Noche de los cristales rotos HACIA EL INTERIOR #2
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HACIA EL INTERIOR #2

El policía, recordó Zárate, llevaba un escudo antidisturbios y sonrió al hacerse a un lado para dejar a pasar a Sosa. Zárate pensó que esa sonrisita tenía algo de siniestra.

Mientras enfilaban rumbo a Avellaneda, Zárate pensó que podrían haberse reunido un año antes, en Asunción, cuando se jugó el partido entre Paraguay y Argentina por las eliminatorias rumbo al Mundial de Corea y Japón.

En lugar de eso, lo habían visto por televisión, cada uno en su casa, a mil trescientos kilómetros de distancia: Olivera en un Samsung; él, en un Panasonic.

Aquella noche, poco después de comenzar el segundo tiempo, cuando cobraron un penal a favor de Paraguay y Chilavert lo convirtió sin problemas, Zárate no resistió la tentación de llamar por teléfono a Olivera y ya no colgó hasta el final del partido.

Empataron a dos, y Zárate quedó conforme; después de todo, Argentina tenía prácticamente asegurado el viaje al Mundial.

Olivera, en cambio, lamentó que el equipo albirrojo no hubiera corrido mejor suerte y tuviera que esperar las últimas fechas para sellar la clasificación.

Hablaron durante cincuenta y un minutos, descuentos y comentarios incluidos.

Antes de despedirse, Zárate elogió a Pochettino y a Batistuta, y criticó a Bielsa: nadie podía pretender inventar un juego que los ingleses ya habían inventado en el siglo XIX.

Olivera, por su parte, elogió a Struway, y Zárate, sin entender muy bien por qué, pensó que Morínigo merecía más los elogios y sospechó que el policía paraguayo sabía poco de fútbol y, por lo tanto, poco de casi todo lo demás.

Si alguien no podía apreciar la importancia del fútbol, difícilmente apreciaría algo digno de admiración.

La noche ya había caído cuando llegaron a casa de Zárate.

Era una casa modesta y ordenada, con muebles antiguos de madera oscura, un aparador lleno de copas desparejadas y un calendario viejo colgado junto a la heladera, cubierta de imanes con la insignia de Racing Club.

Estuvieron conversando un rato en la cocina, bebiendo cerveza bajo una luz mortecina.

Aunque se conocían por teléfono desde hacía bastante tiempo y el día anterior habían sostenido la más extensa de sus conversaciones, Olivera se sentía algo incómodo.

No sabía muy bien qué decir; el silencio de la casa, demasiado ordenada para esa hora, parecía obligarlo a medir cada palabra.

—Salimos mañana antes de amanecer —dijo Zárate de pronto—. Más vale que nos acostemos temprano.

A pesar de la advertencia, el argentino no pudo resistir la tentación de mostrarle a Olivera su fabulosa colección de camisetas de Racing.

Eran cincuenta camisetas albicelestes, además de algunas azules, negras y blancas, con distintos auspiciadores y de estilos variados, todas muy bien conservadas. Algunas todavía tenían las etiquetas.

Fue colocándolas una por una sobre la cama, con esmero, como si se tratara del ajuar de una novia, para que el paraguayo pudiera apreciarlas.

Guardarlas fue aún más demoroso. Daba la impresión de que Zárate manipulaba reliquias de algún santo mientras las devolvía a la maleta.

Las dobló prolijamente, con un cuidado que a Olivera le resultó excesivo, y luego se fueron a dormir.

La habitación que Zárate cedió a Olivera era pequeña, pero cómoda.

Además de la cama, había un armario estrecho y un televisor en blanco y negro sobre una mesa de noche.

Intentó encenderlo, pero estaba descompuesto.

El cuarto contiguo era el que utilizaba Zárate.

A Olivera le llamó la atención que el argentino dormía con el televisor encendido y a volumen muy alto.

Debía estar viendo películas de acción, pues se escuchaban disparos y neumáticos derrapando a cada momento.

Al cabo de unos minutos los ronquidos descomunales confirmaron que Zárate dormía con el aparato de televisión encendido.

Olivera se recostó, pero no logró dormir.

Había pasado cerca de una hora, cuando Zárate golpeó la puerta de Olivera. Este pensó que el argentino estaba ansioso por el viaje y que iba a tenerlo despierto hasta la madrugada.

—Ayúdeme con algo, Olivera —pidió Zárate, que lucía preocupado.

Fueron al garaje y allí le entregó una linterna y una pala.

Zárate llevaba la valija con las camisetas.

Salieron al patio que era enorme, como si el argentino fuese el guardia de un parque nacional.

Caminaron hasta el final, junto a una cerca y ahí Zárate le pidió que Olivera iluminara mientras él cavaba una zanja para colocar la valija.

Cuando terminó de cavar, puso la maleta y disimuló removiendo la tierra.

Echó un vistazo a su alrededor, como si alguien pudiera estar espiándolos.

Olivera, un poco para burlarse, le contó la historia de los fajos de billetes termolaminados de Pablo Escobar que habían escondido en los vastos territorios de la Hacienda Nápoles y que, más tarde, al intentar recuperarlos, habían encontrado podridos.

Zárate dudó un momento y se quedó mirando a Olivera y luego ambos se largaron a reír.

Un momento después, el paraguayo preguntó si era de veras necesario esconder las camisetas.

—Es muy necesario, Olivera, muy necesario. En este barrio viven muchos fanáticos de Independiente y varios de ellos darían un dedo de la mano derecha a cambio de profanar estas prendas sagradas. Usted comprenderá.

Antes de regresar a los dormitorios, bebieron una cerveza en la cocina. Más tarde, Olivera oyó a Zárate agitarse en la cama, asediado por alguna pesadilla atroz, desgañitándose, gritando: “¡Te ordeno que me mates, ahora!”.

Al día siguiente, Zárate preparó huevos con tocino y café.

Olivera echó de menos la yerba mate. Mientras comían, Zárate desplegó un mapa sobre la mesa y le comentó al paraguayo, a grandes rasgos, la travesía: Buenos Aires, Córdoba, Santiago del Estero, Tucumán, Salta, Jujuy.

Cruzar la frontera. La ruta 5 —advirtió—; esas serían las horas más tediosas. Finalmente, Oruro.

Olivera, que llevaba días dándole vueltas a la idea, preguntó si no resultaría más sencillo volar directamente a Bolivia y ahorrarse todos esos kilómetros de asfalto.

Zárate se tomó su tiempo antes de responder.

Dijo que el viaje también servía para ir entendiendo el terreno, para que las cosas no aparecieran de golpe, sin contexto.

Llevaba años en ese asunto: sólo los tontos se apuran, ¿para qué iba a empezar justo ahora?

Recordó haber leído alguna vez —no sabía bien dónde— que a Ulises no le importaba tanto llegar como demorarse en el camino.

Sonrió, como disculpándose por la digresión, y añadió que además el avión era caro, poco fiable y que uno siempre aprendía algo cruzando un país por tierra.

Es definitiva, no había que desaprovechar nunca un buen viaje por carretera.

De pronto, apuntó hacia un punto en el mapa, casi en la frontera con Bolivia:

—Este es el último lugar en que cargaremos combustible en Argentina, en una YPF. Como es obvio, vamos a aprovechar de darle un vistazo a los estadios de fútbol en cada una de las ciudades por las que pasemos.

Olivera se quedó mirando a Zárate:

—Ayer tuvo una pesadilla. Le exigió a alguien que lo asesinara cuanto antes. ¿Quién era?

Zárate se quedó pensando un momento:

—No me va a creer, Olivera, pero ahora que lo recuerdo era usted esa persona a quien yo ordenaba asesinarme.

—¿Por qué me lo pedía?

—Ni idea. Ya no recuerdo. Los sueños son así. Abres los ojos, por la mañana, y ya no recuerdas nada. Ahora, lo que sí recuerdo, es que por su culpa soñé que, en lugar de vivir en Medellín, Pablo Escobar hacía de las suyas en Avellaneda y que todo su ejército de esbirros lucía remeras de Racing.

Solían reunirse en cafeterías y Olivera, sentado frente a ella, se quedaba mirándola con la misma expresión que tendría un estudiante de primaria enamorado de su maestra.

Era frecuente que Elisa llegara con algún libro en la cartera destinado a ilustrar al detective.

Olivera fingía entusiasmarse con esos volúmenes que luego permanecían olvidados en el sofá o sobre su cama.

Intentó leer Si esto es un hombre, pero no pasó de las primeras páginas.

En cambio, se volvió aficionado a las películas sobre el Holocausto.

A Elisa le causaba gracia la simpleza de Olivera y semanas después de conocerse terminaron enredados en la cama de su departamento.

Esas primeras semanas fueron especialmente dichosas.

Después de hacer el amor, se quedaban desnudos sobre la cama desordenada y ella solía distraerlo contándole historias de cazadores de nazis.

Olivera escuchaba con la sensación de que estaba oyendo la historia de superhéroes de cómic.

Así se enteró de la existencia de personas como Fritz Bauer, Efraim Zuroff, William Denson, Isser Harel, Rafi Eitan, Elizabeth Holtzman y del señor y señora Klarsfeld.

Después de que hicieron el amor por tercera o cuarta vez, Olivera estuvo dispuesto a reconocer que era un redomado ignorante en la historia del pueblo judío y los avatares que habían sufrido durante la Segunda Guerra Mundial.

—Lo único que sé, dijo, lo aprendí viendo películas.

Elisa se quedó mirándolo sin sorpresa y preguntó qué filmes había visto.

Olivera mencionó Escape del Sobibor, La lista de Schindler, La vida es bella y El Juicio de Núremberg. Se animó, también, a agregar Indiana Jones.

—¿Indiana Jones? — preguntó ella, divertida, y Olivera se encogió de hombros. —¿Qué tiene que ver Indiana Jones con el Holocausto?

Olivera trajo a colación el filme en que los nazis buscaban el Arca de la Alianza.

Elisa se desternilló de risa, cuando describió aquella escena en que los alemanes se desintegran fulminados por el fulgor que destella desde el Arca.

Olivera no estuvo dispuesto a soportar esa humillación y buscó entre sus viejos VHS la película que recordaba tener por algún sitio.

Omitió decir que se había quedado dormido mientras veía El Juicio de Núremberg. Tampoco dijo que se aburrió mortalmente viendo la película de Spielberg.

Pero la mañana siguiente no asomaron por la carretera.

En lugar de eso, Zárate se dedicó a hacer un tour por los estadios de Buenos Aires.

Partieron, desde luego, por El Cilindro, donde Zárate amenizó con variopintas anécdotas infantiles y juveniles.