Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #19
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HACIA EL INTERIOR #19

Tal vez, podía ser centroamericana. Elisa intentó distraerse de las embestidas descifrando el acento de los verdugos del tape.

¿Eran cubanos, nicaragüenses o salvadoreños?

Dudó, pues, hasta donde sabía, el cineasta infame nunca había estado en Centroamérica.

Cerró los ojos y resistió cada una de las arremetidas sin quejarse.

Nicaragua, decidió por fin y pensó que no era, probablemente, una de las cintas que buscaban.

Cuando el sujeto terminó se limpió con el pañuelo de su traje y volvió al escritorio, momento en que Elisa aprovechó de acomodarse el calzón y la falda de su traje de sastre.

El gorila sacó la cinta del aparato reproductor y lo puso en la cartera de Elisa y luego la acompañó por el ascensor hasta la planta baja y luego hasta la calle y la dejó sola, en medio del ajetreo de Moscú.

Algo desorientada, Elisa caminó de regreso al hotel sin registrar del todo el trayecto.

Apenas entró en la habitación, se metió en la ducha y permaneció allí cerca de una hora, inmóvil, bajo el chorro de agua.

No intentó pensar en nada; dejó que el agua cayera, como si pudiera borrar algo, o al menos aplazarlo.

Durante ese tiempo, el teléfono sonó varias veces, insistente, ajeno.

Cuando por fin salió, con el cuerpo entumecido y la cabeza todavía confusa, el aparato volvió a sonar.

Atendió. Le preguntaron si tenía la cinta.

—La tengo —dijo Elisa.

Entonces comenzó a llorar, sin saber bien por qué en ese momento y no antes. Del otro lado le preguntaron si algo andaba mal, y entonces la rabia se sobrepuso a la vergüenza y Elisa dijo que acababa de ser violada.

—¿Quién lo hizo? —preguntaron, y Elisa respondió.

Le pasaron a alguien más al teléfono y esa persona le advirtió que saliera de Moscú en ese mismo momento.

Lo anterior suponía adelantar el itinerario en doce horas.

Dentro de quince minutos habría un taxi esperándola afuera para llevarla al aeropuerto.

Elisa obedeció y en cuestión de algunas horas estaba de regreso en Asunción.

A la noche subsiguiente, alguien tocó el timbre de su departamento.

Era una pizza. Elisa explicó que ella no había pedido ninguna pizza, pero el repartidor insistió.

Elisa recibió el paquete, fue a la cocina y abrió la caja sobre un mesón de la cocina.

Dentro no había ninguna pizza, pero en cambio había dos albóndigas, o algo que le parecieron dos bolas de carne molida.

Tardó en darse cuenta de qué se trataba.

Tuvo que ver la fotografía del sujeto de Moscú con la entrepierna anegada en sangre, adosada con cinta adhesiva a la caja de cartón, para comprender que esas dos bolas de carne eran, en realidad, dos testículos.

Tuvo que ir al inodoro a vomitar, pero luego de hacerlo se sintió dichosa.

Tomó los testículos y salió a la calle. Encontró un perro callejero y se los dio a comer, como si fueran bofe.

Permaneció ahí, se aseguró que el perro los devorara y, cuando lo vio relamerse y agitarle la cola, se agachó para acariciarlo.

—¿No va a decir nada, Olivera? Bah. No necesita decirme nada. Conozco muy a los hombres de este lado del mundo y no tengo duda sobre la clase de estupideces que está pensando. Al que debieran caparlo es a usted.

»Al principio, yo tampoco creí en el asunto, pero semanas más tarde Elisa me invitó a pasar un fin de semana en Asunción para ver un partido entre Olimpia y Cerro Porteño.

Cuando regresamos del partido me mostró la fotografía, la instantánea de una polaroid.

En ella, pude ver claramente, al tipo con las piernas abiertas y amarradas a una cama, la entrepierna amputada igual que castran a un perro.

El tipo estaba amordazado y tenía los ojos cerrados, como si estuviera muerto o desmayado.

Los testículos estaban en el suelo. Tenían la apariencia de un par de albóndigas diminutas empapadas en salsa roja.

Para Zárate era un placer tratar con Elisa Feldman.

Los largos silencios de Elisa armonizaban perfecto con sus largas peroratas.

Al principio, el argentino viajaba al menos una vez al mes a Asunción y se hospedaba en el departamento de ella.

En todos esos viajes iban a ver partidos de fútbol.

Elisa no tardó en darse cuenta de que el argentino estaba menos interesado en el partido que en descifrar los rostros de algunos espectadores, pues se empinaba sobre el borde el sofá cada vez que enfocaban hacia las graderías.

Una de esas noches, al regresar de un partido entre Libertad y Cerro Porteño, Elisa sirvió un trago.

—¿Qué buscas, Zárate?

Zárate dejó que el alcohol quemara su garganta y luego relató la serie de crímenes de 1976, cuando decenas de jóvenes argentinos murieron –esto él lo sabía bien– por los caprichos de un nazi que había huido de Europa igual que las cucarachas.

Elisa se quedó mirándolo un momento, sin decir nada, y luego le dio un tierno beso en la mejilla antes de irse a dormir.

Aquella ocasión, en un bar de Praga, no fue la última vez en que Elisa escuchó aquella disparatada historia de los dentistas polacos.

Semanas después de su viaje a Moscú llamaron por teléfono para comunicarle que uno de los líderes de la organización que financiaba la búsqueda de la hemeroteca maldita esperaba recibirla en Toronto.

¿Toronto?, preguntó Elisa, que no hubiese imaginado nunca que uno de los principales financistas de la tarea que la había mantenido ocupado durante los últimos años vivía en Canadá.

No le dieron, sin embargo, más explicaciones que esa: alguien quería ofrecerle disculpas personalmente por los infortunados hechos de Moscú.

Después de colgar el teléfono Elisa se quedó pensando en la palabra infortunado y no pudo evitar sentirse confundida.

Fue a la biblioteca, sacó un diccionario y buscó el significado.

Encontró dos acepciones: Que no tiene suerte o fortuna y que sucede con desgracia, sin suerte o fortuna, y ninguna de ellas logró tranquilizarla.

Qué tiene que ver la fortuna con el hecho de que un mafioso ruso me haya penetrado a la fuerza, pensó. Nada, se dijo. No tiene nada que ver.

Apenas puso un pie en el aeropuerto, un par de gigantones de traje y corbata la subieron a una camioneta Range Rover y la llevaron hasta el Air Canadá Centre, el estadio de hockey sobre hielo donde jugaba el equipo local.

Elisa, que se sentía muy intrigada, esperaba encontrarse allí con un anciano octogenario modestamente vestido, algún sobreviviente de los campos de concentración que estuviera viviendo sus últimos días en la quietud de los parques de arces en Toronto,

pero en vez de eso se encontró con un hombre joven, de no más de cuarenta años, llamado Abner Reitnam, quien la estaba esperando en los asientos preferenciales del recinto, vestido de jeans y camiseta deportiva.

El reducto estaba lleno y bullicioso, y Elisa no pudo evitar recordar a Zárate y el temor proverbial que aquel profesaba por los estadios de fútbol, preguntándose si los motivos de aquel pánico aplicaban a lugares como esos, donde la cancha era de hielo.

Pensó que sí, pues, después de todo, muchos prisioneros de campos de concentración debieron convivir en lugares donde el suelo estaba congelado a causa del frío glacial.

Reitnam saludó a Elisa casi sin apartar la mirada del campo.

Ella nunca había estado en uno de esos lugares y tuvo la sensación de estar presenciando alguna enigmática disputa de cavernícolas en la Era del Hielo.

De vez en cuando, Reitnam se acercaba para darle algún detalle sobre el partido o explicación referida a los círculos dibujados sobre el campo, pero la mayoría del tiempo ni siquiera le prestó atención y Elisa llegó a cuestionarse si realmente la habían invitado hasta Toronto para ofrecerle

disculpas.

Después de todo, por qué habrían de disculparse, se preguntó.

Ella solo había hecho el trabajo que le encomendaron.

Esos pensamientos la distraían cuando, producto de una jugada especialmente violenta, uno de los jugadores perdió una pieza dental a pesar del casco que le cubría la cabeza y el rostro.

Esto resultó evidente porque uno de los aleros del Toronto Maple Leafs, escupió algo de forma displicente, como si se tratara del cuesco de una fruta, o estuviera acostumbrado a perder piezas dentales,

y uno de los asistentes del equipo lo tomó y lo guardó en un bolso médico sin hacer mucho aspaviento.

Elisa se dio cuenta de que Reitnam se revolvió en su butaca e hizo un gesto para que alguien se acercara.

Un instante después, un guardia de jockey y sudadera se acercó y Reitnam le dijo algo o dio alguna instrucción en voz baja.

Elisa pensó que había pedido algo de beber, una gaseosa o una cerveza, pero diez, tal vez quince minutos después, el mismo guardia regresó y le entregó algo envuelto en un pañuelo que Reitnam guardó si mirar en el bolsillo de su chaqueta.

Cuando terminó el partido, partieron en la Range Rover al departamento de Reitnam.

En vez de un loft ubicado en un barrio exclusivo de Toronto, parecía la casa de un leñador en medio del bosque.

Tal vez la cueva de un oso antropomórfico.

Lo primero que Elisa vio fue un muro ornamentado con cortes transversales de troncos centenarios y también un cuadro que podía ser de autoría de Math Rothko o de un buen imitador de Rothko.

Reitnam estuvo disertando un rato largo sobre la flora de los bosques de Canadá y le explicó que era un empresario forestal, nieto de muertos en Chelmno y Belzec.

En algún momento, Reitman dejó de hablar de los bosques de Canadá y comenzó a hablar de la batalla del bosque de Hürtgen sin que Elisa entendiera la conexión.

Al cabo de un rato, el dueño de casa desapareció por unos minutos y Elisa se distrajo viendo unas revistas de negocios cuidadosamente dispuestas sobre una mesa de centro.

En la portada de una de ellas, aparecía Reitman vestido de jeans y camisa de leñador con una motosierra entre las manos.

Cuando Reitnam regresó, la invitó a la cocina, donde la ornamentación también era rústica.

Reitnam cocinó carne y espárragos y comieron allí mismo, en la cocina.

Al terminar, fueron al cuarto de estar con una botella de vino.

Allí, Reitnam aprovechó de disculparse por el incidente de Moscú.

—¿Incidente? Me parece un modo eufemístico de referirse a una violación.