HACIA EL INTERIOR #9
Entraron tomados de la mano. Lo primero que hicieron fue ingresar a una especie de galpón donde centenares, tal vez miles de cerdos apiñados hozaban cabizbajos unos recipientes con comida.
El olor era insoportable y había que caminar con cuidado para no tropezar con alguna inmundicia.
A Samuel Feldman, sin embargo, le traía sin cuidado ensuciar sus zapatos de cuero brasileño con tal de darle una lección a su hija, o lo que él, en todo caso, juzgaba como una lección inolvidable.
Caminaron luego por un pasillo extenso que estaba franqueado por algunas oficinas administrativas con vidrios biselados, antes de llegar a un sitio repleto de hombres con delantales de hule y botas de goma.
Abriéndose paso entre los empleados, llegaron hasta un lugar donde una fila interminable de cerdos esperaba su turno para ser aturdidos por un golpe de electricidad, momento que aprovechaban para degollarlos.
Para tranquilizarse, Elisa cerró los ojos e imaginó que estaba rodeada de alcancías de yeso pintadas de rosa y con forma de cerdito.
Trató de imaginar que los chillidos eran monedas tintineando al interior de las barrigas de escayola.
Cuando volvió a abrir los ojos, se aferró con fuerza a la mano de su padre y no pudo evitar sentir náuseas cuando vio los cuerpos rosados y destripados colgando de unos ganchos, como si fueran ropa húmeda en un cordel.
Samuel Feldman pensó que el efecto que esperaba producir sería aún mayor si soltaba la mano de su hija, pero no solo hizo eso, sino que además dio tres, cuatro pasos hasta el costado de modo que quedaron separados por un par de matarifes.
Elisa se sintió abandonada en medio de un bosque siniestro.
La sangre corría hacía unos desagües. Algunos empleados empujaban el agua roja hasta los desagües con ayuda de unos escobillones gruesos.
Elisa no soportó el espectáculo y salió corriendo para perderse en algún recoveco de la fábrica.
Tardaron dos horas en encontrarla oculta en el pickup de una camioneta con el logo del matadero.
Para entonces, estaba oscureciendo. Todavía tiritaba cuando se subió al Volvo.
—¿Quieres saber por qué te traje hasta acá? —preguntó Samuel, impertérrito.
Elisa lo miró un momento.
—Esto mismo hicieron los nazis con nosotros. Nos mataron como cerdos, en sitios que construyeron para exterminarnos. Así murieron tus antepasados. No vuelvas a hablar de aquel asunto como si estuvieras hablando de dibujos animados.
Esa noche, Elisa tuvo pesadilla en que sus abuelos colgaban de unos ganchos en la vitrina de una carnicería.
A partir de entonces, Samuel Feldman asumió un rol todavía más protagónico en la educación de Elisa.
Sus clases regulares fueron suplementadas con una generosa lista de lecturas complementarias, que incluía libros de Flavio Josefo, Martin Buber, Primo Levi, Joseph Roth y Saúl Bellow.
Por las tardes, en el cuarto de estar, Samuel Feldman hacía preguntas sobre los libros para verificar qué efectivamente hubiesen sido leídos y comprendidos.
Poco después de terminar la escuela, Elisa fue enviada a un Kibbutz en Sassa y al año siguiente entró a estudiar derecho en la universidad de Tel Aviv, donde se graduó sin sobresaltos, pero con menos honores de los que hubiese esperado su padre.
Apenas regresó a Asunción, su padre le obsequió como regalo de graduación un viaje por Europa.
Cuando Elisa vio el itinerario se dio cuenta de que no era un viaje cualquiera.
Su padre quería que visitara una veintena de campos de concentración nazi, entonces convertidos en memoriales o museos.
A juzgar por el modo en que cada detalle parecía resuelto de antemano, cualquiera podría aventurarse a decir que Samuel Feldman llevaba meses, tal vez años planificando el viaje.
Para explicarlo con detalle, desplegó un mapa sobre el escritorio de su despacho y fue mostrándole a su hija distintos puntos marcados sobre el pliego, con la misma vehemencia y entusiasmo con que lo haría el vendedor de una agencia de viajes.
Pareció una exhaustiva clase de geografía pues conocía toda clase de pormenores de los lugares sugeridos.
Elisa lo miró absorta, pues el recorrido –siniestro, a su manera– incluía pasos por Austria, Alemania, República Checa, Holanda, Eslovaquia, Francia y Polonia.
Le entregó, también, carpetas llenas de folletos, libros de viajes y guías turísticas cuidadosamente subrayadas y llenas de marcapáginas.
Elisa no tuvo más remedio que abrazarlo, aunque se sintió agobiada mirando de reojo el mapa de Europa Central, por sobre el hombro de su padre.
Así quedó trazado el itinerario: Auschwitz, Belzec, Bergen- Belsen, Buchenwald, Chelmno, Dachau, Flossenburg, Gross-Rosen, Majdanek, Mauthausen, Natzweiler, Neuengamme, Nordhausen- Mittlebau, Plaszow, Ravenstrück, Sachsehausen, Sered’, Sobibor, Stutthof, Theresinstadt, Treblinka,
Varsovia y Westerbork.
El recorrido se ejecutó de modo más o menos predecible, y sin distracciones, hasta que Elisa conoció en Praga a un joven alemán, un cientista político, doctorando en Sociología de la Universidad de Heilderberg, llamado Ludwig Schneider.
Coincidieron en un bar de Melantrichova y bebieron mucha cerveza.
Coquetearon con frases sofisticadas, compartiendo impresiones sobre cine y filósofos alemanes (el doctorando conocía muy buenas anécdotas de Heidegger,
aunque Elisa sospechó que varias de ellas eran inventos del estudiante o bien historias de otros filósofos que el estudiante atribuía a Heidegger a causa del alcohol).
Mientras bebían, un anciano desdentado y algo ebrio, se acercó y les pidió que le regalaran una cerveza.
—¿Por qué deberíamos hacer eso? —preguntó el joven doctorando.
—Porque a cambio voy a contarles una historia inolvidable.
Se miraron curiosos y pidieron al mesero que pusieran frente al hombre una botella de cerveza helada.
Tres sorbos después el anciano comenzó su relato:
—Es la historia de seis dentistas judíos que habían sido prisioneros en campos de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial.
Tres de ellos habían coincido en Treblinka y dos en Sobibor.
El otro no había coincido con nadie, al menos con nadie que fuera dentista.
El asunto es que cuando todo termina (o parece que termina, que es realidad cuando todo comienza) los dentistas polacos se reúnen por interés profesional en una especie de seminario o congreso de dentistas en Varsovia.
»Es 1949. Como es natural, el lugar está lleno de otros dentistas que pudieron, o no, haber estado prisioneros en alguno de los campos de concentración que los nazis hicieron funcionar en Polonia.
Los dentistas en cuestión, los protagonistas de la historia, quiero decir, han mantenido contacto durante algunos años y se saludan afectuosamente en el auditorio de la universidad en que se desarrolla el seminario.
También se reúnen durante pausa para el café, donde conocen y acogen al sexto dentista, aquel que no ha coincidido con ninguno en un campo.
Acuerdan almorzar juntos. Durante el almuerzo, se ensimisman en un hecho que no han logrado sacar de sus cabezas.
Todos ellos recuerdan cuando los SS ordenaban a los Sonderkommandos arrancar los dientes de oro de las bocas de los cuerpos inertes de los prisioneros antes de acarrearlos hasta los hornos crematorios.
Varios de ellos confiesan incluso que tienen pesadillas que los acompañan hasta entonces.
Dos de ellos, los que han coincidido en Treblinka, lloran recordando.
Lloran, de hecho, aunque se esfuerzan por evitarlo.
Al día siguiente, segundo y último del seminario, insisten en el tema y, en rigor, ya no vuelven a olvidarlo.
»Intercambian direcciones y teléfonos de sus consultas y se reúnen semanalmente.
Una y otra vez vuelven sobre el tema de las piezas dentales de oro arrancadas.
En uno de sus encuentros, uno de ellos acude a la cita desconcertado.
Les cuenta que ha reconocido a un SS en una barbería de Varsovia.
Los demás se quedan mudos. ¿Estás seguro?
, pregunta uno de ellos, pero el dentista no contesta y en lugar de eso tiembla disolviendo el azúcar de su café y luego llora.
Esa tarde casi no hablan y ni siquiera intentan consolarlo.
Pero al día siguiente, aquel que ha llorado llama a todos por teléfono y los vuelve a citar en una café del centro de Varsovia.
Esta vez no llora ni parece afectado. Les dice que ha confirmado esa mañana que el sujeto del campo de concentración está en la ciudad, desde luego que con una identidad falsa.
Dice ser austríaco y apellidarse Gruber.
Se trata, casualmente, de uno de los sujetos que más se empecinaba en el asunto de las prótesis dentales de los prisioneros judíos.
El dentista les dice que tiene un plan. Se trata, más bien, de una venganza.
Les explica que existe un solo modo en que pueden vengar a los judíos que, además de bestialmente asesinados, eran humillados y tratados como objetos cuando les arrancaban sus piezas dentales de oro.
Y esa única venganza es someter a cruentas sesiones de odontología a ese hijo de puta.
Lo que deben hacer es averiguar donde vive y luego ir a visitarlo por la noche.
Los demás dentistas, que han acudido con sus delantales blancos a la cita, se quedan se miran entre ellos y también lo miran a él.
»No parecen convencidos. Algunos creen que es una estupidez.
Las discusiones e intercambios de argumentos se prolongan durante largas horas, casi hasta la hora de cierre de la cafetería cuando finalmente, y en medio de una espesa nube de humo de cigarrillo, los dentistas judíos admiten que solo existe una manera de afrontar este dilema, ético de cierta forma.
Deben permanecer juntos y llevar sus acciones hasta las últimas consecuencias.
Ninguno de ellos se atreve a explicar cuáles serán esas últimas consecuencias y como si fueran los mosqueteros juntan sus manos en el centro de la mesa.
»La siguiente llamada telefónica es solo para confirmar que el domicilio del nazi ha sido localizado y para acordar el día en que la venganza tendrá lugar.
Mientras antes mejor, acuerdan. Finalmente, la noche en que conciertan actuar, uno de los dentistas pasa a buscar a los demás sobre su Fiat de fabricación polaca.