HACIA EL INTERIOR #8
Veía a los abogados mover los labios, a los jueces inclinarse unos hacia otros, a los presentes agitar las manos o la cabeza en señal de desconcierto.
Todo eso seguía ocurriendo, pero Samuel Feldman no consiguió retener ninguna frase más.
El juicio continuaba, aunque para él había quedado, de algún modo, suspendido.
En el vuelo de regreso no apartó la mirada de la ventanilla.
El cielo se extendía limpio, indiferente, como si no hubiera pasado nada.
Mirando las nubes, intactas, comprendió que el asunto no lo abandonaría con facilidad.
No era una indignación ni una revelación moral, sino algo más incómodo: la sospecha de que Eichmann había dicho la verdad.
Así, de regreso en Asunción, Samuel Feldman se aferró al trabajo académico.
Movió sus influencias para dictar un curso de Filosofía del Derecho en la Universidad Nacional.
El programa oficial ocupaba apenas las primeras semanas.
Pronto lo dejaba de lado y volvía, una y otra vez, sobre el mismo punto: Eichmann, Kant, la obediencia, la ley.
Sus clases se parecían menos a un seminario que a un monólogo.
Los estudiantes escuchaban, tomaban apuntes, y rara vez se atrevían a interrumpirlo.
En 1963 consiguió uno de los primeros ejemplares en inglés de Eichmann in Jerusalem, recién publicado por Viking Press.
Dos años más tarde adquirió una veintena de ediciones de Penguin, con la intención de compartirlas con sus alumnos.
Pronto advirtió que el idioma sería un obstáculo insalvable y decidió traducir el libro por su cuenta.
Trabajó durante meses con una disciplina casi mecánica y terminó su versión antes de que existiera una edición formal en español.
Hizo circular fotocopias entre los estudiantes y desde entonces contó con la bibliografía necesaria para sostener su curso.
Esa traducción permaneció inédita. Cuando más tarde tuvo acceso a la versión española publicada por Lumen, Samuel la comparó con la suya sin apuro y quedó satisfecho.
En algunos pasajes, incluso, le pareció superior.
Las conclusiones de Arendt no le resultaban ofensivas.
Para mediados de los años setenta, había llegado a una convicción firme: las palabras de Eichmann no eran una coartada, sino una descripción rigurosa.
Y ese rigor le causaba incomodidad, tal vez miedo.
Tiempo después, conoció a la mujer que sería su esposa en una fiesta a la que se sintió obligado a asistir, uno de esos encuentros en los que nada parece decisivo y, sin embargo, todo queda dispuesto.
Por un tiempo creyó –o quiso creer– que el amor introduciría una pausa en su vida, una suerte de tregua.
Luego ella quedó embarazada y nació Elisa, sin que ninguno de los dos comprendiera del todo la responsabilidad que estaban asumiendo.
Se casaron sin entusiasmo visible. Samuel aceptó esa secuencia como se aceptan ciertos hechos: no por convicción, sino por una forma discreta de inercia.
Elisa tenía apenas tres meses cuando su madre abandonó el hogar atiborrado de libros.
Con la niña en brazos, dejó de interesarse por Kant, por Eichmann y por la propia Arendt.
Abandonó el derecho sin dramatismo y se dedicó a los negocios textiles que había heredado de su padre.
Al semestre siguiente, cuando desde la universidad lo llamaron para retomar su curso habitual, se excusó.
La crianza de su hija lo mantendría ocupado, dijo.
No ofreció más explicaciones. Para entonces, en efecto, la sobrevivencia de Elisa dependía exclusivamente de él.
La madre había abandonado Asunción, luego el país y, más tarde supo Samuel, el continente, sin dejar una razón que pudiera considerarse suficiente.
Los primeros meses fueron difíciles y silenciosos.
Como no estuvo dispuesto a dar explicaciones ni a aceptar recriminaciones por un matrimonio que había sido unánimemente desaconsejado, se recluyó en su casa y decidió criar a Elisa en sus propios términos.
Muchos creyeron que la muerte de Arendt le abriría una oportunidad largamente esperada.
Charlas, seminarios, simposios, cátedras abiertas dedicadas a la autora de La condición humana: Samuel Feldman aparecía como el candidato natural para ocupar ese lugar.
Las invitaciones no tardaron en llegar. Samuel las rechazó todas.
Con el tiempo, cuando dejó de representar una amenaza en el ambiente académico, quienes solían señalar su arrogancia comenzaron a hablar de su humildad y de un estoicismo a toda prueba.
Los estudiantes que lo habían seguido durante años se sintieron de pronto a la deriva.
Uno de ellos lo llamó por teléfono para lamentar su decisión de abandonar la docencia y, sobre todo, para explicarle que pensaban ordenar los apuntes tomados a lo largo del tiempo, algo semejante —dijo— a lo que habían hecho los discípulos de Saussure con el Curso de lingüística general.
Samuel Feldman se sintió secretamente halagado, pero les prohibió terminantemente avanzar en esa dirección.
Sus palabras, aclaró, no estaban a la altura de Ferdinand de Saussure.
Publicarlas sería una falta grave y, para un abogado, nada debía estar por encima del respeto entre pares.
Días después, los estudiantes se reunieron en una cafetería cercana a la universidad para deliberar qué hacer con el material que juzgaban invaluable.
Sobre la mesa de fórmica se acumularon cerca de un centenar de casetes de cinta magnética Fuji, rotulados con temas y fechas.
Hubo silencios prolongados y largas piteadas a los cigarrillos.
Aunque eran obedientes, ninguno fue capaz de deshacerse de las cintas por su cuenta.
Finalmente, decidieron enviarlas por correo certificado al maestro Feldman.
Cinco días hábiles después, mientras desayunaba, Samuel recibió cuatro bultos del tamaño de cajas de zapatos, cuidadosamente embalados.
Las abrió intrigado y, en cuanto verificó el contenido, las cargó en el maletero del auto.
Más tarde, abandonó las cajas en alguna esquina de la ciudad.
Samuel Feldman era un hombre estricto, y durante la infancia de Elisa las concesiones fueron escasas.
Las horas destinadas a la televisión no abundaron.
Habría estado satisfecho de criar a su hija como a un personaje de las novelas de las hermanas Brontë.
Además de cumplir con sus deberes escolares, Elisa tuvo que tomar extenuantes clases de piano y hebreo, y ocasionalmente de ballet.
La madre había abandonado el hogar cuando la niña era muy pequeña, de modo que la crianza careció de contrapesos.
Elisa terminó por concentrar, sin saberlo, buena parte de las frustraciones de su padre.
Muy pronto, Samuel decidió que su hija debía convertirse en abogada.
No lo planteó como una aspiración, sino como un destino razonable.
Para estimularla, una de las pocas horas que Elisa podía dedicar a ver televisión estaba reservada a Se hará justicia.
Luego, durante la cena, Samuel le hacía preguntas minuciosas para comprobar si había prestado atención al episodio.
No se trataba de entretenimiento, sino de entrenamiento.
A la salida de Buenos Aires, se detuvieron en un supermercado a comprar algunos víveres.
Zárate se demoró media hora en escoger un par de anteojos de sol: se probó varias decenas y obligó al paraguayo a dar su parecer.
Posando en gafas para el paraguayo, Zárate se aventuró a decir que cualquier que los viera los juzgaría como homosexuales.
—¿Una pareja de homosexuales? ¿Me está hablando en serio, Zárate?
—Desde luego, Olivera. Imagínese. Un hombre maduro y experimentado como yo, en compañía de un hombre más joven, deambulando por un supermercado de la periferia, probándose anteojos de sol.
Es decir, no logro imaginar a dos especímenes más apropiados que nosotros para establecer alguna referencia a la relación Sócrates-Alcibíades.
Sí, Olivera, aunque usted no lo crea, cualquier mal intencionado nos juzgaría como un viejo verde homosexual y su efebo acompañante.
—Por otro lado, déjeme aclararle, qué hay varias cosas de nuestra conversación telefónica que entendí perfectamente.
—Es bueno saberlo, Olivera. Me devuelve el alma al cuerpo.
Estaba atardeciendo, cuando por fin Zárate se decidió a enfilar hacia la ruta 9. Antes de abandonar Buenos Aires, el argentino dijo que, de vez en cuando, imaginaba que una bomba atómica detonaba sobre la ciudad. Él veía el enorme hongo anaranjado y luego Buenos Aires devastado.
Llegaron a Rosario de madrugada, pero Zárate no resistió la tentación de mostrarle a Olivera el Gigante de Arroyito, donde juega de local Rosario Central. El paraguayo iba durmiendo sobre el asiento reclinado del copiloto y cuando estacionó afuera del recinto lo despertó sacudiéndolo despacio.
—Despierte Olivera. Apuesto que nunca vio un campo de concentración como este. Capacidad, cuarenta mil espectadores, aproximadamente. Eichmann estaría relamiéndose si viera este lugar. Qué digo relamiéndose, estará haciéndose una paja.
Para cuando llegaron al Coloso del Parque, Olivera había vuelto a dormirse y a Zárate le dio lástima despertarlo. Se quedó mirando el recinto en silencio, con algo parecido al miedo. Pensó: “Pero qué carajo es lo que me da miedo de un lugar como este. ¿Los árboles del parque?”.
En cierta ocasión, cuando Elisa regresó de la escuela, su padre quiso saber qué tal habían estado las clases.
Ese día, habían tratado el Holocausto. El abogado tuvo la sensación de que Elisa trataba el tema con demasiada ligereza, mientras hurgaba su sopa de harina de maíz con huevo.
En voz de Elisa no había diferencias entre la Guerra Civil de Estados Unidos, la Guerra del Chaco y la shoa.
En todos los casos, recitaba los detalles mecánicamente, tal y como los había leído en los libros de estudio.
Samuel le ordenó levantarse de la mesa y subirse al auto.
—Pero, papá, aún no termino de comer —objetó Elisa.
—Al regresar terminarás tu comida.
—Va a estar fría para entonces —insistió y Samuel sonrió en una mueca imperceptible.
Condujo el Volvo en silencio hasta un matadero de la periferia de Asunción. Cuando llegaron, la dejó un momento, sentada en el lugar del copiloto, y fue a sostener una conversación con los porteros.
Estos, a su vez, hicieron una llamada por walkie talkie.
Al cabo de un momento los autorizaron a entrar.