LARGA DISTANCIA, #12
De reojo, alcancé a ver nuestros reflejos en la pantalla del televisor apagado y volví a sentir miedo, pues nos daba la apariencia de un par de fantasmas olvidados en un salón vacío.
Quién sabe, agregó y dibujó una enigmática sonrisa que me obligó a sonreír a mí también, torpemente y con la misma expresión que pone un niño cuando alguien le amenaza con un monstruo debajo de la cama, o como si acabara de contarme un chiste que yo no podía comprender.
Al cabo de un momento, me dijo que tenía que ir de compras y me condujo hasta la puerta.
Estoy seguro de que en esa hemeroteca solo había películas infantiles, pero, antes de que cerrara la puerta detrás de mí, no pude evitar mirar el librero e imaginar que, tal vez, estaba dejando tras de mí la más infame colección de videocintas.
Me fui de Miami ese mismo día. Ni siquiera di un vistazo a la playa.
Cuando regresé, Elisa Feldman me estaba esperando.
Fue como una de esas películas de sicarios.
Abrí la puerta, dejé caer la maleta y encendí la luz.
Entonces la vi, sentada de piernas cruzadas sobre el sofá, con uno de esos trajes de sastre que suele usar y zapatos de taco alto.
Casi me da un infarto. Tuve la sensación de que había alguien más en casa, hurgueteando.
Creí que alguien, tal vez Elisa, iba a dispararme.
Traté de imaginar si había hecho algo mal en Miami, algo que justificara que alguien terminara con mi vida miserable.
Tuve esa sensación durante toda esa noche, la certeza de que en cualquier momento alguien iba a caerme por la espalda y a asfixiarme con una bolsa de nylon.
Cada sonrisa, cada gesto amable de Elisa, se me antojaba como una confirmación de que intentaba que yo bajara la guardia, hacerme creer que todo estaba bien, pero yo sabía que había cometido una imprudencia imperdonable que iba a costarme la vida.
Tomamos un café y ella puso un cedé de Jazz y empezó a hablar de Julio Cortázar, precisamente de “El perseguidor” y eso hizo que me diera aún más miedo.
Hizo un análisis completo, y sorprendente, de modo que parecía obvio que se había preparado para tales efectos.
“Sé fiel hasta la muerte”, repitió Elisa un par de veces, que es un versículo de Apocalipsis que Cortázar utiliza como epígrafe en su cuento.
Estuve a punto de preguntar, como sucede en las películas, si había hecho algo mal y cuál era el motivo de mi caída en desgracia.
Estuve a punto de hacer el ridículo y suplicar, tal vez, por mi vida, o de exigirle a Elisa que, en honor a todos esos años, me llevara delante de sus jefes para darles una explicación.
Pero, explicación de qué, si yo ni siquiera sabía que carajos había hecho mal.
Esa pregunta no dejaba de darme vueltas en la cabeza, mientras Elisa hablaba: “¿Qué hice mal?”
. Cerré los ojos e imaginé como serían los jefes de Elisa.
Imaginé a un exmilitar israelí con brazos enormes y tatuados y cabello muy corto, ubicado detrás de la barra de una taberna en Bosnia o en Sudáfrica.
O, tal vez, era un rabino esmirriado enfermo de cáncer terminal o un banquero judío de Nueva York que daba las órdenes desde el último piso de un rascacielos mientras revisaba los índices del Dow Jones.
Yo estaba muy cansado, realmente exhausto, pero Elisa insistió en encender la tele.
Estuvimos quince o veinte minutos echando un vistazo a una película muy absurda en que un ejército de marcianos invadía la tierra.
Era un pésimo film, pero con un elenco fabuloso en que destacaban actores como Jack Nicholson, Pierce Brosnan, M.
J. Fox y algunos otros. De nuevo, sentí miedo, especialmente cuando Elisa se reía en momentos inapropiados o en momentos que, definitivamente, no debían concitar esa clase de hilaridad,
con la sensación de que en cualquier momento un auto sospechoso se estacionaría afuera de mi casa con algunos sujetos que se encargarían de mí.
Entonces, de pronto, Elisa apagó la tele o la silenció o bajó el volumen y me preguntó qué tal había estado Miami.
Entonces, tuve la certeza absoluta de que había hecho algo mal y para intentar averiguarlo, pero fundamentalmente para que a Elisa le quedara claro que yo no estaba escondiendo nada, hice un recorrido pormenorizado de cada uno de los movimientos en Miami.
Le conté todo, incluido la historia de la niña palestina que convertía el agua en sangre y los gansos.
Ella se mostró muy intrigada por aquel asunto, especialmente por los gansos y estuvo largo rato haciéndome toda clase de preguntas sobre la crianza de esas aves, incógnitas que yo no tenía cómo carajos resolver.
Lo peor es que mientras escuchaba trataba de descifrar alguna metáfora en casa una de las frases y eso me volvía torpe e inseguro, balbuceante.
“¿Cómo estás seguro?”, me preguntó de pronto Elisa.
“¿De qué?”, “¿De qué todas esas películas eran inofensivas caricaturas infantiles?”
No supe qué decir. Elisa me miró muy seria y comenzó a dar vueltas por la casa.
No sé veía enojada, sino muy ansiosa, como si estuviera paseándose por la sala de espera de un hospital mientras someten a intervención quirúrgica a un ser querido.
Creo recordar que sacó del bolsillo de su pantalón una cajita de gomas de mascar y comenzó a sacarlas con descuido y a meterlas de forma atropellada dentro de su boca.
Al cabo de algunos minutos, hizo una llamada telefónica en hebreo e inglés o tal vez se trató de dos llamadas telefónicas distintas, dos interlocutores diferentes.
Cuando terminó se hablar por teléfono se quedó pensando un rato largo con el auricular sobre la barbilla y luego fue hasta el refrigerador.
Se quedó un momento con la puerta abierta, como si estuviera echando un vistazo a un cadáver en la morgue.
“Tenemos que regresar”, dijo al cabo de un momento.
“¿Cómo regresar?”, le pregunté, a dónde.
“A Miami”, dijo sin mirarme y no fui capaz de objetar.
Dieciocho horas después nos subimos a un avión rumbo a Miami.
Yo pensaba que era un tiempo exiguo, pero Elisa no dejaba de repetir que en esa cantidad de horas alguien podría deshacerse perfectamente de toda clase de evidencia.
Según ella, podríamos llegar y encontrar la casa vacía.
No pude evitar recordar que exactamente eso me había sucedido en el 76, y caer otra vez en el mismo error me devanaba los sesos.
Hicimos una escala en Santa Cruz, en Bolivia.
Elisa iba muy nerviosa, como si llevara droga o algo peor.
Cuando llegamos al aeropuerto en Miami, rentamos una camioneta Chevrolet y dimos un par de vueltas por la ciudad.
Nos sentamos a tomar un helado delante de la playa y echamos un vistazo en un gimnasio al aire libre.
Yo intentaba hablar con ella, pero Elisa estaba silenciosa y se negó a dar continuidad a cualquiera de los temas de conversación que propuse.
Más tarde, fuimos a un supermercado enorme y compramos dulces y gaseosa para comer y nos encerramos en la camioneta.
Ella devoró cuatro o cinco bolsas de snack, apresuradamente, como si fuera una bestia hambrienta.
Pasamos ahí el resto de la tarde, en el estacionamiento, viendo los autos llegar y partir al cabo de media hora.
Elisa se veía preocupada y un poco asustada, no sé de qué, tal vez de ella misma.
Cuando estaba oscureciendo, salió del auto a hacer una llamada desde una cabina telefónica.
Al cabo de diez minutos apareció una monstruosa camioneta negra que hizo parpadear los focos y se puso en marcha pasando por delante de nosotros.
Elisa los siguió a prudente distancia. Nos tardamos cuarenta minutos en llegar a Coral Gables, donde estaba ubicada la casa de la israelí.
Nos estacionamos a un par de metros. “¿Qué vamos a hacer?”
, pregunté. “Lo que dejaste sin hacer, Zárate, lo que dejaste sin hacer”.
Cuando los tipos se bajaron, me di cuenta de que uno de ellos era enorme y llevaba una camiseta de fútbol, probablemente del Maccabi Haifa.
El otro, en cambio, debía medir un metro setenta y era delgado.
No debía pesar más de setenta kilos. Era una dupla graciosa.
Juntos parecían una pareja de mafiosos de alguna película de Scorsese.
Los vimos perderse hacia el interior de la casa.
Al cabo de cinco, tal vez diez minutos que, a mí, en todo caso, me parecieron una eternidad, Elisa decidió que era tiempo de bajar.
Vamos, me dijo. La puerta estaba abierta y las luces apagadas, pero desde afuera, a través de las ventanas, entraba suficiente luz como para que pudiera ver a la mujer en camisón sentada sobre el sofá con un sujeto a cada lado.
A su manera, la escena era divertida. La mujer me miró, confundida: “¿Era necesario todo esto?”
, preguntó, y yo me encogí de hombros, algo avergonzado.
Elisa se quedó mirando absorta la videoteca.
Encendió el televisor y luego, sin ninguna prisa, fue sacando los VHS uno por uno y colocándolos dentro de aparato reproductor.
Las miraba utilizando el control remoto, sin soltar el botón de adelantar, para ahorrar tiempo.
Verlas de otro modo, podría haber tardado una semana completa.
Luego de revisar media centena de cintas, comprendí que Elisa estaba tensa, casi desesperada, conteniendo una rabia que parecía buscar, a toda costa, una imagen más cruel que la que ofrecían los dibujos animados.
“¿Es suficiente?”, preguntó la mujer israelí y Elisa no contestó.
En lugar de eso, siguió sacando las películas ordenadamente.
De pronto, ocurrió de nuevo algo extraño, para mí aterrador, pues aún no me sentía a salvo.
Elisa decidió ver una película a velocidad normal.
Era el dibujo animado de un hombre que salía de cacería con su perro, y este, alentado por una serie de pistas equívocas y malentendidos, terminaba pensando, víctima de la paranoia, que su amo intentaría deshacerse de él durante esa jornada de caza.
“Dos van, pero uno vuelve”, decía el narrador de la caricatura.
Tuve la sensación de que todo el asunto era una charada para deshacerme de mí y que Elisa estaba diciéndome que ella era como aquel cazador y yo el mastín de caza que no regresaría al hogar.
Cuando más miedo tuve fue cuando todos, excepto la israelí, comenzaron a reír a carcajadas de la caricatura.
En ese momento, apareció por el pasillo el niño que conocí el día anterior, somnoliento y hurgándose los ojos.