LARGA DISTANCIA, #9
Roberto Perfumo, uno de los máximos ídolos de Racing, estuvo esa tarde en la cancha, en Lima.
Cuenta que cuando se desató la locura, ellos se quedaron atrapados sobre el césped y luego tuvieron que huir a esconderse en los camarines.
En lugar de un campo de fútbol, parecía el terreno de una guerra civil.
He visto fotografías de esa tarde y una de ellas me inquieta especialmente, no sé muy bien por qué.
No es la imagen de los policías forcejeando con los primeros que entraron a la cancha o las imágenes de algunas personas que intentaron brincar hacia la cancha.
Ni siquiera son las imágenes de algunos niños asfixiados que son sacados en brazos del estadio.
Es la foto de una de esas escaleras en que las personas intentaron huir esa tarde en el estadio de Lima.
Al fondo, se ve la escalera oscureciéndose hasta convertirse en una boca de lobo.
El piso está sucio de basura o papeles arrugados o camisetas peruanas arrumadas, no lo sé.
Hay cinco personas. Una de ellas, de espalda, lleva una escoba en la mano y barre, aparentemente, los desperdicios.
Otro está de lado, mirando hacia la escalera.
Solo una de las personas, un hombre de traje y corbata, muy joven, está de frente hablando con dos personas que dan la espalda a la cámara fotográfica, como si pidiera explicaciones.
Me parece ver un cigarro colgando de su mano.
Es un pasillo estrecho –calculo que tiene cuatro metros de ancho– y eso solo puede hacerme sentir escalofríos, pues imagino a los cientos de personas que intentaron escapar por allí hacia la salida.
Alcanzan a apreciarse las cortinas metálicas que les cerraron el paso.
Una de ellas está levantada hasta la mitad, como si estuvieran abriendo o cerrando un negocio y la otra está casi enrollada por completa.
No sé por qué me causa tanto temor esa foto, tal vez porque a lo lejos, en la boca del túnel, me parece ver dos sombras blancas que parecen espectros.
Tal vez porque algo en los gestos de esos cinco sujetos me hace recordar las fotografías de los primeros soldados que entraron a los campos de concentración nazi para comprobar, presencialmente, lo que de algún modo ya sabían todos, ¿ha visto alguna de esas fotografías?
¿Ha visto los planos de algún estadio de fútbol? ¿Y los planos de un campo de concentración? En cuanto pueda, hágalo y compárelos. Cuando yo lo hice por primera vez me dieron escalofríos.
Y eso no es todo, Olivera, de otro modo se trataría solo de una desgraciada casualidad.
Puedo mencionarle, por ejemplo, una tragedia que tuvo lugar un 23 de junio de 1968, en el estadio Antonio Vespucio Liberti, más bien conocido como el Monumental de River.
Hablemos más claro: el gallinero. Ese día sucedió lo que conocemos como la tragedia de la puerta 12.
Como siempre sucede en estos casos el asunto puede resumirse en un par de líneas.
Termina un partido que igualan River y Boca.
Los xeneizes buscan la puerta de salida y comienzan a empujarse, tienen prisa porque esperaban ganar ese día y no quieren oír que nadie los cargue.
No están de humor. Hay muchos niños y tal vez, a causa de ello, sienten miedo porque está muy oscuro.
La escalera de unos ochenta escalones es iluminada apenas por una ampolleta mortecina que pestañea.
Si no hubiese una multitud, parecería la escena de una película de terror.
De todos modos, a pesar de la muchedumbre, el horror se las arregla para desatarse.
Huele a orina y hay botellas arrojadas en el suelo.
La gaseosa derramada humedece las suelas de las zapatillas y algunos, seguramente, llevan los cordones desatados, como en efecto suele ocurrirles a los pibes, que nunca se fijan en esos detalles.
No es fácil avanzar a causa de que las puertas, semejantes a esas jaulas que tienen los ascensores de los edificios viejos, están extendidas.
Lo propio sucede con algunos torniquetes.
En cuestión de un momento, la prisa por salir desemboca en empujones.
En la oscuridad, los cuerpos comienzan a acelerar, a precipitarse dando pisadas ciegas entre escalones.
Cuando los primeros llegan a los peldaños de abajo comienzan a amontonarse, igual que palitroques.
Es imposible no frenar de golpe porque en el acceso, en la vereda de la avenida, espera la policía montada con cara de pocos amigos.
Se desata la avalancha y los gritos que son coronados luego con el ulular de las ambulancias que se llevan consigo a algunos de los doscientos heridos.
Mueren 71, muchos de ellos menores de edad.
También tengo entre mis cosas el recorte de una fotografía del día siguiente.
ENTRADA, puerta 12, puede leerse en el muro que está sobre el acceso tapiado por una cortina metálica que está franqueada por dos policías.
Al verlas, es imposible que esa foto no recuerde la de la tragedia del Lima, como si fueran el mismo sitio en días u horas distintas, igual que sucede con las fotografías de un campo de exterminio.
Veinticuatro años antes, en julio de 1944, había ocurrido algo similar en la puerta número 11 del Monumental.
Y eso, de hecho, tampoco es todo lo que podría decirle.
No hay pistas, Olivera. No hay mapa del tesoro.
Es como entrar a un pasillo oscuro. Un pasillo largo lleno de puertas, todas cerradas.
Hay goteras e inmundicia, también. Muy de vez en cuando, alguien se anima a entreabrir una puerta sin dar explicaciones, y a veces la cierra de golpe y a veces a medio cerrar, tentándote.
Hay que pasarse la vida esperando que alguien abra una de esas puertas, sin siquiera un cigarrillo en los bolsillos o un encendedor que ilumine esa oscuridad.
Una vez recibimos un llamado desde Uruguay.
Alguien, que no se identificó, dijo que tenía uno de esos videos que buscábamos.
Quería guita. Nunca supe cuanta y no quise saber.
Yo me limité a viajar con una maleta llena de billetes verdes.
A mí me parece un escándalo pagarle a un imbécil por uno de esos videos.
Habría que darle, en cambio, una bala entre las cejas, pero la gente con la que trabajo prefiere manejar estos asuntos de otro modo.
Me compraron un boleto de Aerolíneas Argentinas y me dieron un maletín lleno de billetes que no quise ni abrir.
Me sentí protagonista de una película de espías.
Cuando llegué a Montevideo, me instalé en un hotel céntrico y, más tarde, un desconocido me llamó por teléfono para indicarme el lugar donde haríamos el intercambio.
No me va a creer dónde querían verme. Me citaron en el estadio Centenario, para el mediodía siguiente.
Usted sabe que esos lugares vacíos para mí son peores que cementerios.
Quise protestar, proponer una cafetería, algún boliche, algún sitio de La Rambla, pero no hubo lugar a ninguna de mis atenuantes.
Ese día estuve inquieto toda la noche y no me animé a salir de la habitación.
Me quedé dormido muy tarde, viendo una película de Steven Seagal.
También puedo tener gustos pedestres, Olivera.
Al día siguiente, salí temprano después de ducharme y afeitarme.
Desayuné en un sitio pequeño y discreto, no muy lejos del parque Batlle.
Cuando faltaba un cuarto de hora me encaminé hacia el estadio.
El Centenario, si me pregunta a mí, es especialmente tétrico.
¿Ha visto esa torre en medio de la tribuna sur?
Digo, a propósito de Foucault, ese edificio perfectamente podría ser la torre central del panóptico, Olivera.
A qué hijo de puta se le ocurre levantar un armatoste de hormigón como ese en la tribuna de un estadio.
Lo veo y tengo la impresión de estar en el Congreso de Núremberg.
En fin, a esa hora había un par de personas trotando en los alrededores o paseando a sus perros.
Entré al estadio como si fuera a encontrarme con Freddy Krueger.
Estuve ahí, en la entrada, parado como idiota un minuto, a lo sumo dos, hasta que llegó alguien, un empleado vestido con una cotona celeste, y me pidió que lo acompañara.
Quise saber dónde íbamos y sin decirme nada me llevó hasta el mismísimo círculo central de la cancha.
Soy de los pocos afortunados que pueden contar que pisaron el césped del campo en que se jugó el primer mundial de fútbol.
Ahí estaba yo, en la mitad de la cancha en un día soleado.
Cualquier podría creer que estar ahí debió tranquilizarme, pero yo seguía muerto de miedo.
Hice una visera con las manos y miré hacia las gradas y luego hacia la torre.
Es como un edificio de veinte pisos. Tenía la sensación de que alguien estaba supervisando el intercambio desde allí, que había un francotirador apuntándome desde uno de esos balcones.
Era absolutamente improbable que el tipo de la cotona fuera el que nos había contactado.
Más allá, en una esquina de la cancha, un hombre, casi un anciano, vestido con la misma cotona celeste, regaba el césped como si estuviera en el jardín de su casa.
Le advertí al sujeto que la plata estaba en el maletín, pero que no iba a dársela sin cerciorarme de que el video fuera fidedigno.
El tipo miró hacia los lados, como si buscara la aprobación de alguien y entonces dejó asomar el extremo de un VHS desde uno de los bolsillos de su cotona, como si mostrara un arma para amenazarme.
Yo, por mí parte, agité el maletín e insistí en que tenía que ver el video primero.
En ese momento, el sujeto hizo un gesto para que saliéramos de allí.
Volvimos a atravesar la cancha y entramos al edificio, en la que llaman, según entiendo, tribuna Ámsterdam.
Yo iba con la cabeza gacha, como si estuviera en la casita de horror de un parque de entretenciones y no quisiera toparme con ningún monstruo.
Después de un par de minutos, finalmente entramos a una habitación pequeña y húmeda.
El tipo había instalado un televisor viejo y un equipo VHS.
Bastaban treinta segundos para confirmar la veracidad del video que había sido, a juzgar por el acento de los torturadores, filmado en Argentina.
El tipo tomó el maletín y lo llevó consigo hasta una mesa.
Allí se sentó, abrió el maletín y contó los billetes con torpeza y fruición, echándose saliva en la yema de los dedos, como un banquero torpe.
Tardó un par de minutos, los mismos que duraba el video.
Cuando salimos le pregunté dónde estaba escondido el dueño de la cinta.
Me miró y se encogió de hombros. ¿En qué lugar del estadio está?