HACIA EL INTERIOR #20
—No he querido ofenderla, señorita Feldman. Me ha parecido preciso ofrecerle personalmente una disculpa, pues debimos prever los riesgos que suponía ir a Moscú detrás de esa cinta. Los rusos nunca han sido de fiar.
—Yo, en cambio, siempre he estado consciente de los riesgos.
El asunto de las disculpas se resolvió con prontitud, y luego continuaron hablando sobre las cintas que habían encontrado a lo largo de esos años.
Reitman enumeró cuatro o cinco VHS encontrado en latitudes inimaginables, de las que Elisa nunca se había enterado.
Reitnam se acomodó en el sofá y dijo que habían encontrado, incluso, una cinta en una casa de retiro en Finlandia.
Elisa hizo un gesto de sorpresa y él se acomodó en el sofá.
—Fui personalmente hasta Helsinki, porque aún más increíble que el hallazgo de la cinta, era la historia de su dueño, un veterano de la Segunda Guerra Mundial que había combatido en el noreste, donde las tropas finlandesas se enfrentaron al Ejército Rojo durante un crudo invierno.
Su apellido era Korhonen. El asunto es este.
Cierto día, un general ruso envió a un batallón a enfrentar al bando finlandés, que estaba parapetado al otro lado del bosque de Bodom, con la misión de espiarlos y volver con la información valiosa.
De mala gana, los soldados se pusieron en marcha con mantas, comida y bebida para un par de semanas, pero nunca regresaron.
Pasaron los días y el general se cansó de esperar y de devanarse los sesos pensando en qué podría haber ocurrido.
No hubo más remedio que adentrarse entre los árboles.
Un par de kilómetros más allá encontraron un espectáculo macabro: el bosque estaba regado de cuerpos mutilados, desollados y desmembrados.
El frío ayudaba a que tuvieran la apariencia de pizas en el frigorífico de un matadero.
Atribuyeron entonces la brutal carnicería a los finlandeses y salieron a su búsqueda, pero solo encontraron nieve, ni un solo rastro o huella que seguir.
El bosque estaba quieto, como una bola de nieve en un aparador.
Por su parte, los finlandeses se cansaron de esperar el ataque y salieron en búsqueda de los rusos, pero solo encontraron un campo de cadáveres despedazados.
Concluyeron que los soviéticos, extraviados en el bosque blanco, habían tenido que matarse y recurrir al canibalismo, pero eso no explicaba que hubiesen abandonados toda suerte de abundantes provisiones.
Pues bien, Korhonen me dio su explicación.
Dijo que él había visto con sus propios ojos al responsable de la masacre.
Cierta tarde gélida, él se alejó de su batallón a dar una vuelta y se extravió.
Cuando se creía irremediablemente perdido se encontró con una bestia blanca y peluda, una especie de Yeti.
Korhonen creyó que estaba delirando a causa del frío, pero la bestia era real y estaba frente a él.
Olió al soldado, bufando y, por algún motivo, le perdonó la vida.
No solo eso. Korhonen se dio cuenta que la bestia quería ayudarlo u orientarlo en medio del bosque.
Caminaron algunos kilómetros bajo la nieve hasta que escucharon ruidos.
Era la avanzada de soviéticos que venía a buscarlos.
El finlandés se escondió detrás de un árbol y quiso tomar una pata de la bestia, para que también se ocultara, como si fuera una mascota o un peluche.
El monstruo, desde luego, no se escondió y en lugar de eso salió a enfrentar a los soldados con tal destreza y violencia que los despedazó a todos.
En menos de treinta segundos, antes de que los soldados del Ejército Rojo tuvieran tiempo de apuntar o comprender que era esa masa blanca y peluda que los embestía, los mató sin piedad.
Mientras la bestia comía un poco de esas carnes, Kornohen se acercó asustado y dio cuenta de algunas conservas que traían consigo los malogrados.
Acto seguido, el vestiglo condujo a Korhonen hasta el rastro de su batallón.
El finlandés, al encontrarse de nuevo entre los suyos, tuvo la tentación de contarles todo, pero entendió que sí lo hacía, sus camaradas saldrían detrás de la bestia para perseguirla y capturarla o, peor aún, intentar domesticarla para utilizarla contra los soviéticos.
Guardó silencio entonces y días más tarde, cuando por fin salieron de sus trincheras hacia el bosque, y se encontraron con la carnicería soviética, los finlandeses se quedaron boquiabiertos, incapaces de hallar una explicación.
Prometieron que se atribuirían la matanza.
La guerra terminó y Korhonen guardó el secreto, pero el asunto lo atormentó siempre.
Regresó muchas veces al lugar, a intentar dar el paradero de la bestia, pero nunca encontró un solo rastro.
Llegó a creer que la bestia era él, que, en un momento de desesperación, hallándose acorralado, sin otra salida, dejó salir lo peor de sí, su Míster Hyde interior, y que, invadido de adrenalina, había logrado dar cuenta de todos los rusos en tiempo récord.
Luego, incapaz de soportarlo, su mente se había inventado aquel alter ego cerdoso.
Lo creyó, de hecho, por mucho tiempo, hasta que años después, en la década del sesenta leyó en el periódico algo que lo desconcertó.
Un grupo de amigos fueron a acampar a las orillas del lago de Bodom, pero no regresaron.
Las familias avisaron a la policía y días más tarde encontraron a uno de los jóvenes ateridos y sucio de sangre seca, repitiendo sin cesar que una bestia había matado a sus amigos.
Una breve búsqueda permitió encontrar los cadáveres en el fondo del lago, pero ninguna prueba de la existencia de ningún animal capaz de semejante brutalidad.
El joven fue acusado de homicidio múltiple, pero absuelto por falta de pruebas.
Ninguna de las innumerables pericias policiales fue capaz de demostrar que el joven había matado a sus compañeros.
Terminó interno en un psiquiátrico, donde se suicidó diez años después de los hechos.
Durante esa década, Korhonen lo visitó un par de veces, con la venia de los doctores y de su familia, a pesar de que el joven quedaba notoriamente excitado cada vez que el veterano iba, pues en cuanto se quedaba a solas, le hacía toda clase de preguntas.
“Tú también lo viste, ¿verdad?”, era la pregunta más recurrente, pero nunca hubo una respuesta contundente e inequívoca.
Cuando envejeció, Korhonen se fue a una casa de retiro y allí todavía piensa en el paradero de la bestia.
—¿Y la cinta? —preguntó Elisa.
—Una película clásica del cineasta maldito. Un minuto en Belzec. Korhonen nunca quiso decir de dónde la obtuvo.
Más tarde, Elisa quiso saber cómo era que él se había involucrado en la búsqueda de las videocintas, pero Reitman respondió con evasivas.
A ratos daba la sensación de que se trataba de una tarea que le había legado su padre, en su lecho de muerte, pero en otros momentos transmitía que había decidido invertir parte de su fortuna en una tarea como esa solo por aburrimiento.
En algún momento, Elisa recordó el pañuelo y quiso saber que era aquello que le habían entregado durante el partido en el estadio de hockey.
Reitman se levantó y fue a hurguetear en el bolsillo de su chaqueta, desde donde sacó un pañuelo blanco.
Lo abrió y permitió ver un incisivo sanguinolento y arrancado de cuajo.
—¿Qué es eso?
—Esto —dijo Reitman—, es el diente de uno de los jugadores de los Toronto Maple Leafs. Sería difícil de explicar, pero tengo cierta… obsesión por los dientes.
—¿Obsesión?
—Sí, estuve a punto de dedicarme a la Odontología.
Mi obsesión, desde luego, tiene que ver con la suerte que corrieron los implantes dentales de los judíos en los campos de concentración.
De hecho, me gustaría contarle una historia sobre seis dentistas polacos que, luego de la guerra, recorrieron Europa buscando nazis sobre los cuales desatar su venganza…
La repentina risa de Elisa interrumpió a Reitman, que se quedó mirándola confundido.
—Disculpe. No me río de la naturaleza del relato. Me rio porque oí esta historia hace un par de años en un bar de Praga, en un viaje que hice luego de titularme de abogada.
—Vaya.
—No di crédito, desde luego.
—¿Perdón?
—No creí una palabra. No me pareció verosímil que un puñado de dentistas polacos, antiguos prisioneros en los campos de concentración hayan viajado por Europa extrayendo piezas dentales a nazis que encontraran a su paso. No parece posible. Parece argumento de una película de Tarantino.
—¿Tarantino? Es cierto. Podría ser una película de Tarantino. Yo tampoco lo creí la primera vez que lo escuché —dijo Reitman—, pero el asunto no dejó de obsesionarme. Envíe a unos emisarios a Varsovia a indagar si aquella leyenda urbana era fidedigna.
—¿Emisarios?
—Personas que trabajan para mí y son buenos negociando.
—¿Y bien?
—La historia es completamente cierta, eso puedo asegurárselo.
Después de jubilarse, uno de los dentistas, de apellido Biton, si recuerdo bien, continuó dando clases en la Universidad de Varsovia por quince o veinte años más.
Allí, cuando la atención de los oyentes decaía, solía amenizar sus clases con aquella historia que llegó a convertirse en leyenda entre los estudiantes de Odontología.
De vez en cuando, un puñado de alumnos aventajados era escogido para custodiar la evidencia de la venganza de los dentistas.
—¿Evidencia?
—Desde luego. A lo largo de todos esos años, los dentistas recopilaron frasquitos con las piezas dentales extraídas y fotografiadas. Eran, según entiendo, frascos de mermelada. ¿Puede creerlo? Dientes de nazis en frasquitos de mermelada polaca.
—Que alguien sea capaz de repetir una historia no prueba que sea cierta.
—Eso es cierto —dijo Reitman levantándose del sofá para perderse un momento. Regresó al cabo de cinco minutos.
Trajo consigo una elegante maleta que puso sobre una mesa.
La abrió ceremoniosamente, como si fuera un mercader a punto de ofrecer algún tónico milagroso y fue sacando algunos frascos que le entregó a Elisa.
Ella se dio cuenta que en el interior de los recipientes de vidrio había toda clase de piezas dentales: incisivos, caninos, premolares y molares, algunos cariados y amarillentos, francamente descuidados flotando en un líquido transparente.