HACIA EL INTERIOR
Buenos Aires - Oruro, 10 de octubre-13 de octubre, 2001
Lo último que hizo Olivera antes de abordar el avión en el Aeropuerto Internacional Silvio Pettirossi, fue también lo primero que hizo al llegar a Ezeiza.
Se quedó mirando un teléfono público. En Asunción se quedó contemplándolo desde lejos, como si fuera un oasis cercado de púas en medio del desierto.
En Buenos Aires, en cambio, aguardó a que una de las cabinas de Telecom se desocupara y luego se acercó raudamente, dejó la maleta en el suelo y buscó una moneda en el bolsillo de la camisa.
Levantó el auricular y marcó de memoria un número telefónico como si fueran los números ganadores de la lotería y corriera el riesgo de olvidarlos si no los digitaba apresuradamente.
A pesar de la urgencia, desistió enseguida.
Después de colgar, le pareció ver, a lo lejos, a un sujeto que coincidía con las descripciones que tenía de Zárate.
Zárate se consideraba feo. Por ello, desde niño rehuía mirarse al espejo o tomarse fotografías.
Con el correr de los años se volvió un buen lector de Soriano, en la época en que Soriano tenía, tal vez, más lectores de los que merecía, y tenía un sueño recurrente basado en aquella excentricidad del protagonista de El ojo de la patria,
que aspiraba a hacerse una cirugía plástica que lo hiciera lucir igual a Richard Gere o a Harrison Ford.
Zárate despertaba en medio de una clínica exclusiva y un par de enfermeras rubias, muy expectantes, le ayudaban a desenrollar las vendas del rostro que le daban la apariencia de una momia.
Cuando al fin sus facciones renovadas quedaban al descubierto, la expresión de las rubias le daba la primera señal de preocupación.
Hubiera esperado una mirada sugerente, una sonrisa insinuante, pero, en lugar de eso, el rostro de las rubias se crispaba, se arrastraban despacio sobre la cama sin darle la espalda hasta ponerse de pie y retrocedían un par de pasos, igual que hacen los desventurados en las películas de terror.
Qué pasa, imploraba Zárate perdiendo la compostura, díganme qué pasa.
Una de ellas recogía un espejo del velador y se lo entregaba tiritando.
Zárate lo tomaba aterrado y luego lo acercaba lentamente hasta su nueva cara.
Daba un bramido descomunal que lo despertaba en el acto, sudado, justo en el momento en que veía su rostro en el espejo y comprobaba que el cirujano plástico había tomado su solicitud de modo literal.
La mitad del rostro era la de Harrison Ford y la otra mitad era la de Richard Gere.
Aunque podría pensarse que no, la combinación resultaba fatal, espeluznante.
El sueño era tan aterrador que, a pesar de volverse recurrente, obligaba a Zárate cada vez que se repetía a correr hasta el baño y encender la luz para verificar que todo estuviera en orden, o casi,
porque su nariz aguileña y sus ojos demasiado juntos continuaban ahí y tampoco le hacían mucha gracia.
Un hombre vestido con camisa tropical y mocasines se empinó para ver a los recién llegados de Asunción. Alzó un cartel que decía DETECTIVE OLIVERA.
La llamada interrumpida estaba dirigida a Elisa Feldman, abogada de un bufete en Asunción, la mujer que le habló de los VHS macabros desparramados por América del Sur.
Desde el principio, cuando se conocieron en las entrañas del Defensores del Chaco, se había sentido atraído por ella.
Supo poco después que ella también había quedado cautivada por él y, aunque aquello no era precisamente prudente, terminaron frecuentándose con segundas intenciones.
Al principio, Olivera intentó mantener las apariencias a pesar de que la cercanía de Elisa le causaba el mismo efecto que Jessica Rabbit causaba en el lobo de los dibujos animados.
Fingió que su interés era estrictamente profesional.
Aparentó que los horrores de los nazis y de las dictaduras latinoamericanas lo repugnaban en lo más profundo.
Indagó, aunque de forma superflua, en los crímenes de Pinochet, de Videla, de Banzer igual que un colegial intenta aprender las tablas de multiplicar.
Preguntó una y otra vez por las atrocidades que los judíos habían padecido durante la Segunda Guerra Mundial.
Elisa Feldman era descendiente de judíos que habían muerto en Sobibor y conocía esas infamias en detalle.
Olivera hubiera deseado oírla hablar de amor, romances pasados y esperanzas futuras; pero ella prefería conversar sobre cámaras de gaseo y hornos crematorios, esperando despertar en él la misma profunda indignación que sentía ella.
Habían pasado largos meses –mientras avanzaba hacia Zárate se miró los dedos de la mano para contar cuántos: ¿quince, dieciocho?
– desde la última vez que hablaron. Un par de veces había marcado su número y colgado luego apenas ella contestó, o había permanecido un momento allí para que ella pudiera escuchar su respiración o él oír la de ella, pero no habían vuelto a tener una conversación.
Sentía que ahora, cuando estaba cerca de dar con la hemeroteca macabra, resultaba perentorio llamarla y dejar a un lado los rodeos para decirle que si después de todos estos años seguía interesado en el asunto era solo para cumplir con ella,
para darle la satisfacción de regresar a Asunción con esa infame colección de VHS.
¿Para qué otra cosa querría él esa hemeroteca sino para volverse digno de su amor?
¿Quién se cree este tipo?, pensó Olivera.
Un personaje de Miami Vice. ¿Quién se cree este pibe?
, pensó, por su parte, Zárate. Un personaje de CSI.
¿Qué puede hacer este pibito para esclarecer un crimen?
¿Llamar por teléfono para pedir un examen de ADN?
¿Disfrazarse con unos de esos overoles blancos que los hacen parecer ositos de peluche?
Este pendejo es un animal de cautiverio, qué digo animal de cautiverio, es uno de esos cachorros que hace monerías desde la vitrina de una tienda de mascotas para que se los lleven a casa.
Yo soy un puto lobo del bosque al que hostigaron con trampas para osos y mataron veinte veces. Válgame, Dios.
Mientras buscaban el estacionamiento del aeropuerto, Olivera explicó que el vuelo se había retrasado por la intensificación de las medidas de seguridad tras el 11-S.
Intercambiaron dos o tres frases de compromiso sobre la tragedia del World Trade Center y luego Zárate, a toda prisa, recordó aquella ocasión en que un avión con el plantel de Racing de 1967 estuvo a punto de estrellarse en la zona montañosa de Medellín,
cuando iban a jugar contra Independiente de Santa Fe.
Luego siguió con una anécdota de Bilardo: en Italia 90, después del debut contra Camerún, el entrenador había temido quedar eliminado en primera ronda y, para evitar la vergüenza de regresar a suelo argentino con la cola entre las piernas, sugirió abordar el avión,
convencer a los pilotos de que se arrojaran en paracaídas y estrellar la aeronave en algún punto del Atlántico.
A Maradona no le hizo gracia la propuesta.
Cuando encontraron la Ford Bronco, Zárate abrió los brazos con orgullo por el estado en que la había mantenido durante más de veinticinco años. En efecto, parecía un objeto de colección. Resultaba increíble que, a bordo de ella, el argentino hubiese recorrido el continente tantas veces.
Justo después de dejar su equipaje en el maletero de la camioneta, cuando ya estaba acomodándose en el asiento del copiloto, a Olivera se le ocurrió pensar que, tal vez, ese sujeto no era Zárate.
Después de todo, en Argentina sobraban los tipos que coincidían con su descripción.
Dio un vistazo veloz a su alrededor y vio en ese mismo momento, al menos, a cuatro sujetos de pelo canoso, nariz grande y abdomen abultado por la cerveza.
En rigor, cualquiera de ellos podía ser Zárate.
Cómo pudo ser tan imbécil de no pedir una fotografía, alguna referencia más inequívoca para reconocerlo.
Alguna prenda distintiva, por ejemplo, como en las películas de espías.
—Aún no enciendas el auto —le advirtió—. Primero déjame ver una identificación.
Zárate creyó que bromeaba y comenzó a reír mientras metía la llave en el contacto, pero el paraguayo se quedó mirándolo fijamente sin soltar la manilla de la puerta.
El argentino hizo una mueca de fastidio y no tuvo más remedio que entregarle la billetera.
Olivera husmeó con expresión circunspecta.
En su interior, había un par de billetes, un calendario con la imagen de una rubia desnuda, el DNI y una tarjeta de socio de Racing Club.
—¿Así está bien, detective Olivera? No rompa las pelotas, quién voy a ser. ¿Un agente de la KGB? Válgame, Dios. Está viendo mucha televisión.
Al tomar la Autopista Riccheri, Olivera recordó un sueño que había tenido la noche anterior.
Estaba en medio del estadio Maracaná defendiendo los colores de la selección paraguaya.
En frente estaba Uruguay. Detrás del arco charrúa, defendido por Máspoli, había una cabina telefónica.
Apenas verla, Olivera sentía el deseo irrefrenable de llegar hasta allá para llamar a Elisa.
Empezaba una loca carrera y los jugadores uruguayos, que parecían gorilas vestidos de celeste, corrían detrás de él para detenerlo tironeándole la camiseta o dándole patadas en los tobillos.
Veía la cabina telefónica cada vez más cerca, pero cuando pareció que llegaría, la cancha se estiró como si fuera un chicle de color verde, se volvió pegajosa, espesa como un pantano y ya no logró avanzar.
Lo peor de todo es que, mientras se hundía en el césped, escuchaba con nitidez que el teléfono comenzaba a repicar.
Alguien estaba haciendo una llamada y Olivera sabía que no tendría tiempo de contestar antes de que la avalancha charrúa le pusiera las manos encima.
Olivera le contó el sueño y Zárate recordó otra caseta de teléfonos dentro de un estadio de fútbol.
—En el Gran Parque Central, donde juega Nacional de Montevideo, hay una cabina telefónica junto a la cancha.
Recuerdo una celebración de gol de Rubén Sosa en esa caseta.
Esa tarde, Nacional ganó a Frontera y cuando anotó uno de los goles, Sosa salió corriendo como si llevara una urgencia impostergable.
Tuvo que pedirle a un policía que se hiciera a un lado para acomodarse en la cabina, tomar el auricular y simular que hacía una llamada telefónica.
¿A quién? Misterio sin resolver, Olivera, misterio sin resolver.