Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #3
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HACIA EL INTERIOR #3

Hubo una mención peyorativa al Libertadores de América, donde juega de local Independiente, hacia donde el argentino apuntó como si fuera un boliche en ruinas, una cueva de putas y proxenetas.

Siguieron en el recinto donde juega de local Arsenal, en Sarandí, luego por Lanús y también echaron un vistazo al estadio de Banfield.

Aprovechando que estaban en Banfield, el argentino hizo una excepción al recorrido y decidió echar un vistazo a la casa de Sandro.

Era una casa blanca, sin ventanas, como un supermercado cerrado.

—Acá vive, Sandro, Olivera. ¿Verdad que podría ser el búnker de Hitler?

Zárate bajó el vidrio de la ventana para fumar y suspiró después de dar una bocanada:

–En cierta ocasión, en Mar del Plata, viví una situación especialmente hilarante.

En realidad, analizado con cuidado, es una circunstancia triste, tristísima, para escribir un tango.

Tuve que hospedarme en un hotel en que estaban celebrando un tributo a Sandro.

Había exposiciones de fotografías, vinilos y de vestuario.

Uno de los principales eventos era un concurso de dobles.

Donde quiera que viera había muchos sujetos parecidos a Sandro y caravanas de fanáticos que los seguían para todas partes.

En Las Vegas, hay eventos semejantes que tributan a Elvis.

En fin, en la piscina, en el comedor, en la sauna, en el vestíbulo, en la cancha de tenis, por todos lados estaba repleto de tipos que aspiraban a convertirse en el ganador del concurso.

Era realmente divertido, como estar viviendo en una especie de universo paralelo, un lugar donde clonaban a Sandro ad finitum.

El ganador, según entiendo, se convierte en el doble oficial y asegura laburo por un año completo haciendo giras por casinos, gimnasios y boliches de mala muerte por todo Argentina.

Con algo de suerte lo invitan a aparecer quince minutos en Telefe, a resumir en dos o tres frases una vida de disciplina espartana.

»El día decisivo del evento fui a echar un vistazo y, como soy curioso, terminé, sin darme cuenta y sin que nadie me detuviera, en el camarín de los aspirantes a convertirse en Sandro.

Fue realmente espeluznante. Me encontré allí, de pronto, en medio de todos esos tipos que se habían vestido con atuendos de diferentes épocas.

Había algunos que parecían rockeros, gitanos y otros que vestían de esmoquin.

Era como viajar en el tiempo en la carrera musical de Sandro.

Me sentí como debió sentirse Juana de Arco buscando al delfín, Carlos VII, entre una multitud de impostores.

Decidí quedarme a ver el espectáculo. Los tipos eran buenos.

Era sencillo comprender que varios de ellos debían haber dedicado su vida a la imitación.

Sus vidas personales debían de haberse vuelto un estropicio con tal de mover las caderas como el Novio de América.

»De cualquier modo, lo más sobrecogedor era el modo en que los asistentes, especialmente el público femenino, deliraba con cada una de las actuaciones.

De pronto, sin embargo, me quedé impactado al apreciar la performance de uno de ellos.

Era un tipo que debía tener los años que por entonces debía contar Sandro, el genuino, quiero decir.

Su actuación fue exacta. Exacta, debo aclarar, de un modo extraño.

El tipo imitó a Sandro en una de sus épocas menos afortunadas, por la década del ochenta, cuando parecía una especie de Elvis decadente y pasado de kilos.

Un paso más y hubiese comenzado a verse irremediablemente ridículo.

En fin, la imitación del sujeto fue impecable.

Fue capaz de transmitir esa misma incomodidad y tensión que transmitía Sandro por entonces, la sensación de estar fuera de lugar, la sensación de estar volviéndose un trofeo estilo cabeza de animal exótico en la pared de un viejo cazador, es decir,

la clase de trofeos que conmueven e incomodan al mismo tiempo.

Tal vez por eso mismo, concitó menos fervor e interés de parte de los asistentes.

Después de todo, el concursante les enrostraba la peor época de su ídolo.

»Cuando terminó, hubo pocos aplausos y algunos se animar a carraspear.

Nadie fue capaz de reconocer que la imitación era bastante acertada.

En mi opinión, el resto de los imitadores no eran malos, al contrario, eran muy buenos, pero todos idealizaban a Sandro.

El Sandro de los ’80 se convirtió en mi favorito, pero el jurado de aficionados tampoco fue capaz de reconocer los méritos del imitador y no logro clasificar dentro de los ocho mejores.

El jurado, si me lo permite, no logró reconocer el ethos definitivo de Sandro.

Es un perdedor, al final del día; Sandro pierde, siempre, inevitablemente, aunque triunfe.

La postal de Sandro es la de un tipo que, cuando termina el show, se queda mirando en el espejo con el nudo de la corbata deshecho y un cigarro encendido, sin nadie que se anime a servirle un trago.

No entender eso, es no entender la esencia del asunto.

»Mi candidato quedó fuera de concurso, así es que perdí interés en el certamen y me fui a dar una vuelta por el hotel.

Poco después de las once de la noche, cuando aún se oían los gritos enfervorecidos de los fanáticos, llegué a la piscina y me encontré a mi favorito.

No había nadie más y él llevaba una camisa con motivos hawaianos y un pantalón blanco.

Estaba descalzo y tenía los pies dentro del agua clorada.

Los agitaba igual que lo haría un niño. Estaba fumando y decidí acercarme porque también quería fumar.

Encendí un cigarro y me senté en una reposera a un par de metros de él.

»—Hoy no ha tenido suerte.

»—Así es —dijo sin mirarme.

»—¿Hace cuánto hace esto?

»—Hace un par de años. Estas personas se reúnen cada verano. Se morirían si no vienen.

»El tipo empezó a darme detalles sobre el evento, y entonces, de pronto comenzó a toser y por algún motivo tuve la súbita certeza de que ese sujeto era Sandro, quiero decir el verdadero, allí, con los pies dentro de la piscina, a dos metros de mí,

apesadumbrado y derrotado en el concurso de dobles de él mismo.

Se trata, me dije, de un hecho inaudito, inexplicable.

Tenía junto a mí a Roberto Sánchez, el verdadero Sandro que escuchaba desde lejos como metros más allá escogían a su doble oficial, a un sujeto que iba a suplantarlo por un año entero.

»El asunto era aún más patético porque desde ahí oíamos las interpretaciones de otras versiones apócrifas y no dejaba de parecerme divertido que todos esos imbéciles prefirieran ovacionar a esos pastiches en lugar de postrarse a los pies del verdadero que ni siquiera había logrado convencer al

jurado de cantar en las etapas finales.

En fin, no hizo falta hacer ninguna pregunta.

No tuve ninguna duda, Olivera. Ese tipo era Sandro.

De pronto, cuando terminó el cigarrillo, se quitó la camisa y el pantalón.

Debajo del pantalón tenía un traje de baño ajustado que le quedaba bien a pesar de que su abdomen acumulaba algo de grasa.

Miró en ambas direcciones antes de arrojarse a la alberca.

Me acerqué al borde de la piscina y desde ahí lo vi nadar y también sumergirse, como si estuviera viendo un hecho irrepetible.

Alcancé a oír que, mientras Sandro daba brazadas en la piscina, en el salón de eventos estaban coronando al ganador del concurso, alguien que había cerrado su participación cantando Tengo.

Por un momento pensé que Sandro no iba a emerger nunca, que iba a quedarse para siempre a vivir en la alberca de ese sucucho de Mar del Plata, como si fuera una especie de tritón de las piscinas de los hoteles argentinos.

De hecho, permaneció sumergido mucho tiempo, la cantidad suficiente para que yo sintiera algo de preocupación y miedo.

Emergió de pronto y salió de la alberca tomado de los pasamanos de la escalera y con toda calma se puso la camisa sin secarse.

Pasó junto a mí antes de perderse por el pasillo que lo conduciría a su habitación. Lo detuve con una pregunta:

»—Oiga, maestro, para qué hace esto.

»Sandro se quedó inmóvil un momento y luego se dio vuelta.

Tenía un cigarrillo apagado pendiendo entre los labios.

Por un momento, me pareció un náufrago a punto de rendirse.

Se quedó mirándome, sonrió y se encogió de hombros sin decir nada y luego, al cabo de un instante, volteó nuevamente y salió caminando, estilando un poco de agua, dejando un reguero húmedo a medida que se alejaba.

Sandro. El novio de América. Qué más puedo pedirle a la vida, Olivera.

Después de eso, que me lleven los ovnis y me roben la memoria.

En otras ocasiones, se recostaban boca abajo sobre la cama a hojear libros de historia.

Ella le mostraba los rostros de la clase de hombres que buscaba viendo fotografías en blanco y negro.

Para hacer el asunto más divertido, Elisa compró una caja de Adivina quién, el juego de adivinar rostros de Hasbro.

Con toda paciencia, fue recortando efigies de sus libros y colocándolos luego sobre los casilleros del tablero.

Era frecuente que, después de desayunar, levantaran a prisa la vajilla de la mesa para distraerse un rato.

Las preguntas de Olivera eran superfluas e insustanciales, mientras que las interrogantes de ella eran una lección de historia por sí mismas.

—¿Tiene bigotes?, preguntaba Olivera.

Elisa sonreía y decía que sí. Eso reducía las posibilidades drásticamente, aunque no de modo decisivo. Aún quedaban Himmler y el mismísimo Hitler.

—¿Usa anteojos?

—No— decía ella: eso descartaba al Führer y resolvía el juego, si acaso fuera posible resolver algún juego alguna vez.

Siguieron con el Tomás Adolfo Ducó, en Parque Patricios, luego con el Nuevo Gasómetro, por el República Independiente de Mataderos, locación —explicó Zárate— donde tuvieron lugar sus peripecias con Tenekedjian.

Después, Zárate manejó hasta Liniers para ver el estado de Vélez y luego echaron un vistazo a la cancha de Ferro Carril Oeste, de Huracán y al León Kolborsky, en Villa Crespo, donde juega de local Atlanta.

Después fueron a ver el estadio de Chacaritas y luego fueron hasta Núñez para contemplar el Monumental de River.

Zárate dijo que valía la pena aprovechar la ocasión para echar un vistazo a la Escuela de Mecánica de la Armada, ESMA.

—Infame lugar. Allí funcionó un centro clandestino de detención.