Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #7
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HACIA EL INTERIOR #7

El policía paraguayo no se movió de Asunción y, de cuando en cuando, viajó al interior del país.

El argentino, en cambio, recorrió el continente a bordo de su camioneta, especialmente Uruguay, Chile y Brasil.

Cuando pasó por Asunción, por algún motivo extraño, evitó conocer personalmente al paraguayo.

Había dicho que se presentaría ante él solo cuando llegara el momento.

Solía enviar postales con mensajes escuetos.

En fin, el tiempo pasó y pareció que no ocurriría nada.

Ambos policías creyeron que no tendrían tiempo de encontrar la videoteca –si acaso existía tal cosa– hasta que, una noche de tormenta en Asunción, el policía paraguayo recibió un llamado desde Buenos Aires.

Era una enfermera, y el paraguayo creyó que llamaban para decirle que Zárate había muerto.

Tuvo tiempo de experimentar sentimientos encontrados: primero sintió pesar, luego alivio.

Juzgó, por un momento, que la muerte del argentino lo liberaba de continuar la búsqueda, pero al instante siguiente cayó en la cuenta de que, si Zárate moría, probablemente él se convertiría en el último en seguir rastros que tal vez no existían.

Algo así como el último sacerdote de un culto milenario. La idea le causó pavor.

Pero Zárate no había muerto: apenas había sufrido un infarto cardíaco y habían debido intervenirlo, aunque se encontraba mejor.

La enfermera le pasó el teléfono. Hubo una pausa de silencio mientras Zárate aguardaba a que ella saliera de la habitación.

A pesar de que el argentino cubría el auricular con la mano, el paraguayo alcanzó a oír el sonsonete de un partido de fútbol.

No hubo tiempo para rodeos, ni siquiera para bromas o consejos a propósito del infarto.

En voz baja, Zárate le dijo que había sufrido el infarto en el preciso momento en que se había enterado de dónde podía estar la videoteca.

El policía paraguayo se quedó un momento en silencio. En Bolivia, dijo Zárate. Era una buena fuente. El paraguayo quiso saber de inmediato dónde, pero Zárate le pidió que aguardara a que le dieran el alta y entonces irían. Juntos, insistió. No voy a perdérmelo, dijo.

Fueron dos semanas en las que el policía paraguayo esperó ansioso.

Cada vez que sonaba el teléfono creyó que le avisarían que Zárate había muerto a causa de alguna secuela inoportuna del infarto, llevándose consigo el secreto a la tumba.

Cuando por fin el argentino fue dado de alta y regresó a su casa, acordaron que harían el viaje el 10 de octubre de 2001.

Aunque el sentido común indicaba que Zárate viajara a Asunción, decidieron que Olivera se desplazara hasta Buenos Aires, desde donde emprenderían, por tierra, el viaje hasta Oruro.

¿Por qué me convertí en policía?, se preguntaba Olivera todas las mañanas frente al espejo, mientras se afeitaba. ¿Por qué decidí convertirme en policía en un país miserable como este? Pude convertirme en contable o en informático. Cualquier cosa probablemente, hubiese sido preferible.

Su trabajo, hasta entonces, no le había causado ninguna de las satisfacciones que alguna vez imagino que le depararía.

Sus estudios de criminalística en el Instituto superior de Educación Policial (donde se especializó en Documentología) tampoco habían sido especialmente dichosos.

Para ser honesto, Olivera fue un estudiante mediocre.

Igual que los policías de las series de TV, su vida era rutinaria y anodina.

Su trabajo era principalmente administrativo y Olivera se limitaba a revisar archivos y redactar informes que podía resolver copiando y pegando con la ayuda del mouse de su IBM.

En realidad, desde niño, Olivera quiso ser futbolista.

No tenía grandes ambiciones: no quería ser delantero y, desde luego, tampoco tenía intenciones suicidas.

Eso descartaba el puesto de arquero. Tampoco era ingenioso o aguerrido y eso eliminaba también las posibilidades de convertirse en volante.

Creía que el fútbol consistía en marcar más goles que el rival y no en afanarse excesivamente en evitar recibirlos, de manera que tampoco era apto para defensor central o stopper.

Quedó relegado así al puesto menos ambicioso de todos: lateral derecho.

Llegó a jugar en divisiones inferiores de Cerro Porteño, pero muy pronto quedó claro que tendría que dedicarse a los estudios porque no tenía lo necesario para volverse profesional.

Eso que faltaba no era, exactamente, talento, capacidades físicas o técnicas.

Era otra cosa. Le gustaba el fútbol, eso era cierto, pero no era una obsesión.

A Olivera le gustaba entrar a la cancha y correr, pero no tenía ningún interés en la táctica o en obsesionarse viendo partidos por la tele.

Le irritaban, de hecho, los sujetos qué hacían del fútbol un asunto de vida o muerte.

Para Olivera el fútbol no era más que un juego y desde muy niño se dio cuenta de que los latinoamericanos no veían con buenos ojos a los futbolistas que no se involucraban más que lo justo y necesario.

Olivera entendía el fútbol como un trabajo y los estadios de fútbol como una oficina.

No tardo en entender que ese estilo no sería bien visto por los energúmenos que se desgañitan en las galerías.

Renunció al fútbol y se convirtió en policía lleno de expectativas; hacia 1992, Olivera estaba completamente desencantado de su profesión.

Una de esas noches, deambulando por el centro de Asunción, encontró un grupo de prostitutas.

Una de ellas estaba desnuda. La única prenda que llevaba era un par de zapatos de taco alto.

Olivera se acercó, negoció, y en cuestión de minutos estaban en una habitación a pocas calles de allí.

Olivera se sentó sobre el borde de la cama, la puta se arrodilló y comenzó a hurguetear en el cinturón de Olivera.

Dijo que no hacía falta. La puta encendió un cigarrillo y se acercó a la ventana y comenzó a hablar de las heteras, las prostitutas de la antigua Grecia que escogían a sus clientes y no estaban obligadas a aceptar a ninguno de ellos y podían tener discusiones que, por norma,

los hombres solo aceptaban tener con otros hombres.

Olivera tuvo la sensación de que la historia de las heteras, relatada precisamente por una puta paraguaya, era una especie de exhortación.

—¿Y cuál es ese asunto sobre el cuál quisieras discutir hoy? — preguntó Olivera.

—¿Qué crees tú? —dijo la prostituta mirando a Olivera fijamente—. El único asunto sobre el que vale la pena discutir.

—¿Cuál es ese?

—Mañana, qué haremos mañana.

A la mañana siguiente, mientras desayunaba mandioca frita revuelta con huevos, encendió la TV y se enteró de que habían descubierto un arsenal de archivos de la dictadura de Stroessner.

Por primera vez, en años, Olivera se sentó interesado y escuchó atentamente.

Cuando terminó de ver la tele, fue a toda prisa a la oficina.

Una vez allí, pidió hablar con su superior y le exigió que lo enviasen a Lambaré.

—¿Lambaré?

Había un televisor encendido en la oficina. Estaban transmitiendo los hallazgos de los archivos. El tipo miraba como si estuviera el final predecible de una teleserie.

—¿Para qué quiere ir a Lambaré, Olivera?

Eso no va a durar mucho rato. Va a haber algo de escándalo un par de días y después se va a olvidar.

¿A qué quiere ir a perder el tiempo a Lambaré?

Es cierto que acá somos endemoniadamente afines al papeleo.

Nos gusta arrumar documentos, es verdad.

Probablemente, eso se lo debemos a los imbéciles que nos colonizaron.

Esos hijos de putas disfrutaban matando indios y acumulando papeles.

Arrumaban y arrumaban papeles. Mataban y después firmaban los papeles.

Esta puta vocación de archiveros nos viene de esos cabrones.

Sin embargo, estos documentos, estos hallazgos, son muy incómodos, Olivera.

Van a hallar el modo de que pierdan valor.

Van a terminar arrumados. Van a ir a dar a un museo y no a los tribunales.

Dejarán de hablar de “justicia” y en su lugar dirán “patrimonio”.

Quédese sentado en su escritorio, en la oficina, fingiendo que trabaja.

Váyase de juerga. No acepte mansamente el rol de ratón de biblioteca.

Si va a Lambaré van a tenerlo la vida entera encerrado en un archivo húmedo sin ver la luz del sol.

Va a arruinar su vista y ya no va a poder ver a la mujer de su vida cuando pase frente a sus narices.

¿Cuándo fue la última vez que cogió, Olivera?

Un hombre como usted, guapo, alto, en un país donde la mayoría de los policías son bajos y gordos, debe tener muchas oportunidades y si no las tiene es porque está haciendo algo muy mal, Olivera, pero de veras muy mal.

Pésimo, diría yo. Cualquiera de los sujetos que ponga la mano sobre esos papeles va a quedar maldito.

—¿Y usted que respondió, Olivera?

—Al principio no supe qué decir. Me quedé mirándolo y, sin saber muy bien por qué, le dije, simplemente, que si no iba a ver esos archivos me iba a suicidar.

Tarde o temprano. Me iba a colgar en los baños de las mismas dependencias de la policía.

Le pregunté si estaba dispuesto a cargar sobre sus hombros con mi muerte.

—¿Qué hizo entonces?

—Apagó la tele y me dijo que fuera donde diantres quisiera ir. Agregó que, en todo caso, suicidarse e ir a husmear esos papeles eran la misma cosa.

Hacia comienzos de la década del setenta, Samuel Feldman era un abogado reputado de Asunción.

Se movía con soltura en ciertos círculos y no ocultaba que sus contactos le habían permitido asistir, años antes, a algunas jornadas del juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén.

No lo decía con énfasis ni con orgullo explícito, pero dejaba que el dato hiciera su trabajo.

Bastaba mencionarlo una vez para que el resto de la conversación quedara, de algún modo, condicionada.

Durante, una de las audiencias en Jerusalén, Samuel escuchó a Eichmann declararse kantiano.

Dijo, con voz neutra, casi administrativa, que había actuado siempre conforme a un principio: que la voluntad debía ser tal que pudiera convertirse en ley general.

Samuel conocía bien esa fórmula. Escucharla en boca de Eichmann le produjo una sensación difícil de precisar, pero sutilmente inquietante.

Después de esas palabras, ya no logró concentrarse en el resto del proceso.