Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #5
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HACIA EL INTERIOR #5

No tengo dudas de que, todas las noches, se sienta frente a un televisor a colores, conectado a un aparato reproductor de VHS, y con la misma solemnidad con que algunos ven teleseries, se queda mirando esas cintas.

¿Crees que podría dormir en paz mientras sepa que algo como eso está sucediendo en la sala de estar de alguna ciudad de este continente de mudos y ciegos?

En otra ocasión telefoneó desde Buenos Aires.

Acababa de comprar y devorar una hamburguesa en un McDonald´s Kosher.

¿Qué es eso?, quiso saber Olivera. Que está preparada según las normas dietética judías, aclaró Elisa que comenzó a recitar todos los animales que tenían prohibido comer: todos los animales que no rumian y que ni tienen pezuña hendida; peces sin aletas ni escamas; sangre de cualquier animal;

mariscos; seres vivos que se arrastran; aves como buitres, halcones, búhos, garzas y luego siguió hablando y Olivera no tardó en darse cuenta de que estaba recitando algunos de sus defectos, pero se tardó un poco más en reparar que estaba señalando todas aquellas que la hacían desaconsejable.

Habló de migrañas, malhumor por las mañanas, malestares estomacales, insomnio, alergias, miedo a las alturas, terrores nocturnos, pesadillas.

—¿Pesadillas? —preguntó Olivera—. ¿Qué clase de pesadillas?

—Sueño que Asunción es Jerusalén y que una tropa de bárbaros viene por la noche y destruye todo a su paso.

Zárate perdió su mirada en el retrovisor:

—En realidad, Olivera, aquella noche remota, en ese sucucho de La Boca, un joven, un pibito, desplegó un mapa físico de toda Argentina.

El mapa, que parecía el mantel de una mesa, estaba tachado de líneas de colores.

Me tardé en comprender que se trataba de líneas ferroviarias que unían a todos los estadios de fútbol del país, ¿se imagina, Olivera?

Para colmo de males, el pendejo hablaba de toda esa basura como si fuera posible.

En sus labios, no parecía un delirio. Hablaba de factibilidad técnica y financiera, como quien estuviera hablando de un proyecto común y corriente, como si estuviera haciendo una presentación para el Ministerio de Desarrollo Social.

Hasta el día de hoy tengo pesadillas con ese pendejito.

Hijo de las mil putas. Me da más miedo que Freddy Krueger.

La historia empezó en 1992. En rigor, comenzó en 1954, pero, de algún modo, volvió a empezar en 1992.

Fue entonces cuando, en una dependencia policial de Lambaré, Paraguay, encontraron una serie de archivos y documentos del Departamento de Investigaciones de la policía de la dictadura de Alfredo Stroessner, que gobernó el país entre 1954 y 1989.

Había fichas de detenidos, informes confidenciales, peticiones de búsqueda de personas, declaraciones forzadas, controles a partidos políticos de oposición, sindicatos y estudiantes.

También había documentos de identificación, pasaportes, transcripciones de conversaciones telefónicas, casetes con audios de discursos y entrevistas radiales, manuales de tortura, informes de reuniones de familiares o amigos; en fin, había de todo.

Era una vigilancia absoluta. Los llamaron, de un modo bastante apropiado, los Archivos del Horror.

Además, los archivos permitieron leer las comunicaciones infames que intercambiaron policías, militares y civiles de todas las dictaduras que, de manera paralela, se desplegaron en América en la segunda mitad del siglo pasado, y el modo en que operaron,

como si conformaran una especie de club burocrático para el crimen, una suerte de transnacional del horror.

Los archivos vinieron a ser como sus balances contables.

Como fuera, toda la porquería de la segunda mitad del siglo XX latinoamericano estuvo ahí, ordenada como en el cuaderno del mejor estudiante.

Esta historia, la que empezó en 1992, no habría tenido lugar sin los hallazgos de ese archivo.

Como muchas –o todas– las historias de Latinoamérica, empezó con una negligencia.

Entre las cajas en que se arrumaban los documentos y objetos del archivo apareció una videocinta, específicamente un Betamax.

No había más: solo un videocassette Sony.

No estaba rotulado. La etiqueta del costado se había vuelto de color sepia con el paso del tiempo.

Aunque se trataba de un asunto de la mayor importancia, uno de los policías a cargo de la diligencia, que había viajado desde Asunción, se quedó mirándola y se encogió de hombros.

Juzgó que era poco probable que la cinta contuviera algo relevante y, al mismo tiempo, que resultaría complejo conseguir un equipo para reproducir Betamax.

Pensó –o decidió– que podía tratarse de una cinta virgen.

Se arriesgó a no inventariarla y, para evitar tener que dar explicaciones después, la guardó entre sus objetos personales.

Los archivos, incompletos, viajaron hasta Asunción, donde serían cuidadosamente examinados.

O eso nos habría gustado creer. La videocinta permaneció, en cambio, en un bolso del policía paraguayo durante un par de días.

Tal vez semanas, o meses. Mientras tanto, él volvió a sus funciones habituales, principalmente administrativas.

Se trataba de uno de esos policías que inspiran lástima cuando aparecen en películas de Hollywood: un sujeto que bebía café de máquina y miraba su revólver como se mira a un animal disecado.

De pronto, un domingo de aburrimiento, recordó la videocasete y decidió echarle un vistazo.

Ocurrió después de desayunar café frío y huevos revueltos.

Hurgó en unas cajas arrumadas en su cochera hasta dar con un viejo equipo Betamax Sony.

Con el torso desnudo y sin quitarse el cigarro de la boca, conectó los cables.

Cuando finalmente apretó play, el cigarro cayó de su boca entreabierta.

Era la grabación de una sesión de tortura que, aunque no duraba más de cinco o seis minutos, resultaba lo suficientemente brutal como para que ese tiempo bastara.

El estómago se le revolvió y terminó vomitando en el baño.

Cuando regresó, la cinta seguía corriendo, pero ya no había nada más que ver.

Adelantó hasta el final: nada. Luego retrocedió la cinta y volvió a mirarla tres, cuatro veces, cada vez más consternado.

Descubrió entonces que las cintas no habían sido grabadas en Paraguay.

Aunque el lugar podía haber estado en cualquier sitio – una especie de sótano, en cualquier caso una habitación sin luz natural–, el acento de los sujetos del video era chileno.

Los torturadores eran chilenos. Solo entonces empezó a pensar qué podía hacer.

Juzgó que era demasiado tarde para devolver la videocinta: quedaría bajo sospecha.

En lugar de eso, y por instinto, volvió a hurgar en baúles y cajones hasta encontrar una decena de cintas Betamax, que borró sin remordimientos a pesar de que contenían escenas de antiguas veladas familiares: Navidades, cumpleaños, graduaciones.

Sobre todas ellas copió el video, pero aun así no supo qué hacer con las videocintas.

Las ocultó en distintos lugares de su casa, como si fueran huevos de Pascua; luego, en medio de una noche mal dormida, se levantó, las recuperó, las reunió en una caja y las metió en el maletero del auto.

Tuvo la sensación de estar deshaciéndose de un cadáver.

No volvió a ver la cinta, pero a partir de entonces vivió días extrañísimos, cuando creía que ya no habría días extraños en Paraguay.

No por un tiempo, al menos. Se distraía en el trabajo y se comportaba de manera taciturna.

Comenzó a tener la sensación de que alguien lo seguía.

Dormía con el revólver cargado debajo de la almohada.

Mientras hablaba por teléfono desde su casa, tenía la impresión de que alguien había intervenido la línea y escuchaba sus conversaciones.

Una tarde, en efecto, desarmó el auricular buscando un micrófono, pero no encontró nada. Registró toda la casa y tampoco halló nada. Se quedó luego en calzoncillos, acurrucado en un rincón de la habitación, lamentando que la cajetilla de cigarrillos estuviera vacía.

Una noche decidió terminar con todo, como si eso fuera posible.

Se levantó en ropa interior y sacó las videocintas del maletero.

En la casa de enfrente se encendió una luz y se recortó una silueta.

El policía volvió a entrar apresuradamente.

Arrumó las videocintas en una parrilla, las roció con combustible y les arrojó un fósforo.

Se quedó mirándolas y pareció sorprendido por la rapidez con que se incineraban. Después de todo, era celulosa, pensó.

El policía creyó que el asunto había terminado, pero olvidó que en Latinoamérica se habían quemado muchas cosas y que, en ningún caso, el fuego garantizaba que dejaran de perturbar.

Volvió a llevar, por unos días, una vida normal, salvo por las constantes pesadillas.

En ellas, su casa estaba habitada por los espíritus de todos los que habían muerto en Paraguay entre 1954 y 1989, que eran muchísimos.

Todos. Estaba habitada por los secuestrados y torturados, pero también por los que llevaban uniforme y por quienes habían estrechado las manos ensangrentadas de los que llevaban uniformes.

Y luego, una tarde, mientras trabajaba, recibió un llamado telefónico.

Era la voz de una mujer. La voz le dijo que fuera cuanto antes a una tienda de Blockbuster y buscara una película.

Una película específica, una que nadie –o muy pocas personas– buscaría voluntariamente.

Luego cortaron la llamada y el policía se quedó repitiendo “aló” un par de veces, comprobando que el equipo no tuviera ningún desperfecto.

Intentó convencerse de que había sido un error y olvidarse del asunto, pero esa tarde, de regreso a casa, al pasar por la calle donde estaba la tienda de alquiler de videos, decidió estacionarse.

Permaneció allí, aparcado, mientras veía a las personas entrar y salir.

Finalmente, entró a la tienda y buscó en el pasillo donde debía estar esa clase de películas.

No tardó en encontrarla y se llevó el VHS consigo.

Ya en casa, vio la película de inmediato.

En realidad, no vio la película, pues había sido completamente borrada.

En su lugar, había quince minutos de torturas atroces.

Esta vez reconoció que los torturadores eran, inequívocamente, argentinos.

De nuevo, como era de esperar, se trataba de un cuarto oscuro, iluminado por un foco de gran potencia, de los que se usaban para encandilar a un interrogado.