HACIA EL INTERIOR #15
—Oliver Kahn.
—Miembro de la Gestapo. Especialmente conocido por sus métodos brutales al momento de interrogar a los oponentes del régimen nazi. Un hijo de puta sin entrañas.
—Oliver Bierhoff.
—Piloto de un Junkers Ju 87. Junto a sus secuaces, sembró el terror en Polonia y Grecia. Murió en combate en la Batalla de Inglaterra.
—Jürgen Klismann.
—Muerto en Normandía orinándose y cagándose en los pantalones.
—Franz Beckenbauer.
—Oficial en Sachsenhausen. Cuando el campo fue liberado por los rusos, fue encontrando en los alrededores, ocultándose, y tomado prisionero. Murió en algún campo de concentración ruso.
—Peter Shilton…
—Ese es inglés. Era profesor secundario. Murió ahogado en los túneles del metro de Londres que se inundaron por culpa de los bombarderos alemanes.
—Anton Polster…
—¿De dónde es?
—Austríaco.
—Aplaudió a rabiar a Hitler el 15 de marzo de 1938, cuando este pronunció un discurso desde el balcón del Palacio Imperial de Hofburg, en Viena.
—Michael Konsel.
—¿Quién es ese?
—Un arquero austríaco.
—Muerto en Rusia.
—¿En Rusia?
—Efectivamente, en Rusia.
—Éric Cantona.
—Muerto en la Batalla de Arrás, después de haber asesinado a 22 nazis.
—Michel Platini.
—Escondido debajo del bar de una mesa en París. Mejor aún, travestido en un puterío, haciendo felaciones con la luz apagada.
—Zinedine Zidane.
—Héroe en la Campaña de África Occidental.
—Fabien Barthez.
—Muerto en la Batalla de Arracourt.
—Lilian Thuram.
—Héroe en la Campaña de África del Norte.
—Davor Šuker.
—Muerto en Jasenovac, poco antes de que el campo fuera desmantelado.
—Enzo Scifo.
—Cuando el ejército nazi invadió Bélgica, estuvo entre los mal pertrechados soldados que tuvieron que retroceder hasta el río Lys. Allí fue hecho prisionero. Murió poco antes de que todos esos pobres desgraciados fueran liberados.
—Jean Marie Pfaff.
—Piloteaba un Hawker Hurricane que fue barrido por algún caza alemán. Murió, desde luego.
—Marco Van Basten.
—Murió en algún campo de concentración con un triángulo rosa en el uniforme.
—Ruud Gullid.
—En el mismo barracón que Van Basten. No estoy insinuando nada, Olivera, no me mire así. Solo estoy diciendo que ambos están en el mismo barracón, digamos en Amersfoort.
—Gianluigi Buffon.
—Muerto en la Segunda Batalla de Alamein.
—Alessandro del Piero.
—Muerto en la Batalla de Monteccasino.
—Alessandro Nesta.
—Muerto en el desembarco de los aliados en Salerno.
—¿Roberto Baggio?
—Muerto en la Batalla de Anzio.
—Christian Vieri.
—Vieri fue un camisa negra. Estuvo entre aquellos que marcharon sobre Roma en octubre de 1922. Durante la Segunda Guerra Mundial, en el interior de Italia, participó en acciones de antiguerrilla. Murió de un infarto en 1952, mientras tomaba un baño en una piscina en la Toscana.
—Paolo Maldini.
—Piloto de un bombardeo ligero Fiat. Murió en combate.
—Patrick Kliuvert.
—Muerto durante los bombardeos de Róterdam.
—Van der Saar.
—Piloteó un Landsverks y destruyó un par de Ju 52 antes de morir en las cercanías del aeródromo de Valkenburg.
—Dennis Bergkamp.
—Colaboracionista, en Ámsterdam.
—Ferenc Puskás.
—Héroe. Perteneció al 2º Ejército húngaro. Sobrevivió a la Batalla de Stalingrado, aunque perdió una pierna a causa de la gangrena. Luchó también en la batalla de Debrecen y sobrevivió al sitio de Budapest.
—Grzegorz Boleslaw Lato.
—Fue concentrado en la fábrica de ladrillos de Uljaki, en Òbuda, y, junto con centenares de miles de judíos, fue obligado a marchar a pie hasta los campos de Austria. Murió de hambre, tal vez de frío.
—¿Y los africanos? ¿George Weah?
—Muerto en la Batalla del paso de Kasserine.
—¿Roger Milla?
—Participó durante la liberación de Toulon y Marsella.
—Nwankwo Kanu.
—También participó de la liberación de Marsella.
—Augustine Okocha.
—Liberó Marsella. Milla y Kanu fueron héroes en la liberación de Marsella.
Sin embargo, poco antes de que terminara la guerra, Francia les quitó sus armas y uniformes y se los dio a los combatientes de la Francia continental.
Hasta el final de sus días tuvieron contacto y guardaron rencores por esos despojos.
—¿Patrick MBoma?
—Formaba parte de las unidades francesas que desembarcaron en Francia durante la Operación Dragón.
—Gary Linecker.
—Político inglés. Luchó infructuosamente hasta el final para que Churchill se sentara a negociar con el Reich. Murió años más tarde, de cáncer de próstata. Durante un par de semanas orinó sangre copiosamente.
—Paul Gascoine.
—Murió piloteando ebrio un Havilland Mosquito sobre algún lugar de Alemania. No fue abatido. En medio del vuelo, Gascoine se perdió y comenzó a hablar consigo mismo hasta que se quedó sin combustible.
—¿De qué cosas habló?
—El soliloquio fue sobre putas y veneno para ratas. También del sabor del cloro.
Una tarde, lo encontró en un supermercado.
Olivera, sin afeitar, vestido con jeans y camiseta, llevaba un carro con cerveza y carne.
El carro, aparentemente, estaba defectuoso porque las rueditas chirriaban excesivamente y daba la sensación de que Olivera era un alma en pena deambulando por el purgatorio de las compras domésticas.
Elisa no llevaba una sola gota de alcohol.
En cambio, llevaba vegetales, arroz y pan integral, leche descremada, fruta y agua embotellada.
Las ruedas del carro de Elisa estaban perfectamente aceitadas y silenciosas.
Lo siguió por todos los pasillos, a un par de metros de distancia.
Olivera, en realidad, no miraba casi nada, ni comparaba precios, ni leía los envases.
En lugar de eso se paseaba por todos los pasillos con la mirada perdida y, de vez en cuando, tomaba algo de los anaqueles y lo dejaba caer dentro del carro.
Se quedó detenido frente a los refrigeradores de las gaseosas por casi diez minutos.
Cuando al fin pagó y salió del supermercado lo siguió.
Afuera, Olivera caminó directamente hasta una cabina telefónica.
Elisa tuvo entonces la sensación de que Olivera se había sentido observado y que esa sensación le había hecho recordarla y tener el deseo de llamarla, en ese momento.
Lo vio levantar el auricular y dejar la bolsa en el suelo.
En lugar de acercarse o esperar a que terminara la llamada, Elisa se subió de prisa a su auto y condujo hasta su propio departamento.
Tuvo la sensación absurda de que tendría tiempo de llegar y levantar el auricular, la idea de que Olivera no dejaría de hablar antes de veinticinco o treinta minutos, dándole margen de llegar a contestar.
Las calles estaban, a decir verdad, bastante despejadas y llegó mucho antes de lo que había imaginado.
Como si fuera en búsqueda del príncipe azul, se tomó incluso más tiempo de lo necesario en estacionar el auto y, en lugar de usar el ascensor, subió las escaleras de los siete pisos.
Cuando abrió la puerta se dio cuenta de que Olivera ya no estaba hablando.
Se acercó a grabadora para activar el mensaje y se dio cuenta de que no había ninguno.
Olivera no la había llamado a ella. Desorientada, se alejó del teléfono como si el aparato fuera un monstruo diminuto, un enano viscoso y horripilante y caminó hasta la ventana, donde se dejó caer al suelo y lloró un rato largo.
Al principio hacía las llamadas día por medio, después una vez la semana y así sucesivamente fue disminuyendo la frecuencia hasta llegar a una llamada mensual.
Elisa se sentaba a oírlo en el sofá, descalza.
Compró una grabadora para tener la certeza de no perder ningún mensaje y lo primero que hacía al llegar a casa, después de quitarse los zapatos, era correr a revisar si tenía mensajes sin oír.
Cuando su teléfono dejó de sonar, escuchaba los mensajes mientras cenaba, sola.
Esa mañana, frente a los refrigeradores de Coca-Cola, Olivera recordó esa leyenda urbana que contaba que Walt Disney estaba congelado esperando tiempos mejores para que intentaran resucitarle como a Frankenstein.
Tuvo el deseo de entrar a uno de esos refrigeradores y permanecer ahí, por horas, días, meses, años, hasta que sus niveles biológicos descendieran hasta el nivel mínimo, en una especie de hibernación citadina y que ese sueño inducido, pero profundo le permitiera olvidarse de Elisa.
Cuando salió del recinto, se acercó a un teléfono público y estuvo a punto de marcar el número de Elisa.
En lugar de eso decidió hacer una llamada de larga distancia, hasta Buenos Aires.
Olivera se obsesionó con las cabinas telefónicas.
Cada vez que veía una resultaba inevitable detenerse, buscar monedas en sus bolsillos y marcar el número de Elisa.
La mayoría de las veces, ella no contestaba y Olivera debía conformarse con recitar las biografías de nazis después de la señal.
Al principio, las primeras semanas, las semblanzas eran rigurosamente exactas.
Escuetas, pero exactas. Sin embargo, a medida que el tiempo fue transcurriendo y dejó de repasar, comenzó a cometer errores, sutiles en el inicio –fechas erradas, ciudades equivocadas, en fin, cuestiones que hasta un maestro de escuela de buena voluntad dejaría pasar–,
pero luego tuvieron lugar yerros francamente imperdonables.
Confundió a Göring con Himmler, por ejemplo.
Una noche de borrachera, en que encontró un teléfono monedero en un bar, llegó a confundir a Hitler con Stalin.
Esa noche, Olivera atribuyó a Lenin la anécdota de la gallina desplumada para demostrar el modo en qué había que tratar al Volk alemán.
La cuestión daba ganas de reír, pero Elisa lloraba y reía al mismo tiempo, escuchando los mensajes, como si estuviera viendo una mala comedia romántica.
Varias veces, tuvo la tentación de levantar el auricular y corregirlo, pero algo la frenaba y, en lugar de contestar, seguía recostada sobre el sofá masajeando sus pies después de quitarse los zapatos de taco alto o devorando un litro de helado.
Elisa Feldman llegó a perder la esperanza de encontrar alguna vez la hemeroteca.
Llegó a pensar que, tal vez, era un mito, una fantasía.
Tal vez existían, apenas, un par de videocintas ocultas, pero en ningún caso una colección monumental con la que algunos deliraban.