Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #17
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HACIA EL INTERIOR #17

Leía, hablaba solo y pedía consejos al rabino.

¿Sabes lo que es vivir con un hombre así?

Yo no iba a quedarme tejiendo mientras él buscaba respuestas en libros ajenos.

Necesitaba otra cosa. Me fui. Terminé en Estados Unidos casi por azar.

Trabajé cuidando ancianos, limpiando oficinas, atendiendo cajas.

Viví como pude. ¿Si pensé en ti? A veces.

Cuando veía alguna niña que se te parecía.

Verte hoy no me hizo gracia. Fue como verme a mí misma, o como ver lo que habría sido si no te hubiera tenido.

Eres hermosa —dijo, casi con fastidio—, y eso me enrostra mi propia decadencia.

Mi vida es la prueba de que incluso lo que parece perfecto puede estropearse para siempre. Quizás eso le interese a tu padre.

A un par de casas de distancia, se oía funcionar una ruidosa máquina de cortar césped. La mujer se levantó intempestivamente:

—Hey Jack, can you turn that damm thing off?¡

En efecto, la máquina se detuvo.

—No te quedes callada, hay algo que pueda hacer por ti, algo que quieras preguntarme.

Elisa se quedó en silencio un minuto, mirando fijamente un cooler Coleman que había sido transformado en una maceta. En su interior había dos cactus pequeños. Al cabo de un momento, miró fijamente a la mujer:

—¿Te molestaría permitirme ver tus estrías?

La mujer se quedó mirándola un momento y luego la llevó de la mano hasta el interior de la casa.

Elisa alcanzó a darse cuenta de que la obesa estaba viendo una película de acción.

Una vez en el dormitorio, la mujer se quitó la ropa.

Tuvo que deshacerse aparatosamente de una faja.

Fue como si se quitara capas de piel. Tenía muy marcada los elásticos del calzón sobre las caderas.

Le dejó ver su abdomen, que era como un mapa hidrográfico monocromático y dejó que tocara las estrías.

Elisa tocó con los ojos muy abiertos y luego cerró los párpados con mucha fuerza.

Un momento después, tal vez porque se sintió incómoda, la mujer retiró la mano de Elisa y fueron a la cocina.

La mujer aprovechó de fregar los platos, mientras se quejaba de que el lavavajillas estaba estropeado.

El lavavajillas se parecía a R2-D2, el pequeño robot de la Guerra de las Galaxias y eso le causó risa y tristeza a Elisa.

Se quedó de pie, junto a la mujer, mientras lavaba los platos.

Desde allí oía explosiones y balazos provenientes de la TV.

—Esto se parece a uno de esos programas de reality show. Debieran hacer un programa de TV, como este. Madres que se reencuentran con sus hijas después de largos años. Sería un gran programa. Yo lo vería. En este país serían capaces de hacer un programa así.

Elisa pensó que sí, sería un gran programa, pero no dijo nada. La mujer se quedó inmóvil:

—Siempre pensé que algún día vendrías y que, cuando eso sucediera, vendrías a matarme, como en aquellas películas de venganza.

—Podría hacerlo —dijo Elisa —. Podría hacerlo esta noche, mientras duermes.

—¿Podrías...?

—Una vez le corté las pelotas a un tipo porque me violó.

—Sí de verdad lo hizo, lo tenía merecido. De cualquier forma, creo que castrar a un imbécil es distinto a matar a tu madre.

—Tal vez no sean tan distinto. Tal vez yo sea, en el fondo, como el personaje de alguna tragedia griega. ¿Has leído alguna tragedia griega?

—Válgame Dios, para tragedias me basta y sobra con mi vida.

—¿No vas a preguntarme por mi padre, tu esposo? —preguntó Elisa.

La mujer dejó de fregar los platos un momento, pero no dijo o preguntó nada. En lugar de eso, le pidió a la obesa que bajara el volumen de la tele. Luego en voz abaja agregó: “Quisiera poder oír a mi hija, por favor. Es mi hija. Elisa”.

¿Quién es esta mujer? ¿Por qué está a tu cargo?

, preguntó Elisa. La mujer sonrió y le explicó que cuando la conoció ella ya trabajaba en el supermercado.

La mujer iba a comprar todas las semanas y se subía al carro automático para discapacitados.

Daba vuelta por el lugar como si estuviera corriendo las quinientas millas de Indianápolis.

Más bien, como si fuera puntera en las quinientas millas y estuviese acabándose el combustible en sus estanques.

Como si estuviera dispuesta a perder la vida con tal de llevarse el trofeo.

Daba la sensación de que estaba ebria, pero estaba perfectamente sobria.

Varias veces, al girar en un pasillo, desparramó pirámides de conservas y cajas de cereales.

Yo era una de las que tenía más paciencia con ella y por eso solía escoger mi caja para pagar.

La mayoría de las veces pagaba con cupones y eso obligaba a hacer algunos cómputos incómodos que le permitían llevarse muchas mercaderías por un puñado de dólares.

Por la cantidad de comida que llevaba parecía que era dueña de un zoológico.

Compras monumentales. Las personas de la fila la miraban como si fuera un monstruo.

Una noche, al terminar mi jornada, la encontré en el estacionamiento exterior arrojada en el suelo.

Estaba rodeada de envases de frituras, comiendo como desaforada.

Respiraba agitadamente. Le pregunté si sucedía algo malo y si había alguien a quién pudiera llamar.

Me dijo que vivía sola. La acompañé hasta su casa.

Su cocina parecía la bodega de un supermercado.

Ese hubiese sido un buen sitio para esperar alguna catástrofe.

Podías vivir por décadas alimentándote de esa comida por varios meses, tal vez años.

Me quedé con ella y estuvimos hablando hasta muy tarde.

Esa noche me dijo que necesitaba hacer un viaje hasta Houston, para que la atendiera un médico especialista en cirugías bariátricas.

No tenía, sin embargo, nadie que la acompañara a ir desde Seattle a Houston.

Cerré los ojos e imaginé una especie de movie road.

Yo y la obesa haciendo ese viaje que atravesaba todo Estados Unidos.

Nos imaginé en el Gran Cañón, en Colorado.

Le pregunté por qué no visitaba un médico más cerca y dijo que debía ser aquel de Houston, Texas.

Es indispensable que sea él, decía como si estuviera hablando de ir hasta el palacio del Mago de Oz.

Nadie más podría ayudarla. Lo dijo como si en lugar de ser un médico fuera una especie de guía espiritual.

No sé por qué me ofrecí a acompañarla. Pedí mis vacaciones e hicimos el viaje que fue un infierno.

Viajaba en el asiento trasero y se desparramaba como si fuera un muñeco de plastilina derritiéndose.

Me pedía detenerme en casa sitio donde pudiera comer.

Debió subir un buen par de kilos solo en esas horas de viaje.

No deja de hablar de comida. Las camas de los hostales no eran adecuadas para ella y tuvimos que dormir al interior del auto en camping o en los estacionamientos de los hostales.

Me sentía como haciéndome cargo de un hipopótamo, tal vez algún animal exótico en peligro de extinción.

Cuando roncaba parecía que iba a morir en cualquier momento.

Cuando al final pudimos ver al médico, le advirtió que si seguía comiendo del modo en qué lo hacía iba a morir.

Su única oportunidad era una banda gástrica.

El médico explicó el asunto como si estuviera hablando de la cirugía de una ballena varada, un animal enorme que se estaba pudriendo desde dentro.

Ella escuchó en silencio y llorando. Para que la cirugía fuese posible debía bajar ciento treinta y dos libras.

Cuando ella comenzó a llorar, el médico dejó de mirarla a ella, como si su llanto le incomodara, y comenzó a mirarme a mí, fijamente.

Tuve la sensación de que me hacía responsable a mí de la suerte de su paciente.

Regresamos a Seattle. Ya no nos detuvimos en ningún sitio para comer, aunque ella se las arregló para bajar de la camioneta mientras cargábamos combustible y entrar a un lugar y devorar kilos de frituras.

Te estoy hablando en serio. Kilos de toda clase de snacks en cuestión de minutos.

Su esófago parecía una aspiradora de comida.

Desde que llegamos a Seattle ha engordado ochenta libras.

Va a morir, eso es seguro. Cualquiera de estos días su corazón va a colapsar. No hay remedio.

—¿Te sientes responsable? —preguntó Elisa y la mujer tuvo la sensación de que la pregunta era una trampa y que no había forma de dar una respuesta correcta ante esa interrogante.

Elisa se quedó un momento pensando y preguntó:

—Si aquel médico de Texas fuse el Mago de Oz y la obesa fuera Dorothy, ¿quién serías tú?

—¿Quién es aquel que no tenía corazón?

—El hombre de hojalata.

—Esa sería yo. La mujer de hojalata.

Yo sería el león cobarde, pensó Elisa.

A pesar de la amenaza, la mujer aceptó hospedar esa noche a Elisa en su casa.

Tal vez no le importaba morir. Tal vez pensó que era una justa reparación darle una oportunidad de vengarse.

Un duelo bajo techo, cara a cara. Le ofreció dormir en su cama, pero Elisa se conformó con dormir sobre un sofá cama a pocos metros de la cama de la obesa mórbida.

Tuvo que soportar que la mujer viera dos o tres pésimas películas de Bruce Willis.

Al parecer, era una especie de maratón de Bruce Willis en que aparecía en distintas circunstancias.

Como psiquiatra, astronauta y oficial del FBI.

Entre los dedos de la obesa, el control remoto parecía un pequeño animal indefenso.

La mujer, por otro lado, respiraba con dificultades y Elisa tenía la sensación de que iba a dejar de respirar en cualquier momento.

Al cabo de un par de horas, finalmente se quedó dormida.

A pesar de eso, oyó a la obesa hacer una llamada telefónica y minutos más tarde vio el foco de una motocicleta encenderse y apagarse afuera de la casa y lo que vio después la sorprendió aún más, porque muy aparatosamente, como si fuera lo último que fuera a hacer en su vida,

la obesa se puso de pie y caminó hasta la puerta para recibir dos cajas de pizza familiar.

Era muy blanca, y tenía las venas muy marcadas en las piernas y Elisa tuvo la sensación de que era Malvadisco, el espectro gigante de Los cazafantasmas.

La motocicleta se fue, la obesa entró y dio cuenta de las pizzas con una velocidad francamente inaudita, como si dentro de ella habitara un demonio o una bestia.

Un alien, pensó Elisa. Cuando terminó, las cajas vacías quedaron desparramadas en el suelo.

Elisa pensó que debía ser una rutina diaria.