Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #14
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HACIA EL INTERIOR #14

En efecto, ya no volvería a ver personalmente a esa mujer. Minutos más tarde, volvieron a vendarle los ojos en el jardín y así, con el rostro cubierto, la subieron a la camioneta y la regresaron a su departamento. Al detenerse Elisa quedó con la puerta abierta y un pie sobre el asfalto.

—Hay algo que no me dejará dormir esta noche. ¿Alguien podría decirme quién carajo es Zárate?

Como respuesta, oyó una risotada coral.

Ya dentro, al encender la luz, advirtió que sobre el comedor había una veintena de carpetas con folios y fotografías que reunían datos sobre los eventuales paraderos de esas cintas macabras.

El que redactó el documento concluía que lo más probable es que las cintas de VHS estuvieran en Argentina, Brasil, Bolivia o Chile.

Aclaraba que sabían que se trataba de un radio de búsqueda amplio, descorazonador, pero posible de recorrer.

De cualquier modo, a medida que se alejaban del cono sur, se volvía menos probable encontrar la videoteca.

En uno de los folios se descartaba, de plano, la hipótesis de que las cintas estuvieran en manos de algún empresario de California, Texas o Wisconsin.

Esa línea había sido descartada por otros colaboradores.

Y añadía: si alguna vez reciben una pista que los guía a Centroamérica, ignórela, es falsa.

No hay ninguna oportunidad de que las películas estén en Centroamérica, concluía el informe.

—A partir de entonces, comenzó a recibir sobres que alguien colocaba debajo de su puerta con pasajes de aerolíneas a toda clase de destinos e instrucciones, un poco como me ha sucedido a mí también, Olivera.

En el caso de Elisa, suele realizar viajes también a otros lugares.

Jerusalén, Washington, Roma, Atenas, Zagreb, Berlín, toda clase de lugares buscando a algún nazi que todavía no se hubiera despedido de este mundo.

Esa es su fachada. Elisa es reconocida como una abogada que persigue de manera inclemente a criminales de guerra que puedan estar viviendo en la tranquilidad apacible de sus hogares, leyendo frente a una chimenea con un perro a sus pies.

No es una mujer con quien pueda bromearse.

Cuando ha sido preciso, se ha disfrazado de enfermera para entrar a la habitación donde alguno de esos cerdos agoniza para pedir cuenta de los hechos del pasado.

Me he enterado de que tienen un apodo para ella.

Erinia, ¿sabe lo que eran las erinias, Olivera?

En la mitología griega eran personificaciones femeninas de la venganza que perseguían a los culpables de ciertos crímenes.

Ella finge desconocer ese apodo, pero está perfectamente consciente de que la llaman así. Y le gusta.

Un domingo otoñal, Elisa se levantó a preparar café y regresó a la cama a recostarse junto a Olivera.

Encendieron el televisor y Olivera sintonizó, casualmente, una caricatura de Warner Bros.

Nada menos que Porky, un capítulo en que el cerdo tartamudo pasa una noche pésima en una casa embrujada junto al gato Silvestre.

Apenas verlo, Elisa sintió revolverse su estómago y salió corriendo al baño.

Olivera la oyó vomitar del otro lado de la puerta y tuvo la ingenua ocurrencia –¿la esperanza?

– de que Elisa estaba embarazada. Tuvo tiempo de imaginarse desocupando una de las habitaciones para remodelarla –el papel mural, la cuna, las prendas diminutas– antes de oír a Elisa enjuagarse la boca y rogarle que, por favor, no volviera a sintonizar esa caricatura.

—¿Por qué? —preguntó Olivera desde el otro lado de la puerta.

Olivera se quedó un momento con el auricular en la mano y luego tuvo un impulso.

Fue a su habitación, buscó una maleta y la llenó de ropa y zapatos.

Acto seguido, condujo hasta el aeropuerto y preguntó por el primer vuelo disponible Asunción–Jerusalén, sin escalas.

No alcanzó a escuchar la respuesta, porque se sintió estúpido y ridículo.

Abandonó el mostrador, regresó al auto y manejó durante un buen rato, como si quisiera llegar por tierra hasta Jerusalén.

Pensó: ¿Por qué nunca podemos hablar de amor o de la última película de Tom Cruise o de Hugh Grant?

¿Por qué tenemos que hablar siempre de muerte y humillaciones?

Nunca le confesó que estuvo a punto de viajar a Israel, ni que tuvo miedo de perderla, de que ella perdiera la razón en Jerusalén.

Meses más tarde, cuando Elisa ya estaba de regreso en Asunción, la relación terminó de un modo torpe, casi ridículo, precisamente cuando parecía avanzar hacia una cierta complicidad.

Aquella tarde, ella le pidió a Olivera un álbum de fotografías.

Él salió de la habitación y regresó con la única colección de fotos que poseía; se la dejó a su disposición y entró al baño a ducharse.

Cuando salió, al cabo de unos diez minutos, con una toalla atada a la cintura, Elisa ya no estaba.

Volvió al dormitorio, confundido, y entonces vio la fotografía abandonada en medio de las sábanas.

Era una imagen que había olvidado poseer.

Se la habían tomado durante una fiesta de disfraces, un par de años atrás.

Aparecía con un diminuto bigote pintado con betún, vestido con una camisa parda con una esvástica y pantalón negro; la mano derecha extendida hacia el cielo. Ni siquiera recordaba esa fiesta.

Dejó caer la fotografía y salió apurado al estacionamiento. La encontró dentro del auto. Golpeó el vidrio con los nudillos, le hizo señas para que bajara la ventanilla. Intentó abrir la puerta, tomó la manilla. Elisa no reaccionó. Encendió el motor y se fue.

Insistió esa misma noche por teléfono, pero ella no respondió.

Olivera creyó entonces que se trataba de una excusa.

Le parecía improbable que una mujer madura —una mujer que, por lo demás, había oído y probablemente visto toda clase de atrocidades— pudiera sentirse tan mortalmente ofendida por una mísera fotografía de una fiesta de disfraces.

Esperó una semana a que ella recapacitara; como eso no ocurrió, decidió insistir.

Todas las noches la llamaba por teléfono.

En cada una de esas llamadas recitó de memoria –aunque eso a Elisa no podía constarle– las brevísimas biografías que ella le había compartido sobre criminales nazis, como un modo absurdo, incluso infantil, torpemente romántico,

de demostrar que el asunto le importaba y que había grabado para sí cada una de sus palabras.

Los primeros días tuvo que rogarle que no cortara la llamada; ella lo escuchaba en silencio y, cuando Olivera terminaba, colgaba despacio, como si acabara de recibir una llamada larga y equivocada.

Días después, un hombre lo llamó por teléfono para indicarle que, a partir de ese momento, su contacto dejaría de ser Elisa Feldman. En cambio, no había inconveniente en que siguiera comunicándose con Gabriel Zárate.

—¿Quién es Zárate? —preguntó Olivera.

—¿Cómo —oyó decir del otro lado de la línea— todavía no habla con Zárate?

Habían transcurrido apenas unas horas de viaje cuando Olivera advirtió que Zárate haría todo lo posible por demorar la llegada a Oruro.

Detenerse para orinar, estirar las piernas por un antojo súbito, declararse hambriento o sediento, alegar la imperiosa necesidad de cargar combustible, echar agua al radiador o revisar la presión de los neumáticos.

Resultaba evidente que Zárate era un especialista en la búsqueda de excusas.

Qué importa, pensó Olivera. Tarde o temprano llegarían. Oruro no iba a desaparecer y nadie encontraría los VHS antes que ellos. A ese ritmo, el viaje tomaría el doble de tiempo; tal vez un poco más.

Zárate, en cambio, con la vista fija en la carretera, pensaba que alguien podría escribir una novela de viaje a partir de la aventura que los llevaba desde Buenos Aires hasta Oruro.

Me gustaría llegar hasta Alaska, pensó Zárate, e imaginó un bosque nevado.

—Olivera, sabe usted que, utilizando la Panamericana, podríamos llegar hasta Alaska.

—No tenía idea, Zárate.

—Alguna vez podríamos hacer ese viaje, Olivera. Usted y yo, ¿qué le parece?

—Me parece posible, Zárate.

Una noche en que Asunción estaba especialmente calurosa, Samuel Feldman la llamó por teléfono desde Washington para contarle que cuando era muy niña, aún antes de cumplir un año, su madre la había abandonado.

Lo único que le había quedado de ella era un puñado de fotografías y un armario lleno de vestidos.

Cuando se quedaba sola, Elisa se probaba esos vestidos frente al espejo.

Entonces, los vestidos le quedaban muy grandes y sus pies bailaban dentro de los zapatos de fiesta, talla 37.

Cierta tarde, Samuel regresó antes de lo acostumbrado de la fábrica y sorprendió a su hija jugando a los disfraces en lugar de leer una breve historia del pueblo judío que le había dejado como tarea.

No dijo nada. Elisa, sorprendida en falta, fue recogiendo la ropa en silencio para devolverla al ropero.

Más tarde, después de cenar, cuando la niña ya había ido a dormir, Samuel Feldman tomó todos los vestidos y los llevo hasta el maletero del Volvo.

Salió a manejar por Asunción hasta encontrar a un grupo de desamparados.

Los llamó al auto y les entregó la ropa.

Al día siguiente, cuando Elisa fue a echar un vistazo ahogó un grito de espanto cuando vio el mueble completamente vacío.

Se encerró en su interior con las puertas cerradas para ver si lograba capturar algo del aroma en el aire.

Años más tarde, cuando tenía diecisiete años, Elisa se vio involucrada en un extraño incidente.

Saliendo del cine donde había ido a ver una película de Ridley Scott, vio a una mujer pidiendo limosna en quien creyó reconocer uno de los vestidos de su madre, desteñido y ajado.

Se abalanzó sobre la mujer, bregando por arrebatarle la prenda.

Un par de transeúntes tuvieron que atenazarla y sacar a la pobre mujer de allí para evitar que Elisa le diera una golpiza.

Para distraerse, Zárate propuso que jugaran a imaginar cuáles hubiesen sido los destinos de algunos jugadores de fútbol en caso de haber estado vivos durante le Segunda Guerra Mundial:

—Lothar Matthaüs— preguntó Olivera.

—¿Por qué empezó precisamente con Matthaüs? —preguntó Zárate y Olivera se encogió de hombros—: Oficial de las SS, un reverendo hijo de las mil putas. Condenado a la horca en Núremberg. Escupió sobre el rostro de sus verdugos.

—Rudi Völler.

—Político. Condenado a la horca por conspirar contra el Führer.