HACIA EL INTERIOR #12
La obligaron a levantarse y a vestirse. Luego de comprar un pack de cervezas se encaminaron hacia algún lugar alejado de la playa.
De vez en cuando, Elisa los oía cuchichear delante de ella y tuvo algo de miedo, como si Tuco y Tico estuvieran tendiéndole una trampa.
Llegaron a una casa blanca que tenía unas palmeras en la entrada.
Había un perro mestizo amarrado a la palmera, moviendo la cola sin levantarse, como si fuera el penacho de un plumero.
Llamaron a la puerta y abrió un hombre de mediana edad con gorra, bermudas y camiseta.
Los gemelos le hablaron en voz baja, como si el hombre fuera un vendedor de droga.
Este titubeó, sorbiéndose la nariz, y luego los hizo pasar a un cuarto de estar donde había un viejo televisor encendido.
Estaban transmitiendo un partido de fútbol, pero el hombre bajó el volumen para poder oír lo que iban a decirle los gemelos, aunque sin apartar la mirada de la tele.
—¿Cuál es su nombre?
—Espedito Dias Romão— contestó el hombre, desganado, como si estuviera respondiendo a la lista de asistencia de una sala de clases.
Elisa tuvo la sensación de haber escuchado antes ese nombre.
—¿Quién es usted?
—Soy el policía militar que encontró a aquel hijo de puta, Josef Mengele, tirado en la playa, igual que un pescado varado.
Los gemelos aplaudieron y pidieron detalles.
—Era una tarde soleada de febrero y recibimos una llamada avisando que había un cuerpo en la Ensenada.
Cuando llegué había una pequeña aglomeración alrededor de un hombre tirado en la arena.
Entonces yo no sabía quién. Nadie sabía, excepto una pareja de austríacos que lo acompañaba.
Mengele era blanco y tenía un bigote cuidadosamente recortado.
No tenía los signos habituales de ahogamiento.
Los ahogados vomitan y expelen agua por la boca, pero este sujeto lucía perfectamente y creí que se trataba de un paro cardíaco.
El muerto, en todo caso, parecía complacido.
Cuando vi su credencial me di cuenta de que no era brasileño.
No hubo muchos testigos, pues la playa estaba casi vacía y el mar tranquilo.
Había cuatro o cinco personas en la playa.
Tuvo una muerte que no merecía. Una muerte de postal.
—¿Por qué lo dice? —, preguntó Elisa.
—Imagínese. Murió ahogado en un paraíso.
Solo años más tarde tuvimos la certeza de que era Mengele.
Esa tarde, estaba acompañado de una pareja de austríacos y el hombre lo sacó del agua.
Hizo un desgaste enorme. Hubo que llevarlo a urgencia porque casi le da un paro cardíaco por culpa del esfuerzo.
El alma de Mengele debía pesar muchísimo.
Todavía no abandonaba el cuerpo para cuando el sujeto lo tomó.
Todo lo dijo sin quitar la vista de la tele y dándole un sorbo a una lata de cerveza.
Elisa tuvo la sensación de que el hombre repetía, simplemente, una historia que conocía de memoria, pero que no había vivido en realidad.
Era imposible que fuese Dias Romão. A pesar de eso no puso objeciones cuando los gemelos se propusieron convencerlo de que les mostrara el lugar exacto donde había encontrado a Mengele en la Ensenada.
El hombre tomó el control remoto y se quedó mirando con desgano hacia la tele.
Corinthians ganaba por la mínima diferencia y estaba pasándola mal.
Elisa tuvo la sensación de que el hombre medía si valía la pena perder el desenlace aún incierto del partido por acompañarlos a la playa.
Los ecuatorianos se apartaron un momento para conversar en voz baja y Elisa aprovechó de dar un rápido vistazo por la casa.
Había un banderín de Corinthians en la pared y una figura de yeso de Santa Catalina de Siena.
También había un viejo aparato de radio y una lata de cerveza vacía.
Los gemelos revisaron sus bolsillos y regresaron con un pequeño estipendio que le ofrecieron a Dias Romão.
Este aceptó sin verificar de qué cantidad se trataba.
Fueron en la camioneta destartalada del brasileño; el vehículo brincaba por la calle como una pequeña nave espacial al entrar en la atmósfera.
Cuando llegaron a la explanada ancha de arena blanca, Dias Romão avanzó a paso seguro por trescientos metros hasta detenerse y golpear la arena con el pie como si debajo estuviese el cofre de un tesoro.
A lo lejos se veía montes frondosos que parecían una selva miniatura. Un bonsái del Amazonas, pensó Elisa.
—Este es el lugar exacto —dijo Dias Romão y luego se fue sin despedirse.
Elisa y los gemelos se quedaron mirando las huellas del hombre sobre la arena y luego fueron a refrescarse.
Ella creyó ver el cadáver verdoso de Mengele debajo del agua.
Pensó en el cuento El ahogado más hermoso del mundo, de García Márquez.
Cuando se aburrieron del agua, se sentaron en la orilla a fumar marihuana.
Estuvieron allí mucho rato. Uno de los gemelos recordó que Mengele era especialmente famoso por sus experimentos genéticos con gemelos y mellizos en Auschwitz, donde los cuerpos eran tratados como material de laboratorio.
A partir de esa mención –tal vez a causa de la marihuana– ambos comenzaron a delirar con la idea de que su condición de gemelos no era natural, sino el resultado tardío y absurdo de alguna de aquellas prácticas.
—¿Habrá estado en Ecuador, Mengele? —preguntó uno de ellos mientras evitaba quemarse los dedos con el cigarro armado.
Durante un rato se dejaron arrastrar por esa fantasía: imaginaron que su vínculo no provenía de un nacimiento compartido, sino de una intervención ajena, de una violencia anterior a ellos mismos.
Luego, uno de ellos dijo que tenía el estómago revuelto y que defecaría sobre el lugar exacto en que depositaron el cuerpo inerte de Mengele.
Ceremoniosamente, se bajó las bermudas y comenzó a arrodillarse dejando ver sus nalgas pálidas, pero Elisa, riendo, dijo que no era necesario.
Cuando oscureció fueron a bailar a una discoteca muy triste.
Elisa llegó a pensar que estaban demasiado borrachos y que, en realidad, era la sala de espera de un hospital y no una discoteca.
En realidad, solo bailaron los gemelos, Elisa se limitó a encerrarse a llorar en uno de los cubículos del baño.
Cazadora, pensó Elisa, mirándose en el espejo. Me llamaron cazadora. Me gusta, se dijo para darse ánimos y regresar a la pista de baile.
—Hoy por la tarde me llamaste cazadora —dijo Elisa a uno de los ecuatorianos, elevando la voz para hacerse oír a pesar de la música— ¿Por qué?
— Porque eres toda una cazadora, mi princesa judía.
Eso lo nota incluso un estúpido como yo.
Te veo con un arco y flechas, atravesando un bosque húmedo e inhóspito, en plena temporada de caza.
Mejor aún, te imagino como esa Diana cazadora de la pintura de Gaston Casimir Saint-Pierre, la del bosque en un día claro, apenas enfriado por las sombras de los árboles, con un par de sabuesos de caza, de esos de orejas largas y cuerpo fino, atentos a su lado,
como si algo estuviera a punto de ocurrir.
¿La has visto? Al igual que esa Diana, pareces inofensiva, pero eres un peligro ambulante.
Se huele a lo lejos que, dentro de poco, saldrás a cazar.
Estás desesperada, como esos mastines de presa que los cazadores están a punto de soltar antes de que amanezca.
Si no te sueltan rápido, vas a terminar mordiendo las manos de los que sujetan la correa.
Qué digo mordiéndolas: vas a despedazarlas, arrancarlas de cuajo y escupirlas.
—¿Cuándo será eso? —preguntó Elisa encandilada por las luces de colores que giraban muy lentamente.
—Eso solo lo sabes tú, princesa. Eso solo lo sabes tú.
Al día siguiente, los ecuatorianos volvieron a perder el rastro de Elisa, pero la encontraron al atardecer en un bar.
Dijeron que llevaban todo el día buscándola.
Uno de ellos sacó una cinta VHS de su mochila.
Era Tesis. Dijeron, sonriendo, que un amigo brasileño les facilitaría un aparato reproductor de video.
Fueron caminando hasta la casa de ese sujeto.
El dueño de casa tenía tres tablas de surf en el patio y una combi Volkswagen sin neumáticos llena de cojines y placas patentes de distintos países sudamericanos.
El brasileño era un cincuentón con camisa tropical, bermudas y sandalias que estaba fumando marihuana cuando llegaron.
Los ecuatorianos se sumaron al dueño de casa y, finalmente, Elisa fue la única que se quedó viendo la película.
Le pareció que era un filme trivial, común y corriente, salvo una escena.
En esa escena dos amigos caminan por un pasillo a oscuras sin saber a dónde van y uno de ellos cuenta el cuento de Wilde, El cumpleaños de la infanta. Elisa tuvo escalofríos.
Pasó sus últimos días en Bertioga asediada por pesadillas en que Josef Mengele la perseguía por el balneario para asesinarla. Los gemelos, sin hacer preguntas, la llevaron a bailar una noche y, el último día, la acompañaron a ver el atardecer desde la playa. Se despidieron ahí, en silencio.
Regresó a Asunción obsesionada con el asunto.
Al mismo tiempo que consiguió sus primeros casos judiciales, intentó, a su manera, hacer averiguaciones, pero nadie fue capaz de darle ninguna referencia consistente.
Solo encontró retazos, fragmentos incoherentes de una descabellada leyenda urbana de la que se hablaba en algunos círculos.
Entrevistó a toda clase de sujetos, periodistas de la crónica roja, profesores de Historia y maestros esotéricos, y ninguno fue capaz de darle claridad al relato que parecía cada vez más apócrifo.
A veces, cuando insinuaba la historia, algunos interpelados se quedaban mirándola como si estuvieran tratando con una imbécil.
Solo un tipo, un ufólogo aficionado, declaró haber escuchado una vez esa historia, la que juzgaba verosímil, en la que no estuvo, sin embargo, muy interesado.
En cambio, se declaró muy disponible para discutir los vínculos entre los nazis y los extraterrestres, asuntos de los que podría estar hablando un año entero, según propia confesión.
En fin, nadie ofreció una sola pista consistente sobre la existencia de esa hemeroteca y Elisa concluyó que solo se trataba de un embuste.
Ni siquiera Samuel, siempre tan atento a cualquiera de esos asuntos, por descabellado que fuera, puso mucha atención o dio crédito a la leyenda relatada por los gemelos ecuatorianos.