HACIA EL INTERIOR #18
Todas las mañanas, su madre debía encontrarse con cajas de comida chatarra arrojadas en el piso, recogerlas y deshacerse de ella sin decir nada, como si nada extraño hubiese ocurrido, como si la gorda no estuviera jugando a la ruleta rusa cada noche.
Supo que la mujer nunca iba a estar lista para una cirugía bariátrica o para cualquier tipo de cirugía y que, en lugar de bajar de peso, seguramente esperaba seguir engordando para finalmente colapsar y morir.
Solo entonces, su madre podría liberarse.
Mientras, tal vez la compañía de la obesa le servía para conformarse con el deterioro de su propio cuerpo.
Transcurridos quince minutos, Elisa se levantó y fue al cuarto de la mujer.
La puerta estaba entreabierta. La mujer fingió estar dormida, pero Elisa se dio cuenta de que estaba despierta, esperándola tal vez, con los ojos abiertos.
Quiso recostarse sobre la cama, pero un instante después se arrepintió.
Entonces, sin darse vuelta, la mujer le confesó que solo una vez había llorado recordándola.
Fue en el supermercado. Una vez vio a una mujer que llevaba en el carro a una niña pequeña.
Tuve la sensación de que éramos tú y yo, deambulando por el lugar.
Las seguí por todo el lugar. Vi lo que echaron al carro.
En algún momento, sentí el deseo de tomarla y llevarla conmigo.
Si debo ser honesto, la tomé. Aproveché que su madre se descuidó y la tomé y tuve el absurdo deseo de llevarla conmigo.
A dónde. No tengo ni la más mínima idea.
La tomé de la mano y corrí por los pasillos.
Alcancé a escuchar que la madre la llamaba.
Llegué al pasillo de la ropa y tomé prendas de niña y un sombrero y corrí al baño con ella de la mano, que parecía divertida y, entonces, mientras le cambiaba la ropa, escuché por los altoparlantes que alguien estaba buscando a una niña.
Le puse el sombrero para ocultar su frondosa cabellera y entonces me di cuenta de que estaba sintiendo realmente estúpida.
Con toda calma, volví a quitarle la ropa y a vestirla con sus prendas y luego salí del baño, me acerqué a uno de los guardias y le expliqué que acababa de encontrar a la niña deambulando cerca del baño.
Desde lejos, vi cuando la entregaron a la madre que la abrazó efusivamente.
Elisa no terminó de escuchar. Salió de la casa y caminó por un par de calles hasta encontrar un taxi que la llevara a recoger la camioneta al estacionamiento del Costco.
Luego fue al hotel. Hizo su maleta a prisa y se fue al aeropuerto.
No volvió a saber de su madre. Nadie le preguntó si había resuelto el asunto que la había llevado a Seattle.
De todos modos, no hubiese sabido que responder.
En lugar de eso, al abrir la puerta de su departamento encontró una caja envuelta en papel de regalo.
Cuando la abrió se dio cuenta que era un jardín zen en miniatura, un artículo que Elisa solo había visto en revistas de decoración.
Elisa no tuvo dudas acerca de quién había dejado el jardincito como regalo y llamó para agradecer, pero no logró contactar a la anciana de las rosas.
Buscó en algunos sitios de internet para qué servía y cómo se usaba.
Le pareció una soberana estupidez. Aun así, durante un par de noches, al llegar a casa, después de quitarse los zapatos y recostarse en el sofá, se concentró en el jardín zen y removió la arenilla con el rastrillo diminuto, sin encontrar jamás el menor alivio.
Finalmente ocurrió algo divertido. Un domingo por la mañana, mientras desayunaba, vio entrar por el ventanal abierto al gato de algún vecino del edificio.
El animal avanzó con cautela, olisqueando a cada paso, indiferente a la presencia somnolienta de Elisa, que bebía café sin demasiado interés.
Ella protestó por la intromisión, pero el gato, en lugar de asustarse, pareció sentirse autorizado a seguir adelante.
Trepó al aparador donde estaba el jardín zen.
Elisa, movida por una curiosidad perezosa, no intervino mientras el felino hurgaba la arena fina con el hocico.
Tampoco lo detuvo cuando se acomodó, con una calma insultante, para orinar.
En lugar de eso, se rio a carcajadas. El estallido de risa espantó al gato, que huyó a toda prisa, dejando el trabajo terminado.
El jardín en miniatura acabó, sin ceremonia alguna, en la bolsa de basura.
—Hace un tiempo atrás, uno o dos años, Elisa me llamó desde Moscú. Al parecer había bebido o llorado. Tal vez, ambas cosas. Comenzó a hablarme de Valentina Ivanovna Gagarina, la esposa de Yuri Gagarin. ¿Recuerda a Gagarin?
Olivera afirmó con la cabeza.
— Aparentemente, ese día Elisa había visto una vieja fotografía en la que aparecían retratados Gagarin, su mujer y un bebé pequeño.
Comenzó entonces a hablarme de Valentina.
Me preguntó si podía imaginar lo que habría sentido durante aquellas horas: Valentina sola, mientras su esposo daba vueltas en una cápsula espacial.
¿Te imaginas la soledad?, insistió. Pensar en él orbitando alrededor de la Tierra —alrededor de ella—, aunque solo se tratara de algunos minutos.
¿Te imaginas lo que habrá experimentado al mirar el cielo nublado de Moscú?
¿Habrá soñado con él? ¿Habrá tenido la sensación de que del espacio regresaba alguien distinto?
Me dijo que ni siquiera lograba imaginarlo.
Acto seguido, me contó que había viajado hasta Rusia en busca de una cinta de video.
En un comienzo no había querido ir: le parecía improbable que existiera tal registro en Moscú.
Sin embargo, sus jefes insistieron. Tenía que ir hasta allá y hacer su trabajo.
La enviaron con una maleta cargada de dólares.
Esperó en un hotel en el centro del Moscú y cuando le dieron la dirección del lugar a donde debía dirigirse resultó que quedaba a un par de calles, de modo que fue caminando, deteniéndose frente a un par de vitrinas.
El lugar era un edificio gris. Elisa se anunció con una recepcionista y tuvo que esperar media hora para que le dejaran entrar a la habitación donde la esperaban.
Era una oficina enorme con vistas al centro de Moscú.
Había un gigantón de pie junto a la puerta y un hombre sentado al fondo del escritorio que firmaba unos documentos.
Llevaba traje oscuro con pañuelo en el bolsillo y miró de reojo a Elisa.
Dejó los papeles a un lado y le hizo un gesto para que se acercara.
Elisa se acercó y quiso sentarse, pero el tipo le dijo que no había falta que se sentara y ella, confundida, permaneció de pie.
Entonces preguntó por el dinero y Elisa le mostró el maletín.
En ese momento, el tipo le hizo un gesto al gorila de cabeza rapada y este se acercó, le arrebató el maletín a Elisa y comenzó a contar a los billetes en un rincón del escritorio con una máquina.
—¿Le gusta Moscú?
Elisa carraspeó.
—Creo que es justo que, tal como usted está contando el dinero, yo pueda ver la cinta.
El ruso sonrió.
—¿Desconfías de mí? ¿La gente que te envío desconfía de mí?
—Solo digo que es justo que vea esa cinta antes de pagarte.
El hombre se acomodó el pañuelo de la chaqueta y luego la miró fijamente:
—En su interior conviven distintas mujeres, eso puede verlo fácilmente.
Es curioso, usted es como una matrioshka.
¿Conoce la leyenda? Un humilde carpintero necesitaba madera para trabajar.
Un día halló un tronco perfecto que llevó a cabo.
No sabía qué hacer con él, hasta que, de pronto, tuvo la idea de hacer una muñeca.
La hizo con tanto amor que la muñeca resultó muy bella y luego no tuvo ánimo de venderla.
La llamó Matrioshka. Todas las mañanas, al despertar saludaba a la muñeca.
Esto no es extraño. Sin embargo, uno de esos días, y de manera sorprendente, la muñeca respondió el saludo.
Un día, la muñeca le dijo que se sentía muy triste porque todas las criaturas tenían hijos, menos ella.
El carpintero le dijo que podía remediarlo, sacando madera de su interior, algo que ella aceptó.
El carpintero hizo una copia de menor tamaño, a la que llamó Trioska y luego ella también tuvo ganas de tener hijos, por lo que con parte de su madera hizo otra versión más pequeña…
Elisa comenzó a sentirse nerviosa con la tabarra del sujeto, como si alguien intentara distraerla para timarla.
—¿Podría mostrarme la cinta?
Sobre el rostro del tipo se dibujó una sonrisa.
—No es preciso desconfiar. Voy a darte tu cinta, pero antes vamos a tener que hacer otra cosa.
—¿Qué cosa?
—Dejo de ser una persona amable cuando me faltan el respeto. No tolero las impertinencias. En Moscú no toleramos las descortesías. Esta grosería debe resarcirse. En Moscú, cuando hablamos, los demás escuchan en silencio.
—¿Cuál grosería?
—Es mejor que lo resuelva usted. Que sea usted misma la que arregle esta afrenta. Que nadie, distinto de usted, mocosa impertinente, asuma las consecuencias. De otro modo, este asunto podría volverse francamente tedioso y redundante.
—¿Qué asunto? ¿De qué está hablando?
Entonces, sin que Elisa tuviera tiempo de darse cuenta, el gigantón se acercó por su espalda, la atenazó y dobló por la cintura sobre el escritorio como si fuera una muñeca Barbie articulada.
Le puso el antebrazo encima para mantenerla en esa posición.
Aunque trató, Elisa no pudo zafar. El tipo de traje se levantó hablando o murmurando en ruso y caminó hasta un mueble empotrado.
Con toda calma, encendió un televisor y luego puso una cinta VHS dentro de un aparato Sony.
Se acercó hacia Elisa con el control remoto en la mano izquierda.
Con la otra mano, le alzó la falda y le bajo el calzón hasta las rodillas.
Se abrió el cierre del pantalón y sacó su pene al mismo tiempo que puso play en la película.
La tarea no resultó sencilla. Murmuró una queja en ruso y le preguntó algo al gigantón, mientras manipulaba su miembro.
Elisa pensó que estaba preguntando por un preservativo.
El gigantón se encogió de hombros sin dejar de contar los billetes y el hombre se conformó con escupir sobre sus manos y empaparse el pene con saliva.
Volvió a penetrarla y esta vez logró su cometido después de un par de intentos. Gruñó.
En ese momento, ella giró el cuello y pudo ver, luego de unos segundos de estática, que, efectivamente, tenía la cinta de una sesión de tortura latinoamericana, aunque no logró identificar a que policía secreta del continente pertenecían.