensando, en silencio, que, en efecto, había algo de femme fatale de caricatura en Elisa Feldman.
—Cierta ocasión, me golpeó la puerta una mujer.
Una morena, de pelo revuelto. Guapa. Tal vez por eso no me inquiete cuando me dijo que era periodista y que quería hacerme un par de preguntas.
Para entonces, yo llevaba mucho tiempo lidiando con pobres diablos y pelotudos de toda clase y me vendría bien intercambiar un diálogo con una mujer como esa.
Debía tener treinta años, por entonces. La invité a pasar y le serví un café.
Al cabo de quince minutos de hablar trivialidades, le pregunté en qué podía ayudarla.
Me dijo que había oído que, alguna vez yo había pertenecido a las filas de la Policía Federal y que, hacia mediados de los ’70, había trabajado en la investigación de una serie de asesinatos que ocurrieron en Buenos Aires.
Homicidios, me dijo, de jóvenes barristas, principalmente de River Plate, crímenes que nunca habían sido esclarecidos.
»—¿Recuerda esos crímenes?
»—Sí, los recuerdo. Fue uno de mis primeros casos…una carnicería, acá, en Buenos Aires. Una carnicería como no ha vuelto a verse, cometida por civiles, quiero decir.
»—Una carnicería de judíos— acotó ella.
»—Efectivamente. Esos pibes eran todos judíos. Es justo decir que mis investigaciones me ayudaron a concluir que ese hecho, el origen racial, quiero decir, era solo una mera casualidad.
»—¿Casualidad? —preguntó.
»—Un asunto de esas proporciones no puede ser casualidad, usted comprenderá.
»Me explicó que ella había investigado también y que llevaba un tiempo intentando dar con mi paradero, porque quería escribir una crónica.
»—¿Una crónica de qué? — le pregunté, comenzando a inquietarme. Las personas que me financian son muy celosas de que nadie conociera el motivo de mis vagabundeos por Sudamérica, Olivera.
»—Una crónica de la persona que se ha pasado los últimos veinte años de su vida intentando esclarecer esos crímenes.
»—¿Ah sí? ¿Quién es esa persona? —pregunté haciéndome el desentendido y me levanté a llevar mi taza de café al fregadero de platos.
»Dijo ella: Usted Zárate, usted es esa persona.
Sé que lleva muchos años viajando por el continente a bordo de una Ford Bronco buscando al o los criminales que asesinaron a esos pobres pibes.
Sé, también, que usted cree que el o los responsables tienen algo que ver con los nazis que huyeron de Europa cuando terminó la guerra.
»Dije yo: Es cierto, esa fue mi hipótesis…
hace muchos años atrás, cuando yo aún era policía.
Entonces, establecí una conexión entre los homicidios y el hecho de que los barristas asesinados eran judíos.
Me pareció extraño. Demasiada coincidencia.
Hoy, sin embargo, creo que mi hipótesis de investigación era una completa locura, como acabo de decirle.
No encuentre nunca una sola pista, un punto consistente desde donde enhebrar.
»Dijo ella: A mí me parece una tesis plausible.
»Dije yo: Plausible para una novela, nada más.
»Dijo ella: Es un buen comienzo. En Argentina, casi todo empieza como una buena novela.
»Para entonces, Olivera, yo necesitaba averiguar qué tanto sabía de mí esa joven periodista.
Decidí jugar al gato y al ratón. Fue igual que en las películas.
Le dije que no estaba interesado, pero no fui tajante, ella me dejó su tarjeta de presentación, por si cambiaba de opinión, y nos despedimos cordialmente.
Averigüé también algunos asuntos de ella.
De otro modo yo estaba en desventaja. Efectivamente, era periodista y escribía crónicas.
Volví a llamarla y la mantuve en vilo. Nos juntamos un par de veces.
Conversamos. Intentó convencerme. Nunca dije nada.
Nunca me comprometí a nada. Llegué a tener la certeza de que lo único que sabía de mí era que yo buscaba como un depredador desesperado a un nazi que hace años atrás había asesinado a decenas de jóvenes argentinos.
No tenía idea de los videos. Entonces me quedé tranquilo y aunque era muy atractiva, un día dejé de atenderle el teléfono.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Olivera.
Zárate se quedó pensando un momento, haciendo memoria:
—Guerriero, Leila Guerriero. Por aquel entonces estaba también muy interesada en una ola de suicidios que había tenido lugar en un pueblo de la Patagonia. Supongo que, finalmente, decidió escribir sobre eso. Mucho mejor, mucho mejor.
De todas las preguntas innecesarias e imprescindibles que Zárate le hizo a Olivera durante horas de viaje, solo una sobró verdaderamente:
—¿Qué es lo primero que va a hacer luego de que encontremos las cintas?
En algún lugar de la carretera, mientras atardecía y daba la impresión de que el cielo ardía, como si alguien hubiera empapado las nubes con gasolina, Olivera recordó la Divina Comedia.
Conocía el argumento, vagamente. A punto de quedarse dormido, comenzó a pensar que tal vez él era como aquel sujeto que atravesaba todo el infierno para reencontrarse con su amada.
Era preciso que él atravesara toda esa mierda para finalmente encontrar a Elisa.
—Oiga, Zárate. ¿Cómo se llama aquel libro en que un sujeto ayuda a otro a atravesar el infierno para encontrar a la mujer que ama?
—Usted está hablando de Dante y Beatriz, Olivera, de La Divina Comedia.
—¿Cómo se llama al tipo que lo guía por el infierno?
—Virgilio, Olivera, se llama Virgilio.
—¿Virgilio? Es un nombre que usaríamos en Paraguay.
—Es cierto.
—Pues dígame algo, ¿le gustaría ser mi Virgilio?
Sin mirarlo, Zárate contestó:
—Sospecho que usted es el mío, Olivera. Lo sospecho desde hace ya un largo rato.