LARGA DISTANCIA, #14
Es el más joven de la historia en obtener el scudetto.
También en Auschwitz, en abril de 1943 murió Eddy Hamel, estadounidense, el primer jugador judío del Ájax donde tuvo muy buenas campañas.
Un hombre bien nacido, como yo, no puede dejar de mencionarle a Leon Sperling, un jugador polaco, del Cracovia, que disputó los Juegos Olímpicos de 1924 y que murió en el gueto de Leópolis o Josef Klotz, otro polaco seleccionado, que murió en el gueto de Varsovia.
En Terezín, un gueto, los judíos confinados organizaron una sofisticada liga de fútbol que se jugaba entre las paredes de la fortificación, en la que jugaban varios antiguos exponentes profesionales del deporte rey.
En fin, Olivera, en fin. Ni el fútbol se salva de la barbarie.
Recuerde usted, sin ir más lejos, a ese equipo de ucranianos que desafío en Kiev a un plantel nazi, en agosto de 1942.
Le propinaron, de hecho, una dura derrota, inapeable: cinco goles contra tres.
Un par de días algunos de ellos fueron fusilados y otros fueron enviados a diversos campos de concentración.
Dijeron que fue porque entre los futbolistas de ese improvisado equipo de Kiev había algunos que podían enfrascarse en tareas de sabotaje o espionaje.
Lo cierto es que ningún nazi iba a quedarse tranquilo después de recibir cinco goles.
En Porto Alegre, hasta donde fui a ver un partido entre Gremio e Internacional, conocí a una extraña dupla de sacerdotes católicos.
Ambos eran fanáticos del Internacional que, para entonces, había ganado al menos una veintena de título gaúchos, pero ningún campeonato nacional.
En fin, cuando los conocí, hace un par de años, su devoción era menos vehemente que en otras épocas, cuando daban sermones futbolísticos y elevaban oraciones para que algún santo les concediera la gracia de algún resultado indispensable.
Por aquellos días, sin quitarse el hábito de encima, asistían a todos los partidos de local.
El asunto es que ambos estuvieron sentados en las galerías del Gigante Beira-Río, el 14 de diciembre de 1975, el día en que el Inter se coronó campeón brasileño por primera vez.
Ese día, en que enfrentaban a Cruzeiro, estaba especialmente nublado.
Era, como dirían los poetas mediocres, una tarde gris.
Empataban sin goles. En el minuto once del segundo tiempo, hay un tiro libro que Valdomiro sirve desde la derecha.
La pelota se eleva buscando el centro del área donde encuentra a Elías Figueroa, el central chileno.
Al mismo tiempo, un inesperado rayo de sol abre las nubes al mismo tiempo en el mismo sitio en que Figueroa se eleva más alto que los defensores del Cruzeiro y con un cabezazo soberbio anida la pelota al fondo de la red.
Internacional campeón. Milagro, piensan los sacerdotes, especialmente a la mañana del día siguiente, cuando corren a comprar la prensa y ven la fotografía de las páginas centrales, en que Figueroa aparece iluminado por el rayo de sol y que los sacerdotes interpretan, sin ápice de duda,
como un signo elocuente de intervención divina.
Ese mismo día, uno de ellos da un sermón en que agradece a Dios por el título y eleva a Figueroa a la categoría de patrono de Porto Alegre.
El asunto no termina ahí. Uno de los sacerdotes recuerda que hace un par de días atrás asistió al funeral de un pequeño niño que también profesaba un fanatismo desmedido por el Inter.
Ha recordado que, casi sin pensarlo, le había pedido al pequeño que intercediera por el triunfo de los colorados.
El milagro comienza a tomar forma. Comienzan a recopilar antecedentes.
Al cabo de un par de semanas, han reunido un delirante y escuálido dossier que incluye, fundamentalmente, recortes de diario sobre las aventuras futbolísticas del Inter, después de todo, ese es el milagro que esperan atribuir al niño.
Luego, redactan un oficio y envían los antecedentes a la Congregación de la Causa de los Santos.
Transcurren un par de meses de espera, al cabo de los cuales, reciben una misiva de respuesta.
Leen la carta sentados en el primer banco de una iglesia.
La carta es escueta y descarta en apenas un par de líneas la iniciativa.
No hay milagro, ni tampoco santo. Sin embargo, secretamente, los sacerdotes continúan pidiéndole favores al niño e instando a sus feligreses a que hagan lo mismo.
Al interior de la cámara de gaseado, hay ochenta, tal vez noventa hombres, mujeres y niños vestidos con la remera albiceleste de Racing.
Creo reconocer, en medio de nuestros cuerpos apiñados, a Alfio Basile, y a Raúl Óscar Belén; también a Corbatta, y a Evaristo Barrera y a Perfumo, que están ateridos.
Incluso, a lo lejos, atrapado entre otros dos prisioneros, creo ver a mi padre que me mira intentando sonreír, y esa sonrisa me da algo de calma.
Entonces, de repente, se oye un ruido de metales que cruje y luego, desde unas cañerías que están en la losa comienza a salir gas y enseguida comenzamos a toser y a arder nuestra garganta y fosas nasales, a retorcernos y a arañarnos la cara y caemos sobre el cemento, morimos ahí, asfixiados.
¿A qué hora sale el vuelo, Olivera? ¿Ya terminó la maleta? ¿Llamó al taxi?