HACIA EL INTERIOR #21
Sobre los frascos, además, había etiquetas sobre las que estaban escritas ciudades y años. Elisa se quedó mirando boquiabierta.
—Después de refrendar la veracidad de la historia ya no podía conformarme hasta tener algunos de esos frascos conmigo —explicó Reitman. —Di instrucciones a mis emisarios para que ofrecieran todo aquello que fuese necesario a cambio de algunos de ellos.
Elisa se quedó mirándolos a contraluz. Berlín, 1951. Colonia, 1953, Hamburgo, 1961. Stuttgart, 1970. Bremen, 1954. Hanover, 1982. Bonn 1966. Dresde 1969. Bochum 1987. Múnich 1964. Fráncfort 1974. Bremen 1968.
—Creí —dijo Elisa— que los dentistas habían dejado de operar en 1962, después de la ejecución de Eichmann.
—Hasta donde entiendo —aclaró Reitman—, la tarea fue delegándose a nuevas generaciones. No sería extraño que alguno de esos ortodoncistas todavía haga de las suyas. ¿No le parece…fascinante?
—¿Para qué los quiere? ¿Qué hace con ellos? —preguntó Elisa, de pronto, dejando a un lado los frascos.
Reitnam se encogió de hombros.
—Nada especial. A veces, algunas noches, los saco de los frascos y los cuento como si fuera un duende computando las monedas que tiene dentro de su gavilla.
Mire a su alrededor, Elisa, tengo todas las comodidades imaginables.
Las tengo desde que soy un adolescente. Supongo que es un modo de acercarme al dolor que experimentaron mis abuelos.
Elisa no pudo evitar sentir al parecido a la lástima.
Siguió escuchando a Reitnam casi sin prestar atención.
Esa noche, en el hotel, tuvo muchas pesadillas con dientes y dentistas.
En uno de los sueños, entraba al Kremlin e iba arrancando de cuajo la dentadura de cada uno de los funcionarios que encontraba a su paso.
—En cuanto regresó de Toronto —comentó Zárate—, Elisa me llamó para contarme sobre los frasquitos y los dientes, pero muy especialmente para comentarme sobre el monumental estadio de hockey y me preguntó si mis temores también se manifestaban en lugares como esos.
Le expliqué que nunca había estado en un estadio de hockey sobre hielo, pero que, considerando que lo único que hacía falta era una cancha rodeada de galerías con múltiples accesos,
era altamente probable que cualquiera de los reductos de la Liga Nacional de Hockey de Canadá me pusiera la piel de gallina.
Como también, cualquier estadio de la NFL o de la NBA.
—¿Alguna vez viajaron juntos? — preguntó Olivera que pareció no escuchar a Zárate.
—Una vez. Por aquellos días hice el más extraño de todos los viajes y también el más inútil.
Decidí echar un vistazo a Teyu Cuaré, donde existía el rumor absurdo de que se había refugiado Martin Borman, el secretario personal de Hitler.
Yo sabía, perfectamente, que aquella historia no podía ser cierta.
Después de que Hitler se dio un tiro en el búnker de Berlín, Borman planeó su propio escape.
Aquellos prófugos eran un hermoso ramillete de damicelas, pues también huirían Arthur Axmann, el jefe de la Juventud Hitleriana y Ludwig Stumpfegger, cirujano personal del Führer.
El plan era utilizar un túnel excavado para tales propósitos que los llevaría hasta una estación subterránea, subir a la superficie y cruzar el río Spree por el puente de Weindendammer, tal y como hicieron otros jerarcas, y perderse después entre las líneas rusas, como si fueran, simplemente,
algunos soldados desmoralizados y extraviados.
El grupo de Borman perdió el rumbo a causa de la confusión y los estropicios de las bombas soviéticas y se encontraron frente a frente con un convoy de tanques.
Entonces, se apoderaron de un tanque alemán abandonado que funcionaba igual que un escarabajo a mal traer, y trataron de huir en él.
Un impacto directo frustró sus planes. La explosión los hirió severamente y se separaron.
Axmann avanzó y luego intentó retroceder para reunirse con Borman y Stumpfegger, pero solo encontró los cadáveres cerca del puente.
Huyó a los Alpes, donde fue capturado seis meses después.
Así relató Axmann durante los juicios de Núremberg, los hechos acontecidos la madrugada del 2 de mayo.
Entonces, Borman fue juzgado en ausencia por el tribunal y encontrado culpable, condenado a la muerte en la horca y a la dispersión de sus cenizas en las cloacas de la ciudad.
Años después, en 1972, mientras construían una nueva estación del subterráneo en Berlín, encontraron algunos cadáveres cerca del lugar que identificó en su momento Axmann.
Era el mismo lugar en que se encontró en 1945 la chaqueta de Borman con su diario en el bolsillo.
El tiempo había hecho su trabajo, pues los papeles estaban doce metros bajo tierra.
Por entonces, uno de esos individuos fue identificado como Borman a partir del análisis de su dentadura.
Es justo decir que el análisis no se realizó en las mejores condiciones.
El responsable del examen fue Hugo Blaschke, un odontólogo que había tratado al secretario de Hitler, pero para cuando le hicieron el encargo no disponía de registros odontológicos que fueron destruidos durante los bombardeos y tuvo que reconstruirlos de memoria mientras se hallaba encarcelado en
una prisión de Stalin.
Tenía, por lo demás, un buen incentivo para reconocerlo, pues su libertad dependía de que confirmara la identidad de Borman.
De todos modos, no se equivocó. En 1992, un examen de ADN confirmó que la dentadura correspondía a Borman.
Lo que intentó decir, mi querido, Olivera, es que yo tenía perfectamente claro que Borman nunca había estado en Teyu Cuaré.
»En Teyu Cuaré, en Misiones, me dio alojamiento un lugareño.
Cuando le conté todo lo que sabía de Borman, me miró fijamente y me preguntó de dónde había sacado todo esto.
Estuve tentado de decirle que lo había leído en revistas Muy interesante o Conozca Más, suponiendo que el viejo otorgaría antes de credibilidad a esa clase de bibliografía, pero luego juzgué que era inútil.
»—Lo oí en algún sitio— dije.
»—¿En algún sitio? Vaya, lo que está diciendo no parece muy exacto. En cambio, yo veo esa casa con mis propios ojos.
»El viejo, por su parte, tal vez por conveniencia, tal vez por exceso de credulidad, creía ciegamente que Borman había vivido por esos lugares y hablaba de él como si hubiese sido un vecino de toda la vida.
»Al día siguiente, fuimos a ver las edificaciones de piedra en medio de la selva. A seiscientos metros había un cartel que indicaba que nos dirigíamos a la casa de Borman. Era un lugar extraño.
»Nunca supe, en realidad, a qué fui a Misiones.
Todos los días iba a echar un vistazo a la casa de Borman, con la absurda pretensión de que encontraría allí alguna de las películas que buscaba.
Todas las noches, el viejo tocaba una guitarra y contaba historias que podrían tener un lugar de privilegio en cualquier antología de Horacio Quiroga.
A veces, se oían balazos. El viejo se quedaba un momento en silencio y luego aclaraba que eran contrabandistas y yo me quedaba con ganas de preguntar cuáles eran aquellas mercancías que contrabandeaban, pero prefería no preguntar.
El viejo respondía con evasivas o, tal vez, con respuestas contundentes que yo no lograba comprender.
»Una noche, el viejo me mostró una caja metálica.
En su interior, había monedas de la Alemania nazi que me mostró como evidencia irrefutable de que Borman había estado allí.
Dijo que las había encontrado a lo largo de los años.
Borman, dijo, las había dejado caer en la selva como si fueran semillas.
¿Semillas de qué?, quise saber y el viejo se quedó mirándome como si yo hubiera hecho la más estúpida de las preguntas.
»Llegué a creer que la videoteca estaba allí, en la selva de Misiones, en algún sitio que nunca podría hallar y que alguien había levantado esas edificaciones de piedra precisamente para albergar esa hemeroteca infame junto al Paraná.
A veces, me daba cuenta de que el viejo se quedaba mirándome en silencio mientras yo dormía y tenía la sensación de que me ponía a prueba.
Imaginé que él sabía dónde estaban esas cintas y trataba de averiguar si yo era lo suficientemente digno de verlas.
En algún momento, pensé incluso que el viejo era Borman y que había hallado la forma de vivir eternamente, escondido en la selva.
A veces, también lo veía mirarme a mí y a su rifle indistintamente y tenía la sensación de que él sabía que yo estaba acercándome al secreto mejor guardado de esa selva, preguntándose cuál sería el momento apropiado para ponerme una bala entre las cejas.
»Una mañana, mientras observaba el horizonte, vi aparecer a lo lejos dos siluetas.
Al cabo de un momento, una de ellas se rebeló como un cuerpo femenino.
Tuve que esperar un par de minutos antes de tenerlos lo suficientemente cerca para reconocer a la mujer.
Era Elisa. Se había amarrado el pelo y se había quitado el traje de dos piezas. Vestía como una excursionista sexy.
»—¿Qué estás haciendo acá? — me preguntó.
»—Vine a ver la casa de Borman— le dije sonriendo, pero Elisa no estaba para bromas.
»Esa misma tarde salimos de allí. Elisa ni siquiera quiso ver la casa de piedra.
Por suerte, pude convencerla de que nos tomáramos unos días de descanso en Foz de Iguaçu.
Estuvimos cuatro días y tres noches. Para que nos permitieran hacer el viaje, Elisa tuvo que mentir e inventar que alguien, un viejo desdentado y octogenario, nos había insinuado que había oído, alguna vez, que en un videoclub de Foz de Iguaçú rentaban películas como las que yo estaba buscando.
No podemos, argumentó, desaprovechar una pista como esa.
De cualquier forma, no buscamos ninguna tienda de renta de películas.
La mayor parte del tiempo la pasamos en la piscina del hotel o encerrados en la habitación de Elisa viendo teleseries en portugués.
Ni siquiera fuimos a echar un vistazo a las cataratas.
Por las noches, a causa de la insistencia de Elisa, íbamos a discotecas.
Elisa me obligaba a salir a la pista, pero la mayoría de las veces bailaba ella sola, mientras yo la observaba desde un rincón, con un trago entre las manos.