HACIA EL INTERIOR #4
Era un lugar enorme, compuesto por distintos edificios. Todos estaban vacíos. No había muebles ni ninguna clase de objetos. Ese vacío era, precisamente, el asunto más terrorífico. Olivera estaba distraído. Zárate juzgó el retraimiento del paraguayo como recogimiento.
Cuando regresaron al auto, Zárate dijo que había dejado para el final uno de los lugares más escalofriantes de Buenos Aires.
—¿Cuál? —quiso saber Olivera.
—¿Me está tomando el pelo, Olivera?
—En ningún caso.
Zárate se quedó mirándolo un momento y luego echó a andar el motor.
Una de esas noches, Olivera la invitó a dormir a su casa.
A Elisa le pareció un lugar interesante.
Tal y cual imaginaba la casa de un policía.
Parecía un cliché. La cocina desordenada y sucia, coronada por una ruma de loza sin lavar.
El refrigerador lleno de embutidos caducados o por caducar.
Para encontrar el sofá había que bucear debajo de kilos de ropa sucia, tal vez limpia, o ambas mezcladas, lo que resultaba aún peor.
Tachos de basura tapiados. Ceniceros llenos.
Solamente faltaba un gato tuerto o malherido.
El detective preparó pastas con salsa de tomates en conserva –imposible cualquier alarde culinario con las escuálidas vituallas de que disponía– y después de comer fueron a la cama.
Más tarde, Elisa se levantó desnuda y sacó un libro de su cartera.
Comenzó a leer en voz alta fragmentos de Eichmann en Jerusalén, hasta que se quedaron dormidos.
Minutos después, un ruido despertó a Olivera.
Se levantó y buscó la funda de la pistola.
Atravesó el pasillo hasta la sala de estar y entonces volvió a tener la sensación de que había tenido antes; la sensación de que su casa estaba repleta de los fantasmas de todos los paraguayos muertos durante la dictadura.
¿Cuántos eran?, pensó. ¿Medio millar de muertos?
Pero, por qué todos esos espíritus iban a darse cita acá, en mi casa, se preguntó cuando por fin se atrevió a bajar el revólver.
Tuvo entonces la impresión de que esos espíritus lo espiaban, invisibles, ocultos detrás de los muebles.
Algunos reían despacio, pero la mayoría estaba silente, francamente enojados de que se distrajera en devaneos amorosos en lugar de buscar las videocintas, o de que él, más bien, distrajera de su misión a Elisa, que hasta entonces había mostrado disciplina de hierro.
Descalza y silenciosa, Elisa se acercó sin que él advirtiera su presencia y lo abrazó por la espalda.
Por un momento sintió que ella también estaba muerta, de que acababa de pasar la noche con un cadáver y que al voltear no habría nadie.
Se dio vuelta asustado y respiró aliviado cuando la vio.
Volvieron a la cama y ella encendió el TV, donde estaban dando una película de extraterrestres.
Ella se quedó dormida casi enseguida, pero Olivera hizo zapping hasta encontrar un canal que estaba transmitiendo dibujos animados.
Era, precisamente, Gasparín. Ver esa caricatura le causó un temor insoportable, difícil de explicar y estuvo a punto de despertarla para preguntarle si ella sentía lo mismo al ver aquel fantasmita flotando.
A pesar de eso no pudo cambiar de canal, ni apartar su mirada del TV.
Permaneció absorto, siguiendo cada uno de los pasos del espectro juguetón, como si temiera que, al perderlo de vista, atravesara la pantalla y se instalase en la habitación.
Después de esa noche, por algún motivo, dejaron de verse con la misma frecuencia.
Olivera tardó en darse cuenta de que ella lo evitaba.
Elisa empezó a viajar seguido a Israel, siempre por asuntos legales y diligencias relacionadas con hallazgos imprevistos sobre la presencia de algún nazi que podía estar llevando una vida tranquila en algún pueblo europeo.
A pesar del largo trayecto que suponía trasladarse desde Paraguay hasta Europa, eran estadías cortas y también monótonas, en las que, para colmo, Elisa tenía poco tiempo para distracciones y mucho para escuchar relatos escalofriantes de sobrevivientes del Holocausto:
no importaba cuántas veces los oyera, siempre había algún detalle macabro que la descomponía.
Esos detalles eran luego compartidos, a larga distancia: ella, sentada al borde de la cama de algún hotel; Olivera, en la sala de estar de su casa en Asunción, bajando el volumen del televisor para escucharla con paciencia, aunque a veces con hastío.
De vez en cuando llamaba desde Jerusalén o Tel Aviv.
Eran llamadas largas y extrañas. Empezaba describiendo la ciudad desde la habitación de algún hotel y, en vez de contar su jornada, terminaba hablando de las sucesivas destrucciones de Jerusalén a lo largo de la historia.
Se extendía, con detalle, en la ruina del templo erigido por Salomón, en el año 587 a.
C., y también en la devastación causada por las legiones de Tito en el año 70.
Olivera la escuchaba con la sensación de que, en realidad, no le hablaba de Jerusalén, sino de su propia vida, o de la vida en común que nunca tendrían.
Por eso, en lugar de cambiar de tema, la escuchaba pacientemente, incluso hacía preguntas, exigía aclaraciones, como si se tratara de un estudiante aventajado en clases de Historia, o, mejor aún,
de un enamorado que pide explicaciones sobre alguna infidelidad para martirizarse imaginando toda clase de detalles, con la extraña certeza de si hacía la pregunta correcta Elisa le diría aquello que esperaba escuchar.
Pero ¿qué es lo que quiero escuchar?, se preguntaba y se respondía que no tenía la más mínima idea.
En cierta ocasión, lo llamó desde una explanada donde había un grupo de jóvenes practicando skate.
Olivera imaginó por un instante que hacían piruetas justo frente al Muro de los Lamentos, pero enseguida pensó que eso era imposible.
Elisa describía las piruetas como si estuviera relatando las andanzas de astronautas en Marte o en Júpiter, como si el movimiento de esos cuerpos jóvenes, fuera algo nunca visto, algo completamente inusitado.
En otra oportunidad, llamó desde Tel Aviv un viernes por la noche, cuando ya había comenzado el Sabbath y la ciudad estaba completamente desierta y silenciosa; habló largo rato de esa desolación absoluta.
Dijo que tenía la sensación de estar en un planeta deshabitado.
¿Has leído Crónicas marcianas de Bradbury?
, quiso saber. Olivera no había leído a Bradbury nunca en su vida, pero no se animó a decir la verdad.
Inventó que lo había leído una vez, en la escuela.
Siento algo parecido, continuó Elisa. Tengo la sensación de estar en un planeta que nos vimos forzados a abandonar, transitando entre sus ruinas, buscando vestigios que nos ayuden a comprender lo que salió mal.
—¿Me entiendes? —preguntó Elisa y Olivera respondió que sí, entiendo perfectamente, pero la verdad es que no entendió ni una sola palabra.
Días después, Elisa lo llamó llorando. En Jerusalén eran las dos de la tarde.
Le contó que acababa de estallar un coche bomba en el Oeste de la ciudad, en el mercado Ben Yehuda.
Había dos muertos y decenas de heridos. Ella se había quedado sorda por algunos instantes, viendo a decenas de personas ir y venir en silencio y en cámara lenta, igual que sucede a veces en las películas.
Por un momento, había creído que iba a quedar sorda para siempre.
Pensó que ya no nunca iba a volver a escuchar nada en la vida y lo que más lamentó en ese momento es que nunca más iba a escuchar la voz de Olivera.
Entonces, de pronto, volvió a escuchar las balizas encendidas de una ambulancia y sintió el deseo insoportable de llamarlo, cuanto antes, a pesar de que aún había mucho desorden, ir y venir de camillas y policías.
—¿Cómo estás? —preguntó Olivera.
En lugar de contestar, Elisa comenzó a hablar del Sitio de Jerusalén de 1099, que había tenido lugar durante la Primera Cruzada.
—Elisa —susurró Olivera, dando un suspiro—, ¿podrías explicarme de qué me estás hablando? No estoy entendiendo absolutamente nada.
Pero, en lugar de explicarse o hacer una pausa, ella continuó:
—Dentro de la ciudad había dos murallas.
Una separaba la Ciudad Nueva de la Antigua, situada al lado del Templo; la otra cortaba el paso desde este barrio a la Ciudad Alta.
Y, finalmente, había un cuarto muro entre la ciudad alta y la baja.
La tercera muralla defendía la zona septentrional de Jerusalén, la más llana y propicia a un ataque.
Los lados occidentales, sur y oriental eran prácticamente imposibles de franquear, pues el desnivel entre los muros y los valles circundantes era muy pronunciado.
Olivera se resignó y se sentó en el sofá, con los ojos cerrados, intentando imaginar aquellas cosas que Elisa describía, pero no tenía ninguna referencia. Imaginaba cada espacio como una parte del cuerpo de ella, como si la anatomía de Elisa fuese una ciudad sitiada.
Tuvieron que atravesar la ciudad para llegar a La Bombonera.
Allí, después de echar un vistazo a una tiendita de souvenirs, entraron al estadio.
Zárate, con actitud de maestro de escuela rural, fue explicando detenidamente qué aspectos de la infraestructura le parecían terroríficos.
Se sentaron en la tribuna y sacó un mapita doblado de Buenos Aires.
Le explicó que, años atrás –¿cuántos eran?
¿veinticinco, treinta? –, cuando descubrió el modus operandi de los homicidios de los pibitos de River Plate, vio un mapa de la ciudad.
En ella, habían marcado a la Bombonera como una especie de cuartel central, una estación terminal de trenes.
Desde allí, saldrían los vagones que alimentarían al resto de los campos de concentración de Buenos Aires, es decir, al resto de los estadios de fútbol.
¿Por qué sigues buscando esas películas?
, preguntó Olivera. Elisa no dijo nada, pero pensó que seguía buscándola porque estaba segura de que un cerdo nazi las había filmado y las custodiaba.
A estas alturas, pensó, debe ser un anciano decrépito que se mea en los zapatos, pero un cerdo es un cerdo hasta que muere ahogado en su fango.
No tengo dudas de que donde quiera que esté el tipejo está vigilando las películas igual que un perro viejo se echa sobre una alfombra.