HACIA EL INTERIOR #11
Allí, vagaron por Kazimierz, visitaron el castillo de Wawel, el museo Czartoryski y una feria de antigüedades donde Ludwig compró una vieja cámara fotográfica Zenith y la chaqueta de un uniforme del Ejército Rojo.
Mientras recorrían lo que había sido el gueto de Cracovia, en Podgórze, Elisa sintió que el viaje empezaba a resultarle insuficiente.
No era ignorancia ni cansancio físico: era la sensación de que desplazarse entre ruinas, intentar descifrarlas, asignarles un significado, se había vuelto insuficiente.
Todo parecía dispuesto para ser mirado, explicado, recorrido.
Las ruinas decían lo que se esperaba de ellas, y en esa previsibilidad el dolor se le escapaba.
El viaje, entendió entonces, había dejado de satisfacerla.
La segunda noche en Cracovia, llamó desde el teléfono del hotel a su padre a Asunción y, en cuanto hubo respuesta, pidió regresar lo antes posible de Europa: ya había visto suficiente. Agregó, sin embargo, que esperaba hacer un último viaje.
—¿Un último viaje?
—¿A dónde?
Samuel Feldman pensó que diría Hungría —después de todo, se trataba de una omisión imperdonable del itinerario—, pero Elisa sentenció:
—Bertioga, Brasil.
—¿Bertioga? —preguntó Samuel.
Cuando llegó a Asunción, su padre fue a buscarla al aeropuerto, aunque Elisa le había dicho que no era necesario, que tomaría un taxi.
El trayecto no fue muy distinto de cómo habría sido con un taxista cualquiera: casi no cruzaron palabra.
Samuel no se atrevió a formular la única pregunta que le rondaba la cabeza: ¿por qué Bertioga?
Como judío formado en la memoria del exterminio, Samuel sabía que ese lugar de Brasil era célebre porque allí había vivido y muerto Mengele, sin que nadie supiera quién era en realidad: un médico de las SS que, con un gesto mínimo, decidía quién trabajaba y quién iba directo a las cámaras de gas.
Si hubiera preguntado, Elisa lo habría explicado: quiso ir a Bertioga porque entendió que el viaje por Europa apenas le había dado una idea —incompleta— del dolor de sus antepasados y de su pueblo.
El recorrido disciplinado por campos, guetos y museos del horror, a ratos conmovida y a ratos fingiendo estarlo, no le había bastado.
Todo estaba monumentalizado, sometido a vitrinas, a circuitos guiados, a una pedagogía del espanto que terminaba por volverlo espectáculo.
El horror, pensado así, parecía ocurrir siempre en otra parte, en otro tiempo, cuidadosamente separado de la vida corriente.
Pero había algo que no encajaba. Faltaba la otra historia: la del horror que no fue derrotado, el que sobrevivió sin castigo, el que huyó y se disolvió en la normalidad de América Latina.
Por eso quiso ir a Bertioga. Quiso ver el lugar donde Mengele –ese hijo de puta– había muerto en la playa una tarde cualquiera, como muere cualquiera, en lugar de haber sido acribillado o colgado de una horca.
No le interesaban el balneario ni el paisaje, sino esa forma intolerable de cierre: la impunidad convertida en rutina, el crimen diluido en postal.
Europa le había enseñado cómo se administra la memoria; Bertioga, pensó Elisa, podía mostrarle cómo se la traiciona.
Una vez que llegó a Bertioga, Elisa sintió más miedo que en cualquiera de los campos de concentración que había recorrido en Europa.
No era el recuerdo del horror lo que la perturbaba, sino su ausencia: la normalidad intacta del balneario donde había vivido Josef Mengele los últimos años de su vida.
Las playas limpias, las casas bajas, el ritmo apacible de los días le resultaban intolerables.
Todo seguía en su sitio, como si nada hubiera ocurrido, como si el crimen pudiera disolverse sin dejar rastro en la vida corriente.
Una de esas noches, tuvo un sueño. Caminaba por las calles de alguna ciudad envuelta en niebla, tal vez era Asunción y se encontraba con una prostituta que le decía que dejara de buscar a los vivos entre los muertos.
Pero están todos muertos, decía Elisa, y la prostituta comenzaba a reírse delicadamente.
Al día siguiente, mientras deambulaba por la playa, conoció a dos surfistas ecuatorianos, unos gemelos de trato amistoso que enseguida congeniaron con ella, pese a su actitud taciturna.
Pasaron un buen rato hablando de cosas sin importancia –las corrientes del mar, el clima, los precios del alojamiento– y ambos se esforzaron por hacerla reír, como si hubieran notado desde el primer momento que Elisa estaba triste y desanimada.
Ella sonreía a ratos, más por cortesía que por entusiasmo.
Más tarde, ya sentados sobre la arena, uno de los gemelos contó que llevaban años moviéndose por distintos balnearios de Brasil.
Habló de pueblos pequeños, de extranjeros que nadie terminaba de conocer del todo, de historias que se repetían con otros nombres.
Fue en ese contexto, casi como una digresión, que uno de los dos mencionó a Mengele.
No lo dijo con solemnidad, ni siquiera con especial gravedad, sino como quien cita un dato sabido, parte del paisaje de Bertioga.
Por primera vez desde que empezaron el paseo, Elisa se mostró realmente interesada.
Los gemelos se dieron cuenta de que, al oír hablar de Mengele, los ojos de Elisa se abrieron desmesuradamente, como si, al pasar, hubiera escuchado una pista hacia un tesoro invaluable.
Estimulados por el entusiasmo de Elisa, los gemelos hablaron entonces de los centenares de nazis que habían llegado al continente.
A diferencia de ella –que escuchaba en vilo, con los puños apretados contra la arena, como si la conversación le exigiera el cuerpo entero–, ellos abordaban el asunto a medio camino entre la broma y la seriedad, haciendo gala de conocimientos fragmentarios, recuerdos a medias,
datos recogidos de oído.
Mencionaron a Franz Stangl, el comandante de Sobibor y Treblinka; a su segundo, Gustav Wagner; hablaron también de Herbert Cukurs y de Eduard Roschmann, el carnicero de Riga.
Los nombres aparecían y desaparecían como piezas sueltas, intercambiables, sin terminar de asentarse.
Fue entonces cuando uno de los gemelos reparó en la forma en que Elisa los miraba: demasiado fija, demasiado atenta para tratarse de una curiosidad pasajera.
Bromeó sobre esa mirada suya, fulminante y concentrada, como si estuviera tomando nota de algo que ellos no alcanzaban a ver.
El otro rio, pero ya había entendido. Algo en Elisa –su silencio, su tensión, la manera en que no dejaba pasar un nombre– delataba que no estaba en Bertioga por azar ni por turismo, que buscaba otra cosa, algo que todavía no estaba dispuesta a decir en voz alta.
Fue esa noche, al calor de una fogata improvisada, que los gemelos le contaron por primera vez sobre la historia de la hemeroteca del horror.
—¿Qué clase de hemeroteca? —quiso saber Elisa.
Los surfistas le hablaron de una especie de leyenda urbana, según la cual, un alemán o un ruso, tal vez un bosnio o un turco, se había paseado por Sudamérica durante las dictaduras de mediados y finales del siglo XX, filmando toda clase de torturas y vejaciones.
Por aquellos días, dijo uno de ellos, un sujeto aficionado al snuff podría haberse dado los festines que quisiera.
Según la leyenda, ese mismo tipo se había paseado antes por los campos de concentración de nazi, cámara en mano, filmando ensimismado y pródigo en detalles, como si fuera el putísimo Stanley Kubrick, todas las porquerías de las que se ocuparon esos cerdos hijos de puta.
Aunque era posible, acotó el otro, que hubiese deambulado por los gulags o por los campos para japoneses que se levantaron en Estados Unidos.
O, tal vez, se había paseado por la fila interminable de un supermercado o por la fila de la sala de embarque de algún aeropuerto.
Todo era posible. Un tipo semejante podía hacer parecer espeluznante hasta el más inocente de los lugares.
Un tipo como ese, agregó uno de los gemelos, podía considerarse un sujeto con intereses estéticos superiores.
Y agregó dos o tres frases sobre Wittgenstein que Elisa no logró a entender por qué venían a colación.
Por algún motivo, el asunto capturó toda la atención de Elisa y exigió toda clase de detalles. Los surfistas, anestesiados por la marihuana, declararon, sin embargo, desconocer esos pormenores y se limitaron a especular una y otra vez sobre las mismas pistas escuálidas, estallando en risotadas.
—Es probable —dijo uno de ellos poniéndose serio de pronto— que el cineasta maldito haya sido, en realidad, de Chipre.
Mientras fumaba marihuana, uno de ellos le preguntó si había visto la película 8 milímetros, un filme de 1999, protagonizado por Nicolas Cage. Elisa dijo que sí, la había visto.
—Es lo mismo —dijo un surfista—, pero con torturadores latinoamericanos.
—8 milímetros es una mala película —dijo el otro—. Yo prefiero Tesis, que es la versión original de la película, un filme español dirigido por el cineasta Alejandro Amenábar.
—8 milímetros y Tesis no tienen absolutamente nada que ver. Me estás hablando de agua y aceite. Hollywood, para variar, lo pervierte todo.
Elisa no había visto Tesis y solo se limitó a encogerse de hombros cuando los dos ecuatorianos se quedaron mirándola para que zanjara el asunto.
Cuando terminaron de hablar de cine, acordaron acompañar a Elisa hasta su hostería. En medio de la ruta, uno de los gemelos se detuvo a orinar junto a una botillería. El otro aprovechó de preguntarle su apellido a Elisa. En cuanto lo escuchó, comenzó a dar pequeños brincos de alegría.
—¡Lo sabía! —dijo.
Los gemelos ecuatorianos deambulaban enajenados por Bertioga, día y noche.
Siempre estaban de buen humor y daba la impresión de que no dormían o que se turnaban para salir mientras el otro descansaba, de modo que parecían estar siempre disponibles.
Algunos lugareños los llamaban Tuco y Tico, por las urracas de las caricaturas, pues además del parecido entre ambos daba la sensación de que avanzaban tropezándose y dándose de cabezazos.
Uno de esos días, llegaron muy temprano al hostal donde alojaba Elisa para decirle que habían encontrado a alguien a quien podría interesarle conocer.
—¿Quién?
—Es una sorpresa, cazadora.