Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #6
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HACIA EL INTERIOR #6

Enfrentado al dilema de devolver la cinta, el policía hizo una copia en VHS, luego la borró y la llevó de regreso al Blockbuster.

Cuando lo llamaron para reclamarle que la cinta estuviera borrada, el paraguayo adujo que se trataba de un asunto policial y no hubo más quejas.

Había que entender que, en 1992, los asuntos policiales todavía resultaban concluyentes.

Volvieron sus días inquietos, pero estos duraron solo hasta que la misma mujer que le había indicado que fuera a Blockbuster lo contactó de nuevo.

Quería reunirse con él. Quién era, preguntó el policía, y la mujer replicó que probablemente eso no podría decírselo nunca.

Pero podía ayudarlo, dijo. Ayudarme a qué, preguntó el detective paraguayo.

Ayudarlo a entender, respondió la voz de mujer.

El policía se quedó un momento en silencio, mientras veía al resto de sus compañeros detectives trabajar en sus escritorios.

Tuvo la sensación de estar en la redacción de algún pasquín y no en un departamento policial.

Aceptó. Ella propuso un lugar que al policía no le acomodó y él planteó, a su vez, un sitio poco habitual.

Dentro de dos días, el domingo, Olimpia jugaba un partido en el Defensores del Chaco, un encuentro de escasa o relativa importancia. Véame ahí, dijo.

Esta vez la mujer se quedó en silencio, pero el policía aprovechó para continuar. Le indicó en qué sector del estadio estaría y le pidió que ella lo buscara y se sentara junto a él. Yo no tengo modo de reconocerla a usted, dijo. En eso usted me lleva ventaja, y eso no me hace ninguna gracia.

Ese día, la mujer apareció cuando corría el cuarto de hora del primer tiempo.

Llevaba jeans y una remera de Olimpia de manga corta.

Era una mujer de cabello castaño, joven y atractiva, de esas personas irremediablemente bellas aun cuando no se lo propusieran o aunque hubieran tenido la peor noche de sus vidas.

Tenía ojeras, pero esas ojeras eran hermosas, a su manera.

El policía juzgó que el ruido no permitiría escucharse y por eso le pidió bajar a los pasillos interiores.

El Defensores del Chaco era como un laberinto, pensó: alguien podía matar a otro allí mismo y huir lejos antes de que alguien encontrara el cuerpo de la víctima.

—¿De qué se trata esto? —preguntó de improviso el policía, tomándola por las muñecas.

Forcejearon con sutileza, como en una pelea de teleserie; parecía una coreografía ensayada muchas veces.

La mujer le pidió que se tranquilizara. Y entonces le contó todo, atropelladamente.

De antemano, le advirtió que ella misma no tenía todas las respuestas.

Al principio, al policía le costó entender –o no quiso hacerlo–, porque la historia empezaba con los nazis que huyeron de Europa como cucarachas en un callejón que se iluminaba súbitamente.

Era 1944 o 1945. Ella explicó que muchos nazis se habían escondido en América Latina.

Cambiaron sus nombres y se volvieron respetables, o fingieron serlo; consiguieron buenos trabajos y tal vez dormían tranquilos, o tal vez no.

El asunto era que muchos de ellos habían sido protegidos por las dictaduras que se instauraron en Latinoamérica.

Como Paraguay había hecho con Mengele, dijo la mujer.

El asunto era que desde Alemania había llegado un cineasta frustrado, un tipo que antes había trabajado con Leni Riefenstahl, o se acostaba con ella, o tal vez solo guardaba su ropa interior en los cajones.

No lo sabían. O, probablemente, la existencia de ese sujeto fuera solo un mito.

El asunto era que, desde 1954, un individuo –un ciudadano alemán– había viajado por toda América filmando sesiones de tortura de las distintas agencias de las dictaduras.

Claro, comenzó probablemente en el Paraguay de Stroessner, pero también estuvo en Brasil en la década del sesenta, en la Bolivia de Banzer, en Uruguay, en el Chile de Pinochet y en la Argentina de Videla y Galtieri.

Tal vez, en ese mismo momento, estuviera en Perú, como antes había estado en cada dictadura latinoamericana.

El policía la miró con incredulidad. Ella dijo que, como él había podido comprobarlo, esos videos existían.

No los destruyeron. El sujeto alemán, al que llamaban el cineasta, no fue capaz de destruirlos y eso probablemente le había costado la vida.

Algunos, muy pocos, estaban dispersos en distintos países.

Pero era altamente probable que, en algún lugar de ese continente, existiera una videoteca con miles de horas de sesiones de tortura grabadas.

El policía interrumpió a la mujer para preguntarle para qué alguien se aseguraría de filmar sus crímenes.

La mujer se encogió de hombros. Insistió en que encontrar esas cintas, antes de que lo hiciera alguien más, era de suma relevancia, pues estaban seguros de que entre ellas no solo había sesiones de tortura, sino también fiestas en las que ciertos sujetos se reunían a ver esas películas siniestras.

Fiestas en las que lo más granado de Paraguay, Chile y Argentina se reunía a beber champaña y comer caviar mientras miraban esas cintas.

¿Se daba cuenta de la importancia de los videos?

Especialmente ahora, dijo la mujer, cuando algunos de los que se distraían viéndolos ocupaban cargos políticos en sus respectivos países.

En ese preciso momento, Olimpia anotó un gol y el estruendo no dejó que el policía oyera lo que la mujer dijo a continuación.

Entonces preguntó cómo habían sabido que él había encontrado la cinta.

Sabíamos que ese archivo existía. Desde hacía años lo buscábamos.

Y sabíamos que, entre las cosas que aparecieron en Lambaré, encontraríamos alguna de esas cintas.

O esa era nuestra esperanza. Cuando no la vimos en el inventario, sospechamos que algo andaba mal. Así llegamos a usted.

Y qué esperaban que hiciera. Que nos ayude a encontrar la videoteca.

¿Tenían alguna idea de dónde estaba? La mujer sonrió con desgano.

Podía estar en cualquier lugar de Latinoamérica.

En Paraguay no estaba, eso era seguro, pero podía encontrarse en Chile, Argentina, Bolivia o Brasil.

Mientras la mujer hablaba, el policía imaginó, desconcertado, el desierto de Atacama y la Pampa argentina, la sierra boliviana y la Amazonía, y pensó que, aun si algo así existía, sería altamente improbable que alguien pudiera encontrarlo. ¿Una aguja en un pajar? Peor que eso.

Solo entonces comprendió la complejidad de una tarea como la que pretendían endosarle.

¿Tenían algún indicio? Desde hacía quince o veinte años, un expolicía federal argentino que se dedicaba a seguir el rastro de nazis por su país había estado rastreando la videoteca en Argentina.

¿Y? ¿Había encontrado algo? Había encontrado una decena de cintas, y eso no había sido fácil.

Una decena, pensó el policía; eso equivalía a un video por cada dos años de búsqueda.

¿Cuánto podrían tardar en encontrar miles de videocintas?

No se olvide, dijo la mujer, de que tenemos la esperanza de que todos esos videos estén reunidos en un único lugar. Nada menos que una videoteca del horror latinoamericano. La bóveda del Tío Rico, un pato siniestro con monóculo, pensó el paraguayo.

Antes de que terminara el primer tiempo y el pasillo se llenara de personas buscando los baños, la mujer le dijo que lo pondrían en contacto con el policía argentino. Él, mejor que nadie, sabía de qué se trataba esa búsqueda.

Mientras esperaba el llamado telefónico, el policía paraguayo tuvo noches mal dormidas.

Sabía que, al confiar, podía estar cometiendo un error, pero también sentía que no tenía otra salida.

Finalmente, una semana después, recibió una llamada.

Era el policía argentino. La voz era la de alguien mayor, curtida por años de cigarrillos.

Fue una conversación extraña. Aunque intentaron rodear el asunto, no hubo manera.

El policía argentino, de apellido Zárate, resumió esos años como si hablara de una película en la que pasaban muy pocas cosas.

Había largas horas de viajes y moteles de carretera.

Había borracheras y golpizas. Había vómito y pantalones húmedos de orina.

Había, incluso, libros de Cortázar y algunos de Soriano.

En rigor, había algunos libros de Cortázar y de Bioy, y muchos libros de Soriano.

Y había algunos nazis que habían dejado de usar sus nombres alemanes.

Y había pesadillas con campos de concentración erigidos en la Pampa argentina.

En fin, el argentino fue elocuente y el paraguayo escuchó pacientemente.

Zárate le confirmó al paraguayo que la historia era, muy probablemente, cierta.

Se me ha ido la vida en eso, más vale que sea cierta.

Había un malnacido, o algunos malnacidos, que, con la venia de los gobiernos militares, se pasearon por ese puto continente haciendo cine snuff.

Yo mismo he visto, dijo, algunos videos de torturas y homicidios brutales.

Quién filmaba, preguntó el paraguayo, y el argentino dijo que, en realidad, no lo sabía.

Había interrogado a algunas víctimas y todas coincidían en que se trataba de un sujeto con acento alemán, pero lo describían de maneras distintas.

Algunos decían que tenía el pelo negro y era alto; otros, que era rubio, de estatura mediana.

Unos afirmaban que era obeso; otros, que tenía el aspecto de un atleta.

Otros, muy pocos, desconocían por completo la existencia de un sujeto de esas características paseándose por los centros de tortura con una videocámara en la mano.

Tal vez se trataba de más de una persona.

Lo del ayudante de Riefenstahl era completamente falso.

Un invento; no sabía de quién. No hay evidencias de ningún ayudante de Riefenstahl con el perfil que tendría este sujeto.

La conversación de esa noche fue larga y apresurada, como si tuvieran poco tiempo.

Pero en realidad tenían mucho tiempo, pues las víctimas de las videocintas ya estaban muertas –o casi todas lo estaban–, y encontrar las cintas no las haría resucitar.

Esa noche ni siquiera sospecharon que tendrían que pasar muchas más para que, al final, encontraran lo que todo policía —todo verdadero policía, quiero decir— buscaba siempre: la hebra del hilo que los condujera hasta la guarida de los cuarenta ladrones.

Así, durante años mantuvieron extrañas conversaciones telefónicas y, de vez en cuando, se enviaron cartas y luego correos electrónicos, a veces torpemente escritos, a veces muy elocuentes.