Noche de los cristales rotos LARGA DISTANCIA, #11
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LARGA DISTANCIA, #11

Alguien hace algo como eso por un solo motivo: para coleccionarlas y verlas durante largas tardes de aburrimiento.

Nadie me quita de la cabeza, que todos estos videos están juntitos y ordenados cronológicamente en algún sótano o habitación tapiada de algún lugar de América del Sur.

Podría estar en cualquier lugar. A veces, imagino que su poseedor murió y que están cintas están arruinándose sin que podamos ponerles las manos encima y eso me da aún más pavor que no encontrarlas.

No sé exactamente quiénes financian mis viajes, salvo que se trata de una organización de cazadores de nazis.

Eso es lo único más o menos seguro. Lo demás son sospechas, ideas infundadas, si usted quiere.

Delirios, quizá. Cabos que amarro por las noches y que al amanecer vuelvo a desatar.

No estoy seguro de haber hecho lo correcto todos estos años, Olivera.

No estoy seguro de nada, para serle franco.

A veces, cuando me despierto por la mañana, en piezas de hotel que no recuerdo haber elegido, con las cortinas cerradas y ese olor a encierro que tienen todos los cuartos alquilados por días, me siento como una prostituta.

Alguien que acepta el pago sin hacer demasiadas preguntas, que sonríe, firma un recibo, toma un tren, un avión, un bus nocturno, y vuelve a empezar en otra ciudad donde nadie lo espera.

Me contactaron a principios de los ochenta.

Fue una llamada breve, seca, sin presentación.

Me dijeron que sabían lo que hacía, que conocían mis recorridos, mis visitas a bibliotecas de provincias, a archivos parroquiales, a casas en ruinas donde nadie quería entrar.

No ofrecieron explicaciones. Solo dijeron que podían ayudarme, que a partir de entonces mis gastos estarían cubiertos, siempre y cuando yo siguiera viajando.

Nunca supe cómo se enteraron de que yo deambulaba por el continente buscando a un espectro.

A veces pienso que fue pura casualidad. Otras, en cambio, estoy seguro de que alguien, en algún lugar, decidió que yo debía seguir buscando, aunque no encontrara nada.

Como si mi fracaso también les resultara útil.

Como si mi deriva formara parte de un plan que nunca me fue revelado.

Y lo peor es que, después de tanto tiempo, ya no sé si sigo viajando por ellos o por mí mismo.

O si, en el fondo, nunca hubo diferencia.

He escuchado muchas historias, Olivera. Historias de todo tipo, salvo relatos de amor.

Una vez, en Miami, oí la historia de una niña que convertía el agua en sangre.

Tuve que viajar hasta Florida a buscar una de las videocintas a bordo de un vuelo de Panam.

Ese fue mi viaje más largo. No me pregunte como se las arregló la película para llegar a Miami, ni idea.

El taxi me dejó frente a una casa espaciosa donde debía recibirme una mujer de nacionalidad israelí.

En efecto, una mujer rubia y delgada, de aproximadamente cuarenta años, me abrió la puerta.

Lleva puesto un vestido verde sin mangas y unos enormes anteojos de sol, como si acabara de llorar o estuviera intentando ocultar un hematoma en el ojo.

Hablaba español con dificultad, pero lograba entenderla.

Después de saludarme me condujo directamente hasta el cuarto de estar.

Pareció una broma. Había un mueble enorme empotrado a la pared con un televisor de 55 pulgadas y anaqueles repletos de VHS.

La clase de televisores con los que no soñábamos en Argentina por entonces.

Al verlos, me brillaron los ojos. Calculé que había cuatrocientos, tal vez quinientos VHS ordenados pulcramente, como si fuera un videoclub.

Entonces, dando un vistazo rápido a las carátulas, me di cuenta de que la mayoría de los casetes eran cintas infantiles.

En efecto, Olivera, había un niño pequeño sentado en una alfombra frente al televisor con un bol rebosando de cereales y leche.

Estaba viendo, lo recuerdo perfectamente, Los supersónicos, ¿los ha visto?

Es un dibujo animado de una familia del futuro, una especie de contrapunto de Los picapiedras.

Hasta entonces me sentí a gusto, pero por algún extraño motivo, contemplar al niño viendo a Los supersónicos, me causó un extraño terror.

Era como si esa postal del futuro me revelara un porvenir siniestro.

Me quedé mirando un momento la TV, donde la mucama robótica de la familia preparaba una fabulosa cena familiar apretando un par de botones.

De algún modo, la cuestión me hizo recordar, precisamente, a los nazis y sus hornos crematorios y me quedé pasmado un instante.

El asunto es que el niño estaba embobado mirando los dibujos animados, tan ensimismado que daba la impresión de que padecía autismo.

La mujer me invitó a tomar asiento sobre un sofá, frente al televisor.

Desde ahí se veía un jardín y una piscina.

El día estaba radiante y parecía una postal.

Había un tipo de jardinera intentando quitar algo del agua con una malla de mango extensible.

Intenté erguirme sobre el sofá para ver que era eso que intentaba rescatar del agua, pero no alcancé a ver nada, salvo al tipo que parecía sacado de un libro de dibujos de Tom el Finlandés.

Entonces, en medio de esa escena aparecieron un par de gansos graznando, caminando graciosamente sobre el césped, rodeando el borde de la piscina.

Sí, cómo oyó, un par de gansos. La aparición de las aves me sorprendió y la mujer debió notarlo porque enseguida me hizo un comentario, que bien podía ser una explicación.

Dijo que, en Sobibor, uno de los campos de concentración emplazados en Polonia, los nazis criaban gansos para que los graznidos disimularan los gritos de los judíos prisioneros, especialmente de aquellos que eran enviados a la cámara de gas.

Hubo luego un momento de silencio, en que la mujer y yo nos quedamos mirando a los gansos hasta que desaparecieran de nuestro campo de visión.

Acto seguido, la mujer le pidió al niño que fuera a otro cuarto y este obedeció sin tardanza.

Entonces, ella se levantó, se perdió por un pasillo y volvió con un VHS que puso dentro del equipo reproductor.

Luego, me cedió el control remoto e hizo un gesto con el que autorizaba que yo echara a andar la cinta.

Era una película corta. No más de diez minutos en que le aplicaban corriente eléctrica a un hombre desnudo que colgaba de una perca, igual que los guacamayos en Brasil.

La mujer no desvío en ningún momento la vista de la piscina.

Cuando la película terminó, se levantó para sacarla del reproductor, guardarla en el envase y entregármela.

Entonces, sin que yo pudiera acertar por qué, comenzó a contarme la historia de una niña palestina que transformaba el agua en sangre.

Esa historia, a su vez, se la había relatado a ella un compatriota suyo.

Según creí entender, era guardia en una fábrica de cámaras de seguridad en Tel Aviv o tal vez en un puesto fronterizo donde había muchos kilómetros que mantener permanentemente vigilados.

El sujeto, en todo caso, se pasaba el día entero lidiando con esos aparatos, ya sea para repararlos o para ver a través de ellos.

El asunto es que un día cualquiera el guardia encuentra a la niña en el pasillo de un supermercado, específicamente en el pasillo donde exhiben el agua embotellada.

La niña, encaramándose para alcanzar un botellón, se lastima la pierna y comienza a sangrar y, en ese mismo momento, el líquido del interior de las botellas de agua se tiñe de rojo, lentamente, como si alguien estuviera vertiendo un poco de colorante.

El israelí se sorprende e intenta ayudar a la niña, pero esta sale corriendo despavorida.

Él aprovecha de abrir una de las botellas y comprobar que es sangre.

Curioso, compra todas esas botellas y, ya en su casa, las vacía sobre el lavaplatos.

Sangre, sin dudas, un total de seis litros, la cantidad que tiene un adulto circulándole en las venas.

Como el asunto lo desconcierta regresa al supermercado todos los días, a la misma hora, esperando encontrar a la niña.

Al cabo de una semana, vuelve a verla curioseando en el pasillo de los útiles de aseo.

No está dispuesto a perderla y con engaños consigue llevarla hasta el estacionamiento, donde tiene su todoterreno estacionado.

La sube a la fuerza y la lleva hasta su departamento, ubicado cerca de la playa en Tel Aviv.

Ahí durante días, la somete a todo tipo de pruebas.

En una de ellas, coloca una botella de agua sobre la mesa de formica de la cocina y la sienta.

La niña está maniatada y amarrada a la cocina.

Con un cuchillo hace un corte en la palma de su mano y el agua de la botella, lentamente, comienza a transformarse en sangre.

En otra de ellas, la coloca desnuda en la tina llena de agua y lastima su muslo con una navaja suiza.

En todas las pruebas el agua se vuelve sangre.

Al cabo de dos o tres días, la deja ir y no vuelve a verla ni a saber de ella.

El hombre invita una noche a cenar a mi anfitriona y le cuenta la historia.

Ella, desde luego, ríe primero y luego, al ver la insistencia del sujeto, se inquieta y dice que ya no quiere volver a oír del asunto.

Entonces, el hombre, la toma del cabello y la arrastra por el piso hasta llegar a la cocina.

Una vez allí, abre de golpe el refrigerador y le muestra diez, tal vez veinte botellas llenas de un líquido rojo y oscuro.

Sangre, a todas luces. El sujeto se queda mirando paralizado las botellas de plástico mientras sostiene la manilla del refrigerador como si buscara, indeciso, algún bocadillo y ella, adolorida, aprovecha de ponerse de pie y huir del departamento sin mirar atrás.

Cuando la mujer terminó de hablar se quedó en silencio por dos o tres minutos, al cabo de las cuáles le pregunté dónde había conseguido la cinta.

Le expliqué que para nosotros era importante cualquier pista o rastro.

Lo dije como si fuera un policía desesperado, uno que estaba jugándose sus últimas cartas.

Cualquier dato podría llevarnos hasta la hemeroteca, agregué, y entonces me miró fijamente y me dijo una cosa que me causó algo parecido a la ansiedad.

Me dijo que, tal vez, la hemeroteca que buscábamos era esa y que estaba frente a mí, en los muebles de su cuarto de estar y que todas esas cajas de filmes infantiles no eran más que una fachada, una careta que ocultaba la verdadera naturaleza de las cintas que ella guardaba en su interior.