Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #10
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HACIA EL INTERIOR #10

Cuando los mira apretados en el asiento trasero no puede evitar recordar los trenes para animales en que los llevaban hasta los campos de exterminio.

Cada uno lleva consigo un bolso con sus artefactos y sus respectivos delantales.

Mientras recorren las calles de Varsovia ultiman detalles.

El dentista les comenta que el sujeto vive solo y aunque es fornido –metro ochenta, cien kilos– con toda seguridad podrán reducirlo seis personas.

Después de todo, agrega uno, ya no estamos en Treblinka, donde solo comíamos un mendrugo y un poco de sopa aguada.

En efecto, algunos de ellos han engordado notoriamente durante estos años.

Claro que también hay otros que han mantenido hábitos gastronómicos frugales y austeros.

En ambos casos, sin embargo, recuerdan las mínimas ingestas de su infame cautiverio y eso les da el último empujón para perpetrar la venganza.

»La operación resulta tal y como fue planeada.

El nazi abre la puerta confiadamente, en camiseta y pantalón sujeto con suspensores, y apenas tiene tiempo de sorprenderse de ver a seis sujetos llamando a su puerta.

Cuando lo ven a la cara, ninguno de los odontólogos está seguro de recordar ese rostro, pero eso ya no importa ya, lo único que importa es tener un cuerpo sobre el cual desatar sus frustraciones.

Lo duermen con cloroformo y luego lo atan con fuerza a una silla en medio de su cuarto de estar.

Lo despiertan arrojándole un balde de agua fría en la cara.

Cuando el sujeto abre los ojos, ve a los seis hombres vestidos con delantal y una serie de artefactos odontológicos puestos, muy ordenadamente, sobre su comedor.

Los instrumentos metálicos, en orden ascendente de tamaño, parecen puestos ahí por Marcel Duchamp.

Los dentistas se presentan dejando claro que saben exactamente a qué se dedicaba antes.

El sujeto es cobarde y finge ignorar todo lo que le dicen.

O, tal vez, es valiente y no está dispuesto en reconocer ser alguien que no es para complacer a los seis exaltados.

Uno de los dentistas saca un vinilo de su bolso y lo pone a girar en un tocadiscos del cuarto de estar, de modo que el resto de las operaciones se ejecuta con la Segunda sinfonía de Mahler como banda sonora.

Lo golpean y escupen. Luego, dos de ellos lo fuerzan a abrir la boca, y otros sostienen sus piernas, y otro, utilizando los instrumentos más toscos, le extrae, de modo brutal y provocando el mayor dolor posible, las treinta piezas dentales que aún están disponibles dentro de la boca del nazi.

Algunas de los dientes tienen caries, apunta uno de los dentistas.

Otro, genuinamente curioso, no puede evitar diagnosticar gingivitis.

El tipo se desmaya tres o cuatro veces mientras es sometido a la sesión de tortura.

Los dentistas quedan empapados en sangre y con los brazos adoloridos.

El nazi ha quedado exánime, aún atado a la silla y rodeado de baldes con agua, sangre y saliva.

Uno de ellos guarda las piezas dentales, bastante deterioradas, a decir verdad, en un frasco de vidrio que toma de la propia alacena del nazi y lo guarda en su bolso.

Antes de salir, uno de ellos saca una máquina fotográfica polaroid y toma una instantánea de la boca ensangrentada del nazi.

La agita sonriendo. Es tarea cumplida. O eso parece.

Se quitan los delantales en silencio aun en la casa del nazi y se detienen más tarde a contemplar el Danubio mientras fuman.

Están satisfechos y ninguno de ellos se atreve se insinuar siquiera que la venganza podría haber sido perpetrada sobre la persona equivocada.

Luego regresan a casa enmudecidos y probablemente con sentimientos encontrados.

»Ya nada vuelve a ser como antes. No puede, tal vez, ser de otra forma.

Los primeros días evitan contactarse. Tienen temores de que el nazi acuda a la policía a interponer una denuncia, pero al mismo tiempo están seguros de que eso no ocurrirá.

Solo al cabo de dos semanas vuelven a contactarse telefónicamente y luego se ven personalmente en una cafetería céntrica.

Durante la velada, uno de ellos saca el frasco de vidrio y exhibe como un extraño trofeo las piezas dentales.

Solo entonces se permiten reír y algunos llorar, también palmotearse la espalda y ponerse apodos relacionados con la fechoría que han realizado.

Pero el asunto no termina allí. Los dentistas judíos no se conforman.

Juzgan que es injusto que solo uno de esos malnacidos pagué por todos.

Lo que viene es demencial. Contactan a organizaciones cazadores de nazi y consiguen así nombres y direcciones de nacionalsocialistas alemanes que han servido en campos de concentración.

Como es evidente, la mayoría de ellos no está en Polonia.

Entonces deciden viajar para continuar con su tarea ajusticiadora.

»Viajan en tren por distintos lugares de Europa, pero especialmente por Alemania buscando nazi a los que desdentar.

Y lo hacen como siempre, del modo más brutal posible.

En todos los casos, sus víctimas, otrora verdugos, terminan desmayados y sin ninguna pieza dental en la boca.

Casi en todos los casos, los ajusticiados niegan cualquier vínculo con el Tercer Reich y sus tropelías.

Algunos de ellos lloran y se orinan sobre la ropa.

En fin, los dentistas judíos viajan por Berlín, Colonia, Hamburgo y Friburgo, buscando a los nazis que se esconden como ratones de cloaca.

Viajan con sus bolsos cargados con frascos repletos de piezas dentales, igual que algunas madres abnegadas guardan los dientes de leche de sus hijos.

Mientras comparten ese hábito secreto que juzgan como un deber, fortalecen sus vínculos de amistad y familiares.

Comparten celebraciones familiares y pascuas.

Ante sus familias excusan sus viajes siempre echando mano a seminarios de odontología y de hecho, suelen hacer coincidir sus andanzas con encuentros académicos o de perfeccionamiento laboral.

De este modo, paralela y paradójicamente, se convierten en célebres y capacitados exponentes de la odontología, que además de ejercer su profesión, forman a nuevas generaciones en el campo académico.

Cuando están solos se complacen mirando sus álbumes de fotografía con las bocas desdentadas y sanguinolentas.

»Así transcurren los años y algunos de ellos se jubilan.

Sin embargo, la justicia no descansa. La justicia no jubila, o eso queremos creer.

Claro que, para entonces, los nazis ajusticiados no son solamente aquellos que han desdentado a judíos en campos de concentración.

Los dentistas persiguen, considerando las limitaciones económicas y logísticas de hombres que han ido envejeciendo, a todos los alemanes que hayan servido o participado, de algún modo, en el holocausto.

Cuando los dentistas ya están todos jubilados, o por jubilar (en todo caso cuando ya son hombres muy maduros) asumen su último reto.

»Un informante les alerta que Otto Adolf Eichmann está viviendo en Argentina bajo el nombre de Ricardo Klement.

Además, tiene un buen trabajo como gerente de planta de Mercedes Benz en la capital argentina.

En realidad, ha vivido en Buenos Aires desde 1950.

El informante les confía una dirección donde localizarlo –Garibaldi 14– y les advierte que sean cuidadosos pues Eichmann es audaz y podría darse cuenta de todo antes de que le pongan las manos encima.

Los dentistas zanjan el viaje en apenas un par de días.

No pueden imaginar un final de mayor gloria para su tenaz tarea.

Casualmente, y bien valdría recordar a Borges de nuevo acá, por entonces hay en la Universidad de Buenos Aires un seminario de odontología que sirve de excusa perfecta a sus propósitos.

En fin, atraviesan el atlántico a bordo de un vuelo comercial de Air France con escala en San Pablo, esperanzados y felices, pero llegan demasiado tarde.

Para entonces, el Mossad ya le ha puesto las manos encima a Eichmann.

Tal vez sea un error decir que llegan demasiado tarde.

Más exacto es decir que llegan simultáneamente.

»Antes de que actúen, los agentes el Mossad, que han oído hablar de ellos y les respetan, les advierten que se retiren pues podrían poner en riesgo la operación.

Los dentistas obedecen, pero apenas los agentes secuestran a Eichmann, uno de ellos, les pide, más bien les implora, que le permita extraerles toda la dentadura.

El agente, el mismísimo Peter Malkin, sonríe un momento y luego les explica que eso es imposible, pues no pueden perder tiempo, es decir, deben abandonar el suelo argentino cuanto antes y tampoco pueden arriesgarse a que el prisionero Eichmann, aunque sea un cerdo malnacido,

comparezca desdentado ante los tribunales israelíes.

Eso hablaría muy mal de la justicia israelí.

Los dentistas se resignan y al día siguiente regresan a Polonia.

Para cuando llegan a Polonia, somnolientos y frustrados –sienten que han sido obligados a presenciar con la cara pegada al cristal de una ventana una fiesta extraordinaria–,

Eichmann aún está secuestrado en Buenos Aires y los agentes de El Mossad esperan por el avión de la aerolínea El Al que lo llevará a Jerusalén.

Cuando el 15 de diciembre de 1961, Eichmann es condenado a morir en la horca, los dentistas se reúnen en un bar y brindan satisfechos: Culpable, Eichmann a la horca, gritan alzando sus copas.

En fin, los dentistas ya no vuelven a sus andanzas y prometer llevar el secreto a la tumba.

El final del relato coincidió con el último sorbo de la cerveza.

Elisa entendió –o quiso entender– que el anciano era uno de aquellos dentistas sobrevivientes de los campos nazis.

Schneider se quedó pidiendo toda clase de detalles para corroborar la verosimilitud de la historia, pero el anciano se ensimismó y ya no dijo ninguna palabra.

Minutos más tarde, llegó un joven rubio y pecoso a buscarlo.

Era su nieto. Elisa le preguntó, muy entusiasmada, si su abuelo era dentista jubilado y el joven dijo que no, era contable.

—Trabajo veinticinco años en Bata— dijo el muchacho en checo.

Ella suspiró algo decepcionada, mientras se llevaban al anciano fuera del bar.

Elisa no logró evitar la compañía de Schneider y viajaron juntos por tren hasta Cracovia.