LARGA DISTANCIA, #10
, insistí y, como no me dijo nada, lo tomé del cuello de la cotona y lo arrastré hasta la entrada de la cancha.
A lo lejos, otros funcionarios nos miraron curiosos.
El anciano dejó caer la manguera con que regaba el pasto.
Volví a preguntarle dónde estaba e indicó la torre estirando el brazo. Le escupí a la cara y salí de ahí.
Pero esa no fue la única vez que caminé sobre el césped de una cancha de fútbol profesional.
Déjeme contarle. Tengo un amigo que es fotógrafo deportivo, Máximo Tenekedjian.
Algunas fotos de él, según entiendo, han aparecido en El gráfico.
Nos conocemos desde adolescentes y, aunque nos vemos muy poco, casi nunca, cuando lo hacemos podemos pasar largas horas conversando.
Contando anécdotas, Tenekedjian está a la altura del Bambino Vieira.
El asunto es que un día nos topamos a la salida de la cancha de Vélez, en Liniers, y, después de saludarnos efusivamente, nos fuimos a un boliche.
Allí, hicimos un repaso exhaustivo de nuestras vidas y, entre copa y copa, terminamos hablando de la Segunda Guerra Mundial.
No me pregunte que atajos tomó la charla, pero terminamos hablando de los últimos estertores de esa guerra miserable.
Tenekedjian me contó la historia de los miles de camarógrafos rusos que habían sido enviados al campo de batalla a registrar las hazañas del Ejército Rojo.
Cargaban equipos que pesaban más de tres kilos y además llevaban bobinas de cintas que pesaban 500 gramos cada una.
Insistió bastante con la anécdota que contaba uno de esos camarógrafos cuando entraron a Berlín, en abril de 1945.
Cerca de la Cancillería del Reich, en Berlín, en el fondo de una piscina seca los soldados soviéticos habían encontrado un doble de Hitler, muerto.
Estaba cubierto con una manta, tenía la nariz rota y un agujero de bala en la frente.
El camarógrafo, me explicó Tenekedjian, había puesto una foto cerca del cuerpo para demostrar el parecido.
Por algún motivo que no explicaba, le parecía increíble el hallazgo de ese cadáver en una piscina en medio de las ruinas y el fuego.
Luego, estuvo largo rato hablándome del valor que hacía falta para ser camarógrafo o fotógrafo en los tiempos en que estábamos viviendo.
Al cabo de las horas, cuando probablemente ya estaban por cerrar el bar, le conté a Tenekedjian sobre el temor que me causaban los estadios de fútbol.
Le expliqué, atropelladamente, sobre mis sueños en que veía cámaras de gas construidas en los estadios de fútbol de Buenos Aires.
Resultó que Tenekedjian sabía bastante de campos de las atrocidades que habían perpetrado los nazis.
Me recordó que era descendiente de armenios y que algunos de sus antepasados habían estado cautivos en algunos campos de trabajos forzados y exterminio.
Acto seguido, comenzó a dar una perorata inesperada sobre cámaras de gas.
Para empezar, me habló un rato largo las furgonetas de gaseamientos, detallándome su procedimiento.
Las camionetas, me ilustró, tenían adosadas unos carromatos herméticos donde los prisioneros recibían el monóxido de carbono a través de una manguera de goma mientras los paseaban.
Respecto de las cámaras estacionarias, había algunas que también funcionaban aprovechando el humo que expulsaba un motor.
En ese caso, la muerte se producía en quince minutos.
Luego, los nazis habían optado por acelerar el procedimiento y comenzaron a utilizar Zyclon B, un pesticida a base de cianuro, originalmente utilizado para controlar los parásitos responsables de la extensión del tifus en los campos.
Cuando estábamos ya bastante ebrios, me animé a preguntarle si sabía cuánto medía una cámara de gas promedio y, en tal caso, si podía ayudarme a estimar cuántas de esas habitaciones podían erigirse sobre un campo de fútbol.
Tenekedjian me miró como si yo fuera un estudiante engreído desafiando a su profesor.
Resultó que también en esa materia era un experto.
Me explicó que, según la FIFA, la medida mínima que puede tener un campo de juego es de 45 por 90 metros, mientras que la máxima es de 90 metros por 120.
Ahora bien, continúo, para partidos oficiales o internacionales de competencias FIFA, se establece un mínimo de 64 por 100 y un máximo de 75 por 110.
Agregó, sin embargo, que tenía serias dudas de que los campos de fútbol brasileros respetaran esas medidas.
Yo, aclaró, he tenido que ir a cubrir algunos partidos a Brasil y pueda dar fe de que esas canchas parecen el Amazonas. Es como correr en una selva sin bordes.
—Como usted puede ver, Zárate, es altamente probable que cada recinto tenga medidas distintas, mientras se atenga a las condiciones de FIFA —sentenció.
Debí poner cara de decepción y Tenekedjian no era bueno decepcionando a las personas, menos a sus amigos de juventud.
De pronto, abrió los ojos. Recordó a un amigo que laburaba como guardia en la cancha de Nueva Chicago, en Mataderos, no muy lejos del bar donde estábamos, y corrió a pedirle el teléfono al garzón.
Al parecer, ese amigo tenía una deuda de honor con Tenekedjian.
Según creí entender, en el pasado le había prestado ayuda con la evidencia fotográfica irrefutable de una infidelidad de su mujer.
Así, al cabo de un minuto o dos, Tenekedjian volvió tambaleando a la mesa, dejó un par de billetes y me dijo que nos íbamos a Mataderos.
Fuimos en su auto, zigzagueando, y llegamos en cuestión de minutos.
El amigo de Tenekedjian nos estaba esperando afuera, enfundado en una parca y con una bufanda.
Nos llevó directamente a la cancha, como si quisiera acabar rápido con un trámite.
El fotógrafo le pidió al guardia encender las torres de iluminación, pero este se negó y tuvimos que conformarnos con un par de linternas que nos ofreció a regañadientes.
—No seas pendejo, si enciendo las torres, tendría que dar muchas explicaciones y perdería el laburo. Cuesta mucha guita tener las luces encendidas.
—Este es un asunto de la máxima importancia— argumentó mi amigo—. La guita no importa.
De qué se trata todo esto, preguntó entonces el celador y Tenekedjian explicó que yo quería averiguar cuántas cámaras de gas podían levantarse sobre el césped de esa cancha. El tipo lo miró desconcertado:
—¿Cámaras de gas? ¿De qué carajos me estás hablando?
Tenekedjian preguntó entonces por las medidas del campo, pero él dijo que no las sabía exactamente, aunque podíamos estar seguros de que eran reglamentarias.
Tenekedjian no se dio por satisfecho y comenzó a caminar por el borde de toda la cancha, contando sus pasos.
Era como verlo pasear por la cornisa de un rascacielos o la cuerda floja de un circo.
Avanzaba contando en voz alta y perdió la cuenta un par de veces.
Yo me quedé sobre una de las áreas, mirando las copas de los árboles que sobrepasaban algunas de las tribunas.
Desde ahí oía aullar a los perros y me dio la impresión de que estábamos rodeados de lobos salvajes.
Al cabo de un par de minutos, Tenekedjian regresó y me dijo una cifra que ya no recuerdo.
Las medidas de la cancha, en todo caso, se encontraban dentro del estándar.
Como usted comprenderá, Olivera, ese dato no era suficiente.
Además, debíamos saber cuánto medía una cámara de gas.
Tenekedjian no sabía ese dato y el guardia del estadio menos.
Mi amigo exigió entonces que nos condujera hasta un teléfono.
A regañadientes y para evitar un escándalo, porque Tenekedjian estaba muy inquieto, nos condujo hasta una oficina modesta al interior del estadio.
Las paredes estaban tapiadas con fotografías de distintas alineaciones del equipo, algunas de ellas blanco y negro.
Había también una camiseta enmarcada y un banderín desteñido que recordaba algún campeonato de Nueva Chicago obtenido en 1933, precisamente el año del ascenso de Hitler.
Tenekedjian se quedó mirando algunas de las imágenes y recordó, furibundo, cuando en 1952, Eva Perón intentó usar todas sus influencias para que Nueva Chicago le ganara el título a Racing.
A pesar de doña Isabel, gimoteó, Racing campeón.
Transcurrido el instante de ira, retomó la llamada telefónica.
Con dificultades, el armenio discó un número y luego estuvo hablando un cuarto de hora con alguien, aparentemente un profesor de historia que pudo entenderle con dificultades.
No era difícil comprender que se trataba de una llamada inoportuna.
El profesor debió darle un número cualquiera, una cifra inexacta, más bien un consuelo para que se quedara tranquilo.
Como sea, con ese dato Tenekedjian tomó una hoja, dibujó una cancha sobre ella y luego agregó cuatro rectángulos que equivalían, según sus cuentas, al número de cámaras de gases que podían levantarse sobre la cancha de Nueva Chicago.
Me la entregó y me preguntó si me daba por satisfecho.
Le dije que sí y entonces nos fuimos, para alivio del guardia.
Pero eso no fue todo, Tenekedjian es un sujeto obsesivo.
Semanas más tarde, al regresar a mi departamento, encontré un sobre café que alguien había arrojado por debajo de la puerta.
Eran fotografías aéreas de todos los estadios de Buenos Aires.
No sé de dónde las sacó. Sobre cada una de ellas, había dibujado decenas de rectángulos achurados.
Junto a las fotografías había una pequeña nota mecanoescrita.
Decía que las medidas de una cámara de gas eran de 11,66 por 11,20 metros.
Es decir, tenían una superficie total de 130, 59 metros cuadrados.
Una cancha de fútbol, en promedio, tiene algo así como 8,250 metros cuadrados, es decir, poco menos de una hectárea.
Es decir, concluía la nota, sobre un campo de fútbol pueden levantarse más de cincuenta cámaras de gaseado, bastante ajustadas, una junto a la otra.
Para disponer de un cálculo más exacto había que considerar cuestiones que él ignoraba.
Por ejemplo, si las cámaras de gases, además de los metros cuadrados de la habitación hermética propiamente tal, requería de otros espacios o habitaciones adicionales de soporte o logística necesarias, para emprender la operación.
Por otro lado, no tengo ninguna duda de que la mayoría de las cintas están en un único sitio.
Imagine, cómo iba a alguien a dedicarse a deambular por el continente entero filmando esa clase de barbaridades y no dejar un registro para sí mismo.