LARGA DISTANCIA, #13
La mujer quiso ponerse de pie para auxiliarlo, pero Elisa la detuvo.
Intercambiaron, en voz baja, unas palabras en hebreo.
Era sencillo darse cuenta de que Elisa estaba dejando claro que no le harían nada al niño.
El niño llevaba un piyama de Plaza Sésamo y dijo que tenía hambre.
Elisa se levantó y tomó al niño de la mano y luego lo condujo a la cocina, una de esas cocinas americanas desde donde se ve la sala de estar y, por un momento, todos nos quedamos curioseando lo que Elisa hacía; en realidad, ella seguía las instrucciones del niño que le dijo dónde encontrar la leche,
los cereales y la vajilla.
Elisa se quedó mirando la información nutricional de la caja de cereales y dijo que, considerando el tamaño de las porciones, no era raro que en Estados Unidos los obesos mórbidos campearan.
“Dos cosas abundan en Estados Unidos: los obesos mórbidos y los sociópatas”.
La israelí sonrió irónica: “Es curioso que usted lo diga”, dijo.
Antes de continuar, tuvimos que esperar que el niño terminara su porción de cereales de hojuelas de trigo y luego que se lavara los dientes.
Desde donde estábamos, alcanzamos a escuchar las instrucciones de Elisa sobre un adecuado cepillado de dientes y las buchadas del niño, pero ya no logramos oír cuando lo llevó de regreso a cuarto.
Ella volvió enseguida, en todo caso, y siguió viendo las películas.
Casi estaba amaneciendo cuando se aburrió o se cansó o pensó que nada tenía sentido y guardó una centena de VHS dentro de su bolso y advirtió que las vería al regresar a casa.
En ese momento, escuchamos a un ganso graznar y Elisa tuvo curiosidad.
Fue hasta la cocina y la oí tomar algo de un cajón, que guardó luego en el bolsillo de su chaqueta.
Luego, salió al patio y yo salí detrás de ella.
La vi degollar a ambos gansos, sin titubear, y después los dejó tirados sobre un pequeño estanque de agua sucia de plumas y barro.
Por un momento pensé que iba a matar también a la mujer, pero no sucedió.
Simplemente salimos de la casa hasta la Chevrolet, pero los hombres se quedaron adentro un momento.
“¿Ellos no vienen?”, pregunté, y Elisa dijo que solo abandonarían la casa cuando nosotros estuviéramos a bordo del vuelo de Panam que nos llevaría de regreso a Buenos Aires.
De camino al aeropuerto, pasamos por afuera del estadio de los Delfines y no pude evitar sentir mucho miedo frente al armatoste.
Al ver mi curiosidad, Elisa me preguntó, con toda naturalidad, si quería hacer un tour por el estadio, pero le dije que no era necesario.
Tomamos el vuelo esa misma noche. Elisa durmió todo el viaje, pero yo no pude pegar una pestaña.
En algún momento, la desperté apenas para preguntarle si iba a sucederle algo a esa mujer y ella respondió sin dudar que no, no iba a sucederle nada y luego agregó: “Ella se lo buscó, Zárate. No debió hacerte esa broma. No debió bromear a costa tuya con el asunto de los videos. Con nosotros,
tienes que saberlo, pueden bromear sobre cualquier asunto, sobre nuestras madres, sobre el tamaño de tu verga, sobre lo que quieran, excepto con los videos. Con esas putas cintas no se juega y ella, que es una mujer que ha sufrido, debería saberlo”.
Cuando llegamos a Buenos Aires, me fui a dormir, pero Elisa se quedó mirando las películas.
Cuando desperté, muy hambriento, ya no estaba por ningún lado y me había dejado una nota.
“Regreso a Asunción. Cuídate. Elisa”. Las cintas infantiles estaban desparramadas por todo el cuarto de estar, fuera de sus cajas.
Durante un tiempo, agobiado por las dudas, marcaba el número telefónico de la mujer israelí.
La mayoría de las veces se activaba la contestadora y una voz de mujer advertía que no estaba en casa y que podíamos dejar el recado.
Una vez contestó un niño y le pregunté cómo estaba.
Me dijo que estaba viendo un partido de básquetbol y que estaba bien, muy bien.
Me llamó la atención que no sintiera curiosidad por saber con quién estaba hablando.
No volví a hablar con Elisa sobre esa noche, pero mi cabeza nunca logró deshacerse de un asunto.
Los gansos, Olivera. Por un lado, estaba la cuestión de que los nazis hubiesen llevado un ejército de gansos a Sobibor.
No lograba sacarme de la cabeza la imagen de los gansos marchando detrás de un grupo de suboficiales de las SS.
Averigüe después que en las cámaras de gas de ese campo usaban un motor para asfixiar a las víctimas.
Los prisioneros tardaban más de quince minutos en morir.
Una muerte horrible. Lenta. No puedo ni imaginarlo.
Para ahogar esos gritos, el comandante ordenó que trajeran gansos para disimular.
Pero lo que más me inquietaba era intentar imaginar para qué diablos esa mujer, elegante, hermosa, a su manera, tenía a una pareja de gansos en esa casa de Miami.
No podía dejar de pensar que alguien sufría alguna clase de maltrato en esa casa, Olivera, y para evitar que los vecinos oyeron sus quejidos tenían a esas aves.
Pero ¿quiénes, Olivera, ¿quiénes? ¿Ella era maltratada por algún imbécil que, precisamente, esa noche no estaba en casa?
¿El niño era violentado por la mujer que de vez en cuando perdía la compostura a causa del autismo del niño y el recuerdo como cautiva en los campos y de todas esas personas que vio morir como animales?
Esas son las clases de cosas que no dejan dormir a un hombre como yo.
Por algún motivo, no me deshice de aquellas cintas infantiles. Aun las tengo conmigo, y, de vez en cuando, especialmente los domingos en que me levanto tarde, las veo, sin apuros, pero nunca, ni una sola vez, alguna de ellas me ha robado si quiera una carcajada.
¿Ha oído hablar de Julius Hirsch? ¿Árpád Weiszk, Eddy Hammel?
Hirsch fue un futbolista alemán, de origen judío.
Nació en un pueblecito cerca de la frontera con Francia.
Comenzó su carrera en 1902 y fue el primer jugador de la historia de Alemania en ganar el campeonato con dos equipos distintos.
El Karlsruher FV, en 1910 y en 1914 con el SpVgg Fürth.
Fue seleccionado germano y disputó los Juegos Olímpicos de 1912.
Como si todo eso no fuera suficiente, combatió en la Primera Guerra Mundial, recibió la Cruz de Hierro y fue ascendido a sargento.
Nada de eso evitó que hacia 1943 fuera perseguido por la Gestapo por sus raíces judíos y le pusieron las manos encima poco antes de que pudiera huir a Francia.
Fue capturado en febrero de 1943 y murió en Auschwitz.
Árpád Weiszk también murió allí, en 1941.
Fue un futbolista y entrenador húngaro que llegó a ser, nada menos, que entrenador del Inter de Milán antes de los cuarenta años, Olivera.