HACIA EL INTERIOR #16
Si ese fuera el caso, pensaba, algunos de esos vídeos ya estarían disponibles en internet.
Tenía un sueño recurrente. Estaba en la Opernplatz de Berlín rodeada de camisas pardas y de estudiantes que acarreaban VHS en carretillas y camionetas para prenderles fuego.
En todos estos años, Elisa nunca pidió nada para ella.
Sus amistades habían dejado en claro que eran personas poderosas, pero nunca pidió una sola cosa para ella.
Ni siquiera alguna reserva en un restaurant o en algún hotel.
Es cierto, la mayoría de las veces hacían reserva en Hilton o el Ritz, pero ella hubiese aceptado sin chistar una habitación de motel de carretera o un camastro de fierro en un refugio para indigentes.
Tomaba lo que querían darle. Cumplió con disciplina, rigor y discreción cada uno de los encargos y nunca se permitió una sola objeción.
Nunca se atrevió siquiera a dar una opinión.
Solo una vez se permitió, con algo de pudor, pedir algo para ella.
Pidió hablar por teléfono con alguien que pudiera darle ayuda para resolver un asunto.
—¿Qué clase de asunto? —le preguntaron.
—Un asunto personal.
Esa misma noche, recibió una llamada telefónica de la mujer que la había reclutado. Tuvo que soportar que estuviera hablándole por cuarenta minutos de su jardín.
—Elisa, ¿tienes jardín? —preguntó de pronto.
—¿Cómo?
—¿Tienes un jardín en casa?
—No. Vivo en departamento.
—Ah, qué lástima —dijo la anciana y daba la sensación de que lamentaba muy sinceramente que Elisa no dispusiera de un jardín —. Ahora todos viven en departamentos. Cada vez menos personas se dedican a la jardinería.
A ratos, Elisa tuvo la sensación de que estaba hablándole de otra cosa, la sensación de que el jardín era apenas una metáfora, pero no lograba comprender metáfora de qué: ¿de la vida, de Paraguay, de la cacería de nazis, de la vida de la anciana?
¿Cuál era ese jardín al que la anciana se refería una y otra vez como un espacio que había que proteger y cultivar, a veces, desmantelar furiosamente para volver a sembrar?
Cuando terminó, suspiró, como si estuviera frustrada de que Elisa no hubiese entendido ni una sola de sus palabras y le preguntó qué quería y Elisa, explicó que nunca había visto a su madre.
Tenía un par de meses cuando la mujer desapareció y nunca volvió a saber de ella.
La mujer carraspeó, dando a entender que estaban enterados de ese asunto.
—Quiero conocer su paradero.
—¿Solo eso?
—Verla un par de veces, por supuesto. Tomarme, tal vez, un par de días para eso.
Le sorprendió lo sencillo que fue. Treinta y seis horas después, en lugar de recibir las instrucciones habituales, recibió un sobre con la fotografía de una mujer que aparentaba cincuenta años, vestida con la polera de una cadena de supermercado estadounidense,
una dirección y un pasaje para volar al día siguiente hasta Seattle, en Washington.
Se quedó mirando la foto un largo rato. Eran bastante parecidas, y ver aquella imagen era como verse a sí misma en el futuro de un universo paralelo: un universo en el que, en lugar de alimentarse de frutas, verduras y avena, y de practicar ejercicio tres veces por semana,
se hubiera nutrido de comida hipercalórica y se hubiera condenado a permanecer sentada frente al televisor, apretando los botones del control remoto.
Así me vería, pensó, de haber nacido en Estados Unidos.
En total, escalas incluidas, fue un viaje de diecinueve horas.
A bordo del avión, recordó una película y tuvo la sensación— tal vez, el deseo— de que el mundo había llegado a su fin mientras volaban y que el avión simplemente los pasearía por los cielos calmos mientras tuviera combustible.
Luego, finalmente se estrellaría sobre algún fragmento del planeta completamente en llamas.
Apenas llegó al aeropuerto, rentó una camioneta enorme y activó el GPS.
En cuestión de horas llegó hasta un enorme galpón en el sector de Lake City.
Era un Costco descomunal, que tenía la apariencia de un hangar gigante.
Tomó un carro que había en el estacionamiento y tuvo la sensación de estar caminando sobre una plataforma de petróleo abandonada o la pista de aterrizaje de un portaviones.
Por dentro, el lugar lucía aún más monstruoso.
Cualquiera de las mercancías se multiplicaba por miles y eran de gran tamaño.
El tamaño de las porciones era realmente aterrador y eso explicaba la gran cantidad de personas obesas y con sobrepeso que veía en cada pasillo.
Dio muchas vueltas, desorientada, a ratos asqueada por todos esos objetos que se repetían infinitamente hasta el techo.
Aunque estuvo cerca de media hora, pasó por la caja con una lata de gaseosa de light que echó al tacho de un basurero sin abrir.
Salió, volvió a entrar y luego otra vez pasó por la caja.
Entró y salió una docena de veces, hasta que, finalmente, creyó reconocer en una de las cajeras a la mujer de la fotografía, y entonces sí tuvo mucho miedo, porque, efectivamente, verla era como verse a sí misma en un futuro siniestro.
La mujer ni siquiera la miró. Se limitó a cobrar la factura con indiferencia.
Esa noche, de regreso en la habitación del hotel, casi no pudo dormir y estuvo todo el día dando vueltas absurdas por la ciudad.
Un par de veces experimentó el deseo de largarse de ahí y marcó otros destinos en el GPS.
¿Cuántas horas la separaban de Las Vegas?
Cuando atardeció se apostó en los estacionamientos del Costco y esperó que la mujer terminara su turno.
La vio caminar con un par de bolsas de papel estraza hasta una vieja camioneta Chevrolet.
El vehículo hizo a Elisa recordar el auto que conduce Clint Eastwood en Los puentes de Madison.
Caminó rápido y se puso delante del vehículo cuando ella encendió el motor.
Le hizo un gesto para que la dejara salir, pero Elisa se mantuvo impertérrita, mirándola fijamente como si fuera la escena de una película de terror o de lunáticos.
—What’s your fucking problem? —preguntó la mujer y Elisa tuvo la sensación de estar escuchando el diálogo de una de esas películas en que los personajes latinos las ofician de criminales de poco monta.
Dio un paso hacia el frente, como si fuera a brincar sobre el capó, y la mujer respondió con un gesto de fastidio. Por un instante pareció que retrocedería en busca de otra salida, pero volvió a mirar a Elisa y su rostro se alteró. Entonces apagó el motor, las luces, y bajó del auto.
—¿Elisa?
Elisa asintió con la cabeza y, sin decir nada más, avanzó hasta la camioneta, abrió la puerta y se sentó en el asiento del copiloto.
Por un momento, pareció una adolescente disgustada porque su madre se había apresurado demasiado a ir a buscarla a una fiesta o, tal vez, por el motivo contrario: haberse tardado en recogerla a la escuela.
La mujer, confundida, volvió a subir al vehículo y cerró las puertas.
Permanecieron tres minutos en silencio. Frente a ellas pasó una mujer con una niña.
Llevaban el carro prácticamente lleno y la niña hacía piruetas alrededor del carro que la mujer arrastraba con expresión de fastidio.
—¿Qué debo hacer? Lo siento, yo no sé qué debería hacer.
—Llévame a tu casa. Quiero ver dónde vives. Ver tus cosas. Saber que tienes en tu refrigerador y en tu armario. Echar un vistazo a tu baño. Revisar tu botiquín. ¿Consumes algún medicamento? — dijo Elisa, apresuradamente.
Sin mirarla, la mujer apretó el acelerador y dio un vistazo al supermercado como si lo viera por última vez. Como si estuviese siendo víctima de un secuestro.
En cuestión de veinte minutos, estaban afuera de una casa de jardín descuidado.
La mayoría de las casas cercanas lucían, en cambio, jardines muy bien cuidados.
Como el barrio de una novela de John Cheever.
Elisa le preguntó si vivía sola y ella dijo que no.
Elisa imaginó que al abrir la puerta aparecerían niños y mascotas, tal vez un calvo obeso obrero de la construcción, pero en lugar de eso, cuando abrieron la puerta,
Elisa se dio cuenta de que el cuarto de estar se había convertido en una especie de dormitorio de hospital y que en lugar de sofá había una enorme cama plegable sobre la que descansaba una mujer enorme, una obesa mórbida que, seguramente, no podía levantarse de la cama.
Frente a ella había un enorme televisor de sesenta y cinco pulgadas a un volumen elevado.
Se saludaron a los gritos porque el TV no les permitía algo distinto.
La mujer preguntó quién era Elisa y ella dijo que era una amiga, una buena amiga que había viajado desde muy lejos.
Paraguay, dijo y la obesa lo repitió a duras penas.
La mujer era tan gorda que las facciones de su rostro se perdían en la carne como si fuera un pastel que al hornearse sepultó su cara debajo de la masa.
Aún a par de metros de distancia, Elisa lograba oler que la mujer expelía un aroma avinagrado.
Las horas siguientes, la mujer, su madre, actuó como sirvienta de la mujer obesa.
Preparó comida saludable —una cantidad monumental de ensalada con toda clase de vegetales, que parecía suficiente para alimentar a una jirafa o cualquier otro herbívoro de gran tamaño— y explicó que la mujer debía bajar de peso para someterse a una cirugía bariátrica.
Elisa hizo una serie de preguntas referidas a la salud de esa mujer, que fueron respondidas con monosílabos.
Cuando terminaron, salieron al patio de atrás.
Allí, junto a una piscina plástica seca, la mujer tenía un pequeño juego de terraza, donde puso dos Budweiser.
En ese lugar, el césped también estaba descuidado.
Elisa se quedó pensando en para qué querría esa mujer una piscina plástica como esa.
Se quedaron en silencio por mucho rato, como si estuvieran esperando el Fin del Mundo.
Al cabo de un largo rato de silencio, la mujer habló:
— Si viniste a buscar una explicación, no la tengo.
Para darte una tendría que mentirte, y no pienso hacerlo.
Era demasiado joven. No estaba hecha para cuidar a un bebé.
Hubiera sido un desastre. Lo mejor que pudo pasarte fue que yo desapareciera.
Te odié desde el principio, porque arruinaste mi cuerpo.
Las estrías no se borran; son cicatrices.
Cada vez que las veo recuerdo que algo se quebró para siempre.
Tampoco iba a sobrevivir a tu padre. Era demasiado bueno.