Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #13
68%

HACIA EL INTERIOR #13

Finalmente, una noche en que regresaba muy tarde a su departamento, alguien le puso las manos encima cuando estaba abriendo la puerta.

Le cubrieron la cabeza con una capucha y la subieron a un vehículo motorizado.

Elisa pidió explicaciones, pero sin decirle nada la condujeron por la autopista.

Al cabo de un par de minutos, estacionaron y apagaron el motor.

Luego, le quitaron la capucha y pudo ver que estaba en el interior de un taller automotriz, a pocos metros del foso mecánico.

Tuvo miedo, pensó que iban a asesinarla y sepultarla en ese foso que sería rellenado para ocultarla.

Pero, para qué me asesinaría alguien, se preguntó.

Para qué se tomaría alguien esa molestia, insistió.

En ese momento, vino un sujeto de camisa y pantalón y utilizando un alargador conectó un equipo de VHS a un televisor de veinte pulgadas.

Hizo la instalación como si ella no estuviera allí, como si no tuviera importancia que una mujer con atada a una silla contra su voluntad contemplara el procedimiento.

Esa fue la primera vez que vio una de las cintas captadas en los campos de concentración.

A pesar de que era un video breve no tuvo inconvenientes en reconocer que era Mauthausen, porque la toma era de una cantera que ella visto demasiadas veces en libros.

Apenas terminó la cinta, volvieron a cubrirle la cabeza.

A partir de entonces, alguien encendió un equipo de radio con música de heavy metal a mucho volumen.

De vez, en cuando, apagaban la música y le mencionaban el nombre de algún afamado cazador de nazi y luego le daban una bofetada.

Al cabo de un par de golpes, se dio cuenta que estaban preguntándole si acaso conocía esos nombres.

A partir de entonces, tuvo la intuición de que estaban poniéndola a prueba y respondió absolutamente todo.

Pero ¿a prueba de qué?, pensó, con la cabeza enfundada.

¿Era esto un rito de iniciación, y a qué clase de culto?

¿Por qué llevaban horas preguntándole, una y otra vez, por las biografías de cazadores de nazis?

No tenía dudas de que todas sus respuestas habían sido correctas y, aun así, la golpeaban.

¿Por qué? ¿Qué querían probar? ¿Qué querían demostrarle?

¿Que se podía estar en lo correcto y, aun así, recibir un castigo?

Zárate se quedó mirando a Olivera:

—¿Sabe lo que me dijo cuando me contó? Me dijo que ella había sido criada para dar exámenes, no tenía problema con seguir contestando toda clase de preguntas hasta que la consideran digna.

Por otro lado, estaba acostumbrada a trabajar duro y a que nadie le diera las gracias.

Su padre, Samuel, la había preparado para eso.

Al son de los acordes de Iron Maiden, Black Sabbath, Slayer y Judas Priest, le preguntaron, entre otros, por Tuvia Friedman, Jan Sehn, Isser Harel, William Denson y Serge Klarsfeld.

Elisa Feldman no cometió errores: dijo que Friedman era un judío polaco, superviviente del Holocausto, que fundó el Centro de Documentación de Viena, desde donde reunió pruebas para ayudar a encarcelar a criminales de guerra.

En 1952, cerró el centro y se mudó a Israel, desde donde participó de la búsqueda de Eichmann.

Sobre Sehn, dijo que también fue polaco.

El primero en elaborar un relato detallado de la historia y la operativa de Auschwitz.

Se hizo cargo del interrogatorio de Rudolf Höss, el director de dicho campo durante buena parte de la guerra, convenciéndole de que escribiera sus memorias antes de que lo ahorcaran, en 1947.

Sobre Denson, dijo que fue el fiscal jefe del ejército de Estados Unidos en los procesos de posguerra de Dachau, donde se juzgaba a los responsables de los campos de Dachau, Mauthausen, Buchenwald y Flossenbürg.

Llevó ante el tribunal a ciento setenta y siete personas y consiguió que todas ellas fueran declaradas culpables.

Noventa y siete acabaron en la horca. Sobre Harel señaló que fue jefe del comando del Mossad que consiguió llevar a cabo el secuestro de Eichmann en Buenos Aires en 1960 y su posterior traslado a Israel en un vuelo especial de El Al, las líneas aéreas israelíes,

lo que hizo posible su juicio y posterior ejecución en Jerusalén.

Se sentía muy mareada cuando tuvo que responder que Klarsfeld, provenía de una familia de judíos rumanos que se mudaron a Francia, cuando él era un niño.

Persiguió y publicó los nombres de los jefes nazis que habían sido responsables de las deportaciones y las muertes de los judíos franceses, pues su padre había muerto en Auschwitz.

A medida que fueron transcurriendo las horas, Elisa se dio cuenta de que la atmósfera se fue distendiendo.

Ahora, en medio de la música metal, creía escuchar a sus custodios bromeando y riendo, hablando de fútbol y de mujeres.

Los escuchó tararear a Raphael. En algún momento, uno de ellos se acercó, le dio en la espalda la palmada que le daría a un amigo con quién está jugueteando y le preguntó:

—¿Y Zárate? ¿Sabes quién es Maximiliano Zárate?

Y todos se largaron a reír. Uno de los celadores se acercó, le quitó la venda un momento y le puso entre los dedos un fósforo con el que acababa de encender un cigarro:

—Ahora, cabroncita, si eres tan mujercita, nombra, en orden alfabético, sin quemarte los dedos, y, sin repetir ni equivocarte, a todos los acusados en los juicios de Núremberg.

Al cabo de setenta y dos horas en que solo le dieron de comer un par de sándwich y de gaseosas –tiempo en que tuvo que dormir sentada y orinar y defecar acercándose al borde del foso mecánico–, alguien la tomó y la llevó hacia otro lugar, a un kilómetro o dos, de donde estaba el taller automotriz.

Tuvo mucho miedo, pensó que la llevaban a un descampado a matarla.

Al cabo de diez minutos, le quitaron la venda.

Estaba en un jardín hermoso, lleno de rosas blancas y amarillas.

Había una mujer vestida de blanco y sombrero que estaba podando el jardín.

Aparentaba sesenta años y daba la impresión de haberse sometido a un par de procedimientos quirúrgicos en el rostro, para estirar la piel.

Tenía entre sus manos enguantadas una tijera.

Metros más allá había una casa. Parecía la cabaña de una bruja de bosque encantado.

Aparentaba sesenta años y daba la impresión de haberse sometido a un par de procedimientos quirúrgicos en el rostro: la piel, demasiado tensa, le confería esa expresión inmóvil de ciertas actrices que se resisten al paso del tiempo.

Entre las manos enguantadas sostenía una tijera.

Durante todo ese tiempo, Elisa permaneció de pie, mientras la señora, arrodillada, se afanaba en sus rosas y disertaba sin mucho énfasis sobre los cuidados que exigía un jardín.

Elisa no dijo nada, no supo qué decir y la mujer se limitó a disertar sobre rosas.

Al cabo de veinte minutos, la anciana le pidió que la ayudara a ponerse de pie y entraron a la cocina de la casa.

La anciana se apoyó en el brazo del Elisa para terminar el trayecto.

Una vez en la cocina, la mujer puso la tetera al fuego y esperó que hirviera en silencio.

Elisa se sintió incómoda. Finalmente, la mujer sirvió dos tazas de infusión.

—¿Cómo está Samuel? —preguntó finalmente.

—¿Lo conoce?

—Desde luego, por supuesto que sí. Un gran tipo, mejor abogado.

Elisa se quedó pensando un momento. Hubiese preferido la ecuación: buen abogado, mejor persona.

—¿Por qué me secuestraron?

—¿Te trataron muy mal?

Elisa no supo qué responder, pensó que estaba tomándole el pelo.

—Les advertí que eras hija de Samuel, su única hija.

Supuse que eso ayudaría a que el ritual fuera…

más amable. Lo siento mucho. No estamos en posición de controlar todas las variables.

Tu padre lo llamaría “complejidad”. En fin, tengo que hacerte una sola pregunta, Elisa.

Sin esperar lo que respondas, no debes mencionar nunca a nadie lo que sucedió acá.

Sin esperar lo que respondas, nunca más volveremos a vernos.

A pesar de eso, si aceptas lo que voy a proponerte, siempre voy a saber en qué lugar estás y qué estás haciendo.

Hablaremos, de vez en cuando, por teléfono. Seré como tu hada madrina.

La anciana se quedó un momento en silencio y la mirada de Elisa pareció exigir más.

La mujer habló entonces de una organización de cazadores de nazis que había empezado a funcionar a fines de la década del cuarenta: una red informal, sin estatutos claros, integrada por abogados, historiadores, archivistas y periodistas europeos,

con ramificaciones tanto en el viejo continente como en América.

No era una institución sólida, explicó, sino un entramado precario sostenido por donaciones privadas y, en algunos momentos, por subvenciones de ciertos Estados, en especial de Israel.

Su trabajo consistía en seguir rastros dispersos, reunir archivos incompletos, cruzar nombres y desplazamientos de antiguos nazis refugiados en América del Sur.

Luego descendió a los detalles. Mencionó nombres propios, fechas aproximadas, itinerarios posibles; datos que, sin ser del todo comprobables, dotaban al relato de una verosimilitud inquietante.

Recién entonces llegó al encargo que encomendaba a Elisa: trajo a colación la historia de la hemeroteca que Elisa había oído meses antes en Bertioga.

Esta vez, sin embargo, el relato parecía más consistente.

No se trataba de un rumor infundado, indicó la mujer.

Esta vez no había dudas: el cineasta existía y era alemán, aunque su nombre se había perdido en el camino.

Todo indicaba que se trataba de alguien menor dentro del entramado del Tercer Reich, una figura secundaria, prescindible.

Cuando terminó el relato, la anciana la miró fijamente y le preguntó si estaba dispuesta a seguir el rastro de ese hombre hasta recuperar los videos que, según sus antecedentes, se encontraban reunidos en un solo lugar de América del Sur.

Elisa se quedó inmóvil un momento. Su estómago crujió a causa del hambre:

—Sí, quiero hacerlo.

Antes de partir, quiso asegurarse de algo.

— Mi padre… ¿él también…?

—No —dijo la anciana, taxativa—. Tu padre no haría ni aprobaría nada que estuviera un ápice al margen de la ley. Él cree que el Derecho está por sobre la Justicia. Nosotros creemos que hacer lo justo, a veces, supone olvidarse de las leyes.

—¿Entonces…?

—Tampoco puedes hablar de esto con él.